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Imparto justicia
Irene
A ratos perdía el conocimiento. A ratos volvía a recuperarlo y el dolor ascendía por mi cuerpo como una angustiosa llamarada.
Lloraba hasta que se me secaban los ojos y mis labios pronunciaban sin cesar el nombre de mi ángel.
Para que nadie me escuchara. El silencio era temible y la inflamación de los golpes recibidos en la cabeza me había cerrado casi por completo el ojo izquierdo.
Entre punzadas y ansiedad, tendida en el suelo contemplando las gruesas vigas de madera del techo, había perdido la noción del tiempo.
Ya no sabía si era de día o de noche. Mi boca seca solo acertaba a pronunciar el nombre de Carlos, cada vez con más debilidad.
Me habían metido en una jaula como a un animal capturado y la única luz que entraba en mi celda era la que llegaba desde un velón enganchado en un soporte de hierro a la pared del pasillo.
Tres paredes y una de barrotes de hierro oxidado de las que procuraba mantenerme alejada; allí me dejaban por las mañanas la comida del día, una masa espesa y vomitiva que rechacé al principio y devoraba con ansia días más tarde.
Y por allí también llegaban la tortura y el dolor.
Se asomaban los curas, miraban hacia dentro, al bulto que mi cuerpo formaba en el suelo, y preguntaban con voz tétrica.
—¿Qué dice el libro?
Mientras tuve fuerzas me negué. Después de un tiempo, no sé cuánto, ya solo acertaba a mover la cabeza diciendo no.
Entonces los demonios con sotana desaparecían y llegaba ella.
Sor Úrsula. Armada con una pequeña navaja, tiraba de mi brazo hasta sacarlo por la reja y me la clavaba por donde podía hasta que llegaba al hueso.
Los calambres, el padecimiento, eran insoportables.
—Diles lo que quieren saber, servidora del diablo, díselo.
Ya no tenía energía para escapar de su castigo. Y cuando llenó de cortes mis brazos, empezó con las piernas.
—Pronto llegaré a la cara, maldita bruja. Voy a desfigurarte para siempre.
Pero aquel día, fuera la hora que fuese…
—¡Sor Úrsula!
La diabólica monja dio un respingo y se giró para mirar. Otra mujer vestida con su misma ropa la observaba de pie con ojos horrorizados.
—Pero ¿qué hace?
La torturadora se incorporó y la retó con ojos malignos.
—Imparto justicia.
—Márchese de aquí de inmediato. Y no vuelva a acercarse a esta celda.
—¿Quién lo dice?
—Lo dirá la madre superiora en cuanto la requiera, se lo aseguro. Si se entera de lo que está ocurriendo… No es usted digna de vestir nuestros hábitos. No obstante, prefiero olvidar la aberración que he visto, de momento, si me da su palabra de que no regresará.
La monja me señaló con desprecio.
—Debería estar muerta.
—Eso no debemos decidirlo nosotras. Márchese, le digo; lo que ha estado haciendo es pecado mortal, tendrá que vérselas con el Señor y con su conciencia.
Desaparecieron las dos.
Pero la segunda mujer, la que me había salvado, volvió al cabo de un rato con una palangana de agua limpia y algunos trapos.
Abrió la puerta de la celda y se arrodilló a mi lado.
Mi mundo se había reducido al tormento insoportable que suponía coger aire con mis pulmones heridos y bajo las sogas de cáñamo, mis muñecas eran dos brechas abiertas que sangraban sin conseguir formar costra por culpa del roce constante.
Alguien había detectado el pus que empezaba a brotar y, aprovechando algún desmayo, me subieron las ligaduras a la altura de los codos.
La monja me limpió con cuidado la sangre y la porquería de la infección y luego se ocupó de los cortes.
—El Señor nos perdone, el Señor nos perdone… —balbuceaba entre lágrimas.
Acerté a cogerle una mano. Apreté tanto que creo que la asusté.
—Ayú… ayúdeme.
—Guarda las fuerzas, chiquilla, las vas a necesitar. Estás en el infierno.
—Ayúdeme…
No me respondió. Apartó mis dedos, siguió con su labor y cuando la dio por terminada se retiró unos metros y se puso en pie.
—¿Te duele? Sí, claro que te duele. El Señor no nos perdonará, nadie puede perdonar algo así.
Se persignó y abandonó la jaula a toda velocidad. Se llevó consigo un halo de compasión que me hizo mucho bien. Un poco de bondad entre tanto sufrimiento templó mi corazón.
Al cabo de unas horas, puede que un día, o medio, aún no me habían traído las gachas de la mañana, dos curas enormes vinieron a sacarme a rastras de la celda.
No llegué a ponerme en pie, me retorcieron los brazos a punto de quebrármelos, fui barriendo el suelo del pasillo con todo el cuerpo y con mis harapos, sin poder ponerme ni siquiera de rodillas.
—Las endemoniadas no caminan. Si las dejamos ponerse en pie nos embrujan.
—No podemos mirarlas a los ojos.
—Deberían quemaros a todas en la hoguera.
Sus frases eran rugidos apuñalando mis oídos. Cerré los ojos con fuerza y me dejé vapulear. Los brazos a punto de romperse aullaban de dolor, pero conseguí mantener una conversación conmigo misma que mantuviese mi cerebro ocupado al margen del terror.
«Sobrevive, Irene, sobrevive».
Me metieron en una sala circular, grande y vacía con un montón de sillas dispuestas formando otro círculo.
Estaban ocupadas por los mismos grandes de la Iglesia del primer interrogatorio y en el centro había una especie de bañera enorme.
De un brutal empellón me lanzaron contra la tina, me golpeé la cara y caí al suelo casi ciega.
—Preparadla.
Dos curas me arrancaron la ropa a tirones y mi cuerpo malherido quedó expuesto a los ojos de todos ellos.
Aunque intenté taparme, parte de mi sexo y uno de mis pechos quedaron al descubierto.
Me repasaron con lascivia, de pies a cabeza.
Los de las sotanas bordadas en oro se miraron unos a otros con sonrisas asquerosas.
—No podemos negar que el diablo escoge bien.
—Es listo. Más que nadie.
A continuación, los mismos servidores de la fe que sin remordimientos me habían desnudado, aferraron mis brazos y me metieron entera, de cabeza en la tina.
Solté un alarido de puro dolor. El agua congelada abrió mi carne igual que un cuchillo.
Mi primer intento fue escapar, patear, salir de allí, protegerme del inhumano frío.
Pero cada uno por un lado, me empujaron hacia abajo y una manaza abierta sobre mi nuca me mantuvo bajo el agua por más que quise liberarme.
Llegó un momento en que mis pulmones al límite chillaron a punto de explotar.
La agonía fue terrible. La muerte, que seguramente ya venía a por mí.
Solo me dolía no volver a ver a Carlos. Ni siquiera me preocupaba no entender por qué me habían secuestrado y me torturaban.
Mi ángel. No besar nunca más sus dulces labios, no despedirme de él.
Aflojé la resistencia, cerré los ojos abiertos como platos y me dejé ir.
Pero cuando el suplicio iniciaba su descenso al abismo del final, me sacaron de la tina como si fuera un trapo viejo y el aire entró a bocanadas a mi pecho provocándome un dolor más terrible aún.
—Dinos lo que cuenta el libro.
No respondí. Así que volvieron a sumergirme. Me condujeron por segunda vez al borde del precipicio entre la vida y el más allá. Parecían tener perfectamente calculado el tiempo que un ser humano puede sufrir ahogándose sin llegar a morir. Lo repitieron media docena de veces.
—Dinos lo que cuenta el libro y pararemos.
Entonces una palabra, solo una, brotó de mi boca:
—Asesinos…
Me castigaron con otras dos zambullidas y luego me sacaron y me arrojaron de bruces al suelo. Me replegué sobre mí misma, tiritando, todavía ridículamente empeñada en ocultar mi desnudez.
—Hay formas mucho más espeluznantes de hacerte hablar.
—¿A quién proteges? ¿Qué ganas callando, adoradora del demonio?
—Tu señor escribió esos textos para dar a conocer su diabólico mensaje, deberías sentirte honrada de poder trasmitirlo.
—Satán te regaló tu don, niña. Úsalo para salvar la vida. Seremos clementes.
Los miré sin ver. Todo mi pelo era una maraña enredada tapando mi rostro.
—Romperá la Iglesia… quebrará sus pilares… Los romperá.
Alrededor todo se volvió negro. Gracias al cielo, perdí el conocimiento y lo que pudieran hacerme dejó de importarme. Por desgracia, desperté en mi jaula envuelta en una sotana usada de tejido áspero y maldije al comprobar que seguía viva.
¿Por cuánto tiempo?
Hubo más interrogatorios. Palizas con toallas mojadas.
Hambre, sed. Agua congelada. Ahogamientos.
Más palizas. Y al final, segura de que me matarían y de que, si aquellas almas podridas eran los hombres santos de la Iglesia a la que yo pretendía proteger, no merecía tal defensa, accedí a contarles la verdad.
Todo lo que el libro del Génesis me había revelado.
Todo.
Hasta la última palabra.