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Nuevos amaneceres
Carlos
Conecté mis sentidos con la realidad y abrí del todo los ojos al sentir el peso de un cuchillo acoplándose en la palma de mi mano y a una monja, vestida igual que la que me llevó al manicomio y acabó degollada, haciéndome señas desesperadas para que no me delatase.
Me confortó el hecho de que Irene continuara a mi lado, respirando, aunque su pecho subía y bajaba lento y con dificultad.
El carro en el que nos habían cargado se puso en movimiento calle adelante, y pronto comprobé que el centro de internamiento para enfermas mentales quedaba atrás.
Dejé ir tal suspiro de alivio que todo mi interior se calmó de golpe.
Con la mano libre busqué a tientas la de Irene y trencé mis dedos fuerte con los suyos.
Era una mano helada e inerte, pero en su muñeca latía el pulso.
Me juré a mí mismo que saldríamos de aquello.
Durante un rato que me pareció una eternidad no ocurrió nada que no fuera el traqueteo del carro sobre los irregulares adoquines de las calles.
Ni siquiera había charla entre la monja que parecía de nuestra parte y el sacerdote que controlaba las riendas, del que solo podía ver su ancha espalda.
Sobre nuestras cabezas, ya a la altura del pescante, reposaban unos cuantos leños cortados para chimenea.
Había sacos y trapos viejos por todas partes, e Irene y yo nos ocultábamos de la vista y del mundo bajo ellos.
Perdimos los sonidos mundanos y el silencio de una noche con pocas estrellas acabó rodeándonos.
Algún grillo que ya empezaba a ponerse nervioso con la subida de temperaturas, el ulular de un búho y el paso cadencioso de la mula, que no debía de tener mucha prisa.
A esas alturas yo ya había recuperado parte de las fuerzas y mi visión era nítida, igual que siempre.
Vi el brazo de la monja colocarse a su espalda y tantear el aire buscando localizar los troncos.
Fueron cuatro intentonas durante las cuales yo no fui capaz ni de respirar, solo pretendía entender sus intenciones, y de ser necesario, anticiparme.
Encontró lo que buscaba cuando sus dedos se cerraron en torno a un tronco del tamaño del brazo de un hombre fuerte.
No lo levantaría sola, iba a necesitar ayuda.
Sus ojos buscaron los míos y con ellos me indicó lo que pensaba hacer.
Asentí para que supiera que no estaba desamparada y a partir de ahí, todo sucedió muy rápido.
Levantó el madero por sí misma, no me dio tiempo de apoyarla.
Con un veloz movimiento que yo nunca habría esperado, lo sostuvo con las dos manos y golpeó la cabeza del religioso con una energía inusitada; debió de emplear toda su fuerza.
El hombre soltó un gemido ronco y se tambaleó en el pescante sin siquiera soltar las riendas.
La monja volvió a golpearlo, esta vez de frente, en mitad de la cara.
Acudí en su auxilio empuñando el cuchillo que ella misma me había entregado; lo clavé en el cuello del cura, a la altura de la yugular.
El chorro de sangre caliente que marcó el final de su vida salió disparado y salpicó el hábito de la religiosa.
El sacerdote cayó como un fardo pesado, del pescante al suelo, mientras la monja tiraba de las riendas y hacía frenar a la mula. Los dos saltamos a un tiempo al camino.
—Tenemos que asegurarnos de que está bien muerto.
Le tomé el pulso. Comprobé su respiración y el latido de su corazón.
—No se preocupe, hermana, no volverá a caminar.
—¿Podemos esconder el cuerpo ahí, entre los matorrales?
—Sería más seguro enterrarlo, tardarían más en encontrarlo.
—No tenemos herramientas con las que cavar un agujero.
—¿Queda muy lejos el río? —pregunté oteando los alrededores. Entre la conmoción y la oscuridad de la noche, no tenía la más remota idea de dónde nos encontrábamos.
—Si nos desviamos por ese carril, como a media hora de distancia.
—¿Tenemos tiempo, hermana?
—Hasta las siete de la mañana nadie sabrá de vuestra desaparición y de la del padre Tomás, Dios lo tenga en su santa gloria o donde merezca.
—Creo que el padre estará muy bien en el fondo del Manzanares.
Allí acabó el sacerdote sus días. Las sogas que nos ataban los pies a Irene y a mí, rodearon su cuerpo; luego lo metimos en un saco y dentro, todas las piedras que cupieron, más algunos troncos.
Dos empujones míos y de sor Raimunda bastaron para hundirlo en el río, allí donde vimos que era más profundo.
Tardarían una eternidad en encontrarlo si es que los peces y las alimañas no lo devoraban antes por completo.
Comprobé el estado de Irene, humedecí su frente con el agua fresca del río y la oí gemir bajito. Recoloqué los trapos para acomodarla, la cubrí bien para que no cogiera frío y ocupé el lugar del difunto sacerdote en el pescante, junto a la monja.
—¿Y ahora?
—Nos alejaremos de Madrid y ustedes escaparán lo más rápido que puedan, mientras a más distancia, mejor. Pero no seré yo quien les diga a dónde.
Invertí un buen rato en meditar. Nuestras posibilidades no es que fueran muchas, pero yo disponía de una gran fortuna propia con la que podría huir a cualquier parte del globo, con solo chasquear los dedos.
—¿Y usted?
—Bueno, no puedo volver al centro; continuaré hacia el norte y me sumaré a cualquiera de los hospitales de campaña que se han abierto para combatir la gripe. Si mi congregación no resulta segura, ingresaré en otra.
—¿Cómo y cuándo decidió ser monja, Sor Raimunda?
—Lo decidieron mis señores padres. Yo solo tenía doce años.
La miré interesado. No parecía tener más de veintipocos. No era una belleza, pero sus rasgos eran clásicos y serenos.
—¿Se llama de verdad así, Raimunda?
—No —sonrió con tristeza—, Clara. Clara Zúñiga.
—¿Y no echa de menos a Clara?
—A veces, muchas veces; el amor del Señor, por sí solo, no me consuela. Es terrible.
—Es humano, hermana. Ahora tiene una buena oportunidad para recuperar a Clara, con toda la vida por delante.
Ella sonrió y dejó que la brisa templada de la noche le bañara la cara. Tiró de la cofia y dejó su pelo ralo al descubierto. Los trasquilones eran abominables, pero resplandecía rubia como la miel.
—Tiene razón, señor Otamendi. Es posible que lo haga.