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Hágase la luz
Carlos
Era evidente que el reverendísimo señor Obispo no esperaba mi visita, a juzgar por su gesto atónito. Y también que encontrarme sentado junto a su mesa no lo hizo feliz. Torció el gesto, frenó su animada marcha y el color se retiró de su enjuto rostro.
—¡Joven Otamendi!
Me puse en pie para besar su mano como correspondía.
—Reverendísimo señor…
—Tome asiento, se lo ruego, tome asiento. —Él hizo otro tanto—. Va a tener que disculpar a estos viejos huesos míos que ya no soportan como antes el ajetreo de una jornada completa. ¿Qué se le ofrece?
—Iré directo al asunto, si me lo permite.
Levantó un dedo para que callase y prefirió interrumpirme y pedir café. Un joven novicio se encargó de servirnos sin apenas separar los ojos de las pulidas baldosas del suelo. Yo no despegué los labios hasta que volvimos a quedarnos a solas.
—He venido para preguntarle dónde está Irene.
La expresión plácida del obispo no varió un ápice.
—¿Irene? ¿Quién es Irene? ¿Debería… conocerla?
—Desde luego que sí, reverendísimo señor. Ustedes se la llevaron de la casa Otamendi.
—Nos la llevamos. ¿Puedo saber a dónde?
—He venido hasta aquí para que sea usted quien me lo diga.
—No me lo tome a mal, joven, pero sigo sin saber de qué me habla.
—La muchacha pelirroja que se llevaron de mi casa y el libro desenterrado en las obras de Tirso de Molina. ¿Le refresca eso la memoria?
Quizá fue la hostilidad contenida en mi tono, o su dificultad para mantener la pose de indiferencia. El caso es que después de degustar un sorbito de café, el obispo me miró con cierta franqueza.
—Entiendo que me visita porque la situación de su familia le preocupa y lo entiendo. Es un tema, en verdad, delicado.
—¿Dónde está?
—Es posible que diera ciertas instrucciones de traslado, bajo determinadas circunstancias sería capaz de reconocerlo, pero quiero que sepa…
—¿Dónde la tienen?
El obispo puso los ojos en blanco.
—Quiero que sepa que lo hice pensando en su familia, en los lazos de afecto que me unen a su tío, bien conocido benefactor de esta diócesis…
No hizo falta que lo amenazara de nuevo. La dureza de mi mensaje al mirarlo bastó.
—De acuerdo, de acuerdo. Verá, su tío vino a visitarme porque el comportamiento de una de las chicas del servicio resultaba…
, digamos perturbador. Esa desafortunada muchacha está desquiciada, tuvimos ocasión de comprobarlo.
No es extraordinario entre la gente que se cría en la calle, entienda que no hay modo de saber quiénes fueron sus padres, bien pudieron estar locos de remate.
Apreté los puños hasta que las uñas se clavaron en la carne de mis palmas. Las pupilas nerviosas del religioso descendieron por mi brazo hasta advertirlo.
—En cualquier caso, se trataba de una demente peligrosa que bajo ningún concepto podía seguir conviviendo con una familia respetable. Hubo que tomar medidas… drásticas.
—¿Como cuáles?
—Su internamiento, es evidente.
Salté de la silla como impulsado por un resorte.
—¿Me está diciendo que la han ingresado en un manicomio? ¿Es eso lo que intenta decirme?
—Pero ¿por qué se altera tanto, joven Otamendi? No es más que una vulgar criada…
Di vueltas por la sala como una fiera a punto de atacar para sobrevivir. También puse todo mi empeño para que mi mirada fuese impenetrable.
—Es la mujer a la que amo —siseé con ira.
—¡Dios misericordioso! ¡No diga eso!
—¡Es la verdad! ¡No voy a ocultarla!
—Pero tenga en cuenta su apellido, lo que se espera de alguien de su posición.
—Viviré mi vida como yo decida. Y no hay más.
—Pero usted debe casarse…
—Con alguien que haga latir mi corazón, reverendísimo señor. Y con todo el respeto, no espero que usted lo entienda.
El obispo guardó obstinado silencio. No retomó el café. No respiraba casi. Tampoco me miraba. Trenzaba nervioso sus dedos y analizaba con cuidado qué decir a continuación.
—¿Quiere saber cuáles son realmente los motivos de la alteración en esa muchacha?
—Dudo que los haya.
—¡Los hay! ¡Está endemoniada!
—¡No diga barbaridades! La conozco muy bien, Irene es una muchacha piadosa, dulce y buena.
—¡La voz del Señor habla por mi boca! ¡Esa chiquilla necesita un exorcismo…!
Me incliné furioso hacia el obispo y le metí un dedo entre las cejas espesas.
—Se lo advertiré solo una vez, reverendísimo señor, estoy dispuesto a acabar con quien me impida recuperarla.
—¿Está osando amenazar de muerte a algún humano? —ladró agudo.
—A quien corresponda, tal y como ha oído.
—Entonces yo me encargaré de que lo excomulguen y de que toda su familia sea destruida. El legado de su apellido rodará por los suelos. Las consecuencias de defender a una servidora de Satán son radicales en lo que se refiere a la santa Iglesia.
—No se atreva a desafiarme.
—No lo haré yo. Será el Papa y la Iglesia de Roma quienes lo hagan.
Tomé mi sombrero de un brusco tirón.
—Eso lo veremos. Amen.
Envuelto en una nube de furia, salí al abrupto calor de las aceras.
Madrid se caldeaba con la cercanía del verano y por dentro, yo ardía.
Ahora no albergaba dudas de que el obispo andaba detrás de la desaparición de Irene.
Él mismo lo había confesado y estaba convencido de que no mentía; no fue un farol ni una amenaza velada, el obispo me había gritado su triunfo a la cara, entre todos se habían confabulado para que yo la perdiera.
Pero si algo palpitaba en mi pecho bien fuerte, era la venganza. Y la decisión de que la rescataría. Como fuera y de donde fuese, la salvaría de aquella gente diabólica y me la llevaría lejos, donde nada ni nadie pudiese dañarla.
Vagué por las calles sin prestar atención a mi itinerario, entrando y saliendo de los callejones a placer, pendiente solo de ordenar mis pensamientos, buscando un cabo suelto que hubiese pasado por alto, que me permitiera tirar y llegar a tierra.
En varias ocasiones tuve la sensación de unos pasos a mi espalda, demasiado cerca.
Pero no me entretuve en girarme a averiguar: parte de mi cerebro, la que hacía funcionar las alertas, estaba semidormida, rebobinando una y otra vez las palabras del obispo, sus acusaciones, el modo despreciativo y hasta cruel en el que se había referido a Irene…
«Irene, mi amor, aguanta. Te voy a encontrar, te lo juro, te lo juro por mi vida».