Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 39
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¡Qué ciego es el amor!

Carlos

Al salir de la biblioteca estuve a punto de cometer la peor indiscreción de mi vida: quedarme pegado a la puerta escuchando a lo clandestino lo que el ama de llaves quisiera comunicar a mi tío.

Algo en su gesto, en su actitud, algo en su mirada esquiva y retorcida me hizo sospechar que pudiera tratarse de Irene.

El ama Engracia llevaba muchos años en la casa Otamendi, no tantos como nuestra Tomasa, pero muchos, y se creía con ciertos derechos adquiridos por razón de su cargo, que a la buena de la cocinera, en su humildad, ni se le habrían pasado por la cabeza.

Engracia no era amiga de las novedades, mucho menos de las incorporaciones al servicio al margen de su autoridad, como yo había hecho imponiéndole la presencia de Irene.

No hacía falta ser un lince para adivinar que la muchacha no sería santa de su devoción.

Pero es que, según la propia Irene me había contado en nuestras interminables charlas nocturnas en la azotea, desde que su sobrina llegó del pueblo, la existencia misma de la pelirroja se le hacía molesta. Y no lo disimulaba. ¿Para qué hacerlo?

Por desgracia me educaron como a un caballero, y un caballero que se precie jamás se quedaría fisgoneando conversaciones ajenas.

De modo que a regañadientes subí a mi gabinete, después de bajar a la cocina para preguntar por el estado de Tomasa; seguía igual, sin mejorar, pero gracias al cielo, tampoco había empeorado.

El doctor había ordenado su reclusión y aislamiento en un cuarto individual lejos del resto del servicio para evitar contagios y solo la valiente Irene se atrevía a llevarle la comida y se aseguraba de que no le faltara el agua.

—Ya he pasado varias gripes, señor Carlos —me repetía cada vez que la reprendía—, esta no me matará.

En la cocina la vi de refilón sin llegar a cruzar palabra porque no estábamos solos.

No sé si supe ocultar mis ojos ansiosos persiguiéndola, del escrutinio de las demás criadas.

Jugué a hacerme el desentendido, pero el olor de Irene cuando se movía haciendo como que yo no estaba, me mareaba y disparaba a las alturas el deseo por abrazarla, hundir los dedos en su melena y asolar su dulce boca.

Estaba de regreso en mi gabinete bebiendo brandy y recordando el provocador roce de sus faldas, cuando apareció mi tío. Con el entrecejo fruncido y la mirada opaca.

Se avecinaba tormenta.

—¿Me acompaña con una copa, tío? —invité con mi mejor sonrisa para no empeorar las cosas.

El hombre parecía absorto y bastante distraído.

—Un anís.

—No tengo anís en el gabinete, llamaré a una doncella.

Mi tío Antonio agitó una mano en el aire como indicando que no era necesario.

—Un brandy entonces, lo que tengas. Pero sube anís cuanto antes.

—Es bebida de señoritas, tío —repuse con humor.

El patriarca de los Otamendi se dejó caer con pesadez en el tresillo Chester de importación inglesa.

—Pues yo de señorita tengo poco.

Le entregué la copa y él la sujetó con las dos manos y la mirada perdida, como si no supiera de qué manera arrancar.

—Veo que Engracia le ha envenenado la sangre.

—¿Por qué lo dices?

—No sé, tío, lo veo disgustado.

—Di mejor preocupado. La situación que vivimos en esta casa y que hago lo posible por ignorar, me sobrepasa. Acabará dándome un ataque al corazón.

Puse los ojos en blanco, rellené mi vaso, tomé asiento en mi butaca frente a él y decidí no ponerle las cosas fáciles.

Guardé silencio para que, cuando quisiera, prosiguiese.

—El caso es…

Ahí se detuvo. Y necesitó otros dos minutos para volver a envalentonarse.

—El caso es que ya tuvimos esta conversación antes y tú me prometiste…

—¿Qué le prometí, tío? Creo estar seguro de no haber prometido nada a nadie.

—Engracia me ha puesto al corriente del extraño comportamiento de esa muchacha que recogiste en la calle.

—La muchacha tiene nombre, tío Antonio, se llama Irene.

Mi interlocutor me dedicó una miradita atravesada.

—Dice que tiene pesadillas y alucinaciones relacionadas, sin duda, con los remordimientos de conciencia que le produce su improcedente y escandalosa relación contigo. Algo que jamás de los jamases debió empezar, Carlos. Y repito, menos aún bajo este techo.

—Si tanto le mortifica lo que piensa que está pasando, no tengo inconveniente en marcharme, tío. Puedo buscar otra casa donde vivir con la que se convertirá en mi esposa. De todas formas, tarde o temprano tendré mi propia familia y con ello, mi propio espacio.

Mi tío inclinó su tremendo corpachón y me lo echó encima.

—¿Has perdido por completo el juicio? ¿Hacerla tu esposa? ¿A una desarrapada analfabeta de la calle que se habrá entregado a sabe Dios cuántos hombres?

Me retorcí en mi silla como una serpiente herida.

—No la ofenda, tío, se lo pedí el otro día y se lo vuelvo a pedir ahora. No la ofenda. Me comenta que yo le prometí, pero lo único que he prometido en lo que llevamos de año, es que desposaré a Irene. Y ha sido a ella, no a usted.

La respuesta de mi tío fue taladrar la mesita de palisandro con un golpe que estuvo a punto de partirla por la mitad.

—Confirmado. Has perdido la cabeza, no piensas con claridad, esa criatura del demonio te ha embrujado.

—¿Se oye, tío Antonio? Parece un fraile inquisidor. Tenga calma, seré discreto al vivir mi vida, no daré ningún paso en ninguna dirección, ni cometeré pecados que les escandalicen hasta que el tren subterráneo se inaugure. Después de esa fecha, no puedo prometerles nada.

Mi tío volvió a acomodarse contra el respaldo, con los ojos muy abiertos.

—¿Sabes el disgusto que vas a darle a tu tía? Podrías matarla.

—Seguro que no, lleva años diciendo que se muere, pero de ganas de ver críos corriendo por estos salones.

—Yo también deseo una casa llena de niños y felicidad, Carlos, pero no de esta forma.

—Los hijos fruto del amor son los únicos que concibo tener.

Mi tío suspiró hondo, se incorporó y dio un par de vueltas por el gabinete, que afortunadamente, era amplio. Se detuvo frente a la ventana y se quedó mirando la calle con la luz naranja del atardecer reflejada en su amplia frente.

—¿Qué sabemos del libro? Aún no termino de creerme que esa much… Irene, tenga capacidades especiales que le permiten leerlo y traducirlo.

—Ah, eso. Al parecer es una Biblia.

—Ya me lo dijiste el otro día. Es un libro demasiado pequeño para albergar los Textos Sagrados.

—Bueno, todos no. Según parece, la primera parte del antiguo testamento.

Mi tío volteó y me miró con curiosidad por encima del hombro.

—¿El Génesis?

Asentí.

—¿Y dice Irene que se trata del texto común que todos conocemos?

Me demoré un segundo más de lo debido en contestar y me traicionó el movimiento de mi nuez tratando de bajar el nudo de saliva que se me había formado en la garganta.

—En efecto, eso dice.

Terminando mi frase, ya sabía que mi tío desconfiaba.

—No tiene mucho sentido enterrar con tanta parafernalia un simple librito que contiene el Génesis. Ni siquiera tiene sentido haberlo separado del resto de las Sagradas Escrituras.

—Puede que perteneciera a algún Abad especialmente santo. Incluso puede que perteneciera a algún miembro de la orden que fuera santificado o beatificado.

—En ese caso, estaría enterrado con su dueño.

Tuve que admitir que, en ocasiones, mi tío desplegaba un especial talento cerrando puertas. Me acorraló, me quedé sin argumentos. En el hombre que tenía frente a mí, todo se volvían recelos. La información que le estaba dando, mi relación con Irene, las consecuencias a nivel social e Irene misma.

Desde luego, salvarla a ella me importaba mucho más que salvar los secretos del maldito Génesis.

—Engracia asegura que la chica está muy alterada por culpa del libro.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo sabe el ama de llaves los motivos de su turbación?

—Porque no se separa de él, lo lleva bajo el brazo a todas partes, lee por las noches cuando debería estar durmiendo, y por el día, cuando le pagamos por trabajar.

—Bueno, yo mismo le pedí que lo hiciera. Y creo recordar que usted estuvo muy de acuerdo.

Mi tío prosiguió con su rosario de quejas, fingiendo no haberme oído.

—Salvo que se altere por otros motivos, como la historia del presunto fantasma a la que no doy crédito.

—¿Fantasma?

—Pesadillas y visiones, dice que puede verlas, sabe Dios. Si es cierto que está pasando, es porque es una desquiciada mental.

Me costó mucho controlar mi arranque de ira. Sentí la sangre latiendo agolpada en las sienes, pero apreté los puños y respiré hondo antes de lograr sonreír.

—Para su tranquilidad, tío, le aseguro que Irene es una joven inteligente, sensata y sorprendentemente avispada.

—Qué ciego es el amor… No tienes ni idea de dónde te estás metiendo, sobrino. Olvidas que eres el único heredero de los Otamendi. Dile a tu moza que devuelva de inmediato el libro y se centre en sus tareas.

Me lo quedé simplemente mirando. Sin responder. Pero mi tío entendió que no me estaba oponiendo. No veía el momento de que Irene y el libro se distanciaran.

—Quiero que me lo entregues mañana, Carlos. Tengo una cita con el obispo para que lo examine.