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Al calor de los huesos
Carlos
Ver aparecer a Irene en Tirso de Molina fue como ver a la mismísima Virgen.
Con su cesta en las manos, sus ojos enormes, con su pelo rojo alborotado y sus deliciosas pecas.
Disipó el agotamiento, el ruido de las disputas entre Machimbarrena y el jesuita, las decenas de féretros acumulados sin ningún respeto en las galerías, aguardando traslado.
Los retrasos, las malas noticias del exterior, los crecientes casos de gripe en la ciudad…
Todo lo que me desvelaba desapareció en el aire como el humo y solo fui capaz de traducir su tímida sonrisa
Me había perdonado. Mi comportamiento en la alcoba, aquella imperdonable explosión de ira. Ella, en nombre del amor, ya la había disculpado.
Despedirme de Irene, ausentarme a hacerme cargo del hallazgo, me costó la misma vida.
Recé porque el mensaje que le lanzaron mis ojos fuera lo suficientemente explícito.
La amaba, por encima de todas las cosas vivas, no la perdería a causa de una descabellada imagen de pesadilla, forjada en mi mente enferma de amor.
Consagraría el resto de mis días a borrar aquel recuerdo aborrecible, si era necesario, como penitencia.
Me hundí en las profundidades de la tierra, tras la pequeña comitiva de hombres excitados por el descubrimiento.
—Ha aparecido entre los huesos más antiguos, señor, bien oculto.
—Debe de tratarse de alguna reliquia que custodiaban los monjes.
—O del oro del convento. Seguro que lo tenían guardado y a buen recaudo.
—No anticipemos acontecimientos —los apacigüé—, puede que solo nos hallemos ante un cofre vacío.
—Pesa, señor don Carlos, pesa mucho.
—Y debe ser valioso. Se encargaron de que nadie nunca desvelara su escondrijo.
—De no ser por las obras…
Llegamos al lugar y el grupo frenó en seco.
El aire estaba viciado de humedad, vejez y siglos.
Aquello era una tumba en forma de gruta natural, rodeada de nichos y monjes muertos.
Justo en el centro, reposando en una especie de hornacina sin adornos, dormía un cofre de hierro deslucido y oxidado, del tamaño de una mesa pequeña.
Callamos y observamos en un silencio que tenía mucho de místico.
—No hemos querido tocar nada hasta ver lo que usted mandaba, señor.
—Habéis hecho bien. Quiero que lo trasladéis a la casa Otamendi.
—¿No se lo entregamos al cura, como los demás ataúdes?
—No veo que sea un ataúd, Miguel. Es un cofre. Y no se lo entregaremos a nadie hasta saber qué contiene.
El capataz hundió la cabeza contra el pecho.
—Sí, claro, señor, claro. Ahora mismo lo organizamos.
—Mientras lo sacáis de aquí, ocupémonos nosotros del resto de los monjes.
—Lo que mande el señor.
Volvimos a casa bien entrado el mediodía de la jornada siguiente.
Apenas enfocaba lo que tuviera delante por culpa del cansancio.
Estaba sudado y sucio, pero satisfecho porque gracias a mis personales negociaciones, no solo con los dominicos sino con otras tres órdenes religiosas a las que logré convencer del inmenso honor que sería custodiar en sus camposantos los restos sagrados de los monjes de la Merced, los sarcófagos apilados en los túneles habían sido convenientemente retirados y entregados en un abrir y cerrar de ojos.
Las cosas volvían a la normalidad. Eso sí, al margen de Pedro Machimbarrena.
Sin embargo, el secreto del contenido del cofre era un misterio que me mantenía en ebullición. Nos reunimos, mis tíos y yo, en la biblioteca, con la caja de metal oxidado sobre una mesa. Los tres observándola a distancia, sin atrevernos a tocarla siquiera.
—Estoy convencida de que ahí dentro se guardan las reliquias de algún santo —aventuró mi tía muy emocionada, persignándose.
Mi tío Antonio arqueó una ceja.
—Espero que no sea una mano, o un ojo, ninguna de esas cosas altamente desagradables…
—Pero ¿qué dices, Antonio? Son santos.
—Santos desagradables a la vista, en cualquier caso. Y que, sea lo que sea, esté momificado, por el amor del cielo.
—¿Tú qué sugieres, querido Carlos?
—No tengo ni idea, tía. Pueden ser huesos santos, no te digo que no, pero también podrían ser monedas de oro.
—¿En cuyo caso…?
—El tesoro debería ser reintegrado a la Iglesia.
—Sobre eso no cabe duda, sobrino.
Todavía estuvimos otro buen rato forjando apuestas sin decidirnos a abrirlo. Ni siquiera estábamos seguros de que el instrumental de herrero que Onofre nos había subido bastara para hacer saltar aquella antiquísima cerradura.
—¿Permiten los señores?
Mi deseo pelirrojo entró con Sara, una bandeja en las manos y su dulce sonrisa de siempre entre los labios.
Aquella mezcla suya de inocencia y picardía de la que ni siquiera era consciente y que me volvía completamente loco.
Sus ojos se posaron unos segundos en mí y centellearon.
A continuación, volaron hasta encontrar el cofre.
Juraría que entonces su brillo fue aún mayor.
Pero ya había aprendido lo suficiente acerca de los celos y sus desgarros, de modo que no me lo tomé a mal. Imaginé que era simple curiosidad femenina, ya que Irene estaba presente en Tirso de Molina cuando anunciaron el descubrimiento.
—Ah, el café, pero qué alegría, bienvenido sea —alabó encantado mi tío.
—Ponedlo aquí, junto a esta mesita.
Las chicas cumplieron con lo que se les indicaba y salieron silenciosas como la niebla de otoño. Mis pupilas la persiguieron sin ninguna prudencia hasta que se hubo marchado y solo el intencionado carraspeo de mi tía Inés me devolvió a la cruda realidad.
Había llegado el momento de abrir aquello y desvelar el misterio oculto bajo el convento de la Merced, por quién sabe cuántos lustros.
Para ahuyentar malas tentaciones, Irene propuso que no volviéramos a vernos en la alcoba de la quinta planta.
Regresar a la inhóspita azotea parecía la mejor opción, si no queríamos terminar revolcándonos como salvajes presos de la fiebre.
Así que allí fue donde se lo conté todo.
En realidad, fue ella la que arrancó preguntándome si habíamos conseguido abrir el cofre, con un entusiasmo desmedido.
—Pues lo cierto es que sí, a mi tío el testarudo, pocas empresas se le resisten. Tuvimos que cortarlo y destrozarlo, pero sí. Al final lo abrimos.
—¿Y…?
—¿Y…? —Jugueteé con ella.
Irene se removió impaciente entre mis brazos.
—¡¡¿Qué había dentro?!!
—¿Por qué quieres saberlo?
—Apuesto a que te gustaría conocer la razón.
—Te la estoy preguntando. Las chicas curiosas me hacen gracia.
Hizo como que me golpeaba el pecho con un codo. Nos reímos.
—¿Es posible… solo posible… que yo sepa de esta historia un poquito más que tú?
—Lo dudo, querida, pero puedes intentarlo.
—Joshua me contó hace muchos años… que debajo del suelo de la ciudad, en alguna parte que nadie conocía… se ocultaba el mayor tesoro que la humanidad pudiera imaginar.
Hice lo que pude por disimular mi tremenda decepción.
—¿En serio? ¿Un fabuloso tesoro?
—Algo más valioso que todo el oro de la tierra.
—¡Vaya! Más valioso que todo el oro… Entonces debería ser algo muy especial.
—Y sé que está dentro de ese cofre, lo supe en cuanto te dijeron que había aparecido.
Me mantuve quieto y callado por unos minutos.
Meditando cómo no romper sus ilusiones de niña, el recuerdo sagrado de Joshua, todo aquello que, al parecer, tanto significaba en su vida.
Irene giró sobre su cadera y quedó frente a mí, con las mejillas arreboladas y sus piernas trenzadas con las mías.
Rodeó mi cuello con los brazos y tironeó juguetona del borde de mi camisa.
—¡Vamos! ¿Qué había dentro? ¡Dímelo ya! Estás a punto de matarme de ansiedad.
—Un libro.
—¿Cómo?
—Un libro.
Soltó despacio el cuello de mi camisa. El destello de entusiasmo en sus pupilas se fue apagando como se disipa el aroma de un guiso delicioso.
—¿Solo eso?
—Solo un libro. Y ya lo siento. Nada de tesoros.
—¡Vaya! Yo pensé…
—Es probable que el tesoro al que Joshua se refería aguarde en otro lugar, enterrado todavía, esperando que tú y solo tú lo descubras, pequeña pirata.
Ella asintió con la mirada perdida en el vacío. Intenté animarla.
—¿Quieres verlo?
—¿El libro?
—El libro. Es muy antiguo y curioso. Con las tapas de cuero, grabadas en pan de oro.
Una de las muchas virtudes de Irene era recuperar la ilusión perdida en cuestión de segundos, como quien arranca una naranja madura de un árbol.
—De acuerdo, creo que me gustará verlo.