Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 54
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Paso a paso

Irene

Despertar y encontrar a Carlos inclinado sobre mí, sonriéndome con adoración, fue como subir al mismísimo cielo tras el interminable tormento.

Muchas veces, durante mi estancia en el agujero-jaula, durante los largos e insoportables interrogatorios, me convencí de que no saldría viva, que jamás volvería a ver a mi ángel y que ninguno de nuestros sueños se cumpliría: quedarían varados para siempre en una playa lejana y olvidada, secándose bajo el sol hasta desaparecer.

Sin embargo, lo que se reflejaba en mi cara no era el rojizo amarillento del velón en la pared del pasillo, sino la luz del día.

Alrededor había árboles que susurraban, estábamos como acampados bajo uno de enorme copa, en mitad de un campo, mi cabeza apoyada en el regazo de Carlos y la suave hierba acariciante bajo mi cuerpo.

«Estoy soñando» , me dije.

—Por fin despiertas, mi amor —murmuró con voz dulce.

Parecía real, tan real que me atreví a alzar una mano temblorosa para tocarle la cara.

¡Y allí estaba! Su piel conocida y cálida, el roce de su barba corta, los hoyuelos de sus mejillas, los ojos húmedos mirándome con infinito amor…

Deseé soñar hasta que el último hálito de vida se me escapara y se iniciase el viaje camino del paraíso a conocer a la Diosa. Volví a entrecerrar los párpados.

—Estoy aquí, mi vida, soy yo, dime que me oyes, dime que vas a luchar por salir de ese limbo. Necesito que pelees, mi amor, regresa a mi lado…

—Ha sufrido mucho, don Carlos. Su alma se la lleva lejos para ahorrarle tormentos.

—¡Quiero que regrese, necesito que regrese! ¿Qué puedo hacer?

—Siga llamándola, entréguele su amor y tráigala de vuelta. Solo usted sabe cómo hacerlo.

Esa otra voz… Femenina, suave, delicada, llena de ternura. Algún rincón de mi entumecida mente creía reconocerla. Pero ¿pretendía sacarme de mi feliz sueño? ¿Por qué?

Concentré todo mi empeño en separar los párpados.

Fue difícil, mis ojos se habían acostumbrado a la lobreguez de la jaula y rechazaban el centelleo del sol.

Pero tenía que comprobar si mi ángel estaba realmente allí, si todo aquello no era más que una ensoñación o un delirio de alguien que empieza a despedirse del mundo mortal.

—Carlos…

Él, por toda respuesta, sonrió y dejó que las lágrimas le corrieran mejillas abajo. La punta de sus dedos acarició mi cara, mi pelo, la línea de mi mandíbula, mis labios.

—Bienvenida seas, mi amor. Te quiero. Te quiero tanto.

—¿Estoy en… en el cielo?

—Estás entre mis brazos, de donde nunca te permitiré escapar. —Se inclinó y posó sus jugosos labios sobre mi boca. Un beso que me devolvió el contacto con la realidad, la vida—. Ever thine, ever mine, ever ours . ¿Recuerdas?

Mientras comíamos un poco de pan con queso allí mismo, sentados bajo los árboles junto a un río, mi ángel y sor Raimunda, la monja que me había curado las heridas, me pusieron al corriente de todo.

Nosotras, a nuestra vez, le narramos a Carlos la última y desesperada visita de la mujer a mi jaula, cuando vino a preguntarme a quién podía avisar para sacarme de allí.

La muerte del padre Tomás, su ambición que tan útil nos había sido, la malvada decisión del obispo.

En realidad, no cabía duda de que la Diosa nos había tomado bajo su protección, haciendo coincidir un rosario de circunstancias que por fortuna, nos habían conducido hasta la entrada de Burgos.

Acampábamos a orillas de un río que yo confundí con el Manzanares.

—Es el río Duero, mi amor.

—¿El Duero? Pero ¿dónde estamos?

—Lejos, a la entrada de Burgos ya.

Mi embotado cerebro, cada minuto más lúcido, empezó a atar cabos a toda velocidad.

—¡Cielos! ¿Cuántos días he estado inconsciente?

Las manos de Carlos se enredaron en las mías. Sentí la fuerza de su presión.

—Demasiados.

—Por un instante temimos que no volvieras —añadió sor Raimunda.

—No viviremos lo suficiente para agradecer su ayuda, hermana.

—Estaba escrito, me congratula haber estado ahí, donde debía, para tener el honor. Por cierto, quiero que sepáis que mañana me quedaré en algún pueblecito de la zona, uno discreto donde pueda utilizar otro nombre con el que nadie me localice. Y poder empezar de cero una nueva vida.

Sus últimas palabras las acompañó con una mirada de agradecimiento dirigida a mi ángel.

Me sentí orgullosa de él, de lo que quiera que le hubiera aconsejado que parecía hacerla muy feliz.

De algún modo, todos iniciábamos un nuevo rumbo que parecía optimista, después de los horrores que habíamos tenido que soportar.

Desvié mi mirada hacia él, lo que más quería.

Desde que había vuelto a nacer, no lograba separarme, ni física ni emocionalmente, un instante de Carlos.

—¿Y nosotros? ¿A dónde iremos a parar nosotros?

—Lo meditaremos con cuidado. También tendremos que pasar desapercibidos como sor Raimunda, al menos por un tiempo.

—Es nuestra obligación sacar el contenido del libro a la luz —exclamé con pasión—, hay que mostrárselo al mundo del modo que sea, la gente tiene que enterarse de la verdadera historia de Luzbel.

—Mi tío tiene un amigo periodista en Barcelona que…

—¿Tu tío? ¿Qué dices, Carlos?

Enseguida se dio cuenta de su equivocación.

Yo sabía que en su tío no se podía confiar.

Él, desde otro punto de vista y en nombre del afecto familiar, lo disculpaba y aún pensaba que tal vez no estuviera todo perdido.

Podía entenderlo, pero dadas las circunstancias no habría sido demasiado inteligente correr riesgos.

Tendríamos que solventarnos por nuestra cuenta, al margen del apellido Otamendi.

—Sí, claro, tienes razón —accedió—. Entonces prepárate para viajar.

En mitad del corazón y por encima del agotamiento, sentí explotar una burbuja de entusiasmo.

—¿A dónde vamos?

—A un lugar donde la Iglesia católica ha visto reducido su poder casi a nada. Donde estarán encantados de que un secreto como este se haga público. Una ciudad en la que, por casualidad, tengo un amigo que dirige un periódico. —Me acarició amoroso el pelo rojo—. Nos vamos a Londres.

Seguimos adelante como los antiguos peregrinos.

A ratos, cuando nos apetecía, parábamos en el margen del río y disfrutábamos del sol, del verde de la hierba de verano y la satisfecha mula, al masticar los brotes tiernos, nos arrancaba una sonrisa.

Quizá lo mejor de todo era que nos sentíamos libres, que el futuro que se nos abría, lejos de la alta aristocracia y de la capital del país, era inmaculado, sencillo y jubiloso.

Despedirnos de sor Raimunda fue una de las cosas más difíciles que he tenido que enfrentar en la vida.

Se lo debíamos todo, todo. La buena mujer hasta robó el contenido del cepillo de los huérfanos en la capilla del manicomio.

Ese dinero producto de su delito, era todo cuanto teníamos.

A pesar de su importancia, cuando nos lo confesó, mi ángel se echó las manos a la cabeza.

—¡Hermana! ¿Usted robando?

No supe si lo decía en broma o la estaba regañando. El tono de su voz era una mezcla de ambas cosas. Y es que los tres estábamos tan contentos que nada terminaba de enfadarnos del todo.

—Era preciso. Nuestro señor Jesucristo y la sagrada Diosa sabrán entender y perdonarán.

—Eso espero.

—Ya verá, don Carlos, ya verá.

—En cuando lleguemos a una capital de provincia tengo que ir a un banco. Necesitamos dinero. Usted también, hermana, un buen respaldo económico la ayudará a empezar.

—¿Y piensa entrar en un banco con esas pintas? Lo confundirán con un ladrón y llamarán a la guardia.

Sor Raimunda acababa de acertar en diana. No solo Carlos parecía un indigente. Ella misma, yo sobre todo. La estancia en el agujero, las marcas de los golpes, los restos de  sangre seca pese a habernos lavado como pudimos en el río. Realmente dábamos miedo.

—Trataremos de comprar ropa limpia con lo que nos queda, al menos para usted, don Carlos, para que pueda entrar sin llamar la atención en esos sitios elegantes.

—Nada caro. Limpio y decente, con eso me basta.

—Mi amor, eres un caballero —apunté yo acariciándole las manos. Me devolvió el gesto amable con dedicación.

—Ya seré un caballero más adelante. No creo que el cepillo de los pobres huérfanos dé para mucho. Recuérdame que cuando todo esto acabe, envíe una donación anónima lo suficientemente generosa como para construir un orfanato. Les debo una a esos desgraciados pequeños.

Paso a paso lo cumplimos todo. En un humilde almacén de provincias compramos ropa nueva, el heredero de los Otamendi recuperó parte de su dignidad social y pudo entrar en el banco a por fondos, sin que los empleados pensaran que era un ratero usurpando la identidad de un señor rico.

Luego decidimos dejarle a sor Raimunda, además de dinero suficiente como para vivir más de un año, el carromato y la hermosa mula, para que se manejara con ellos.

Carlos tuvo que ponerse muy serio para que la mujer claudicase, se negaba a aceptar su ayuda si esa ayuda implicaba riqueza.

Mi ángel metió los fajos de billetes en un saquito, tomó la mano de sor Raimunda y la obligó a agarrarlo.

—Hermana, usted nos salvó la vida. Si no llega a ser por su intervención, no habría vuelto a ver a Irene con vida y más tarde, nos habrían asesinado a los dos.

Esto es todo lo que puedo ofrecerle de momento y no es nada, se lo aseguro.

Nada considerando lo que le debo. Si lo rechaza me causará un gran dolor y mientras respire, quedaré en deuda con usted; más aún de lo que ya estoy.

—Estamos —rectifiqué.

Ella pareció rendirse.

—Es usted muy insistente, se nota que sabe negociar.

—¿De acuerdo entonces?

—De acuerdo.

Nos abrazamos temblando por la emoción. ¿Cuánto hacía que nos conocíamos? ¿Dos semanas? La miraba y veía a una verdadera hermana de carne y sangre. No la olvidaría por más años que viviera.

—Otra cosa… Es mejor que sean ustedes los que custodian esto.

—Se enjugó las lágrimas conmovida. De debajo de su delantal sacó el viejo libro del Génesis perdido y se lo alargó a Carlos—.

Señor Otamendi, usted tiene posibles, puede viajar por el mundo, usted sabrá qué hacer con él. Yo no sabría ni protegerlo.

—¿Está segura?

—Lo estoy. La Diosa me lo repite cada mañana y cada noche.

Nos abrazamos de nuevo y, al alejarnos dejándola allí junto a la mula, con su gran corazón, tan diminuta y tan buena, estallé en lágrimas. Carlos me rodeó los hombros con su brazo, me estrechó con fuerza y me besó la sien.

—¿Lloras?

—¿Volveremos a verla?

—Probablemente no.

Traté de sonreír sin conseguirlo.

—Por eso lloro.