Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 40
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Un peso terrible

Irene

De verdad, que Carlos me pidiera que le devolviese el libro, me alivió.

Me convencí de que sacarlo de mi vida me haría sentir mucho mejor.

Liberada de aquel peso terrible que me ahogaba, de los secretos que escondía, con los que no podía sola.

Ya mejoró cuando compartí lo que sabía con mi ángel; sin embargo, el hecho de que Carlos no volviera a mencionar el tema me hizo temer que no me creyera.

¿Quién iba a creerme, si nadie más que yo podía leerlo?

Bien podía ser una invención, fantasías de una loca demente.

Y la sola idea de que Carlos me tomase por una embustera me hizo odiar el libro con todas mis fuerzas.

En los días que siguieron a mi confesión a corazón abierto, el estado de salud de Tomasa abarcó toda nuestra atención.

Empeoró y el médico se empeñó en mantenerla aislada para evitar que el virus se extendiera por la casa y todos nos contagiásemos.

Protestamos, claro, mucho. Pero era eso o trasladarla al hospital, así que finalmente cedimos.

Pasados unos días, ya no podíamos ni siquiera entrar a llevarle la comida, teníamos que dejar la bandeja en la puerta y la pobre Tomasa, sin fuerzas, con dolores en todo el cuerpo y una fiebre altísima que la hacía delirar, debía levantarse como podía, a recogerla.

El resultado fue que las bandejas permanecían intactas y a pesar de las muchas horas que pasábamos pegados a su puerta hablándole, tratando de animarla, tuvimos que advertir al médico de que la enferma no se alimentaba adecuadamente.

El doctor de la familia ordenó entonces su ingreso inmediato en el hospital, en un ala especialmente dispuesta para afectados por la epidemia. Los casos se multiplicaban por horas, dentro y fuera de España.

La señora Inés me sorprendió llorando mientras le arreglaba la habitación aquella noche. En cuanto la vi entrar, me sequé la cara con el delantal del uniforme y me centré en ahuecar las almohadas de pluma.

—¿Te encuentras bien?

Sorbí la nariz sin atreverme a mirar a la patrona.

—Sí, señora Inés, sí, no se preocupe.

—¿Es por Tomasa? Todos estamos consternados por su estado. Le pido al Señor cada día que la cure y no se la lleve aún. La necesitamos.

—Es muy buena conmigo. Todos ustedes han sido muy buenos conmigo, pero Tomasa…

—¿Lo hemos sido, Irene? ¿Nos hemos portado contigo como una verdadera familia?

El tono de la voz de doña Inés había cambiado.

Ahora era firme y un poco duro. Levanté la cara de mi trabajo con las sábanas y la vi de pie, junto a la chimenea, con su precioso vestido largo de seda azul con encajes y las manos enjoyadas cruzadas bajo el vientre.

Me observaba con un gesto de desagrado en el rostro que me hizo sentir diminuta.

—Sí, señora. Todos ustedes —admití con un hilo de voz.

—Pero nos lo pagas cruzando las líneas prohibidas que un miembro del servicio jamás debe traspasar.

Agaché la cabeza avergonzada, incapaz de responder nada coherente. De hecho, aquella reprimenda me la esperaba desde hacía tiempo, mucho había tardado.

—Sabía que esto terminaría pasando. Desde que te vi el primer día. Eres demasiado joven y bonita para que no ocurriera. Carlos es un hombre sano en la flor de la vida, con necesidades y mucha soledad. Y no me refiero solamente a tu alarmante parecido con la pobre Julia, eso es lo de menos.

—Lo siento, señora.

—No es cuestión de sentirlo, Irene, es cuestión de no haber permitido que pasara.

—Sobre los sentimientos es difícil mandar…

La patrona se echó a reír. Sus carcajadas me dolieron en lo más hondo del corazón. Era la risa del desprecio.

—Hasta te nombré mi doncella personal para conocerte mejor, para establecer contigo un vínculo que moralmente te obligase a respetar nuestro apellido. Veo que no ha funcionado en absoluto, porque la gente de la calle no entiende de lealtad ni de respeto.

Las lágrimas del arrepentimiento y la vergüenza inundaron mis ojos y corrieron libres mejillas abajo.

—Doña Inés…

La señora caminó con elegancia, como era su costumbre, y se sentó en el silloncito de terciopelo rosado junto a la ventana. Miró distraídamente a la calle, aunque juraría que desde allí apenas veía nada salvo las copas de los árboles de la plaza y el cielo.

—No eres mala persona, Irene, en realidad, eres una muchacha excepcional, teniendo en cuenta tus circunstancias.

Eres considerada, honesta, aprendes pronto.

Pero no sabes cuál es tu sitio. Te has criado seguramente de un modo salvaje que te lleva a creer que no existen límites.

Pero esta vida tiene sus reglas y si no estás dispuesta a aceptarlas, no es la vida adecuada para ti.

Me has decepcionado, querida muchacha. Nos has decepcionado a todos los que confiamos en ti.

Pensabais que vuestra pequeña aventura quedaría en la sombra, pero mi sobrino ha osado enfrentarse a su tío por defender lo que dice que siente por ti.

Ante esa retorcida idea, no pude contenerme: me revolví.

—¡No lo dice, señora, lo sentimos! ¡Nuestro amor es real!

—¡Oh, sí! Esos hermosos y volátiles amores de juventud que desaparecen de la noche a la mañana, igual que la niebla de un mal día.

—Lo nuestro es sólido, durará toda la vida.

—¿Toda la vida de quién? No me cabe duda de que de buena gana Carlos pondría el mundo a tus pies, pero pronto no tendrá nada que ofrecerte.

Carlos Otamendi es el heredero de todo el imperio familiar, Antonio y yo no tenemos hijos.

Y no ha sido educado para el escarnio y el rechazo.

Lo siento, disculpa, es probable que no sepas lo que significa la palabra escarnio.

Me estiré muy digna con los ojos anegados en lágrimas.

—Se equivoca, doña Inés, lo sé. Conozco muchas palabras, llevo toda mi vida leyendo. Tomasa me presta todas sus novelas y el señor Carlos…

—¿Señor Carlos?

—El señor Carlos me deja coger lo que desee de la biblioteca.

—Ni siquiera tu cerebro es capaz de anular las diferencias que existen entre vosotros. Una mujer nunca llama «señor» a su amante.

Tenía razón. Tenía toda la razón. Pero no en los motivos.

—Entiendo su incomodidad, señora. Y su decepción.

Y la de don Antonio. Y reconozco que esto no debió pasar, que jamás debí poner mis pobres ojos en su sobrino, pero el amor cuando llega es como un huracán que no podemos frenar.

No supe hacerlo y a él le pasó lo mismo.

Si ese es su deseo me marcharé de esta casa inmediatamente.

Pero no voy a dejar de amarlo, tiene mi palabra más solemne.

Entonces enfrenté su mirada. Con osadía, con el valor que me infundía el recuerdo de la voz de Carlos susurrando, acariciando mi cuello.

El calor de sus besos, el camino que sus largos dedos recorrían cada noche sobre mi piel.

Todo aquello me pertenecía y no iba a regalarlo salvo que el propio Carlos me lo pidiera.

La señora Inés se me quedó mirando con fijeza.

Mucho rato. Y al final, para mi sorpresa, esbozó una pequeña sonrisa.

—Me recuerdas tanto a mí… salvando las distancias.

No es preciso que te marches de momento, Irene.

Deja que lo medite, necesito tiempo. Algo me dice que me equivoco, sin embargo, estamos en la era del cambio, un nuevo siglo, una gran guerra destruye la Europa que conocemos, en las entrañas de Madrid un tren correrá pronto bajo las calles…

La mayoría de esas cosas no llego a entenderlas, sigo aferrada al pasado en muchos aspectos.

Tendrán un porqué, seguro. Y tu actitud frente a las dificultades, defendiendo tu amor, te honra. No estás dispuesta a ceder.

—No, señora —aseguré con firmeza.

—Ni a abandonar.

—Aunque tuviera que volver a la calle. No sería nada nuevo.

La señora Inés inclinó la cabeza.

—Sé que lo harías. Eres una digna hija del siglo veinte.

—Si la señora no desea nada más, me retiro. Hay mucha tarea en la cocina ahora que Tomasa…

Las palabras se me estrangularon en la garganta, no pude seguir. Que lucharía contra viento y marea por el amor de Carlos, lo sabía. Que Tomasa no se nos fuera con los ángeles al cielo, eso, me lo preguntaba a diario sin que nadie me ofreciera respuesta.