51
Una cita a medianoche
Carlos
Después de casi dos horas, alcancé la fachada de la casa Otamendi y la presión de una energía que no era la mía demasiado cerca, volvió a palpitar con tal fuerza, que con la llave en la mano, junto a la puerta, miré por encima del hombro.
Una monja. Era tan solo una monja bastante joven con un montón de estampitas del Sagrado Corazón de Jesús en la mano, mirándome con timidez.
—¿Vive usted aquí? —preguntó ante mi ademán inquisitivo.
—Así es —respondí cauteloso.
—¿Y se llama por casualidad Carlos Otamendi?
—El mismo, hermana, ¿qué se le ofrece?
—Me envía Sor Raimunda, del manicomio de mujeres…
Esa referencia me hizo perder la cabeza.
—¡Tenemos que hablar! —exigí con angustia.
Ella oteó con nerviosismo los alrededores.
—Sí, pero no aquí, podrían vernos. Cómpreme una estampita de nuestro buen señor Jesús.
—Mientras yo sacaba la cartera del bolsillo de mi chaqueta, ella escogió una estampita en particular y me la entregó—.
En el reverso encontrará la dirección a donde debe ir esta noche.
Vaya solo, señor, y no hable de esto con nadie.
Con gestos torpes por culpa del nerviosismo, al menos en mi caso, nos intercambiamos dinero y cartulina. Me apresuré a quitarla de la vista escondiéndola en la cartera. La monja dio media vuelta dispuesta a desaparecer.
—¡Oiga!
Dejó de caminar pero no giró la cabeza.
—Dígame, señor.
—¿Está… está bien?
—Eso… no puedo decírselo. Venga esta noche. A las doce.
Me refugié en el frescor de la casa Otamendi con una espantosa niebla en la mente.
Tenía la cabeza como rellena de lana, mil ideas confusas que iban y venían impidiéndome pensar con claridad.
Pedí un café bien cargado, me encerré en mi gabinete donde nadie pudiera molestarme, y cerré la puerta por dentro.
Si salía, aunque fuera al pasillo, enfrentarme a mi tío sería inevitable y no quería que algo así pasara.
Mi corazón y mi razón peleaban duro en una batalla de emociones contradictorias.
Lo respetaba y lo quería, era el hombre que me había criado igual que a un hijo desde que mis padres desaparecieron.
A todos los efectos, mis tíos, Antonio e Inés, eran unos segundos padres, casi los únicos que había conocido y me constaba que cualquier mala decisión tomada, habría sido impulsada por una buena intención.
Lo que ellos creían que sería mejor para mí, para el apellido Otamendi, para todos.
No había maldad en sus actos, de eso estaba seguro, pero poner a Irene en manos de aquella gente era algo imperdonable.
Hacerla pasar por loca habría sido, seguramente, idea del obispo, sin intervención de mi tío y conociéndolo, debía de andar mortificándose, arrepentido hasta el tuétano de los huesos por tantos errores cometidos.
Pero si me lo topaba de frente, no sería responsable de mis actos.
A aquellas alturas, ya sabía que mis días en la casa familiar estaban contados y no quería guardar un recuerdo amargo de mi segundo padre, tumbado en el suelo a causa de mis puñetazos, con el labio partido, sangrando, y la vergüenza pintada en la cara.
No. Mejor evitarnos. Solo debía permitir que pasaran las horas y acudir a la cita.
Saqué la estampita de mi cartera y repasé las líneas garabateadas deprisa.
La cripta de la vieja iglesia de Santa María de la Almudena, en obras de ampliación para convertirse en la futura catedral de la capital del reino.
¿Qué podría haber allí que me interesara?
Seguro que no tenían a Irene retenida en una cripta.
La impaciencia me carcomía por dentro, los minutos no avanzaban y hasta en tres ocasiones, mi tía Inés llamó a la puerta de mi gabinete sin que yo me decidiera a responder siquiera.
Tras la tercera intentona, se dio elegantemente por vencida y no regresó.
La medianoche quedaba aún tan lejos… Malgasté mi tiempo contemplando el anillo de mi madre, ahora anillo de compromiso de mi futura esposa, imaginándolo en su dedo tal y como lo vi el día de mi declaración formal.
Volví a oír su risa cantarina, su pelo rojo ondeando al viento, el brillo hermoso de sus ojos verdes, la crema de su dulce piel estremeciéndose bajo mis manos.
Lloré a solas. Maldije. Perdí la razón y la volví a encontrar.
Tenía que prepararme en todos los sentidos para lo que se avecinaba.
Tenía prisa pero, sobre todo, tenía miedo.
Por fin, el ajetreo de la casa cesó, cada cual se marchó a descansar y los relojes dieron once campanadas. Cada una de ellas retumbó en mi alma. Era el momento de salir. Noté el corazón acelerarse, se me secó la boca y mis manos se humedecieron. Tomé un buen abrigo y salí sin hacer ruido.
Caminé mucho, entre calles desiertas, arrepintiéndome a cada paso de no haberme agenciado un arma que, bien pegada al costado, me transmitiera valor.
Si por proteger a Irene me veía obligado a disparar y matar, no lo dudaría un instante.
Algo que jamás antes se me habría pasado por la cabeza; el amor nos cambia, nos vuelve otro, es muy cierto.
Sin embargo, a mí me compensaba, yo era mejor persona desde que la conocía a ella.
La antigua iglesia había sido parcialmente demolida y las obras se hallaban muy avanzadas.
Pronto, Madrid dispondría de una nueva y fastuosa catedral.
La cripta estaba justo debajo y la habían mantenido intacta, famosa por su mar laberíntico de columnas en el que en un santiamén, podías perderte.
No fue complicado dar esquinazo a los dos vigilantes, relajados en exceso, que se dedicaban a fumar y a compartir charla en lugar de mantener el ojo avizor.
Me escabullí buscando las escalinatas de bajada y antes de iniciar el descenso, sin meditar lo que hacía, suspiré y le pedí ayuda a la diosa.
«Luzbel, ayúdame, ayúdanos. Protege a Irene, dale fuerzas hasta que llegue».
Yo solo recordaba haber bajado a la cripta una vez, de niño, de la mano de mi tío Antonio, que vivía fascinado por la obra de ingeniería que albergaba.
Recuerdo haber pasado horas en aquel bosque de piedra escuchando sus emocionadas explicaciones.
Ahora, en absoluta penumbra, imaginando cómo estaría Irene, recibiendo el golpe de ruido de cada uno de mis pasos, no me sentía precisamente dichoso.
Oí chistar desde un rincón. Frené mi marcha y aguardé. En efecto, en pocos segundos, el sonido se repitió desde el mismo ángulo. Miré por encima de mi hombro, pero la oscuridad no me permitió distinguir nada, solo un bulto que empezaba a agitarse.
—¿Señor Otamendi?
—¿Hermana?
—Por aquí, sígame.
Seguí sin vacilar la dirección que marcaba la voz.
Mi prudencia pudo decirme que estaba metiéndome en la boca del lobo, que todo aquello podía ser una burda trampa, pero no lo hizo: estaba demasiado desesperado por rescatar a Irene de donde quiera que estuviese.
Ya cruzaría el puente de salvar la vida cuando llegase a su borde.
La desconocida que decía ser monja caminó hasta la capilla de la Virgen de la Flor de Lis, como si flotara sobre el suelo.
—¿A dónde me lleva?
—Al pasadizo.
—¿Pasadizo? ¿A dónde conduce?
—A los sótanos del manicomio. No tema, señor, confíe en mí.
Después de persignarse como si suplicara permiso, miró a un lado y otro para asegurarse de que estábamos solos y empujó con fuerza la parte central del cuadro.
Se oyó apenas un chasquido seco y una especie de trampilla, por la que calculé apenas si entraría mi corpulento cuerpo, se abrió en un lateral retirado de la vista.
Ella se apresuró a entrar, yo a seguirla, y en cuanto estuvimos dentro, la trampilla se volvió a cerrar.
Apenas se veía en un tibio resplandor que ignoraba de dónde provenía.
—¿Quién es Sor Raimunda? —susurré transcurrido un buen rato de caminata.
El aspecto liso de las paredes cedió espacio a otro mucho más descuidado, para terminar siendo simplemente piedra.
Creció la oscuridad y el nauseabundo olor a moho.
Aquella frágil mujer se movía con una rapidez inusitada y aunque el pasillo era tan estrecho que abriendo los brazos se controlaba su anchura, me daba aprensión ir avanzando casi en completa oscuridad.
—Una hermana compasiva que vela por la elegida.
—Disculpe… ¿La elegida? ¿Habla de Irene?
—La muchacha del pelo rojo.
—¿Por qué la llaman elegida?
La diminuta monja se detuvo, sacó una vela gruesa de entre sus hábitos y le prendió fuego.
De inmediato, un cono de luz cálida iluminó nuestro camino.
Mis ojos, acostumbrados a la negrura, parpadearon molestos.
A partir de allí, el corredor se ensanchaba y se hacía evidentemente peligroso si no iluminabas.
Era evidente que mi guía conocía muy bien los entresijos de aquel túnel.
—Hasta ahora es la única capaz de leer los textos de la Diosa. Si eso no es estar tocada por la mano divina, dígame qué otra cosa puede ser.
—¿Se encuentra… bien?
Yo tardé en formular la pregunta, porque temía la contestación. Ella se tomó su tiempo para responderla.
—No han sido muy piadosos con ella.
Traté de no imaginar lo que aquello suponía.
—Pero ¿está viva?
—Sí, no se preocupe.
Tenía un nudo intenso en la garganta y toda la pena del universo concentrada en el corazón.
Preferí mantenerme callado después de aquello; centrándome en caminar, llegar cuanto antes y decidir, sin lograrlo, cuál sería mi reacción al ver a Irene.
El obstinado silencio de la monja me empujaba a pensar lo peor.
Fueron casi cuarenta y cinco minutos de marcha, debíamos de estar cruzando medio centro de Madrid, solo Dios sabía por dónde.
Finalmente, el pasillo volvió a estrecharse, nos llevó al pie de una escalinata y al fondo de la misma, nos recibió una puerta desvencijada que parecía tener mil años.
La monja me miró consternada antes de abrirla.
—Contenga sus instintos, se lo ruego.
No comprendí muy bien la intención de su advertencia hasta que me interné en el edificio al que llamaban manicomio.
Estaba casi en ruinas. El ambiente era pesado y hediondo.
No era únicamente humedad, olía a excrementos humanos, a sudor, a sufrimiento.
En un par de ocasiones, mientras avanzábamos por entre paredes desconchadas y techos a pique de desplomarse, hasta nuestros oídos llegaron unos alaridos seguidos de largos lamentos, que consiguieron ponerme la carne de gallina.
Era como si descuartizaran a alguien. La monja no interrumpió su avance.
Alcanzamos una zona de jaulas para animales, como caballerizas abandonadas, donde todos los olores nauseabundos del edificio se concentraban.
Un laberinto de celdas pequeñas, oscuras y, con solo dos excepciones, vacías.
En la primera jaula me sorprendió ver a una anciana de rodillas, golpeándose la cabeza con la piedra de la pared.
Nadie se lo impedía. Al vernos pasar detuvo su enfermiza ocupación y me miró sin verme.
Una enorme brecha le cruzaba la frente y sangraba sobre los ojos.
En cuanto pasamos de largo, la mujer prosiguió con su lenta matanza.
El resto de las jaulas estaban vacías hasta que al principio del corredor…
—En silencio, señor —me rogó la monja con voz temblorosa.
El corazón quiso salírseme del pecho en cuanto reconocí la espesa cabellera de fuego desparramada por el suelo, y las dulces curvas de Irene desmadejadas en un bulto informe.
La mujer que me acompañaba sacó una llave de hierro de entre los pliegues de su túnica, trasteó la cerradura y se apartó a un lado antes de que yo, con toda mi energía al entrar, la arrollara.
Fue como si una espada de hielo me atravesara de lado a lado y me cortara por la mitad.
Caí de rodillas junto a mi amada y con unas manos que temblaban con violencia busqué su cara entre la maraña de pelo rojo.
Había perdido el conocimiento, tenía los ojos cerrados, y su hermosa piel blanca estaba llena de sangre seca y magulladuras.
Tenía partidos los labios y una espantosa inflamación en uno de los párpados.
Las uñas rotas y el vestido, que no era suyo, mugriento y destrozado.
—Por amor del cielo… ¿Qué te han hecho?
La apreté contra mi cuerpo, sentí su tenue respiración y lloré.
No me importa confesarlo. Habría necesitado soltar toda la presión con un grito inhumano, pero no podía permitírmelo.
La acuné jurando que la vengaría. Estaba viva, pero ¿a qué clase de torturas la habían sometido?
Mataría con mis propias manos a todo el que se hubiera atrevido a tocarla. Lo juré por mi honor.
Y entonces…
Fue un golpe brutal directo a la parte posterior de mi cabeza. Caí de bruces enredado en Irene, tan privado de sentido como ella.