Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 45
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Un presentimiento

Carlos

Los hombres no creemos ser muy intuitivos.

Es probable que lo seamos, que también dispongamos de ese sexto sentido tan propio de las mujeres que nos avisa de que algo está a punto de pasar, pero preferimos obviar las señales.

Sin embargo, en mi caso, a diferencia del resto de mis congéneres, mi relación con Irene había cambiado eso, no cabía la menor duda.

Mi mujer rezumaba espontaneidad, confiaba en los mensajes de su corazón y confesaba las cosas tal y como se le venían de la mente a la boca, sin meditarlas, sin retorcer ni quebrar la naturalidad de sus pensamientos, como hace la mayoría de la gente.

Esa cualidad escasa y diferenciadora era una de las muchas por las que la admiraba.

Irene parecía vibrar con cada suceso, fuese bueno o malo, de un modo especialmente intenso.

Y yo, permeable a sus talentos, empezaba a contagiarme.

Quizá por eso, una vez en el andén, mientras Felipe y José, mis mozos cargados con el equipaje, trataban de localizar el coche de primera clase, sentí un golpe invisible en el pecho, una especie de presentimiento en forma de punzada que me sacudió de arriba abajo.

No me lo pensé dos veces.

—¡Felipe!

—¿Señor?

—Me quedo.

El muchacho me miró sin entender desde debajo de su gorra de fieltro. El bullicio alrededor de las puertas abiertas era agobiante y la cantidad de gente elegantemente vestida o sudada arrastrando baúles, era exagerado. Nunca me gustó demasiado viajar.

—Señor, el tren sale en apenas veinte minutos, tiene que subir.

—He dicho que voy a quedarme, Felipe, no pienso viajar, al menos no hoy.

—Pero la mayor parte de su equipaje ya está a bordo, señor. Y perderá el rápido a París desde la frontera.

—Reclama la devolución de las maletas. Está decidido, me quedo.

—Pero señor Carlos…

—Felipe, no me discutas.

Dejé al mozo con la protesta en la boca y salí disparado en dirección contraria.

Pero en lugar de con las salas que conducían a la salida y de ahí a la calle, con lo que me topé fue con una barrera humana de uniforme, con silbatos en la boca.

Los agentes del orden impartían instrucciones a los viajeros y la situación general era de desorden y caos.

—Los andenes de embarque, por ahí, señor, por ahí.

—No viajo, solo pretendo salir.

—Ah, no, señor, a la calle no se puede salir desde aquí.

—¿Cómo que no se puede? Hace apenas dos horas que he entrado…

—Han cortado toda esa zona, señor, la epidemia de gripe. Andan trasladando a los enfermos más graves, es peligroso.

—¡Tengo que regresar a mi casa!

El agente no se dejó intimidar por la calidad de mi ropa, ni por mi envergadura física. Frenó mi avance con una mano extendida contra mi pecho y se mantuvo firme.

—Saldrá cuando podamos autorizarlo, señor, no antes.

—¡Esto es absurdo! ¡Es una medida absurda!

—Nada de absurdo, señor, se trata de salud de los ciudadanos de Madrid, luchamos contra una epidemia.

—¡Avisen al alcalde! ¡Quiero…!

—El Alcalde es quien dio la orden. Y ahora, si me lo permite, repliéguese a la zona de andenes, por favor.

Traté de oponer toda la resistencia posible, pero al agente que me impedía la marcha, se unieron otros cinco que me miraron de forma amenazadora.

—¡Oiga!

—Señor don Carlos, señor don Carlos, ¡venga aquí!

Era Felipe, congestionado y sudoroso, atreviéndose, por culpa de los nervios, a aferrarme del brazo.

—¡Están deteniendo a la gente, señor! —siseó muerto de miedo.

—¿Es que se ha vuelto loco todo el mundo?

—Son los enfermos de la gripe, don Carlos, esto es serio, hay que alejarse, los están trasladando y han cerrado las calles. Suba a su tren y olvídese de cambiar de planes ahora. No queda tiempo.

Clavé dos ojos cansados en Felipe, aquel mozo sencillo que se expresaba con tanta sensatez, justo la que mí me faltaba.

Cierto, me estaba volviendo paranoico, mi oposición a dejar Madrid en aquellos momentos, en realidad, mi negativa a alejarme de Irene, me tenía trastornado.

No soportaba no verla, la simple idea de pasar varios días sin tocarla me empujaba a comportarme como un lunático.

Me habría gustado echarme a reír. Solo tenía un tren esperando.

Asentí y pasando por delante del bueno de Felipe, me dirigí obediente a los embarcaderos.

Allí nos esperaba José, callado y custodiando un enorme baúl lleno de trajes que mi tía Inés se había empeñado en empacar. Recuperó la vida al verme llegar.

—Buen viaje, señor. Le diré a don Antonio que todo fue bien.

No repliqué. La verdad, me traía sin cuidado si mi tío se tranquilizaba o no.

Imponerme aquel viaje contra mi voluntad era algo que difícilmente le perdonaría.

Subí al coche sin mirar atrás y con un suspiro, me despedí de Madrid.

Iría a París y compraría los malditos motores.

Así el rey estaría contento, mi tío, la Compañía del Metropolitano de Alfonso XIII y la ciudad estarían contentos.

¿Qué le importaba a nadie si mi alma sangraba unos cuántos días?