47
Detener el tiempo
Carlos
Regresé a Madrid después de siete interminables jornadas con la alegría que mueve el corazón de un chiquillo enamorado.
Loco de ganas por ver a Irene y repetirle cuánto la amaba tantas veces que, entre risas, me empujara lejos y me llamara pesado.
Eufórico con los buenos resultados del negocio cerrado, pensando incluso en adelantar la fecha de la boda o hacer público ante Madrid y el mundo nuestro compromiso, o…
Para empezar, le compré flores. Un ramo a ella y otro a la tía Inés para no hacerla de menos.
Sin embargo, cuando llegué a la casa Otamendi, Irene no estaba por ninguna parte.
Pregunté por ella y todo fueron caras de póker y gestos evasivos.
Conociéndola, llegué a pensar que me estaba gastando una broma, pero después de buscarla por toda la casa sin hallarla, empecé a preocuparme y mucho.
A la altura del esternón se me instaló una honda punzada que me apretaba. Terminé enfrentándome a mi tía.
—Tía, ¿Irene no está en la casa?
Mi tía pareció contrariarse con mi pregunta directa.
—Mejor deberías interesarte por dónde está tu tío. —Apoyó la mano en mi antebrazo y sonrió satisfecha—. De audiencia con el rey. Poniéndolo al corriente de las buenas nuevas. Todo Madrid celebra a estas horas el éxito de tu misión.
Gruñí algo ininteligible que no la hizo muy feliz. Tampoco se amilanó, los Otamendi, incluso la parte política de la familia, son de sangre caliente.
—Vamos al saloncito, nos servirán café.
—¿Por qué pregunto por Irene y nadie me responde?
—Baja la voz, sobrino, no hace falta que se entere todo el servicio de lo que te traes con esa chica.
—Tía, se lo ruego, dígame qué está pasando. Todo el mundo está raro en la casa.
Con un elegante suspiro de los suyos, mi tía tomó asiento en el tresillo de terciopelo verdoso y se alisó la seda de la falda.
—De acuerdo. Quería ahorrarte el disgusto, pero… Irene se ha marchado.
Me quedé sin habla.
—¿Cómo que se ha marchado?
—Dejó la casa. Sin despedirse, sin dar explicaciones, sin agradecer todo lo bueno que hemos hecho por ella.
Me preparó la cama por la noche y por la mañana cuando me desperté había desaparecido.
No lo supe hasta mucho tiempo después, claro, cuando la necesité y no acudió.
Entonces el ama Engracia tuvo que explicarme la situación.
—¿Qué situación?
Mi tía pareció impacientarse. Yo me removía nervioso en mi asiento y el latido de mi corazón se había acelerado de un modo peligroso. Ni siquiera el aire me llegaba a los pulmones.
—Tómate el café, sobrino, y cálmate.
—¡No quiero café, tía! ¡No quiero café! ¡Y tampoco voy a calmarme! Todo esto es muy extraño, ¿es que no lo ve?
—Lo que veo es que no es nada que no haya ocurrido ya antes, en otra casa, con otro miembro del servicio. Se lo habrá pensado mejor, estas muchachas son así, de repente se les cruza por delante algo que piensan les solucionará la vida y se despiden…
—¿Qué está tratando de insinuar?
—Esa chiquilla, por muy testaruda que sea, es consciente de que su historia contigo no tiene ningún futuro. Habrá encontrado otro mozo, alguien de su clase que le habrá prometido sabe Dios qué. Y ha tomado su decisión. No podemos culparla.
Le dirigí una mirada furiosa. Algo que jamás hice en los años que tenía.
—¡Irene no es así!
—No, claro. Irene es especial, es un ángel caído del cielo.
—Puede reservar las ironías para mejor ocasión, tía, sería de agradecer. Irene y yo estamos enamorados.
Mi tía hizo un imperceptible gesto de desdén con las cejas.
—Y vamos a casarnos.
Se persignó escandalizada.
—¡Dios nos asista!
—Así que no me creo que desaparezca así, de la noche a la mañana y sin razón.
—¿Estás completamente seguro de que no había otra persona… por ahí?
—Se está refiriendo a otro hombre. Y no. Desde luego que no lo había.
La tía Inés se ocupó de su café por un minuto. Mientras yo me retorcía las manos de desesperación, sus labios pasearon por el borde de la taza y se mojaron con el líquido oscuro.
—Pareces muy seguro de la correspondencia de esa chica.
—Quizá sea porque lo estoy.
—Sospecho que no acabas de creer lo que te cuento; puedes indagar entre el servicio, si lo prefieres. Aunque sinceramente, te agradecería que nos ahorraras el deshonroso bochorno…
Me puse en pie de un salto y de tres zancadas alcancé la puerta.
—Desde luego que lo haré. Tengo que encontrarla.
—Buena suerte. No obstante, pon a buen recaudo tu pobre corazón enamorado. Es un consejo… Solo por si acaso.
La cocina sin Tomasa parecía un reino sin corona.
Se echaba de menos a aquella mujer sonriente y encantadora que llenaba de calidez los rincones, manejando con soltura sus pucheros.
Ella me habría sabido informar de lo que pasaba y, fuera lo que fuese lo que contara, yo la habría creído sin pestañear.
Pero Tomasa seguía ingresada en el hospital, luchando por su vida contra la gripe.
Detestaba tener que tratar aquel asunto con el ama de llaves pero no me quedaba otra.
Ya había interrogado a todo el mundo, incluido el mozo de cuadras de la casa Otamendi.
—Ama, ¿dónde está?
—¿La niña Irene? —Se hizo de nuevas—. Ya le dije, no sabemos nada de ella desde antes de primeros de semana, fue visto y no visto. Salió con una excusa a hacer recados y nunca volvió.
—¿Se llevó sus cosas?
—En su cuarto no queda nada. Ni ropa ni enseres personales. Tampoco sabemos cómo ni cuándo las sacó, se ve que lo tenía bien planeado.
En ese momento, Milagros atravesó la cocina y se me quedó mirando con gesto compungido. Fue una sensación fugaz, como un relámpago, pero en la boca del estómago se me clavó la impresión de que quería decirme algo. Cruzamos un segundo las miradas y volví a concentrar mi atención en Engracia.
—No habrá enfermado y me lo están ocultando, ¿verdad? —aventuré.
El ama sacudió con brío la cabeza.
—Le aseguro, don Carlos, que la última vez que le puse el ojo encima, esa muchacha estaba sana y linda como una rosa.
Hundí las pupilas en el suelo. Abatido y confuso.
—Es raro que no haya dejado siquiera una nota… Estamos todos muy decepcionados. Empezando por su tía, desde luego, que la honró con tantas oportunidades… ¿A dónde va, señor?
—Al hospital de la gripe.
—¡Tenga cuidado! ¡La enfermedad sigue siendo muy contagiosa…!
El ama Engracia se quedó sola, gritando en la cocina, mientras yo volaba a recoger el sombrero y a lanzarme a la calle a la desesperada. Movería cada adoquín de Madrid.
Levantaría las vías del tren con mis manos si era preciso, pero daría con Irene.
El ambiente en el hospital de la gripe era deprimente.
El número creciente de fallecidos por culpa del virus, demoledor.
Me entrevisté con el director y lo obligué a revisar los registros de ingresos correspondientes a la última semana, solo para asegurarme de que ni Irene ni nadie que se correspondiera con su edad y características, había llegado.
No encontramos nada, pero aproveché para visitar a Tomasa, que poco a poco recuperaba la salud, aunque había perdido muchos kilos y el brillo de sus ojos negros.
—Ay, señorito, pero qué locuras comete usted… Mira que venir hasta aquí, a verme… exponerse de este modo…
—No pasa nada, Tomasa, quería asegurarme de que sigues bien y de que pronto volverás a casa. La familia te echa de menos.
La mujer se puso del color de las cerezas.
—¿Y la Irenita?
Sentí un puñetazo horrible en mitad de las tripas. Hice lo que pude por sonreír, aunque creo que solo dibujé una fea mueca.
—Bien, todo bien. Esperándote con ansia.
Le besé el dorso de la mano y literalmente huí antes de que notase mis ojos húmedos.
¿Qué paso dar a continuación? La pavorosa idea que cruzó por mi mente medio embotada me llevó a revisar los registros de fallecimiento por gripe y otras causas de la última semana. Tampoco arrojó ninguna luz, en parte, todo un consuelo.
Regresé a casa y sin pararme a pensar en qué dirían las criadas, bajé al cuarto de Irene.
Su cama estaba sin deshacer. Abrí de par en par su armario.
Estaba vacío. Nada quedaba allí que recordara su paso ni su presencia.
Era como si la mujer que me insuflaba ganas de vivir nunca hubiera existido. Salvo…
Metí la mano debajo del colchón y la moví de un lado a otro. Allí solía esconder ella sus tesoros, allí escondió un día la plata que pensaba llevarse cuando huyera. Y allí, envuelto con amor en mi pañuelo, estaba la sortija de diamantes de mi madre con la que me había declarado.
Me puse en pie, la joya en la mano, más bloqueado que nunca. Irene jamás se habría marchado sin el anillo. Y si lo que planeaba era abandonarme por otro, nunca se habría olvidado de un objeto que, de venderlo, podía permitirle vivir con desahogo durante años.
No.
«¿Dónde estás, mi vida? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde te escondes?».
Me encerré en la biblioteca con mi hallazgo en el bolsillo y el pecho estrangulado de dolor.
Dándole vueltas a lo que haría a continuación, más bien a mis pocas opciones.
Irene no tenía un hogar, ni siquiera apellidos y que yo supiera, tampoco amigos.
No estaba en la casa, ¿cómo localizarla?
, ¿dónde buscarla? Dejé caer desalentado la cabeza y mis dedos desordenaron mi pelo.
Empezaba a rozar la desesperación, la veía cerca, tanto que me quemaba.
Aquello era un maldito callejón sin salida. Y entonces…
Entonces recordé el veloz cruce de miradas con aquella moza, la sobrina del ama de llaves, Milagros. Bajé como una exhalación a la cocina y sin dar detalles ni preguntarle a nadie, di vueltas hasta localizarla en el patio trasero, tendiendo la colada del día.
—Milagros.
Sería sorda, pero la llamé por la espalda y se giró enseguida. Palideció al verme. Las enaguas que sujetaba con la punta de los dedos resbalaron y cayeron al suelo. Los dos nos agachamos al mismo tiempo para recogerlas. Aproveché ese momento de improcedente cercanía para susurrarle al oído.
—Necesito que me ayudes.
Milagros me observó con los ojos abiertos y un pánico atroz reflejado en ellos.
—Milagros, no puedo confiar en nadie más —alegué a sabiendas de que inventaba mentiras para halagarla y ponerla de mi lado. El truco dio resultado, la chiquilla asintió—. En esta semana que yo estuve fuera… ¿vino alguien a visitar a mi tío? Me refiero a alguien importante.
—Lo… normal, señor. Los mozos… gente de la Compañía…
—Al margen de la Compañía, gente que no estuviera relacionada con la empresa ni con la construcción del ferrocarril.
La muchacha se encogió de hombros. Casi podía oír los engranajes de su cabeza corriendo y engarzándose unos con otros, a la búsqueda de respuestas.
—Se refiere usted… ¿al señor obispo?
¡Sí!
—¿El señor obispo vino a visitar a mi tío? ¿Cuándo?
—Hará unos cuatro… puede que cinco días. No lo recuerdo bien, señor.
Agarré la cabeza de la moza con las dos manos y estampé un sonoro beso en su coronilla.
—No le digas a nadie que has hablado conmigo. A nadie. Ni siquiera a tu tía.
Salí de estampida con un considerable alivio corriéndome por el cuerpo. Sabiendo lo que sabía acerca del contenido del libro, siendo Irene la única que podía leerlo y el peligro que aquello representaba para la Iglesia… El Obispo. Claro que sí. Todo encajaba.