Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 48
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Toda la verdad

Irene

El Génesis no habla de Dios. No lo menciona. Hace referencia a «lo Todopoderoso». A «lo que crea». Sin distinguir género ni sexo porque lo Todopoderoso está por encima de distinciones y no es ni hombre ni mujer.

Creó el cielo y las estrellas, creó el firmamento, los animales, los océanos y todo lo vivo que respira.

Y nos dice la Biblia que creó a la pareja de la que todos descendemos: Adán y Eva.

Al Hombre primero y a ella después, para que lo acompañara.

La mujer, secundaria y menos valiosa, un mero complemento nacido a partir de una costilla del hombre.

Pero no es así. Nunca lo fue.

Lo Todopoderoso creó al humano a su imagen y semejanza.

Por eso la creó a ella. A la Diosa. La Mujer, capaz de crear vida, es el único ser a imagen y semejanza de lo Todopoderoso que crea.

Ese era el signo distintivo que los hombres de la Iglesia ocultaron para asegurarse de que el varón ocupaba el primer lugar.

La Diosa, en paridad de condiciones con lo Todopoderoso, ambos imagen y semejanza del único origen de todo lo que vive.

Y para proteger a la Diosa, lo Todopoderoso creó al Hombre.

Él se llamó Adán. Ella ya se llamaba Luzbel, la luz más bella, cuando él llegó.

Pero la arrogancia de Adán resultó ser imprevisible y sus exigencias, una sorpresa.

No aceptó el segundo lugar, siempre quiso estar a la misma altura de la Diosa o por encima y, cuando yacían, para disfrute de ella y creación de la humanidad, pretendió someterla bajo su peso.

La Diosa se negó a tal humillación y Adán urdió una trama de mentiras para desacreditarla a ojos de lo Todopoderoso.

El pecado. La tentación. La serpiente, el engaño. De todo se la culpó. Y en consecuencia, solo ella fue expulsada del Paraíso.

La Luz Bella, la Diosa, el ser angelical más puro y más hermoso. La inocente creadora culpada por injusticia.

La Eva de que nos hablan las Sagradas Escrituras nunca existió.

Es Luzbel, siempre fue ella, Luzbel, la repudiada.

La que cargó con un signo de maldad que jamás mereció.

Leyendas abominables tejidas en su contra por los seguidores de Adán.

La Diosa, la Señora relegada a las sombras, la Señora nombrada reina de la oscuridad.

La luz más bella exiliada en las tinieblas. Diosa en las sombras: Lucifer.

Jesús no vino a la tierra a redimir a los humanos de un pecado original que no se cometió, vino a limpiar la memoria de su madre, de la mancha inmerecida, de una desobediencia que nunca fue.

Y lo hizo de la mejor manera que supo: nombrando a una mujer, su mujer, cabeza de su Iglesia.

María Magdalena, a la que luego los varones seguidores del Hombre se encargaron de enterrar de nuevo.

Que desapareciera hundida en el descrédito y el deshonor.

Prostituta, pecadora, ser manchado que debía arrepentirse por todo lo cometido, hasta por existir.

Una vez más, la historia se repetía.

Esta es la única verdad de una lucha eterna. ¿Ángeles y demonios? ¿El bien y el mal? ¿El cruel destino de dos seres privilegiados que no supieron convivir? Nunca Lucifer fue la encarnación del mal, sino Adán el arrogante. Porque de Adán viene el nombre de Satán.

Muchos pueblos antiguos conocían la verdad de estos textos repudiados y veneraban a la Diosa.

Sin embargo, su culto y su realidad fue borrada también de la faz de la tierra.

Los hombres poderosos se encargaron de que su legado no sobreviviera.

La propia orden de los Caballeros Templarios, depositarios y custodios de esta verdad y del linaje de la Diosa, fueron exterminados por orden de un rey.

No van a permitir que se sepa, no lo permitirán porque supondría aceptar que el papel en tinieblas al que la mujer fue relegada desde los orígenes de la humanidad no es más que una injusta farsa. Y admitir que Lucifer es víctima del mal y el terror, no la causante del mismo, la peor blasfemia.

Es palabra de Diosa. Alabada seáis, mi Señora.

No sé de dónde saqué fuerzas para completar el relato.

Es cierto que me habían vestido y trataron de alimentarme, aunque era incapaz de tragar; la sopa caliente resbalaba desde mis labios inertes al suelo nada más metérmela en la boca, mojando mi cuello y la túnica parda con la que cubrieron mi desnudez.

Cuando acabé, perdí la energía que de un modo casi milagroso impregnó mi sermón.

Dejé caer la cabeza y me pregunté cuánto tardarían en asesinarme ahora que ya tenían lo que ansiaban.

No había más que leer el horror en sus ojos, su reacción ante lo que acababa de desvelarles, para adivinar que las cosas seguirían como desde los confines de los tiempos.

Ocultas. Negadas. Igual.

Mentira.