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Cosas que debe saber el señor de la casa
El ama Engracia espantó una inexistente mota sobre su falda negra, se estiró cuanto pudo, carraspeó para insuflarse valentía y alzó la mano para golpear con los nudillos la puerta de la biblioteca de la primera planta. Desde dentro, la voz rugosa de don Antonio le indicó que pasara.
—Engracia, buenas tardes, ¿qué se le ofrece?
La mujer analizó los detalles de la escena.
Frente a una mesa donde habían servido el té de las cinco, dos cómodos butacones ocupados por su patrón y su joven y atractivo sobrino.
Los dos impecablemente vestidos de oscuro, con una pierna cruzada sobre la otra, leyendo los periódicos.
Don Carlos ni siquiera se molestó en interrumpir su lectura.
—¿Desea algo mi señora esposa? —aventuró don Antonio al ver que no respondía.
—No, señor, la señora está bien. Tengo que tratar un asunto con usted, si tiene tiempo y me lo permite.
El dueño de la casa la miro con curiosidad.
—Adelante, Engracia, no se prive.
—Es una cuestión… personal, si me lo permite. —Sus ojos aletearon un segundo antes de posarse en el joven Carlos que, bajo la presión de su mirada, apartó el periódico y alzó las cejas.
—Si no le molesta, don Carlos, serán solo unos minutos. Qué apuro me da pedírselo, por amor de Dios…
Mientras Engracia se persignaba, Carlos dobló el diario y se puso en pie.
—No hay problema, quédese cuanto quiera y le haga falta. Estaré en mi gabinete, tío, por si en un rato se le ofrece algo o quiere que comentemos la compra de tornillos que se nos está demorando.
Don Antonio sacudió la cabeza con un gesto firme, a modo de despedida.
En cuanto el ama y su patrón se quedaron solos, el hombre pareció impacientarse.
—¿Y bien, Engracia? Este comportamiento suyo, digamos que no es muy habitual. ¿A qué viene tanto misterio?
—Tengo que ponerlo al corriente de una serie de… sucesos que están aconteciendo bajo este techo, don Antonio. Y que son muy serios. Entiendo que como señor de la casa, debe estar usted informado de todo lo que sé, de lo contrario no podría perdonármelo si…
—Dígame qué sucede, caramba, Engracia, me tiene en ascuas.
—El libro. Ese libro que trajeron ustedes del enterramiento. El señor Carlos, no puedo entender por qué, se lo ha prestado a Irene, la moza de cocina.
Sin saber por qué, a don Antonio le molestó que Engracia se refiriese a la chica con tanto desprecio.
—¿Irene la doncella de la señora Inés? ¿Hablamos de la misma Irene?
La boca de Engracia se torció en una mueca amarga.
—Sí, esa. De la misma.
—Bien, esa chiquilla es algo más que moza de cocina, le consta.
—Pero no lo suficiente como para participar de las intimidades familiares, señor. Ese objeto pertenece a la familia Otamendi, usted lo trajo y ahora lo tiene ella, ¿puede explicarme cómo es que de repente el servicio tiene acceso…?
—No se equivoque, ama, por muchos años que lleve usted al mando de esta santa casa, no creo que yo tenga obligación de explicarle nada.
Ruborizada y muerta de vergüenza, Engracia agachó la cabeza.
—Era una forma de hablar, lo siento muchísimo, señor. Esa muchacha no se separa de la reliquia, lo lleva encima día y noche. Mi sobrina Milagros los sorprendió hablando sobre el contenido del libro. Al señor Carlos y a ella, me refiero.
Don Antonio asintió despacio, dos veces.
—Tengo entendido que su sobrina es… completamente sorda.
Por segunda vez, el cuello de la mujer se tornó escarlata.
—Sí, bueno…, les leyó los labios. Desde lejos.
—Muy práctico, Engracia, una sorda que no lo es tanto.
—Mi sobrina señor…
—¿Algo más?
Engracia se enfureció aunque hizo lo imposible por disimularlo. Su patrón no mostraba el menor interés en el chisme que acarreaba, la interrumpía y, por si fuera poco, defendía a la desarrapada y la tomaba con la desgraciada de Milagros.
—Sí, don Antonio, mucho más.
—Pues adelante, ama, no tengo todo el día.
—Irene… Irene asegura que ve al fantasma de la señora Julia vagando por la casa.
—¿En serio? ¿A quién le ha contado eso?
—A nadie, señor. Tiene pesadillas y habla por las noches. Pilarín comparte habitación con ella y me lo ha contado todo.
—No puede tratarse de otra cosa más que de fantasías de un alma demasiado aventurera. ¿Fantasmas? Los fantasmas no existen, ni siquiera el de la casa de las siete chimeneas en el que mi amantísima esposa cree a pies juntillas.
—Podría ser cierto, don Antonio, dado que…
—¿Dado qué…?
—Que la Irenita anda enamoriscando con sus malas artes al señor Carlos. No sería de extrañar que la difunta acudiera a reclamar lo que por ley le pertenece.
El empresario no despegó los labios. Se quedó cavilando las razones del ama de llaves, su rictus se endureció.
Repasó las últimas frases, pero no en relación a un espectro que le provocaba risa, sino al amago de discusión que había tenido hacía semanas con su sobrino.
En el fondo estaba convencido de que la preciosa pelirroja era un entretenimiento pasajero del que Carlos se cansaría enseguida, pero por lo visto, no, la cosa perduraba y se hacía más sólida y dañina.
Quizá fuese hora de ponerle fin de una vez por todas, a aquel absurdo despropósito.
—De acuerdo, Engracia, le diré qué haremos.
Yo hablaré seriamente con mi sobrino y usted con la muchacha.
Tiene que evitar que se vean. Enciérrela si es preciso.
No quiero indecencias bajo mi techo, ni enredos con las criadas.
Eso puede que sea lo habitual en otras casas de Madrid, pero no en la casa Otamendi
—El señor Carlos no tiene ninguna culpa, si me permite el atrevimiento. Ha sido ella, una muchacha de la calle, pícara y descarada, la que se le ha metido por los ojos.
—Haga lo que le he dicho. De mi sobrino me ocupo yo.