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Te quiero conmigo
Carlos
Entregarle el libro a Irene puede que fuera mi mayor y más imperdonable error. Dejé de verla por las noches. Le envié muchos mensajes a través de Tomasa y la respuesta era siempre la misma: sigo leyendo.
Sin más detalles.
¿Qué diablos la tenía tan ensimismada? ¿La lectura de la Biblia?
No podía entenderlo. Lo cierto es que ignoraba si una chiquilla de la calle, criada entre mendigos y ladronzuelos, había tenido alguna vez oportunidad de contactar con los textos sagrados.
Puede que mi amor estuviera encontrándose por vez primera con la palabra de Dios, en la intimidad, regocijándose con su mensaje.
En ese caso, yo no era nadie para interrumpir tan sacrosanto proceso.
Pero ansiaba verla, tocarla, mirar sus ojos verdes. No podía sacarme la necesidad de la cabeza, del cuerpo, de la piel. Necesitaba encontrarme con ella de nuevo.
«Te quiero conmigo. El resto de nuestras vidas. Dime que tú quieres lo mismo».
Al cabo de casi dos semanas sin cambios ni noticias, yo ya empezaba a comportarme como un demente.
Empecé a ver fantasmas donde no los había, a sospechar que todos me mentían o me ocultaban algo terrible.
Los casos de gripe de los que hablaban los diarios se multiplicaban cada día pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, atacando por igual a los pobres y a los protegidos miembros de las clases adineradas.
La mortal enfermedad venía sin filtros, sin entender de apellidos ni de carteras bien pertrechadas.
¿Acaso mi Irene había contraído la gripe y trataban de que yo no me enterase? ¿Acaso mi niña se moría?
La desesperación me condujo a un punto de no retorno y aquella tarde, en cuanto volví de las oficinas de la Compañía, bajé a la cocina y requerí a Tomasa.
Para mi mala suerte, la cocinera no estaba sola, andaba por allí la mitad del servicio.
Las criadas menores corrieron a esconderse en cuanto me vieron aparecer, pero el ama Engracia se quedó esperando, rígida, petrificada, con las manos unidas en actitud de rezo y el enorme manojo de llaves colgándole del cinturón.
Le sonreí con ligereza e hice como que no me importaba demasiado que estuviera presente.
—Tomasa, sal un momento, quiero consultarte una cosa.
Al ama le faltó tiempo para entrometerse.
—Disculpe, señor Carlos. ¿A la cocinera? Estoy yo aquí, para servirle en cuestiones y asuntos de la casa.
La aparté con una amable sonrisa.
—No, ama, no es necesario.
—Si no es molestia, señor…
—Es con Tomasa con quien necesito hablar —repetí con más firmeza.
El ama de llaves me observó con los ojos entornados y expresión de chacal.
Por encima de su posición y la mía en aquella casa, al excluirla de una conversación y saltarme a la torera su jerarquía, la había ofendido.
Y no se molestaba en disimularlo. En lugar de darme por aludido y ceder a sus presiones, hice un gesto con las cejas a Tomasa que, con la humildad que la caracteriza, aguardaba retorciéndose las esquinitas del mandil.
—¿Tomasa?
—Sí, señorito, como guste usted.
—Acompáñame. Ama, solo se la robaré unos minutos.
La dejamos en la cocina, diría que hecha una furia. Pero su fuego quedaba a nuestras espaldas y no nos entretuvimos en apagarlo.
—Tomasa, tienes que decirme dónde anda Irene, hace muchos días que no la veo.
—Yo le he dado todos sus mensajes de usted. Y cuando ella ha contestado… bueno, hice lo mismo. La niña sigue en la casa, por eso no tiene que preocuparse.
—Ha cortado su relación conmigo de la noche a la mañana, no quiere darme explicaciones, se está comportando de un modo extraño, ni siquiera la veo por las mañanas en el patio… Dime, Tomasa, ¿Irene está enferma? ¿Tiene… gripe?
La cocinera corrió a persignarse con exagerados aspavientos.
—¡Dios bendito, no! Pero claro que le pasa algo, a esa muchacha le pasa algo y gordo. Aunque no es lo que usted se piensa, ande tranquilo que Irene no tiene gripe.
Dejé ir todo el aire retenido en los pulmones como una enorme burbuja de alivio. Mi mente de hombre locamente enamorado por primera vez en su vida, había empezado a dibujar escenas macabras, todas con un fin horroroso. Gracias a las palabras de Tomasa, la niebla empezaba a disiparse.
—No abre el pico, no levanta los ojos del suelo, está pálida como un cadáver, anda distraída, nunca antes tuve que repetirle las cosas tres veces, ni siquiera cuando llegó, que era medio lerda.
—¡No digas eso!
—Ay, señorito, Carlos, ya me entiende, son maneras de hablar. Pero la niña está rara. ¿No será…?
—Pero ¿en qué estás pensando, Tomasa?
—Bueno, entre un hombre y una mujer pasan cosas, señorito, no me tire de la lengua, tampoco sería tan raro.
—¡No! No es eso.
—Pues no sabe usted el peso que me levanta de las espaldas. Esa niña… anda por la casa como alma en pena.
—Hasta mi tía lo ha notado.
—¿Tiene quejas la señora?
—Yo la llamaría más bien preocupación.
—Lo que sea. ¿Han discutido? —siseó.
—No, que yo sepa. Tomasa, tienes que averiguar por qué no quiere verme, habla con ella, a ti te hará caso, a ti te escuchará.
La cocinera soltó un ruidoso suspiro.
—Haré lo que pueda, señorito. No le prometo nada.
—No me lo prometas, solo hazlo.
Dos días más tarde, la situación continuaba igual.
No, igual no, ojalá. Había empeorado, y mucho, porque ya no solo no sabía de Irene, ahora también Tomasa me esquivaba.
Empecé a pensar que me volvería loco. Todo terminaba en un callejón oscuro y tenebroso, una boca de lobo que devoraba mis razones.
Si volvía a la cocina a pedir explicaciones, el ama Engracia sospecharía y no quería su nariz metida en mis asuntos.
De modo que me marché a trabajar como cada mañana, mirando ansioso la rendija que daba al patio por la que ya no veía a Irene despedirse, con el corazón sangrando y en un puño.
Desde allí mandé recado a Tomasa y le pedí que se llegara al mercado con cualquier excusa.
Tenía que hablar con ella lejos del control y los ojos de águila del ama de llaves.
Saqué atropelladamente adelante los trámites más urgentes y con el pretexto de salir a tomar café y airearme, me llegué al mercado en cuya puerta se supone que me esperaba Tomasa.
Allí estaba la pobre mujer, atribulada y con el rostro un poco desencajado.
Verla solo contribuyó a ponerme aún más nervioso.
—¡Señorito! ¿Estamos locos? Yo no puedo abandonar mi cocina de esta manera, en mitad de la mañana… Si el ama Engracia se huele que le he mentido… ¿qué pasa?
—¿Que qué pasa? Te encargué que hablases con Irene, que me averiguases lo que pasaba, si está enfadada conmigo, la razón, por qué se niega a verme. Y en lugar de cumplir con tu compromiso… ¡me evitas!
—Señorito…
—¿Tienes idea de lo loco que me estoy volviendo?
Tomasa oteó alrededor como si tuviera miedo de que alguien la escuchara.
—Esa chiquilla está asustada.
—¿Asustada?
—Usted tiene razón, toda la razón, Irenita no es la misma desde hace un par de semanas, no crea que no lo hemos notado todos. Pero no sabría decirle, si es que no suelta prenda.
Me mesé con impaciencia el pelo.
—¿Le has preguntado?
—¡Pues claro, señorito! Usted me pidió que lo hiciera, lo hice, ¡claro que lo hice!
—¿Y…?
—¡Nada de nada! Blanca como la cal. Ojeras de no pegar ojo durante la noche y más muda que Facundo el de mi pueblo.
—Dile una cosa. Dile que acuda esta noche a donde siempre. Dile que si no viene iré a su cuarto a sacarla a rastras de la cama. ¡Díselo!
—¡Pero señorito Carlos…!
—Me da igual el escándalo en el que estás pensando, Tomasa, mi tío Antonio ya lo sabe. Estoy a esto —hice un gesto con el pulgar y el índice— de hacer que todo vuele por los aires.