Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 35
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La dama oscura

Irene

Nunca tuve una Biblia, pero Joshua sí tenía la suya y algunas veces por la noche me leía pasajes o me los contaba para acortar.

Sin descender mucho al detalle, yo tenía una idea bastante clara de los mensajes de las Sagradas Escrituras, de su contenido, de los personajes, sus nombres y parentescos, de sus leyendas que, al igual que en las novelas, narraban peripecias, milagros y desgracias.

Todo estaba en mi memoria, un poco embrollado, era cierto, pero lo esencial, lo recordaba y aquello que estaba leyendo… Aquello no tenía nada que ver.

Era… ¿Qué? ¿Una blasfemia? ¿Una horrible mentira? ¿O la verdad más oculta? ¿Qué?

Yo no era nadie para dar respuestas, seguramente mi ignorancia no sabía interpretar algo tan trascendente.

Desde las primeras páginas la desazón se apoderó de mí.

Quería dejarlo, apartar de mi corazón y de mi mente aquel texto envenenado, pero no podía; la atracción que ejercía sobre mí era maligna, perturbadora, un imán superior a mis fuerzas.

Mi voluntad se quebraba ante las ganas de saber más, de adentrarme unas pocas frases, unos pocos capítulos…

jurándome que luego frenaría. Que lo cerraría y en nombre del cielo, no volvería a abrirlo.

Se lo devolvería a Carlos sin revelar ni una palabra acerca de su contenido.

Era un juramento que repetía a diario. Bueno para nada. Mis dedos temblorosos acababan cada noche abriendo el viejo libro y mis ojos cansados viajando una y otra vez por sus páginas.

Me tenía obsesionada. Por completo. Le pedí al cielo que me permitiera vivir encerrada en mi cuarto, que me hiciera lista para poder inventar las excusas perfectas, porque de repente eran tantas cosas…

No solo me aterrorizaba la posibilidad de toparme de nuevo con el fantasma de doña Julia.

Fue también el temor a traicionarme ante Carlos, que notara que algo ocurría, lo que me empujó a esquivarlo.

Si me exigía que lo contase, no habría forma de impedirlo, no sabía negarme a nada que me pidiera.

No encontrarme con él a solas era la única manera de que lo que no debía ser contado se quedara para siempre dentro de mi garganta.

Cortándome la respiración, puede, pero solo a mí.

Sin embargo, cada día que pasaba sin verlo, sin acudir a nuestra cita en la azotea, hacía sangrar mi corazón.

Las ganas de refugiarme entre sus brazos, de liberarme de aquel peso infame que yo misma me había buscado, no me dejaban conciliar el sueño por las noches.

Y durante el día, mi agotado cerebro giraba sin cesar barajando las distintas posibilidades de una realidad fea como una pesadilla: ¿acaso no estaba yo entendiendo lo que leía?

¿Acaso me traicionaba mi poco intelecto?

Puede que me tuviera por despabilada, pero fuera corta de entendederas; probablemente, lo que creía estar leyendo significaba otra cosa.

Debía consultarlo con Carlos, mucho más entendido en letras y mensajes.

Sí, eso debía hacer. Pero tan pronto lo decidía, daba marcha atrás.

Un pavoroso ataque de pánico me dominaba por entero y me apretaba el pecho igual que un cepo de caza.

Porque una certeza aterradora de que lo que era, era…

se me agarraba a las entrañas con una desesperación que daba miedo.

Y el estómago me daba vueltas y las ganas de vomitar me duraban todo el tiempo.

Vivía con un pellizco permanente en las tripas.

Junto al terror a quedar al descubierto, dormía el pánico a perderlo.

A que el hombre de mi vida, el que amaba por encima de mí misma, se cansara de esperar y desapareciera.

Que cuando quisiera una mirada suya, una respuesta, una sonrisa, fuese tarde.

Y ante el ultimátum que me lanzó a través de Tomasa, no me quedó más remedio que acudir a la azotea al anochecer.

A ese nido de amor secreto del que escapaba por sistema en las últimas semanas, como si del mismo patíbulo se tratara.

Y su ternura, su comprensión y sus caricias borraron mis temores.

Carlos no pretendía sonsacarme, no usaba tretas ni malas artes, no quería nada más que un abrazo, muchos besos, la confirmación de que lo seguía amando y…

un sí enorme a su promesa de una vida juntos.

¿Un año? ¿Podía esperar un año? Claro que sí.

Si lograba olvidar la ponzoña que se me colaba dentro con la lectura de cada página del libro enterrado, podía esperarle toda la eternidad.

Nos entregamos el uno al otro, como tantas veces, bajo las estrellas.

Confundiendo la carne erizada por la pasión con el efecto de la fría noche.

Recorriéndonos, viajando con las puntas de los dedos a lo largo de esos cuerpos que ya conocíamos tan bien.

Ahogando suspiros hondos por temor a ser oídos.

Por unas horas ocurrió lo que no creí posible, Carlos me hizo olvidar, lo que me atormentaba se diluyó como el azúcar en un vaso de agua y su cercanía aplacó el nerviosismo que me corroía las entrañas.

Nada tan delicioso ni tan reconfortante como su boca asolando la mía.

Nunca, desde la primera vez que fui suya, me sentí sucia.

Jamás pensé que hacía nada vergonzoso. El amor que sentía por Carlos y que entendía correspondido, se acercaba a lo divino.

Aunque leyendo aquellos pasajes me sintiera miserable, un alma condenada por sus pecados y su ignorancia.

Los besos y los susurros de Carlos junto a mi oído, tumbados sobre la manta, consiguieron borrar mis monstruos.

Supe con plena seguridad que lo quería en mis noches, enredado en mis sábanas, colándose en mis sueños.

Comprendí que él era lo único que importaba, que su imagen alegraba mis días y la perspectiva de verlo en cada cita secreta aliviaba mi carga.

Tardamos mucho rato en despedirnos, remoloneando para no separarnos, como de costumbre. Por un puñado de horas y muchos minutos dichosos, todo había recuperado la normalidad, fui feliz.

—Baja a tu cuarto, mi amor. —Depositó un tierno beso en mi frente y clavó en mis ojos su limpia mirada—. Baja, acuéstate y piensa mucho en mí. Yo bajaré en un rato. Por si hay alguien despierto.

—Seguimos teniendo miedo —murmuré más para mí que para que él me escuchara.

Sin embargo, lo hizo. Sus grandes manos aferraron mis hombros y me hicieron girar. Me ruboricé hasta la raíz del pelo.

—Somos prudentes. Pero si alguien se entera, no pasará nada, porque defenderé nuestro amor con uñas y dientes frente a quien sea.

Me da igual lo que piensen ellos, mis tíos, el resto del mundo.

Irene, te amo, te amo como nunca en todos mis años pensé que sería posible.

Me importas más que mi propia vida, no hay nada a lo que no esté dispuesto por tenerte.

Me casaré contigo tan pronto acaben las obras, tan pronto me libere, seré tuyo hasta el último día de mi existencia.

Te lo juro. Te lo juro por ese Dios que está entre las nubes mirándonos ahora mismo. Por él y en su nombre, te lo juro.

La mención del Todopoderoso me provocó un violento temblor. Me apreté contra el pecho de Carlos, escondí mis lágrimas de su vista y me ahogué con la pena que regresaba en oleadas. Imposible. No podría deshacerme de aquel peso con tanta facilidad, era una estúpida solo por pensarlo.

Traté de marcharme antes de que Carlos notase mi desazón. Pero aún me retuvo con un interrogante en sus bellos ojos.

—¿No te alegras, amor? ¿Si te pido que seas mi esposa, vas a aceptarme?

Quise responder, pero las palabras se estrangularon y murieron en mi boca.

Cambié lo que no podía decir por una pequeña sonrisa y una mirada tan rebosante de amor que no hicieran falta más gestos.

Carlos me conocía bien. Se dio por satisfecho, volvió a abrazarme y dejó por todo mi pelo un reguero de suaves besos.

Por fortuna, entre nosotros sobraban las palabras.

—Te quiero. Te quiero. Te quiero. No vuelvas a desaparecer si no quieres matarme. Baja a dormir, es más tarde que nunca.

—Yo también te quiero —conseguí decir con mucho esfuerzo.

Salí, cerré puerta a mis espaldas y, con el corazón saltando de felicidad, me zambullí en la oscuridad de los anchos corredores, camino de las escaleras.

Me propuse guardar para la eternidad aquel terrible secreto.

Podía hacerlo. El destino me había escogido por alguna razón desconocida, permitiendo que leyera y entendiese lo que a todo el mundo se le antojaban signos sin sentido.

Yo no era más que una chica de la calle, sin apellidos ni familia, sin pasado siquiera, sin memoria; no alcanzaba a entender los porqués, se limitaban a quemarme la sangre; pero sería todo lo fuerte y valiente que hiciera falta para arrinconar aquella verdad en la trastienda de mi alma, allí donde ni yo misma pudiera encontrarla.

Allí donde el hombre no llegase a descubrirla.

Y luego podría casarme con Carlos y entregarle sin dudar cada uno de mis días.

El farolillo que sostenía en la mano iluminaba con debilidad una franja de suelo frente a mis pasos.

Recordé que el primer día me sentí torpe, no solo no conocía el camino, sino que la perspectiva de una cita a solas con Carlos me había desquiciado, todo mi cuerpo temblaba de forma convulsa, el aire ni me llegaba a los pulmones.

Y aunque esas sensaciones no habían desaparecido del todo y se repetían con ardor cada vez que nos encontrábamos, mis pies sí pisaban firme la madera y mi cerebro se conocía el camino sorteando la oscuridad.

De repente, una extraña inquietud se apoderó de mí.

Sentí frío reptando por mi espalda y la urgencia de esconderme bajo el embozo de mi cama.

Pero mi dormitorio aún estaba dos pisos por debajo.

Apreté la marcha y bajé al vuelo el siguiente tramo de escalera, pero al llegar al rellano…

Allí estaba.

El espectro de la mujer pelirroja. La hermosa doña Julia. La difunta esposa de mi ángel dispuesta a atormentarme, a reclamarme la osadía de querer quedármelo.

Los días que estuvimos separados, cuando lo estuve evitando por culpa de mis secretos, no se me presentó.

Ni en sueños, ni en los pasillos. Sin embargo, en cuanto volví a verlo, a confiar en aquello tan grande que sentíamos y a ansiar desde el fondo de mi corazón compartir con él lo que me quedase de vida, ella regresaba para recordarme quién era en realidad, la dueña.

El aire que debía entrar en mis pulmones se quedó atascado en mitad de la garganta.

Se me secó la boca y el latido de mi corazón se aceleró peligrosamente, como cada vez que tenía aquella visión fantasmal que me paralizaba de miedo.

El mareo de siempre ascendió en espirales por mi espalda, se instaló en mi cabeza y con los ojos desencajados, tuve que buscar apoyo en la pared para no desplomarme.

—¿Qué quiere de mí, doña Julia? —alcancé a balbucear con un hilo de voz.

Por descontado, ella no me respondió. Seguía con sus ojos claros idénticos a los míos, fijos en mí, traspasándome.

—¿Qué busca? ¿Qué pretende? No puedo con este peso, de verdad que no puedo…

Me atreví a mirarla, igual que ella me estudiaba a mí.

Salté por encima del pánico y de la luz del farolillo temblando en mi mano.

Busqué en su precioso escote cremoso, allí donde relucía colgada la cruz escarlata con cuatro brazos, más estrechos en el centro, el rastro de la marca de la que me habló Carlos, sin encontrarlo.

Empecé a sospechar cosas. Cosas absurdas que, desde luego, no tenían razón de ser.

Pero se me metieron en la cabeza como un veneno mortal y de repente, ya no podía pensar en otra dirección.

En lugar de dar pasos hacia atrás para escaparme, me vi avanzando por el pasillo en dirección a donde la imagen de doña Julia flotaba un poco por encima del suelo.

—Dígame si es usted doña Julia o… O soy… yo misma.

La imagen sonrió con dulzura y parte de mi pánico se evaporó. Repasé obsesivamente la piel inmaculada de su escote. Aquella no era doña Julia, pero se le parecía. Como una gota de agua a otra gota. Tanto como yo me parecía a la difunta.

—No eres un fantasma. Eres… eres la imagen de mí misma… ¿qué quieres? ¿Qué clase de prodigio es este?

Todavía estaba lejos de ella. Mi valentía no había crecido tanto como para acercarme demasiado. La mujer traslúcida volvió a sonreír y me mostró el libro que llevaba en las manos. Era la vieja Biblia que yo estaba traduciendo. La obra cuyo contenido sacrílego me robaba el sosiego y la misma vida.

—¿Traes un mensaje para mí? —insistí con voz estrangulada.

—Cuenta la leyenda del ser más hermoso expulsado del Paraíso. No fue el error, no fue el pecado, fueron la envidia y los celos. Porque la mano que sostiene la pluma es la mano que cuenta la historia.

Su voz era metálica y melosa a un tiempo, como un sonido de campanillas de cristal. Como una mente infantil imaginaría la voz de un hada. Después, sus finos dedos acariciaron la cruz carmesí.

Volví a quedarme sin respiración. Aquel espectro fantasmal que no era doña Julia como yo temía, sino yo misma, ni siquiera entendía el porqué, me hablaba del contenido de la Biblia enterrada. El galope de mi corazón se hizo insoportable.

—¿Por qué puedo leer esas páginas y entender lo que nadie entiende…? ¿Por qué?

Parpadeé asustada y cuando volví a abrir los ojos, ella ya no estaba.

La busqué por los rincones del corredor, sin embargo allí no había otra cosa que oscuridad y silencio.

Y en breve, el señor Carlos bajaría desde la azotea para dirigirse a su dormitorio y me encontraría allí, de pie, asustada y temblorosa, mirando hacia una pared vacía.

Tendría muchas preguntas que hacerme.

Debía marcharme a toda prisa. Ya me tranquilizaría entre las sábanas, aunque algo me decía que aquella noche sería otra noche de pesadillas espantosas y de poco descanso, una noche de esas que los señoritos que leen libros importantes llaman vigilia.

Así fue. Después de dar vueltas en mi camastro durante horas, sabiendo cerca el alba, me atreví a caminar de vuelta entre penumbras hasta la azotea.

Esperando verla. Esperando verme, recorrí la mansión.

No fue así.

En la casa palacio de los Otamendi no habitaban más que seres de carne y hueso. Me apoyé en la balaustrada de piedra y con un suspiro miré Madrid desperezándose. Aún no comprendía lo que la pálida aparición pretendía decirme, pero sí supe cual sería mi primer pensamiento cuando el sol brillara:

«Será hoy».