Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 37
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El libro que nadie puede leer

Carlos

—¡Señor don Carlos!

—¿Necesita algo el señor?

—Vengo a ver a Tomasa, tengo entendido que no mejora.

—Estoy preparándole una infusión, señor. La fiebre le ha subido un poco… creo.

—Llamaremos al médico de la familia ahora mismo, que venga a examinarla.

—Se lo hemos comentado, señor, un montón de veces —siguió explicando Irene sin atreverse a mirarme a los ojos—, pero es terca como una mula de campo… lo siento. Quiero decir que es testaruda, dice que mañana estará bien de nuevo y a cargo de sus pucheros.

—Tonterías. Tomasa es de la familia y como tal la cuidaremos, igual que a cualquiera de vosotras. ¿Puedo pasar?

Irene se apresuró a apartarse del paso.

—Desde luego, señor, cómo no.

—Acompáñame, Irene, quiero cerciorarme de que está en disposición de recibir visitas.

Mi preciosa pelirroja acabó con la taza de infusión, vertió en ella un poco de azúcar, la acomodó en una bandeja y con un ligero cabeceo de asentimiento, se unió a mí por el estrecho pasillo.

—Te espero en la biblioteca en un rato. Prepara café y tráelo para evitar suspicacias.

—Suspi… ¿qué?

—Sospechas —aclaré con una risita—. Sobre todo, por parte del ama.

—Ah, ya. Suspicacias. Qué palabra tan rara.

La adoré una vez más. Esa innata curiosidad que la hacía especial, en continuo crecimiento, digna de admiración. Era un hombre afortunado, iba a llevarme la mejor mujer del mundo, la más valiosa.

Irene golpeó con los nudillos la puerta del cuarto de Tomasa y pidió permiso para entrar.

—Le traigo una tila. Y adivine quién viene a verla.

La mujer se ruborizó hasta la raíz del cabello al verme pasar. Con un gritito histérico, tiró del embozo hasta cubrirse por completo.

—¡Señorito Carlos! ¿Cómo se le ocurre?

—Estás enferma, Tomasa, no podía dejar de verte.

—Pero… ¡Cristo bendito! Bajar hasta aquí…

Arrastré una silla y me acomodé cerquita de su cama. Le tomé una mano. Hervía a causa de la fiebre. Las mejillas redondas estaban rojas y sudorosas, su voz ronca y su aspecto, en general, bastante deteriorado.

—No sería la primera vez, mujer.

Irene se acercó con un peine y se ocupó de sus greñas mientras la cocinera se deshacía en agradecimientos.

—Me alegro de haber acabado pronto en la Compañía hoy, Tomasa, subo de inmediato a llamar al médico y… —corté de cuajo su avalancha de protestas— te quedarás callada y quietecita dispuesta a obedecerle en todo lo que te indique.

—Pero… ¡no lo necesito!

Borré la sonrisa de mi rostro y procuré mirarla con gravedad. Era el único modo de que reaccionara.

—Tomasa, basta de valentía, no es necesaria. Esto podría ser serio.

—¿Cree que podría ser… gripe? —preguntó Irene consternada.

—No lo sabemos, eso lo dirá el médico. Cuanto antes.

—Por eso mismo no deberíais estar aquí. Ninguno de los dos.

Un acceso de tos le impidió seguir discutiendo.

Me puse en pie con urgencia, le besé cariñosamente la mano y, mientras Irene se preparaba para obligarla a aceptar la infusión y un mínimo de cuidados, yo subí a la biblioteca a avisar al médico y a esperar a la mujer que me robaba el aliento y también el sueño.

En cuestión de media hora la tenía delante, pertrechada con una bandeja y un servicio de café completo.

Dejé el sillón, fui hasta ella, le arrebaté la bandeja y la rodeé con mis brazos. Apenas llegué a rozar sus labios con los míos.

—¿Qué haces? Alguien podría entrar y sorprendernos.

—Tienes razón, lo siento, no soporto tenerte delante y no tocarte, es un martirio de los peores y una batalla contra mí mismo que no puedo ganar.

—¿Has avisado al médico?

—Está atendiendo a un paciente en la calle Alcalá, no muy lejos. Viene directo en cuanto termine.

—Creo que lo de Tomasa… creo que es gripe.

Cruzamos una mirada demudada, rebosando miedo.

—Yo pienso lo mismo. Pero solo el médico puede confirmarlo, mantengamos la esperanza hasta entonces.

Irene se puso a servir café con movimientos convulsos. Sus manos temblaban y la porcelana tintineaba a su paso. Me arriesgué a cercarla de nuevo. Sujeté sus muñecas y devolví la cafetera a la mesa.

—No es necesario que sirvas nada. Háblame.

—La gente se muere a diario por culpa de la gripe, por todas partes.

Asentí sin responder. Sentí que mis ojos, en contra de mi voluntad, se humedecían.

—No quiero que Tomasa se nos muera. No quiero.

—Yo tampoco, mi vida. Ten fe, no pasará nada, nos atiende el mejor médico de Madrid. ¿Es de esto de lo que querías hablarme?

—¡No!

—Pues adelante, Irene, podrían interrumpirnos en cualquier momento.

—No es fácil, no sé por dónde empezar, es… es muy delicado… es…

—Tranquilízate, cariño. No puedo abrazarte y reconfortarte, pero imagina que estoy haciéndolo.

La vi morderse los labios. Se liberó de mis manos con un paso atrás.

—¿Puedo?

Tardé en entender que se refería al café ya servido. Antes de que accediera con un gesto, ella ya había alzado la taza y de un trago apuró el contenido.

—Se trata del libro. El libro que nadie puede leer.

—Nadie excepto tú.

—Sí, eso. Algo que no entiendo pero que… Quiero contarte lo que contiene.

—Dijiste que era una Biblia común.

—Te mentí.

Pasamos allí unos veinte minutos, a solas, con cierta tranquilidad solo alterada por la entidad de lo que Irene me iba revelando en susurros apenas audibles.

Al principio no podía creerlo. Se erizó mi piel, se desordenaron las ideas de mi cerebro y el esquema de todo lo aprendido desde niño estalló en mil pedazos.

En pocos segundos comprendí la causa de tanta angustia.

Irene había soportado sola el peso de semejante secreto.

Un secreto que de hacerse público, haría desmoronarse los cimientos de la Iglesia y de la sociedad tal y como la conocíamos.

Y mientras yo me espantaba tratando de encontrar un lugar a lo que oía, ninguno de los dos sospechó que alguien nos espiaba del modo que espían los cobardes: agazapado en las sombras.

Cuando dimos por terminado el encuentro, Irene regresó a la cocina y yo me entrevisté con el doctor, confirmando mis peores temores: Tomasa tenía la gripe.

Una epidemia que se extendía, no solo por España a velocidad de vértigo, también por el resto de Europa y que estaba matando a la gente por millares.

Los que bastante tenían con la guerra la bautizaron pomposamente como la gripe española.

Pero no era nuestra. Era de todos.