Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 41
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La lengua del diablo

El rictus del señor obispo era severo y hasta temible cuando recibió a Antonio Otamendi.

Sus manos formaban un triángulo agudo de dedos unidos en forma de pirámide.

Sus ojillos oscuros de halcón al acecho, clavados en la valiosa madera de su mesa y los labios tensos.

Sus pensamientos eran tan turbulentos que, cuando el magnate entró en la sala precedido por su mayordomo, ni siquiera alzó la cara.

—Señor obispo, el señor don Antonio Otamendi.

El religioso pareció caer desde muy alto.

Se levantó con precipitación a estrechar la mano de su invitado.

La tenía helada y húmeda de sudor. Antonio Otamendi tomó asiento y dejó el sombrero y el bastón apoyado en la silla de al lado.

Por un rato prolongado, nadie habló. Como buen hombre de negocios, Otamendi fue el primero en romper el hielo.

—¿Ha tenido ocasión de examinar el libro que le traje, reverendísimo señor?

—Sé que la inspección se demoró más de lo ambos esperábamos. En realidad ha sido una labor ardua y complicada.

—¿El motivo…?

—El libro ha pasado de mano en mano, don Antonio. He procurado que los letrados más versados en lenguas antiguas revisen el texto. Concienzudamente.

—¿Y…?

—Sin resultado. Ninguno de ellos ha sido capaz de entender ni mucho menos de traducir una sola frase.

—Me lo temía. Yo mismo llevé a cabo una investigación similar en su momento.

—Pero…

—¿Hay algo más?

—Desde luego. El que no haya sido posible interpretarlo no implica que no haya sido posible reconocerlo.

—¿Se trata de alguna lengua extranjera? ¿Un idioma muerto o desaparecido?

El obispo despachó una gota de sudor que le corría por la frente. Suspiró con trabajo.

—Me temo que estamos ante algo mucho más serio, don Antonio.

—Explíquese, por el amor del cielo, que entre usted y mi esposa, cada cual por sus motivos, conseguirán que me dé un ataque.

—Las páginas de ese libro, en apariencia inofensivo, están redactadas… en la lengua del diablo.

Antonio Otamendi sintió que se le paraba el corazón.

—He tenido que recurrir a las más altas esferas cardenalicias de España en el Vaticano.

Sabe que son tiempos convulsos, hay que andar con cautela.

Tampoco es prudente que este asunto trascienda, es vital mantenerlo en el más absoluto secreto.

Hemos investigado los volúmenes de la sección prohibida de la Biblioteca Vaticana.

Abundan los textos demoníacos, salmos abominables que convocan la presencia del señor de la oscuridad y enardecen sus poderes.

Todo lo que bajo ningún concepto debe ser repetido por el hombre se guarda en esos libros.

—E imagino que han comparado las escrituras…

—Escrituras que no tienen nada de sagrado, don Antonio. Su mera existencia es ya sacrílega, un pecado mortal de los peores.

—¿No los destruyen? Quiero decir, en lugar de guardarlos en una sección prohibida, bajo llave y con altas medidas de seguridad, ¿no sería mejor directamente destruirlos?

El obispo lo miró con una mezcla de lástima y desdén. Desprecio por el grado de su ignorancia. Lástima por el destino que aguardaba a la humanidad si los hombres santos de la Iglesia, con toda su infinita sabiduría, dejaban de velar por ella.

—Son indestructibles.

—¿Cómo dice?

—Resisten el beso de las llamas, no pueden romperse, bajo el agua flotan hasta salir a la superficie. Son objetos animados, dotados de vida propia, que se defienden frente al enemigo. La única solución es enterrarlos o custodiarlos fuera del alcance del mundo.

—¿Y el librito que yo le entregué…?

—Pertenece al mismo grupo. Sí. Un horror que nunca debió ser sacado de su tumba de tierra.

Antonio Otamendi tragó saliva. Revelada la primera y sorprendente parte de la conversación, ahora venía lo realmente peliagudo.

—Me comentó que una muchacha del servicio de su casa fue capaz de leer algo.

—Sí, bueno, algo, muy poco, apenas unas páginas…

—Algo es más que nada. ¿Lo hizo o no lo hizo?

Latía tal amenaza en el tono del hombre de Dios, que Otamendi sufrió un temblor.

—Sí. Lo hizo.

—¿Y podemos confiar en que la muchacha dice la verdad? Ya sabe cómo son estas gentes sencillas del pueblo, capaces de cualquier cosa por llamar la atención de los poderosos.

Don Antonio alzó la cabeza súbitamente animado.

—Es posible lo que usted dice, sí, ya lo había pensado, que todo sea una farsa de la chiquilla. No es más que una niña medio analfabeta…

—Sin embargo, en un asunto de tanta envergadura, no podemos quedarnos con la duda.

El brío del ingeniero volvió a desplomarse. La imagen de su sobrino enamorado de Irene contra viento y marea le rondaba la cabeza nada más iniciarse aquella charla.

—Debe traerme a esa muchacha. Averiguaremos si dice la verdad.

Carlos. La reacción de Carlos podía ser imprevisible.

—Reverendísimo señor, no es más que una fregona sin interés alguno.

—Eso seremos nosotros los que lo decidamos. ¿Tiene idea del valor de alguien vivo capaz de traducir la lengua del diablo? Hay cientos, miles de volúmenes escondidos en la Biblioteca Vaticana que se niegan a revelarnos sus secretos solo porque no existe el ser capaz de leer sus textos e ilustrarnos.

—Pero ¿por qué traerla hasta aquí? ¿Qué necesidad…?

El obispo abandonó su cómodo asiento y revoloteó alrededor de la mesa. Su cuerpecillo endeble y pequeño, desaparecido casi bajo la fastuosidad de sus largos ropajes.

—Don Antonio, lamento tener que decirle algo que como hombre inteligente ya debió deducir por sí mismo: hablamos de la lengua prohibida de los infiernos.

Si, como me temo, esa ignorante ha sido sincera, solo hay una explicación para que ella y solo ella, tenga acceso al mensaje contenido en el libro.

Esa muchacha está poseída por el diablo.

Hay que tomar todas las precauciones a la hora de aproximarse e interrogarla.

Se acercó a Otamendi, se inclinó en su dirección y pegó su cara a la del ingeniero.

—Debemos hacerlo aquí. Protegidos entre las paredes de un lugar santo.

Enseguida pareció salir del momentáneo trance, acarició el rosario de madreperla que le colgaba del cinturón y se alejó murmurando.

—Debe traerla. Mañana mismo.

Antonio Otamendi ya estaba cerca de la puerta deseando huir del obispo y su influencia, arrepintiéndose de haberlo implicado en el asunto del libro.

Más pesaroso aún de haber desvelado el nombre de Irene, colocándola en la picota.

La hora era avanzada, su esposa debía de estar preocupada, preguntándose qué habría sido del señor de la casa.

—Deme unos días, se lo ruego. Tengo que componer las cosas del mejor modo posible.