52
La única salida
Cuando Carlos Otamendi recuperó el conocimiento, lo primero que buscó, por instinto, fue a Irene.
Estaba justo donde la había dejado. Con los ojos cerrados, más pálida y fría si cabe.
Él tardó en aclarar su visión, alrededor todo era niebla y destellos luminosos que no se correspondían con ningún foco de luz real.
A la terrible sensación de nausea se sumaba el penetrante dolor en el cráneo.
Se llevó la mano al pelo húmedo y la apartó manchada de rojo.
¿Quién lo había golpeado por la espalda? ¿La monja? La agresión había sido demasiado violenta para provenir de alguien tan endeble…
No. No había sido ella. La pobre mujer que lo había conducido hasta allí, seguramente arriesgando su vida, yacía en el suelo a poca distancia con la garganta abierta de extremo a extremo.
Carlos reptó hasta ella para comprobarle el pulso, sabiendo ya de antemano de lo inútil de su gesto.
Nada que hacer, estaba muerta. Reculó horrorizado, controlando a duras penas las ganas de vomitar y el mareo.
De momento, solo lo mantenía erguido la rabia, pero pronto las fuerzas lo abandonaron; se acomodó junto a Irene, protegiéndola con su propio cuerpo y, un puñado de segundos más tarde, había vuelto a desmayarse.
Sor Raimunda ya conocía el aciago destino de la pobre hermana que accedió a ayudarla y solo pudo rezar por la salvación de su alma y porque en la otra vida, su valiente sacrificio fuera premiado.
No había conseguido sacar a Irene del manicomio y ahora, el problema se había engrosado con la presencia del joven Otamendi.
Otro prisionero, este ilustre, con el que los altos rangos eclesiásticos no sabían qué hacer.
—Deberíamos eliminarlo.
—¿Ha perdido el juicio, padre? Se trata de un Otamendi, no es un desharrapado de la calle del que podamos prescindir sin consecuencias.
—La gente rica también sufre desgraciados accidentes, son víctimas de atracos… No se limite, hay muchas formas de despellejar un gato.
—Es demasiado peligroso. Don Antonio Otamendi ya ha venido al obispado a interrogarme.
—Le habrá negado saber nada…
—¡Por supuesto que se lo he negado! El caso es, ¿me habrá creído? ¿Y cuánto tardará en presentarse de nuevo, acompañado de la policía?
—Al manicomio de mujeres no van a llegar, ni siquiera nos relacionan con esta institución, reverendísimo señor, pierda cuidado.
—Se equivoca. Los Otamendi son tan testarudos como poderosos y ese joven es el único heredero de la fortuna de toda la familia, no van a olvidarse del caso con tanta facilidad, no tendremos tanta suerte.
Don Antonio es consciente de que su sobrino andaba buscando a la muchacha.
Si la encuentra a ella, lo encontrará a él.
—Razón de más para deshacernos de los dos y que nadie se tope jamás con sus cuerpos.
Tras esa conversación en murmullos, la caída del silencio como prueba de que el obispo tomaba una decisión.
—Los ánimos están revueltos en Madrid, deberíamos extremar el cuidado.
—La parte del pueblo que nos es hostil no decrece, sino que aumenta.
—Aunque defendernos implique matar…
—¡Aguarden! Me están dando mucho en lo que pensar.
Con la ayuda de otras monjas, Sor Raimunda estaba pendiente de todos los chismes y rumores e hilvanaba lo que pescaba allí y allá, tratando de componer una idea aproximada de la situación, que le permitiera valorar el nivel de riesgo. Era enorme. Y lo peor, apenas quedaba tiempo.
Desde que Carlos se colara en el psiquiátrico y en la celda de Irene, el obispo había ordenado custodiar la puerta.
No se les alimentaba y el agua sucia que les servían, llevaba un aditivo narcótico que los mantenía aletargados.
Rezando en susurros porque su plan funcionase, Sor Raimunda bajó a los sótanos acompañada de su sonrisa más inocente.
Había aguardado con paciencia y muchos rezos, a que la guardia de noche le tocase al padre Tomás: su fama le precedía, era ambicioso y cruel, dispuesto a todo por medrar.
Algo extremadamente conveniente. Y ella iba decidida a usurpar la identidad de alguien cuya reputación de sádica y retorcida, también constaba: sor Úrsula.
Hacerse pasar por ella daría visos de credibilidad a la traición que estaba a punto de proponer.
—Ave María.
El hombre dormitaba apoyado contra la pared, pero se sacudió la pereza de un cabezazo.
—¿Quién va?
—Sor Úrsula.
La religiosa se dejó ver al colocarse en el radio de acción de la vela colgada en la pared. El sacerdote la repasó de pies a cabeza con interés.
—¿Sor Úrsula? ¿La monja verdugo? He oído hablar mucho de usted.
—Espero que bien.
—Depende de cómo se mire —fue la socarrona respuesta—. Es tarde, ¿qué busca?
Sor Raimunda miró al interior de la celda. Los dos cuerpos, Irene y Carlos, seguían allí tumbados e inmóviles y el olor era más insoportable que nunca.
—¿Siguen vivos?
—¿Qué quiere, Sor Úrsula?
—Compartir con usted una información vital que cambiará su destino, padre Tomás.
Él se sorprendió de que lo conociera.
—¿Conmigo? ¿Por qué conmigo?
—Porque es piadoso pero inteligente, con visión de futuro, y sé que me entenderá.
No replicó; sin embargo sus ojos centellearon con el brillo de la codicia. Sor Raimunda lo interpretó como el interés que tanta falta le hacía.
—Bien. Sabe que las altas jerarquías tienen planeado hacerlos desaparecer.
—Yo no soy quien para discutir esas órdenes.
—Pero habría que ser muy estúpido para no entender el valor de lo que tenemos aquí encerrado: ella es la única persona viva y conocida, capaz de traducir la lengua del diablo. ¿Imagina lo que el santo padre de Roma sería capaz de dar a cambio?
El padre Tomás parpadeó confuso.
—Nadie ha informado al Vaticano de lo que tenemos aquí.
Pretenden despacharla sin más trámite y olvidarlo todo como un mal sueño; sin embargo, el que haga entrega de la muchacha y del libro y la ponga a disposición de Roma abriendo la posibilidad de que traduzca el resto de las obras almacenadas en la sección prohibida de la Biblioteca Vaticana…
Su tono sugerente se enroscó en torno a la avaricia del padre Tomás, como una serpiente venenosa. El sacerdote no movió un músculo pero su mente ansiosa de fama, renombre y poder ya lo situaba de consejero junto al santo padre, en Italia, tomando decisiones cruciales.
—¿Se lo imagina, padre Tomás? —insistió Sor Raimunda con suavidad— ¿Imagina el agradecimiento de toda la curia vaticana ante tamaño regalo?
Aquí nadie se plantea esa posibilidad, ¡van a desperdiciar a la única traductora que podría desvelar los enigmas ocultos en los textos prohibidos!
¡La Iglesia perderá ese conocimiento vital y milenario solo por la ignorancia de un obispo que tiene demasiado miedo!
El hombre pareció entender. Giró la cabeza y la miró por primera vez. Aquello tenía sentido, mucho sentido. A aquella luz, su futuro brillaba igual que el oro.
—¿Y cómo lo haríamos?
—La guardia de esta noche le corresponde, padre. Usted tiene hasta las siete de la mañana y yo, un carro preparado donde podemos subirlos a los dos. Luego es cuestión de viajar hasta Roma.
—Un momento… ¿A los dos, ha dicho?
—Del joven Otamendi podemos deshacernos en cualquier momento, por el camino.
Ni siquiera necesitamos mancharnos las manos con su sangre, pertenece a una familia importante que removería cielo y tierra hasta dar con su asesino.
No. Lo dejaremos en cualquier cuneta y cuando recupere el sentido no sabrá explicar lo que ha pasado.
El cura asintió con gesto concentrado.
—La importante es ella. Ella. Debe llegar a Roma.
—No lo veo tan sencillo.
—Confíe en mí, padre.
—No hay porqué, sor Úrsula, de usted solo sé que disfruta haciendo daño a la gente.
—Impartiendo justicia divina, véalo de ese modo. Y que quiero llegar lejos, padre Tomás, igual que usted. Algo que no conseguiremos en Madrid.
—¿Cómo nos las arreglaremos? Después de quitárnoslo a él de encima, me refiero.
—La moza está demasiado débil para oponerse, pero cuando se despierte… Tendrá que confiar en mí cuando le diga que es acompañarnos o quedarse aquí, a esperar una muerte espantosamente lenta y segura.
—De acuerdo.
—¿Convencido y comprometido con el propósito?
—Usted vaya a por el carro. No se demore, no sea que me lo piense dos veces y cambie de opinión.
—Lo tengo esperando en la parte de atrás.
—Vaya. Muy segura estaba de que diría que sí.
Sor Raimunda esbozó una amplia sonrisa de satisfacción.
—Muy necio tendría que ser para negarse a participar en semejante plan. Atémoslos.
En apenas treinta minutos, arrastraban los cuerpos inertes de Carlos e Irene por los lúgubres pasillos y con mucho trabajo, los cargaron en el carro.
La mano de Carlos se movió un poco, sus párpados vibraron queriendo abrirse y a Sor Raimunda se le paró el corazón.
De un tirón de uno de los sacos que habían dispuesto para tapar los cuerpos, cubrió el rostro del joven Otamendi antes de que el padre Tomás se percatara y, colocándose en medio para cubrirlo, evitó un desenlace que podría haber sido fatal.
Para su preocupación, Irene no recuperaba el conocimiento ni parecía que fuera a recuperarlo en las siguientes horas.
Clara Zúñiga se preguntó horrorizada qué le habrían hecho a la pobre muchacha.
—Padre, póngase a las riendas, debemos irnos.
El sacerdote obedeció su indicación sin rechistar, regalándole unos segundos valiosos que ella aprovechó para destapar el rostro de Carlos.
El joven trataba de abrir los ojos sin terminar de conseguirlo.
La monja se llevó un dedo a los labios, le indicó silencio y con toda rapidez, encerró en su puño un pequeño cuchillo afilado.
Con un gesto le rogó silencio y al sentir el arma en la mano, Carlos comprendió al instante.
—¿Sube o prefiere quedarse, hermana?
—Voy, padre, voy. Esto hay que taparlo bien. Si alguien nos para, diremos que es ropa para los pobres.
—Usted manda. Espero no tener que arrepentirme por hacerle caso.
—Antes de lo que piensa, contará con el agradecimiento de su Santidad y se verá ascendido. No le digo que a cardenal así de primeras, pero habida cuenta sus talentos…
—Todo se andará. ¡Arre!
El carro tirado por una mula, sana y bien alimentada, abandonó las espaldas del manicomio. El edificio monstruoso y fantasmal que guardaba entre sus muros tantos secretos como mentiras.