Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 55
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Luz que nos ilumina

Carlos

Cuando, después de encontrarme con Irene en la azotea, bajaba a mi dormitorio y me metía en la cama, en completa soledad cuando lo que verdaderamente deseaba era tenerla a ella a mi lado entre las sábanas, mi corazón necesitado se dedicaba a crear fantasías de cómo sería nuestra vida juntos, una vez nos hubiésemos enfrentado a mi familia y al mundo y estuviésemos casados.

Viajaríamos por el planeta, me aseguraría de hacerla la mujer más feliz de la tierra, le compraría las mejores joyas, cumpliría cada pequeño capricho suyo y compartiría con ella largos paseos junto a los ríos más preciosos de Europa.

Jamás imaginé que nuestra primera visita a Londres fuese en aquellas aciagas circunstancias. Huyendo como dos forajidos.

Y sin embargo, Irene irradiaba dicha, sus ojos verdes brillaban enamorados de todo cuanto veían, la sonrisa no lograba borrarse de su cara y su dedo señalaba sin cesar: parques, edificios, lujosos coches, el río…

Su buen humor, su ilusión de niña sorprendida fue barriendo mi tristeza hasta sepultarla, cosa que yo juzgaba imposible.

Aproveché nuestra escala en Barcelona para escribirle a mi tío.

Solo para informarle de que estaba vivo y a salvo.

No se lo oculté a Irene, si bien tampoco se lo dije antes de enviar la carta.

Ella tenía mil y una razones para odiar a Antonio Otamendi y quitarme de la cabeza mi intento de tranquilizarlo.

De algún modo, mi familia la entregó al calvario a manos del obispo y sus secuaces.

De ese modo lo veía ella y era comprensible.

Pero yo entendía que la intención del hombre que me crió no fue nunca perjudicarla.

Sí, apartarla de mí. Impedir que nos casáramos, por descontado.

Pero entregarla a la tortura y la muerte, eso, nunca.

Conocía a mi tío demasiado bien como para dudarlo.

La única referencia que los eclesiásticos tuvieron respecto a Irene y su sobrenatural talento se produjo al entregar el libro al obispado solicitando auxilio y consejo.

Una cosa trajo la otra, pero Irene había sido secuestrada en plena calle, sin intervención ni orden de Antonio Otamendi, si bien el cuerpo de casa, en particular el ama de llaves, había hecho lo impensable para disfrazar de huida el rapto, lavándose las manos.

Eso también lo sabía.

Me miró con cierta pesadumbre cuando se lo confesé, pero no había reproche ni resentimiento en sus preciosos ojos. Solo compasión.

Y en cuestión de una semana, mis tíos me respondieron a la dirección de referencia que les había facilitado: recibir noticias mías les había devuelto la vida a ambos, ya que me daban por muerto.

Tomasa estaba de regreso en casa, completamente curada, y las cosas habían vuelto, dentro de unos límites, a la normalidad.

Para Madrid y la gente bien, Carlos Otamendi se había marchado a amasar aún más fortuna al extranjero.

Para los hombres de la Iglesia, yo estaba difunto o desaparecido, algo que la familia no perdonaría jamás, si bien por ser mi tío generoso y pío renunciaría a armar un escándalo y no lo pondría en manos de las autoridades.

Pero el reverendísimo señor obispo y todos sus acólitos quedaban en deuda eterna para con él.

Así se cerraban los círculos que jamás debieron ser abiertos.

Con ese puñado de malas razones que, sin embargo, todos dieron por buenas, Irene y yo nos convertíamos en personas libres.

Ahora, antes de pensar en nosotros y en construir lo que sería nuestro dorado futuro, teníamos que intentar lo más temerario.

Mi amigo John nos recibió en su mansión de Mayfair.

Nos abrazamos durante mucho rato; en los años de internado y universidad habíamos sido inseparables y sin embargo, hacía más de un lustro que apenas si nos carteábamos.

Fue estimulante comprobar que los apegos se mantenían intactos.

Le presenté a Irene y no pude evitar percibir su ramalazo de admiración al verla.

John era todo un conquistador que sabía distinguir cuándo una mujer merecía la pena.

Nos asignaron dos dormitorios en la gran casa.

Nos obligaron a participar en un banquete de bienvenida y a descansar después.

Y solo transcurridas muchas horas tras nuestra llegada, pudimos reunirnos en la biblioteca, a solas, a ponerlo al tanto de la increíble historia.

Yo sostenía en las manos el viejo libro del Génesis e Irene repitió por tercera vez, el contenido de las páginas.

John no daba crédito a lo que oía. Su boca se abrió en un claro gesto de asombro e incredulidad. No llegó a cerrarla. De hecho, durante mucho rato, demasiado tratándose de John, no supo qué decir.

—¡Es… es inaudito! —exclamó finalmente— Pero al tiempo, ¡es tan lógico! ¡Todas las piezas conectan con tanto sentido…!

—Pensamos igual —corroboré—. Todo encaja. Contamos con miles de pistas veladas repartidas por la historia. De un modo u otro, siempre ha habido algún sabio ilustrado lanzando guiños, tratando de desvelar el secreto.

—¿Qué otras cosas nos ocultan? Llevamos toda la vida… engañados.

—Nos han impuesto la versión de la historia que les interesaba a ellos.

—Está claro. Creo que necesito una copa.

Abandonó el chéster de cuero, recorrió la amplia sala pensativo, tocándose la nariz con la mano, mesándose el abundante cabello con los dedos. Luego nos preguntó si deseábamos acompañarlo y al decirle que no, se sirvió un whisky en meditabunda soledad.

—Y decís que solo Irene puede traducir esa escritura desconocida.

Asentimos. John se aferró al respaldo de una butaca, miró al artesonado del techo y suspiró con melancolía.

—Lo que daría la humanidad por tener acceso a esta versión de la historia…

—¡Por eso estamos aquí, John! ¡Diriges un periódico, puedes hacerlo público y que llegue a todas partes…!

Irene lo observó conteniendo el aliento.

—No puedo, Carlos. Sin pruebas de lo que decimos no se me está permitido publicar nada, sería un suicidio.

Por el tono abatido de su voz supe que tenía razón; y que no daría marcha atrás. Que deseaba con todas sus fuerzas ayudarnos, regalarle al mundo el conocimiento que durante siglos se les había negado, pero que la cruda realidad se lo impedía.

—John…

Mi amigo vino hacia nosotros, soltó el vaso en una mesilla y se arrodilló junto al sillón que ocupaba mi futura esposa.

—Escúcheme, Irene, yo la creo, ¡la creo!

Lo que me cuenta tiene todo el sentido, mucha más lógica que el cuento de hadas que vienen sosteniendo siglo tras siglo.

Pero ese Génesis enterrado no es legible, solo usted entiende lo que dice y no puede ser corroborado con otro tipo de pruebas, aunque nosotros dos estemos de su parte, cosa que no le permito que dude ni por un instante.

El mundo no lo estará. No podemos generar semejante apocalipsis sin apoyos contundentes, ¡se nos comerán vivos!

Y no me refiero solo a los más interesados en que esto no se sepa.

El resto de la humanidad está tan bien adiestrada que lo considerará una burla.

Nos convertirán…, la convertirán a usted en un fraude.

Tuve que admitir que mi amigo hablaba con sensatez. Y así se lo indiqué a Irene.

—Lo sé, lo sé, habla con la verdad. Y es… desoladora.

—Le juro por lo más sagrado que daría cuanto tengo por ayudar. Pero ¿convencerlos de que Lucifer encarna todo lo bueno y que con ella se cometió una injusticia? Olvidadlo.  No se detendrían hasta destrozaros. A ambos.

Irene se incorporó despacio. En el dedo llevaba mi anillo de compromiso y en las manos, el viejo libro después de haberlo leído y traducido para nosotros.

Con paso firme se acercó a la enorme chimenea, donde ardía un alegre fuego, y sin titubear un segundo, arrojó el libro dentro.

John aulló como una fiera herida y buscó una herramienta que le permitiera salvarlo.

Mientras lo intentaba, los segundos se acumulaban, las lenguas doradas lamían el cuero de la cubierta, lo rodeaban.

Cuando al fin lo puso a salvo, para su total desconcierto, el libro estaba intacto.

—Es la palabra de lo Todopoderoso, Irene —le dije—, no puedes destruirla.

—Trate de quebrarlo, destruirlo del modo que imagine. Inténtelo. Verá como no puede —completó Irene apuntándolo.

Desconcertado y ansioso, John giró el libro entre sus manos, comprobando su estado. Luego intervino con voz trémula.

—¿Qué haréis? Supongo que todas vuestras esperanzas estaban depositadas en mí, en lo que pudiera hacer a través de mi periódico. Lamento haber sido de tan poca ayuda. Me siento un auténtico miserable…

—No, John, por favor, no soportaría llevar la carga de tu remordimiento sobre mi espalda.

Tienes toda la razón en lo que dices, es sensato, es racional y es inteligente.

No tenemos nada. ¡Nada más que a Irene! Cualquier intento implicaría ponerla de nuevo en evidencia, y hacerla visible es exponerla al peligro.

Si no nos creen, será vergonzoso. Si nos creen, la convertirán en el enemigo a derrocar.

Y ya sabemos hasta dónde son capaces de llegar, son unos monstruos.

Los dos la mirábamos. La muchacha de fuego.

La hermosa elegida, como la llamaba sor Raimunda, la que pronto sería mi mujer, la madre de mis hijos.

Yo estaba en mi derecho de no querer ser un héroe, de ansiar una vida corriente, una vida normal.

Tenía razón John, la hazaña nos venía grande.

Mejor dejarlo así, como estaba. Como había estado siempre.

Seguramente otros más grandes y poderosos que nosotros también se habían dado por vencidos siglos atrás.

Por eso los tres cerramos una etapa cuando asentimos.

Estábamos construyendo un pacto de silencio que perduraría mientras nuestros corazones latieran.

Ninguno iba a olvidar lo que aquel libro revelaba, saberlo nos cambiaba la existencia, el enfoque de la realidad misma.

Cualquier paso que diéramos en lo sucesivo, cualquier decisión que tomáramos en el futuro, estaría mediatizada por la posesión de aquel secreto. Pero tendría que ser privado, íntimo.

Tendría que seguir enterrado un poco más.