44
El principio del fin
Irene
Aquella mañana no vi salir a mi ángel por el ventanuco del patio. Oí al ama comentar que había partido de viaje muy de mañana, pero oficialmente, yo no era nadie para que me informasen. Nuestro amor, a la vista de todos, aún jugaba a ser clandestino.
La casa se quedó hueca, fría a pesar del sol que lucía en las calles y que se colaba por los ventanales.
Su ausencia retumbaba en las paredes y yo me sentía tan triste y sola como si no fuera a volver nunca.
Atendía mis tareas sin hablar, cabizbaja, arrastrando los pies.
Contaría las horas, los minutos e incluso los segundos, hasta que mi ángel regresara a mis brazos.
Cuando podía, me escapaba a mi cuarto y sacaba el pañuelo con su inicial, escondido bajo el colchón, y me recreaba mirando el precioso anillo que un día perteneció a su madre.
La gran dama debía de estar contenta, él había solicitado su bendición a sus padres, a los míos, hasta al bueno de Joshua.
Como mi ángel dijo, a todos los que nos habían querido pero no estaban ya a nuestro lado.
Andaba fregando la loza, dando mil vueltas a mi pena en la cabeza, cuando noté la presencia del ama a mis espaldas. De pie, rígida como era su costumbre, mirándome sin parar.
—Acaba eso cuanto antes, muchacha, los señores me han autorizado para que te dé permiso y puedas llegarte al hospital a ver a Tomasa.
La sorpresa de un regalo tan inesperado estuvo a punto de hacerme dejar caer la porcelana. Mi ángel no estaba, pero a cambio, yo podía ver a Tomasa después de casi ocho días. Por un instante me sentí feliz.
—¿De verdad puedo?
—¿Pues no te lo estoy diciendo? En cuando acabes de fregar esa vajilla. Onofre está ocupado, de modo que tendrás que llegarte andando. ¡Aprisa! Que el tiempo corre y luego te necesito para preparar las meriendas y las cenas.
—¿Y la señora…?
—La señora está en misa. Y luego almorzará y tomará el té con los marqueses de Vadillo. Tienes tiempo de sobra para ir y volver.
—Pero…
—¿A qué vienen tantas pegas? ¿Quieres ir o no? Porque si tanto problema te causa, les diré a Sarita y Pilarín que aprovechen y vayan ellas.
—¡No, no, ama, nada de eso! ¡Si estoy deseando echarle el ojo encima a la Tomasa…!
—Pues no se nota ¡Aviva! Yo ya fui a verla ayer.
—¿Y cómo la vio?
—El color no lo ha recuperado, pero las fiebres han remitido y tanto día de ayuno le han hecho un favor; está mejor que nunca.
Se me escapó una sonrisa larga como un día completo. El ama Engracia cortó de cuajo mi júbilo con una palmada seca.
—¡Vamos, niña! ¡Esos platos no se lavan solos!
—Enseguida, ama —me guardé la muestra de ilusión donde ella no pudiera verla—, enseguida.
Me puse el vestido limpio de los domingos, le dije hasta luego a mi anillo de señorita comprometida y enamorada, alisé como pude los rebeldes rizos rojos y salí a la calle.
Aspiré bien hondo el aire templado de la primavera que ya se iba y le sonreí a las ventanas de la casa de las siete chimeneas, allí donde contaban los rumores que se asomaba cada noche el fantasma de doña Helena, la amante del rey, asesinada en nombre del amor.
En lugar de inquietud, ahora que sabía que el espectro nocturno no era la difunta doña Julia reclamándome por haber osado poner los ojos en su viudo, sino yo misma, sentía una inquietante calma que a ratos se mezclaba con preguntas que nadie podía responder.
¿Yo me aparecía a mí? ¿Y con el libro en las manos?
¿Era un aviso? ¿Un mensaje? ¿Una advertencia?
En el bolsillo de la faltriquera llevaba un papel con la dirección del hospital.
Llegar costaría al menos cuarenta minutos, pero no me importaba en absoluto, visitar a Tomasa y poder animarla después de estar tan malita y tan sola era lo mejor que podía pasarme mientras mi ángel se ausentaba.
Seguro que no me esperaba, cuando me viera llegar, las dos gritaríamos de alegría, yo le cogería la mano y seríamos dichosas por un buen rato.
¡París! ¡Qué lejos! Me costaba imaginarnos juntos en París. Mi ángel y yo. ¿Iríamos de verdad alguna vez?
De mis años de mendiga, el intrincado laberinto de callejuelas por el centro me resultaba familiar, de modo que quise cortar camino atravesándolos. Aquellos sombríos callejones medio desiertos que pensé serían mi salvación, se convirtieron en una verdadera trampa mortal.
No los oí venir, y eso que presumo de oído fino. Debía ser que los meses vividos en la casa Otamendi, a salvo de vagos y maleantes, habían adormecido mis sentidos.
Llegaron por detrás, me taparon la cabeza con un saco, una mano áspera sobre mi boca me impidió gritar y todo cuanto noté fue mi cuerpo bruscamente arrastrado y negrura. Tiraron de mí, me metieron en un portal y alguien cerró la puerta. Mi corazón se llenó de pánico.
¡Me estaban atracando!
La gente de la calle, puede que los que antaño fueran mis compañeros de sueño, me confundía con una muchachita pudiente y pretendían robarme!
¿Qué iba a darles? No llevaba encima ni una perra gorda.
¿Y si su error los ponía furiosos? ¿Y si me asesinaban?
Dejé de cavilar, porque de un empujón me vi subida a una carreta y maniatada con sogas que se me clavaron en la carne. El estómago se me cerró de miedo y las lágrimas corrieron abundantes bajo la tela de saco.
—Por favor… —balbuceé—, no tengo nada, no llevo nada encima, soy tan pobre como vosotros, yo no…
—¡Calla, muchacha! ¡Cierra la boca! ¡No quiero oír una palabra!
La orden fue tan violenta que enmudecí de puro terror.
—Metedla en el cuarto hasta que los curas digan algo o manden a por ella.
¿Los curas?
Yo no tenía nada que ver con los curas, ni con la Iglesia, iba a misa los domingos con el resto del servicio porque el ama lo mandaba y no me quedaba otra, pero… ¿con quién me estaban confundiendo?
—¡Oiga! ¡Señor! ¡Señor, yo no soy nadie! ¡No soy…!
—¡Que te calles, he dicho!
Me atizaron una bofetada que, al tener la cabeza cubierta, fue más bien un salvaje puñetazo. El dolor del golpe fue horroroso, no dejé de ver porque ya estaba a oscuras, pero me mareé y las nauseas me revolvieron por dentro.
Perdí el equilibrio y caí de bruces al suelo sin ni siquiera saber dónde me encontraba.
—Por favor, no me hagan daño… por favor…
—Atadle las manos y los pies y, por el amor de Dios, ¡ponedle algo en la boca para que deje de hablar!
—Dicen que es una bruja… —farfulló una voz seca y desagradable.
—Que está endemoniada —aseguró otro con un tinte de pavor.
—Nos desharemos de ella enseguida. Mientras tanto, manteneos lejos por si acaso.
A empellones me anudaron una soga basta que me mordió las muñecas, pero se olvidaron de amordazarme. Quizá fue el miedo que les inspiraba, aunque en realidad yo no era ninguna bruja y tampoco estaba endemoniada, ¿por qué decían aquellas cosas espantosas?
Sollocé durante horas y el agotamiento de la tensión acabó venciéndome. Volvieron a trasladarme y me encontraron casi inconsciente en el suelo, aovillada y sometida de puro cansancio.
—¡Rápido! ¡Movedla y no la toquéis más de lo necesario! ¡A la carreta!
Me arrojaron por segunda vez en lo que parecía un carro que apestaba a estiércol, como si fuera un fardo.
El dolor de la cuerda clavada en las muñecas era ya insoportable, no sentía las manos y los dedos estaban abotargados.
Toda yo estaba paralizada, entumecida por culpa del miedo.
Alguien había cometido una equivocación, pensaban que yo era otra persona y no tenía cómo sacarlos de su error.
Durante muchos minutos, solo acerté a escuchar los cascos de un caballo y el lejano rumor de la calle.
Debíamos de estar atravesando zonas poco pobladas, nada de mercados ni ruido de tranvías, ni voces de gente charlando o pregonando mercancías.
A pesar de mi escasa práctica, me puse a rezar a la desesperada, pidiéndole a todos los ángeles que me salvaran de aquel destino incierto.
No recuerdo haber sentido más terror en toda mi vida.
Ni en las peores épocas buscándome el rancho en las calles vi tan amenazada mi existencia; jamás me vi obligada a preguntarme si un milagro me salvaría de lo que parecía un desenlace fatal.
Me trataron como si fuera un animal destinado al matadero.
Me bajaron a la fuerza del carro y me empujaron dentro de un edificio, arrastrándome casi en volandas por un montón de pasillos helados.
Finalmente, tiraron de mis faldas y las oí rasgarse, para sentarme en una silla fría e incómoda.
El saco que me cubría la cabeza desapareció con un tirón brutal y el reflejo de la luz contra unos ojos acostumbrados a la oscuridad, no me permitió ver más que destellos en forma de bolas blancas.
Poco a poco conseguí enfocar la hilera de hombres gruesos y malencarados que se sentaban delante, en una suerte de tronos en los que más de uno a duras penas encajaba.
Yo me encontraba en el centro de una sala de dimensiones aceptables, ni agobiante ni fastuosa, carente de adornos, de rasposas paredes encaladas en blanco, sentada en una silla.
Las manos atadas a la espalda, los pies sujetos por los tobillos.
Ellos se protegían de mí con una especie de tarima que los elevaba medio metro por encima del suelo y un mostrador de tendero, tres veces más largo de lo normal.
—Bien, muchacha, no perdamos el tiempo. —Uno de ellos rompió el silencio—. Dinos tu nombre.
Mi vena rebelde salió a relucir en el peor momento. No pude evitarlo, porque de algún modo sentí que no tenía nada que perder.
—¿Me han traído hasta aquí y no lo saben?
—Lo sabemos, pero quiero que nos lo repitas tú misma. No permitiremos la menor insolencia, quedas advertida.
Hundí la cabeza sobre el pecho. Ensangrentada, sucia y desfallecida.
—Irene. Me llamo Irene.
—¿Irene qué más?
—Nada más, no tengo apellidos.
—Todo el mundo los tiene.
—No los que nos criamos en la calle.
Los hombres, sin duda altos cargos de la Iglesia a juzgar por sus ricas vestimentas, cruzaron una mirada de confirmación.
—Así que mujer de origen desconocido.
Para esa afirmación que sonó a acusación, no tenía réplica.
—¿Ni padre ni… madre? —insistió otro.
—No los conocí, señor.
—¡Eminencia, moza! ¡Más respeto! ¡Te diriges a un cardenal!
—Lo siento, no lo sabía, no distingo los cargos de la Iglesia.
—Sacrílega blasfema…
Tenía mucha hambre. Y estaba cansada. Mucho. Me dolía todo el cuerpo, de las ataduras, los traqueteos, los golpes. Y sobre todo, la rigidez que propiciaba el miedo, que me tenía exhausta.
—¿Es cierto que leíste ese libro y pudiste traducirlo?
Levanté de nuevo la cabeza gacha. Hasta entonces no me había percatado de que a mi derecha, sobre una especie de peana, reposaba el libro del Génesis desenterrado en el Convento de la Merced. Asentí sin hablar.
—¡Responde!
—Sí, señor… Eminencia.
—¡Reverendísimo señor, niña! Hablas con el obispo.
Sentí unas ganas terribles de llorar a gritos. Volví a asentir con una bola intragable de saliva atravesada en la garganta.
—Lo leí…, reverendísimo señor.
—¿Y qué decía?
—No pienso repetirlo.
—¿Qué decía?
—No pienso repetirlo.
El hombre que me interrogaba hizo una seña imperceptible a un cura alto y robusto con sotana que vigilaba la puerta.
Enseguida se situó a mi costado y sin mediar palabra, me asestó un terrible puñetazo que me tiró al suelo con silla y todo.
A continuación, levantó la silla conmigo atada de mala manera, agarró los mechones de mi pelo rojo y tiró de ellos hasta que mi cuello se dobló hacia atrás con un espasmo de dolor.
—Te lo preguntaré de nuevo. ¿Qué decía el libro?
Sentí el ácido sabor de la sangre corriéndome por las comisuras de los labios.
—No… pienso… repetirlo.
—De acuerdo pues. Organicen el traslado de la endemoniada al manicomio de mujeres. Allí disponemos de métodos más adecuados para que la muchacha recupere la memoria.
—Y adviertan a las hermanas de la perversidad de la demente. Que extremen las precauciones con ella.
—¡Yo no estoy loca! ¡Ni endem…!
No llegué a rematar la frase. Otro violento golpe en mi cabeza cortó el hilo que me unía a la realidad, dejándome instantáneamente sin conocimiento.