Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 36
61%

36

Se levanta el velo

Carlos

Después de dos semanas abominables de tensión e incertidumbre, aquella noche por fin logré dormir con el olor de Irene envuelto en mi cuerpo.

Con su sonrisa y la tímida aceptación de una vida juntos.

Todo había salido al contrario de como lo imaginé: yo esperaba una declaración de amor romántica en el más puro sentido, con flores, velas y poesía, un momento que Irene no pudiera olvidar jamás.

Y su sí estaría lleno de dicha, sería un grito de júbilo tras el cual nos lanzaríamos uno en brazos del otro para quedarnos así, abrazados, danzando juntos toda una eternidad.

En lugar de eso, mi propuesta de matrimonio había sido una pobre pantomima apresurada, nada brillante, que hasta me avergonzaba.

Ni siquiera sabía si se había entendido del todo.

Lo hice, sí, movido por la desesperación de perderla y la necesidad de constatar que me seguía queriendo, que entre nosotros nada había cambiado, pero deformé el sueño perfecto que ella merecía. Incluso el que merecía yo.

De acuerdo, lo repetiría. Lo haría bien, con amor, con dedicación y ternura. Pondría el alma en cada mirada y cada palabra. Sería emocionante e inolvidable, no un ramillete de frases aceleradas pronunciadas con miedo en mitad de la angustia.

Tomé un frugal desayuno con mis tíos en el comedor pequeño y después de recoger de mi gabinete los informes que necesitaría para las reuniones del día, crucé el patio antes de que saliera mi tío, como era costumbre, para poder rozar, aunque fuese de lejos, la imagen de mi amada.

Para mi sorpresa, Irene me esperaba pegada al muro de separación y no me costó leer la desazón que sentía.

Estaba muy pálida y se retorcía las blancas manos.

—¡Señor Carlos! ¡Señor Carlos, acércate! —siseó.

Obedecí molesto, chasqueando la lengua.

—A veces tengo la impresión de que aunque pasen los meses, no avanzamos. Ni siquiera soy capaz de impedir que me sigas llamando señor…

—Es importante —me interrumpió con alarma—. Tenemos que hablar. Tengo… tengo algo que contarte.

¿Qué tenía que contarme hoy con tanta urgencia que no hubiese podido adelantarme la noche anterior, estando en calma e intimidad? Arqueé las cejas mirándola con curiosidad. No obstante, al margen del evidente nerviosismo, Irene no dejó traslucir nada más.

—Pero ¿qué ocurre? ¿Estás bien?

—Aquí no. Es importante —repitió. Vi retroceder su ánimo desde el sosiego que logré sembrar en ella unas horas antes, hasta el tormento de nuevo. Un gemido más y tendría de vuelta a la Irene que me esquivaba e intentaba no verme.

—Bien, pide permiso a Tomasa para ir al mercado hacia las doce, yo trataré de escaparme y verte en la Puerta del Sol.

Negó con la cabeza y un ademán doloroso.

—Tomasa no se encuentra bien, lleva días cansada y hoy se ha levantado con fiebre y mucha tos. Voy a obligarla a que se quede en la cama, no sé si lo conseguiré, pero si reposa, tendré demasiado trabajo en la cocina, no puedo marcharme a ningún sitio.

—De acuerdo. Sacaré adelante los asuntos más urgentes y volveré a la casa en cuanto pueda. Te llamaré para que me sirvas un café en la biblioteca y podremos charlar al menos unos minutos.

Irene dejó salir el aire retenido en los pulmones, intentó un amago de sonrisa y miró alrededor con cautela.

—Gracias, muchas gracias.

—No tienes por qué darlas, estoy a tu servicio, amor, lo sabes. Oye, ¿de verdad te encuentras bien?

—¡Irene! ¿Dónde te metes, muchacha?

Era el ama Engracia asomándose peligrosamente al patio, de modo que Irene cortó a toda prisa dos ramitas de romero de la maceta más cercana y giró corriendo para irse, sin ni siquiera decirme adiós.

Me la quedé mirando por el estrecho agujero hasta que se perdió dentro de la casa.

Fui un cretino al pensar que, con un abrazo, tres caricias sentidas y un par de promesas, había arreglado las cosas.

Lo que fuera que tenía a Irene tan atribulada no se borraba con besos, seguía ahí, latente y haciendo daño.

El que por fin se decidiera a confiármelo era un gran paso que agradecí en el alma.

Apreté los puños y recibí a mi tío que venía protestando por el bochorno de primavera ya desde primera hora de la mañana.

En su opinión, la cercanía del verano y vestir como un caballero eran de todo punto incompatibles.

No sé ni cómo conseguí centrarme en el despacho de asuntos pendientes en la Compañía ni en las reuniones con proveedores quejosos, cuya única vía de solución del caos era pedirnos más y más tiempo y dinero.

Mi tío estaba alterado y sofocado, las mejillas rojas, el café que le servían demasiado caliente o demasiado frío.

La guerra en Europa demasiado viva. Los casos de gripe en España, creciendo.

Mientras todo se volvía niebla y desorden, yo solo podía pensar en el singular brillo de terror de las pupilas de Irene.

¿Qué estaba pasando en realidad? Apostaba a que mi tía Inés hubiera tenido con ella una conversación llena de amenazas veladas y reproches, en cuyo caso, me tocaría pedirle cuentas muy seriamente a la mujer a quien quería como a una madre.

Mi amor por Irene era tan sólido y tan cierto que no vacilaría en defenderlo ante quien correspondiera, por más que esa persona me importara.

Que no sería sencillo, eso lo sabía desde el principio.

Alrededor de las doce y media del mediodía conseguí desembarazarme de reclamos y documentos apilados, avisé a mi tío de una cita fuera de las oficinas y a sabiendas de que ni siquiera me había escuchado, salí zumbando antes de que cambiara de opinión y me enredara en algún otro incordio.

Volé hasta casa. La encontré muy tranquila.

En la entrada, Sarita me recibió y se hizo cargo de mi abrigo y el maletín.

—¿Está mejor Tomasa?

Ella pareció sorprenderse con mi interés. Era una chica joven que no llevaba en la casa Otamendi el tiempo suficiente como para entender el estrecho vínculo que me unía, desde niño, a la cocinera.

—Sigue igual, señor. Está en la cama, peleando con la Irene.

—Típico de Tomasa, no puede estar mano con mano ni un minuto. Bajaré a verla.

—¿Va… va a bajar al área de servicio?

—Sí, Sarita, no te escandalices, no sería la primera vez.

Opté por no dar mas explicaciones, pasé por delante de ella, plantada y tiesa con mi abrigo y la maletita en las manos, y los ojos desencajados ante la idea de clases sociales tan dispares mezcladas en una visita de cortesía.

Llegué a la cocina: Pilarín pelaba cebollas, Irene calentaba agua y el ama Engracia brillaba por su ausencia.

Las que estaban sentadas se pusieron inmediatamente en pie al verme llegar y mi amor giró sobre sus talones con los rizos rojos bailando sobre las pecas.