Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 42
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Una misión intempestiva

Carlos

Desde que Irene me reveló la verdad escondida entre aquellas paginas centenarias, con los ojos húmedos y la voz temblorosa, me pasaba el día en las nubes.

Ahora entendía su estado, su permanente turbación y sus esfuerzos por esquivarme.

Estar en posesión de aquel conocimiento era como tener una hoguera encendida en el vientre que te empujaba a contarlo, a deshacerte de él, porque soportarlo era demasiado para un hombre solo.

Al menos yo no era capaz de pensar en otra cosa; me resultaba muy fácil imaginar su sufrimiento todas aquellas semanas de silencio y soledad, sin saber si al confiarse, yo la creería o la tomaría por una demente.

La repercusión de lo que narraba aquel viejo libro del Génesis era inconmensurable.

Y cuando después de ponerlo en común ya éramos dos los depositarios del secreto, nuestras citas se enfriaron y se volvieron ácidas.

Éramos incapaces de hablar del sol y las estrellas, del olor de la primavera en Madrid, de la inminencia del verano, de nuestra futura vida juntos o de cuánto nos amábamos, con la naturalidad de siempre.

Estábamos tensos, asustados, aplastados por el peso de algo demasiado grande.

Mi tío me había reclamado el libro y yo se lo había devuelto, pero contrariamente a lo que pensábamos, deshacerme del objeto no logró que me sintiera menos presionado.

Podía no tenerlo, podía no tocarlo, pero su sacrílego contenido vibraba en mi cerebro con un doloroso martilleo que me estaba volviendo loco.

Estábamos condicionados. Irene y yo. Condicionados por lo que sabíamos.

Quizá ese fue el motivo por el cual cuando, durante el almuerzo de aquel día, mi tío me informó de que debía viajar a París con urgencia, se encendieran mis alertas.

¿Abandonar a Irene en aquellas condiciones?

¿Ausentarme tres, cuatro días, quizá más?

No podía permitirlo. La idea me espinó a tal punto que mi reacción no fue, en absoluto, la del sobrino dócil y obediente que mi tío esperaba.

En realidad, desde que Irene entró en mi vida yo ya no era más ese hombre fingido que todos conocieron.

—Hijo, eres empresario, responsable de gran parte de este gran negocio nuestro.

Sabes lo ardua que ha sido la negociación con el metro de París hasta conseguir que nos vendan los motores eléctricos.

Esas máquinas de segunda mano están en perfecto estado, el precio es razonable y, dadas las condiciones, ¿qué otras posibilidades barajamos?

Si no viajas a hacerte cargo del pago y la firma definitiva de los contratos, el metropolitano de Madrid no arrancará en la vida.

—¿Y no puede ir otro socio en mi lugar? ¿Usted mismo, tío? Está al tanto de toda la negociación.

—Yo estoy demasiado viejo y arrastro demasiados achaques como para semejante viaje. Tú eres joven, fuerte e inteligente, lo harás mejor que nadie, incluyendo al resto de los socios, a los que no confiaría ni la compra de un trompo. No, desde luego que no.

—Pero tío… ese viaje tan largo, precisamente ahora, con la epidemia de gripe más extendida que nunca y en mitad de la guerra.

—Los armisticios están a punto de firmarse, de hecho, es el momento óptimo.

Vamos, sobrino, observando tu expresión, cualquiera pensaría que te enviamos de expedición militar a Cuba, serán unas pocas jornadas, cuatro, cinco a lo sumo.

Antes de que te des cuenta estarás de vuelta y podremos darle el empujón final a nuestro ferrocarril subterráneo.

Seguí jugueteando con el cubierto, enfurruñado.

—Tengo mucho que hacer aquí, asuntos de importancia que requieren mi presencia.

—Nosotros nos haremos cargo de todo. Esta Compañía es tu futuro, no lo olvides.

—Al menos podría acompañarme —farfullé a regañadientes.

—¡No puedo! ¡Tengo audiencia con el rey!

¡Con el rey, ni más ni menos! Su Majestad espera que le diga que el proyecto va sobre ruedas y que cumpliremos escrupulosamente los plazos de una obra colosal que, sin su apoyo personal, no habría salido adelante.

Y no podré transmitirle tal cosa si la compra de esos motores no se cierra.

¿Lo entiendes ahora? ¿Te atreves a fallarle a tu rey?

¿Le fallarías a tu país? Que me decepciones a mí, que soy tu tío, es lo de menos.

El proyecto más ambicioso del Madrid moderno no puede verse truncado por razones egoístas.

—¿Yo soy el egoísta?

—Dímelo tú. Estás poniendo demasiadas excusas en contra de una tarea que no hay modo de esquivar. Necesitamos esos motores, tuvimos la suerte de localizarlos casi nuevos a precio de ganga; si no rematamos esa compra no terminaremos las obras.

Me mantuve mudo, con el entrecejo fruncido y los ojos fijos en el mantel de hilo blanco. Las pupilas preocupadas de la tía Inés saltaban de su marido a mí, sin intervenir. El tío Antonio se limpió el bigote ceremoniosamente con la servilleta y me miró de reojo.

—Creo recordar que tenías cierto interés en que el Metropolitano se inaugurara cuanto antes, ¿no?

—Sí, desde luego —gruñí—, esto ya dura demasiado.

—Pues de momento está en tu mano, ya dirás. Emiliano tiene tus billetes de tren y sales mañana temprano. Yo de ti acabaría de cenar y correría a preparar el equipaje. ¿Una copita de oporto en el saloncito, Inés, querida?

Mi tía dejo ir un elegante suspiro, abandonó su silla y se acercó a mí.

—Sí, claro, esposo, una propuesta encantadora.

Y tú, Carlos, sonríe un poco —me acarició los hombros con la punta de los largos dedos—, nunca has sido de los que se achantan ante el trabajo duro.

Esta maravilla es tanto obra tuya como de tu tío.

El Metropolitano de Madrid y los Otamendi son una misma cosa. Corónala con éxito.

Se ausentaron del comedor y yo permanecí en mi lugar sin moverme, dejando que el café se enfriara, con la mirada perdida y un torbellino de pensamientos confusos en la cabeza.

Tenía razón mi tío, la incorporación de aquellos motores comprados de segunda mano al metro de París era vital para adelantar nuestro proyecto; sin ellos jamás acabaríamos.

Y yo tenía que finiquitar la construcción del ferrocarril si quería casarme con Irene.

Pero dejarla sola en aquellos momentos tan delicados no era algo que me hiciera especialmente dichoso.

Si dejaba el corazón de lado y ponía ambas opciones en una balanza, esta se inclinaría, sin duda, señalando mi tren a París.

No invertí más de veinte minutos en preparar una bolsa de viaje con lo imprescindible pensando solo en subir a la azotea, estrechar a mi dulce prometida entre mis brazos y suplicarle perdón anticipado por abandonarla.

Si lograba acortar mi estancia en París y que los cinco días fueran cuatro, o mejor, tres, aceleraría el tiempo.

Lo que hiciera falta con tal de volver cuanto antes a Madrid.

Porque aquí me esperaba lo más importante de mi vida entera.

Entones vi claro lo que tenía que hacer.

Tan nítido y sublime que no entendí cómo no lo había decidido antes.

Corrí a la cómoda donde guardaba los recuerdos de familia y en el tercer cajón, entre pañuelos de encaje que pertenecieron a mi madre, encontré una cajita bellamente decorada con su anillo de compromiso dentro.

Un enorme diamante tallado con finura, lanzando destellos igual que una estrella.

Era lo más valioso que conservaba de la mujer que me dio la vida.

Y no fui capaz de entregárselo a Julia, para mi esposa concertada compré otro anillo.

Sin embargo, ahora la joya me quemaba entre las manos, moría de ganas por verla brillar en el dedo de Irene.

Si sobre algo tenía certeza, era que mi madre habría bendecido de buena gana aquella unión.