Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 34
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El secreto más terrible

Carlos

Tomasa se cubrió la boca con las manos.

—¿Qué sabe exactamente el señor Antonio?

—Que amo a Irene. Por encima de todas las cosas.

La cocinera hizo la señal de la cruz a toda velocidad. Mantuve la compostura como buenamente pude.

—Esto acabará mal. Se lo dije a la niña Irene y se lo repito a usted. Esto acabará pero que muy mal.

—No me importa cómo acabe siempre y cuando ella esté a mi lado. Así que, por el bien de todos, dile que acuda esta noche y me explique qué demonios está pasando. ¡Necesito verla o te juro que cometeré una locura!

—Señorito, relájese. Cuente con que le pasaré el recado, se lo diré.

—Dile lo que haga falta para que venga. Amenázala, dile lo que te he dicho, que iré a por ella si no viene y que todo el mundo se enterará de lo que hay entre nosotros de la peor manera.

Tomasa cabeceó aturdida y seguramente muy abrumada.

La buena mujer no se había visto en otra parecida en toda su vida.

Quizá le estaba pidiendo demasiado en nombre de la confianza y el cariño que nos teníamos.

Por muchos motivos me sentí un renegado.

Le tomé las manos y se las apreté con afecto. A ella se le humedecieron los ojos.

—Te necesito, Tomasa, estoy en tus manos, ahora todo depende de ti.

—Cuente con ello, señorito Carlos. Voy a ayudarle tanto como pueda.

En cuanto mis tíos se retiraron a descansar, me encerré en la azotea igual que un lobo enjaulado.

Histérico. Al acecho. Esperando, contabilizando con obsesión los segundos de cada minuto.

La cena había sido tensa, mi tío prefirió no dirigirme apenas la palabra y respondió a los requerimientos de mi tía Inés con evasivas.

Se retiró pronto a su cámara alegando cansancio y jaqueca, y su esposa, como no podía ser menos, hizo un chiste que empeoró su humor.

Los minutos contados que mi tía y yo nos quedamos solos antes de desaparecer cada cual en su dirección, le cuchicheé que el día en la Compañía del Metropolitano Alfonso XIII había sido espantoso y que mi tío y yo habíamos discutido un par de veces y aún me guardaba resentimiento.

—Se le pasará, Carlos, no se lo tengas en cuenta, ya lo conoces. Ese temperamento suyo…

—Lo sé, tía, no se preocupe.

—Te quiere como a un hijo. Estas dichosas obras… todos estamos deseando que finalicen. Será el principio de muchas cosas.

Pensé un instante en mis planes de vida con Irene, en cuanto el tren subterráneo se inaugurase y yo me viese libre de obligaciones. Podría marcharme con ella a donde los dos quisiéramos. Con todos los cabos atados.

—En efecto. Será el principio de muchas cosas… buenas.

Luego de perder un poco el tiempo en mi gabinete fingiendo leer por si mi tía decidía visitarme, algo que jamás había ocurrido desde que dejé de ser niño, escapé escaleras arriba como un poseso, rezando por encontrar a Irene allí, esperando.

Pero solo me recibió la luna creciente. Me senté en el suelo sobre la manta, con la espalda apoyada en el murete y las pupilas fijas en la puerta.

Hasta que la vi abrirse y el corazón me dio un vuelco.

Irene.

Me incorporé de un salto y fui a recibirla. Abrí los brazos y la confiné en ellos. No me rechazó, pero noté cómo temblaba. Después de estrecharla me distancié solo un paso, tomé su barbilla con los dedos y la obligué a mirarme. Vibraba pegada a mi cuerpo como una hoja de árbol a merced del viento.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué no quieres verme?

Desvió la mirada, aunque yo la perseguí.

—No pasa nada, señor Carlos.

—Sí que pasa, no te escurras.

—Me pediste que leyera el libro… es lo que estoy haciendo.

—No es el libro, Irene, no digas tonterías, no es más que un libro viejo. ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? Dime la verdad. ¿Te ha regañado el ama? ¿Mi tía? ¿Acaso saben algo de lo nuestro?

Intentó zafarse, pero sujeté sus manos con fuerza y la mantuve frente a mí. Tenía razón Tomasa, estaba demacrada, la piel más blanca que nunca, el gesto crispado y la respiración entrecortada.

—¿Qué pasa, Irene? ¿Qué es lo que pasa?

—Nada, nada, no pasa nada.

—No te creo.

—Señor Carlos…

—¡Que no te creo!

Se le llenaron los ojos de lágrimas y no supe bien qué hacer, cómo reaccionar. Algo ocultaba, desde luego, algo grave. Pero quizá no fuera momento de confesiones, no quería forzarla, me lo contaría cuando estuviese preparada, no antes. Así que la abracé y ella hundió la cara contra mi pecho.

—Mi amor… ¿qué te tiene tan angustiada? Sé que no quieres contármelo, lo sé, no te preocupes, voy a respetarte. Solo dime que me sigues queriendo como antes.

Se secó las lagrimas con la punta de los dedos. Yo no podía dejar de mirarla.

—Claro que sí, te amo, más que nunca.

—Eso me basta. Ven, vamos a sentarnos.

Fueron quince largos minutos de sepulcral silencio.

Ella no despegó los labios, yo no pronuncié palabra.

¿Para qué? Tenía la completa seguridad de que cualquier cosa que dijese lo empeoraría todo.

Podía esperar, ya no era un muchacho, era un hombre curtido que sabía lo que era la paciencia. Podía esperar.

—¿Qué tal con… el libro?

Juraría que se sacudió en un espasmo. Cuando al cabo de un rato respondió, su voz temblaba ligeramente.

—Es… difícil. Me recuerda constantemente a Joshua; siempre habló del tesoro más valioso jamás visto, enterrado en el suelo de Madrid.

Eran las leyendas que de niño le contaron sus abuelos.

Decía que el tesoro era tan imponente, que tenerlo cambiaría el destino del mundo.

Los demás se reían de él, lo llamaban loco.

Pero yo sabía que decía la verdad, que esa maravilla existía.

Cuando dijeron que había aparecido una caja…

bueno, ya te lo dije, habría apostado las manos a que dentro se escondían los planos, las indicaciones para encontrar el tesoro… Incluso el mismo tesoro.

—Lo sé, mi amor. Y lamento que hayas sufrido tan amarga decepción.

No supe interpretar la expresión compungida de su hermoso rostro.

Irene no terminaba de calmarse. Por lo visto, todas mis caricias no estaban siendo suficiente.

Podía sentir el aleteo de sus largas pestañas y su aliento contra la piel de mi cara.

Cerré un momento los ojos y aspiré su fragancia.

Olía a jazmines y agua clara. Ese olor suyo que me atrajo desde el primer momento y que con el paso de las semanas me hizo perder la razón.

—Te amo, Irene. Y si es nuestra clandestinidad lo que te atormenta, le pondremos fecha al fin: tienes mi palabra de que, una vez hayan acabado las obras e inauguren el metropolitano, habrán terminado mis compromisos con la empresa Otamendi.

Seremos libres de marcharnos de Madrid si quieres.

Iremos a donde más te guste. Un año, mi vida, tan solo un año.

¿Podrás esperar? Sé que debí decírtelo de otra manera, mejor, más romántica, y sobre todo, antes.

Pero estaba esperando la ocasión. Yo… yo quería velas, una luna llena que regalarte y una noche sin final donde jurarte amor para siempre y demostrarte cuánto me importas, lo que ha supuesto que entres en mi vida. Yo… para mí eres lo primero.

Conseguí arrancar una tímida sonrisa de aquel semblante angelical, pero no lo que más precisaba, una palabra de fe.

Busqué su boca y la cubrí con la mía. Los labios se entreabrieron como una flor que recibe el rocío de la mañana, su lengua danzó osada con la mía y en consecuencia, mi deseo creció desmesurado.

Traté de pensar otras cosas, distraerme de lo evidente, porque no era apropiado.

Irene sufría por la razón que fuese, yo no debía…

pero su respuesta me confundió. Se apretó contra mí y a través de la tela de su vestido pude notar sus pezones duros y tan erectos como mi entrepierna.

El deseo no entiende de reglas.

La giré con cuidado, envuelta entre mis brazos, hasta tenerla frente a frente.

Recé para que el mensaje de mis ojos fuese lo bastante claro, que era la mujer de mi vida, que la necesitaba cerca hasta para respirar, que nunca antes de conocerla supe lo que era amar a nadie.

Que no quería perderla y que fuera lo que fuese lo que la preocupaba, lucharía hasta vencerlo.

Nosotros empezamos con un beso profundo. La pasión se encargó del resto.