Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 32
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Carlos

Entre las muchas cosas del mundo que me rodeaba que era incapaz de comprender, una de las primeras posiciones la ocupaba el por qué los padres de Julia seguían visitándonos una vez al mes, como si nada hubiera pasado.

Como si su hija siguiera viva, casada conmigo.

Como si todos disfrutásemos de unas cálidas relaciones familiares que nos hicieran felices.

Algo que jamás había existido.

El padre de Julia no me caía bien. Severo, adusto y siempre malhumorado.

Su madre, una beata exagerada e histérica que se desmayaba a la primera inconveniencia.

Habían chantajeado a mis tíos, suplicado y manipulado para forzar un matrimonio que daría gusto y capricho a su única hija.

Ninguno, por más que se esforzaran, sería nunca de mi agrado. Y no se esforzaban en absoluto.

Entraban en la casa Otamendi y se sentaban a nuestra mesa, como si les perteneciera.

En su día hicieron un buen negocio con el casorio, ellos salieron ganando mucho más que nosotros.

Aún no entendía las razones de mi tío para entregarme.

Quizá fuera solo prestigio social, ni siquiera estuve tan interesado como para indagarlo.

El ama Engracia vigiló el servicio de la merienda desde la puerta del salón rosa, el favorito de la madre de Julia.

Los caballeros nos vimos obligados a permanecer presentes y a oírla parlotear cotilleos y trivialidades, sin descanso.

Empezó a dolerme la cabeza. Mi tío y don Francisco apenas si tenían ya temas de interés común: Otamendi, un ingeniero del metal y las comunicaciones.

Mi antiguo suegro, un próspero industrial textil con ínfulas aristocráticas.

Apenas si cruzaban un par de frases corteses por encima de sus periódicos y sus tazas de café.

Deseaba que el tiempo pasara rápido para que se marchasen, pero pareció detenerse.

Y ellos no se iban. La hora en que el sol debía ocultarse casi nos alcanzó y a mi tía no le quedó más remedio que ordenar la cena.

Los persistentes invitados fueron incluidos, cómo no.

Lo peor que podía ocurrir ocurrió cuando, detrás de Pilarín y Sara, Irene entró en el comedor cargada con la bandeja de la sopera.

Cerré los ojos y recé porque la soltara rápido, antes de que los padres de Julia pudieran verla, y se escabullera fuera de la sala.

Pero desde luego, Irene no conocía a mis antiguos suegros y apostaba a que nadie había tenido la bondad de informarla acerca de la identidad de los convidados.

De modo que mi dulce amor caminó alrededor de la mesa con la mejor de sus sonrisas y su mayor empeño por servir correctamente.

La madre de Julia hablaba sin parar sobre el extravagante modelo de sombrero que una señora de alta sociedad se había atrevido a lucir en público, cuando sus ojos redondos repararon en el rostro de mi amada.

La sangre se retiró de repente, se quedó del color de la cera.

Con las manos en alto dispuesta a aceptar el cucharón, pero petrificada.

Su santo marido, alertado por una reacción incomprensible, siguió el hilo de su mirada… para encontrarse con Irene.

Él farfulló un rugido amenazador. Como no podía ser menos tratándose de ella, la señora sufrió un vahído y todos corrimos a socorrerla.

Aproveché el momento de caos para susurrarle a Irene un apresurado «¡sal de aquí!

» que la llevó en volandas de vuelta a las cocinas.

A nuestra invitada le faltaba el resuello y trataba de respirar a grandes bocanadas, acompañadas de unos sonidos que de no ser por lo peligroso de la situación, me habrían causado risa.

—Pilarín, Sara… ¡Avisad al ama Engracia! ¡Que traiga las sales, rápido!

—¿Qué sales ni sales? —barbotó congestionado mi tío— ¡Llamen al médico!

—¡No hay médico que valga, nos vamos a casa ahora mismo! —fue la orden de don Francisco.

Su mujer lo miró con los ojos vueltos.

—Pero no pueden irse… no pueden mientras doña Isabel no se encuentre mejor —apuntó mi tía con preocupación— ¿Un poquito de agua de azahar?

—Mi esposa recuperará el sentido enseguida, ¿verdad, Isabel, querida? Traigan un simple vaso de agua.

Las criadas se apresuraron a cumplir y don Francisco utilizó el abanico de mi tía para asegurarle a su mujer buenas ráfagas que la despabilaran. Poco a poco, la mirada vidriosa de mi suegra se volvió normal.

—¡En pie, querida! —aulló de nuevo— ¡Nos marchamos para no volver!

—Pero…

Mi suegro giró sobre sus talones con la velocidad de una peonza y se enfrentó a mi tío en un cara a cara furioso.

—¡Antonio! ¡No voy siquiera a preguntarte qué significa esta broma de mal gusto!  ¿Acaso has querido provocarnos con lo que más nos duele? ¡Jamás habría imaginado tamaño atrevimiento de alguien tan respetable como un Otamendi!

—Esa chica… esa chica… —gimoteaba doña Isabel—. ¿Habéis visto la cara de esa chica?

—No volveremos a pisar esta casa después de esto. Y por la cuenta que les trae, si les queda una pizca de vergüenza y dignidad en nombre de su ilustre apellido, deberían esconder a esa muchacha donde nadie pueda verla.

—Es igual, igualita… Igual… ¡Francisco! ¡Mi pobre Julia…!

Salieron a trompicones, ella llorando a gritos y medio ida, él iracundo gruñendo, mis tíos deshechos en excusas poco convincentes.

Solo yo me quedé retrasado y sin articular palabra que no empeorara más las cosas.

Por un lado, plantearme que no volverían a visitarnos me llenaba de satisfacción, pero por otro…

ahora tendría que responder delante de mi tío; la dinamita acababa de explotar y esta vez no sería tan sencillo cerrar los baúles y esconder el escándalo dentro.

—Carlos —me requirió en cuanto el desdichado matrimonio se hubo marchado—, quiero verte de inmediato en mi despacho.

—Admito la conmoción que sufrí la primera vez que vi a esa moza sirviendo en el comedor. Debí manifestarme mucho antes, pero como no lo hice, lo hago ahora.

—Irene.

—¿Como?

—Irene, tío, se llama Irene.

—¿Qué más da cómo se llame? Francisco tiene razón, ¡ese parecido suyo con Julia es  una provocación para cualquiera que conociese a tu esposa!

Dejó su silla y se sirvió una copa con manos nerviosas, sin ofrecerme nada de beber a mí.

—Fui lo bastante necio como para dejarme convencer por tu tía.

Qué persuasiva es esa mujer cuando se lo propone…

Que si no tenía importancia, que si qué más daba, que si quién iba a reparar en una pinche de cocina…

Que si estas cosas pasan… ¿Pinche de cocina?

Pues si no es más que una ayudante de la cocinera, ¿qué hacía de nuevo sirviendo la cena?

—Tengo entendido que la tercera criada se encuentra en cama, resfriada.

—¿Y por qué el ama no la sustituyó con su sobrina?

Traté por todos los medios de mantener la calma. Dejar salir mi furia solo serviría para robustecer la de mi interlocutor.

—Es sorda, tío, no podían arriesgarse a que nuestros invitados le pidieran algo y nos dejase en evidencia.

—¡Paparruchas del ama Engracia! ¿Resultaba más conveniente restregarle por las narices a esta pobre gente una muchacha idéntica a su hija muerta? ¿Es que hemos perdido por completo el juicio, los principios y la educación?

Enterré los ojos en la alfombra. Mi tío tenía razón, toda la razón, por más que mis suegros no fueran santos de mi devoción.

—¡Quiero a esa chica fuera de esta casa mañana mismo! Ya he sido permisivo demasiado tiempo.

Aquella orden logró envararme.

—Eso no va a ser posible, tío. Irene no saldrá de esta casa.

—¿Qué dices?

—Está leyendo el viejo libro del convento de la Merced… ¿Sabía que es una Biblia?

—No me tomes el pelo, sobrino. Tú y yo sabemos muy bien que no hay humano que entienda ese galimatías de idioma en el que está escrito. Que mi amigo el catedrático le echó un vistazo y dijo muy claro que no se parecía nada conocido, que un experto en lenguas muertas tampoco supo identificarla, que…

—Ella puede leerlo —repetí con firmeza.

Mi tío me observó con sorpresa y luego apuró de un trago el contenido de su copa.

—No me lo creo.

—Tampoco yo al principio.

—¿Y no te has planteado, mi bienamado e ingenuo sobrino, que simplemente se trate de un embuste?

—¿Irene? No tiene maldad, tío, ¡ni siquiera la conoce! Sería incapaz de un engaño semejante.

Mi tío movió la cabeza a un lado y otro.

—Veo que estás ciego y cerrado a todo lo que a ella se refiera. Mal empezamos, Carlos, mal empezamos. Además, ¿qué demonios hace una criada con el libro de la Merced? ¿Cómo le has permitido cogerlo? ¿En qué clase de locura revolucionaria nos estamos hundiendo?

—No lo cogió, tío, yo mismo se lo entregué.

—¿Sabías que ella podría traducirlo?

—Desde luego que no.

—Entonces todavía entiendo menos. Permite que me sirva otra copa. ¿Gustas?

—Pensé que no me la ofrecería nunca.

—¿Una… Biblia?

—Queda por confirmar si es una Biblia corriente con el contenido que ya conocemos.

Mi tío me observó con los ojos muy abiertos.

—¿Qué otra cosa podría ser?

—Estaba oculta y enterrada en las profundidades de la tierra, una Biblia corriente no requeriría de tanta parafernalia, ¿no cree?

Ladeó la cabeza como meditando. Mi suposición tenía sentido.

—Carlos…

—Diga, tío.

—¿Estás enamorado? De esa chica.

—De Irene.

—Irene. ¿Sientes algo por ella? ¿Ha ocurrido ya algo entre vosotros?

Lo miré y la expresión de mi cara se lo contó todo. No hizo falta más. Mi tío dio un puñetazo sobre la mesa de su despacho y todo lo que tenía allí encima saltó por los aires.

—¡Un Otamendi envuelto en amoríos con una criada! ¡La vieja historia de siempre,  lastimosa y predecible! ¡La diferencia es que en esta casa, algo así no había ocurrido jamás!

—Siento que en su opinión, amar con todo el corazón deshonre tan insigne apellido.

—Carlos, ¡no bromees!

—No bromeo, tío, en absoluto. ¿Es eso lo que le parece?

La quiero y me importan un bledo las reglas sociales, las normativas y las conveniencias.

Ya en un tiempo acepté los intereses de otros dejando de lado mi felicidad.

No volverá a repetirse, yo ya he cumplido.

A partir de ahora, solo cuentan los míos.

—No puedes ser tan egoísta, piensa en la situación en la que dejas a tu pobre tía.

—¿Qué situación? ¿Cómo puede afectarla a ella a quién ame yo?

—¿Qué diría la gente si te desposas con una criada? Una chica de la calle, una… ¡don nadie!

Me puse inmediatamente en pie.

—No puedo impedir que la insulte si no estoy presente, tío, pero no lo hará estando yo delante, lo siento. Uno no elige de quién se enamora.

Los ojos furibundos de mi tío me traspasaron. Pocas veces recordaba haberlo visto tan enfadado.

—¡Pero sabe muy bien en quien no poner las miras desde un principio! ¡Esto es un error que no debió ni comenzar siquiera! Y menos un joven de tu posición. No permitiré que eches a rodar tu vida…

—Siento que no le complazca, de verdad que lo siento.

Y si tía Inés se siente vilipendiada por mi culpa, lo sentiré también, para mí son como dos padres.

Pero me niego a renunciar a la mujer que quiero por un montón de normas sin sentido.

No. Soy mayor de edad y haré con mi vida y con mi futuro lo que estime conveniente.

A modo de respuesta, mi tío apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea.

Un gesto que mostraba a las claras su contrariedad y su disgusto.

No me quedó resquicio de duda: iba a ser difícil que mi familia y yo llegásemos a un acuerdo en aquel punto.

Pero la misma certeza tenía de que no daría un paso atrás.

—Haz lo que quieras —renegó finalmente sin enfrentar mis ojos y en un tono que no recordaba precisamente a la resignación—. Acarrea tu vergüenza del modo que puedas, no es asunto mío que no te importe la familia que tanto hizo por ti desde niño.

—Tío…

Levantó una mano para que me callase. Permití que se desahogara y siguiera con su chantaje, sin pensar en interrumpirlo ni replicar siquiera.

—Te conozco, Carlos, te he criado desde que te faltaban los dientes y eres tan parecido a tu padre que, para mí, esto es vivir la misma historia dos veces.

Me basta mirarte a los ojos para saber que no es una aventura, que no te limitarás a divertirte con ella.

Eres un caballero con las lealtades confusas.

La acusación me hizo resoplar. No obstante, ni aun así lo contradije.

—Tu lealtad debería estar siempre y en primer lugar para con tu familia.

Te equivocas si piensas que la decisión de elegir esposa no salpicará a nadie más que a ti, nos arrastrarás a todos por el barro.

Y sin embargo… no voy a prohibirte nada, solo espero que tú mismo lo reconsideres, hijo, por el bien de todos.

Arrastrando los pies, mi tío se dirigió a la puerta.

Yo sabía que estaba abatido, abatido de verdad.

Ninguna noticia podría haberlo apaleado más que conocer el lugar que Irene ocupaba en mi vida.

Y me sentí culpable. Pero apreté los puños y me mantuve firme.

Ya junto a la puerta de salida, giró y me observó por encima del hombro.

Estaba tan clara la decepción en su rostro…

—Esa chica nunca debería haber tocado la reliquia del convento de la Merced, pero ya que tal cosa ha ocurrido…  ¿dices que es capaz de leerlo?

—Ya le dije que sí, tío. Puede.

Asintió con la mandíbula tensa.

—Tenme informado de cualquier avance.

Y sin más que añadir, por lo visto, ni ganas de soportarme por más tiempo, Antonio Otamendi abandonó la sala dejándome solo y con algo muy parecido a un mordisco en mitad del corazón.

Aquella noche, Irene no acudió a nuestra cita en la azotea. Estaba leyendo.