Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 43
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La marcha

Carlos

Más tarde no recordaría cómo subí de dos en dos los escalones que me separaban del sexto piso.

Cómo repartí pequeños candelabros por toda la azotea y los pétalos frescos de todas las flores que encontré por la casa, sobre nuestra manta de amor.

Apenas fui consciente de cómo latía mi corazón desbocado sin apartar las pupilas de la puerta por la que finalmente apareció mi dama.

Solo volví a la realidad después de tenerla entre mis brazos, a salvo de todo, estrechamente apretada, formando parte de mí, unida por el hilo rojo del destino del que hablan las leyendas.

—Abrázame, señor Carlos, abrázame fuerte.

—Irene, me haces más falta que nunca.

—Y tú a mí. Paso el día ansiando este momento, no puedo pensar en otra cosa más que en verte, en que me digas que me quieres… en tus besos.

Al decir eso último se había sonrojado de un modo delicioso. Tomándola por la barbilla la obligué a mirarme y le sonreí con toda la ternura de la que mi oxidado corazón era capaz.

—Todos mis besos te pertenecen, son tuyos, lo serán hasta mi último aliento, hasta el día en que me muera.

Rocé sus labios con una suave caricia y la vi cerrar los ojos. Tenía las pestañas largas y curvadas como hermosos abanicos de pluma. Cuando nos separamos, Irene reparó por primera vez en el escenario que le había preparado. Se cubrió la boca con las manos.

—¡Qué bonito! ¡Qué bonito todo!

—Es una noche especial —volví a retenerla con un abrazo—, nuestra noche especial.

—¿Celebramos algo?

—Lo muchísimo que te quiero.

—Yo también te quiero. ¡Pétalos de flores!

—A Engracia le dará un ataque mañana, cuando se encuentre vacíos todos los jarrones de la casa —reí.

Riendo los dos, nos dejamos caer sobre la manta, perezosos e ilusionados.

Las manos de Irene viajaban por las flores y se contagiaban de su tacto aterciopelado.

Tomaba un puñado de pétalos, lo lanzaba al aire y los veía caer sobre nuestros rostros.

Su perfume nos embriagó y en los ojos de la mujer que adoraba, el brillo de las estrellas y las velas se reflejaba, arrancando centellas.

—Tendré que ausentarme unos días —anuncié jugueteando con sus dedos—, lo siento, no llegará a una semana.

Irene se sentó de un salto.

—¿Te marchas? ¿A dónde?

Tiré de ella para que se tumbase de nuevo.

—A París, solo unos días, negocios relacionados con la Compañía. Es muy importante que salgan adelante si queremos que el proyecto acabe. Cerrarás los ojos y antes de que puedas abrirlos, estaré de vuelta.

Sonrió con timidez y lo que quiera que estuviese pensando, se lo guardó para sí.

No protestó. No suplicó. No mostró inseguridades.

Cualquier otra mujer de las que yo conocía habría rogado que no me fuera, habría tratado de hacerme sentir culpable por atender los negocios desatendiéndola a ella.

Pero no Irene. Ella no pertenecía a esa categoría, Irene era grande y especial, sabía valérselas sola y apreciaba mi presencia en su justa medida: amor, no necesidad.

—Estaré esperando.

—Aún no me he ido y ya te echo de menos.

—Caminar por las calles de esa ciudad debe de ser como un sueño.

—Iremos juntos. Te llevaré a París muy pronto y nos quedaremos todo el tiempo que desees.

Añadí un suspiro y así nos quedamos, muy juntos, abrazados como cada noche, mirando al cielo tachonado de puntos celestes.

—Desde ya amo los caminos que recorreremos juntos, las preguntas a las que daremos respuesta, las muchas ciudades cuyas calles recorreremos de la mano… París no será la única, pero sí la primera. Tengo algo que pedirte. Bueno, no solo a ti…

Sin brusquedad para no asustarla, saqué de mi bolsillo la cajita con el anillo. Mi corazón inició un placentero galope y mi vientre se llenó de hormigas.

—Joshua, sé que estás ahí arriba, en alguna parte, vigilando que este gran amor no se malogre.

Asegurándote de que es sincero, de que me sale del alma, de que la quiero de verdad, de que la cuido, que moriría por ella sin dudarlo un segundo.

Decidido a darme mi merecido si osara faltar a mi palabra.

Pero no lo haré. No te decepcionaré porque es verdad que la amo por encima de todas las cosas, la amo como nunca pensé que pudiera amarse a un ser humano.

Irene reaccionó a mi sentido discurso con un jadeo que excitó mi deseo. Amarré fuerte las ganas y proseguí.

—Padre, madre, y vosotros, los padres de mi Irene, allí donde estéis, sed testigos de este sentimiento que gobierna mis actos de la mañana a la noche. Sed testigos de que la necesito, de que miro y veo la vida a través de su risa.

—Carlos…

Dejé de mirar a las alturas, giré sobre mi costado y la miré a ella. Estaba tan insoportablemente hermosa que me costó respirar.

—Yo he aprendido a vivir en tus ojos, a amar contigo.

Antes de ti no había nada, estaba vacío.

En nombre y en presencia de todos los que nos quisieron y ya no están, Irene, hasta la eternidad.

Hasta la eternidad si me aceptas, porque yo ya no sé respirar si no te tengo a mi lado, amor. ¿Te casarás conmigo?

Noté que el jadeo de Irene se entrecortaba y se hacía costoso.

—Creo que voy a desmayarme de la emoción.

—No te desmayes antes de darme el sí, te lo pido por favor. Tengo un anillo…

Irene volvió a saltar de dicha, se separó de mí y se sentó con las manos sobre la cara. Sus ojos destacaban húmedos.

—¡¿Un anillo?!

Se lo mostré con arrobo.

—Perteneció a mi madre. De una mujer de mi vida a la otra.

Antes de terminar la frase, ya tenía la dulce y blanca mano de Irene extendida frente a mí. Sin poder controlar la risa, deslicé el anillo dentro de su dedo. Ajustaba a la perfección, parecía fabricado a su medida.

—Creo que no podré volver a cerrar la boca, nunca vi nada tan bonito…

—Procura que el resto del servicio no lo vea.

—¿Ese montón de chismosas envidiosas? ¡Desde luego que no! ¡Oh, Dios mío! ¡Mira, mira cómo brilla!

Disfruté observándola. Viéndola adorar la joya que encerraba mi corazón. Porque eso era justo lo que acababa de entregarle, no un mero anillo, sino la promesa de mi amor eterno, mi dedicación y mi entrega. Mi mejor título de pertenencia en nombre de mi santa madre a la que perdí demasiado pronto.

—Sigo esperando que me contestes —le recordé pasado un rato.

Irene volvió hacia mí su cara pecosa llena de júbilo y se arrojó en mis brazos.

—Sí, sí, sí quiero. Quiero ser tu mujer, me casaré contigo.

Juro por lo más sagrado que identifiqué ese momento como el más feliz de mi vida hasta entonces.

Atesoraba momentos tristes, los alegres brillaban por su ausencia.

En cuanto a los felices… bueno, esos no los conocí hasta que Irene me miró por primera vez con sus ojos claros llenos de luz y fuerza, y mi alma tembló como un pajarillo.

Nos regalamos casi dos horas completas de amor y caricias.

De promesas infinitas susurradas al oído, de futuros color de rosa.

Me arrepentí de no haber pensado más que en las flores, olvidando un buen vino con el que brindar por nuestra felicidad.

Anoté mentalmente que en cuanto regresara de París, contra viento, marea y todo el que se disgustara, la llevaría a cenar a un sitio bonito e íntimo donde podríamos sellar nuestro compromiso conforme a los cánones de toda pareja de enamorados.

—Se hace tarde, Carlos, debo bajar, no sea que Pilarín se despierte y vea mi cama vacía…

Repartí mil besos por su cara, por los mechones de su pelo rojo, resistiéndome a dejarla ir. Pero tenía razón, yo viajaba por la mañana temprano, lo más sensato era intentar descansar.

—Cuídate mucho, acuérdate de mí.

—Y tú no me olvides, vuelve pronto.

Volvimos a besarnos. Qué delicia zanjar nuestras condiciones con tanto amor.

Sin embargo, aún quedaba un espinoso asunto que mencionar. Ya estábamos de pie, recogiendo la manta con los pétalos y apagando las velas, cuando lo acometí.

—En lo que respecta al libro del Génesis…

—Ya no lo tenemos.

—En efecto; y escucha una cosa: ese asunto, por grave que sea, no nos concierne, no es algo que nosotros podamos manejar. Tú olvidarás lo que has leído, tienes que prometérmelo. Y yo olvidaré lo que tú me contaste. Es el único modo de poder vivir en paz. ¿Tengo tu palabra?

Ella pareció confundida. Insistí con vigor y hasta con desesperación.

—¿Me lo prometes, amor mío? Dime que me lo prometes. Es importante.

—Lo olvidaré. Haré lo posible por… olvidarlo.

La abracé por última vez.

—Vamos a casarnos, seremos felices y nada ni nadie sabrá jamás lo que se contaba en esas páginas.