57
Un barco que cruza el océano
Carlos
Esperé a estar a bordo para contarle a Irene la tragedia del Titanic.
Y solo porque se obstinó en que lo hiciera.
A diferencia de lo que esperaba, que se sintiera aterrorizada y me exigiera desembarcar en el primer puerto, mi preciosa pelirroja corrió a la proa del trasatlántico, a apoyarse en la barandilla con medio cuerpo expuesto al aire, los brazos abiertos en cruz como una hermosa sirena y el viento de cara revolviéndole la melena.
La seguí conteniendo la risa y aunque su posición me parecía peligrosa, me mordí la lengua porque Irene no es de las mujeres que reciben órdenes.
La atrapé por la espalda, la envolví amoroso entre mis brazos y me permití hundir la cara en el hueco de su cuello.
Aspirar su aroma a flores mezclado con la brisa del mar fue todo un regalo.
—Tengo algo que contarte, señor Carlos. Algo que debí desvelar antes pero…
—No me asustes, te lo prohíbo. No más sobresaltos, a partir de ahora solo calma y felicidad y días sin lágrimas.
Ella no trató de zafarse de mi abrazo. Estaba tranquila y eso contribuyó a relajarme a mí. Pero por si acaso, apreté el lazo que nos mantenía unidos.
—En la casa Otamendi tuve visiones. La aparición de alguien que creí el espectro de doña Julia me visitaba algunas noches…, en los pasillos.
Enseguida recordé el comentario de mi tío; fantasmas, pesadillas, alucinaciones. Algo que achaqué en su momento a un chisme malintencionado del ama de llaves.
—¿Julia?
—Era una mujer bonita, con el pelo rojo. En la mano llevaba el Génesis del convento de la Merced y en su escote colgaba una cruz igual que la de los templarios.
—¿La cruz patada?
—No la había visto nunca, no sabía lo que era, ni cómo se llamaba. Solo volví a reconocerla cuando nos atraparon en Londres.
Tiré de ella para que girase y poder quedarnos cara a cara. Le clavé con intensidad unos ojos que gritaban «no más secretos, te amo demasiado».
—¿Qué puede tener que ver Julia con los templarios?
—Es que no era ella, Carlos, era yo. Yo misma.
La mujer no tenía la marca de nacimiento en el pecho de la que me hablaste, me costó darme cuenta, más de una vez creí que moriría de miedo.
Pero lo cierto es que no tenía nada que temer, venía a advertirme, traía un mensaje: el Génesis debía quedar en manos de los templarios, ese era su lugar.
—Y tú debías ser quien lo llevase.
—Es posible. Los caminos de la Señora son inescrutables.
Sonreí quedo y le besé la frente. Durante mucho rato oteamos el horizonte invadidos por una enorme dicha.
Nuestro sueño de una vida juntos, una vida mejor, ya había comenzado antes incluso de pisar tierra americana.
El maestre del Temple nos había dado su bendición como pareja y eso, en tiempos medievales, equivalía a un casamiento.
En el fondo de nuestros henchidos corazones, ya éramos marido y mujer, aunque volveríamos a repetir la ceremonia en Nueva York, conforme a los ritos convencionales.
Y gracias a mi amigo John Legand y a sus contactos, ahora Irene disponía de documentación oficial inglesa bajo el nombre de Sophie Iren Winchester.
Eso ayudaría a borrar definitivamente el rastro de su existencia.
Si alguien en el futuro y desde las altas esferas eclesiásticas indagaba, solo deduciría que yo había desposado a una ciudadana de rancio abolengo, británica o puede que americana. Nada más.
Lo cual nos hacía libres.
—Bienvenida a mi vida, amor mío.
—No sé si te he dicho ya que soy muy feliz.
—Unas mil veces. Pero necesito que me lo digas otras mil más.
Sentí cómo su cuerpo se estremecía a mi tacto.
El temblor de la felicidad, lo llamé sin temor a equivocarme.
Porque yo también lo sentía. Lo que se apropió de mi alma aquella primera vez que, rodeados de libros nos miramos a los ojos para ver más allá, había crecido con el tiempo hasta ser demasiado grande.
Demasiado invencible. Irene giró en la jaula de mi abrazo y me echó las manos al cuello para besarme.
El mar fue testigo de todas las promesas que repetimos.
Luego, tomó mi mano y la giró para dibujar con su yema un corazón en mi palma.
—Esto es lo que quiero darte. —Repitió mis palabras, esas que parecía haber pronunciado cientos de años atrás, pero que seguían tan vivas como la sangre corriendo dentro de mis venas.
—Ya no puedo hacerlo, Irene mía, hace mucho que lo tienes.
—Te amo, señor Carlos.
—Te amo, mi diosa. Vas a tener una vida maravillosa, deja que yo me encargue de eso. América, con toda su magia, aguarda.
GRACIAS por leerla.