29
Fantasmas
Irene
¿Habéis soportado alguna vez el peso de una piedra alojada en la garganta que os impide respirar?
Así es como me sentía yo al abandonar el dormitorio donde minutos antes me creí en el cielo. Convertida en una diosa. Entre nubes de algodón, amada por un ángel.
Un ángel que de pronto se convirtió en demonio.
¿Qué clase de amor era aquel, capaz de hacer arder sus pupilas con el fuego del odio más feroz?
¿De dónde nació la desconfianza? En un intervalo de tiempo equivalente a un suspiro, me sentí tan sola y desamparada como antes de llegar a la casa Otamendi.
Bajé dos pisos. Uno más. Cuando has crecido en la calle te manejas divinamente en la oscuridad.
Y camino de la zona de servicio, me acurruqué en el hueco de las escaleras a saciar mi dolor, mi pena y todas mis lágrimas.
Por los ventanales del pasillo se colaban franjas de luz desde la calle, porque había luna llena, y en la planta de los pies sentía el hielo de las baldosas abrillantadas a base de cepillo.
Sin embargo, yo era dura como las piedras de los caminos, no tardé en calmarme y ver las cosas desde otro ángulo.
Aunque sería el camino más sencillo, no iba a dudar tan fácilmente de los sentimientos de Carlos, no lo haría por un absurdo arrebato de celos injustificados.
No cometería el mismo error que él: dudar de la pureza de lo que sentíamos.
No era justo. Bastante difícil lo teníamos ya.
¿Debía sentirme, pese a lo desagradable del incidente, honrada por su absurda reacción?
¿Era así como actuaban los hombres locamente enamorados si imaginaban a su mujer en brazos de otro?
Pero… ¿Joshua? Por amor de Dios… ¿Acaso no había sido lo suficientemente clara al hablar de él, del papel que jugó en mi vida, de que lo consideraba un padre protector, un abuelo?
Terminé secándome las lágrimas con el revés de la manga, invadida por una emoción confusa y agridulce, y casi una sonrisa en las comisuras.
Ya lo había perdonado. En realidad, antes de salir huyendo del dormitorio, los ojos de mi ángel me habían pedido perdón mil veces y yo no pronuncié palabra, pero mi corazón aceptó concedérselo.
Lo amaba profundamente. Y apostaría las dos manos a que su devoción por mí podía contarse en igual medida.
Con un suspiro me di cuenta de que tenía frío.
Mucho frío. Llevaba puesto el vestido y una toca gruesa de lana tejida por Tomasa, suficiente para aguantar el fresco en la azotea y sin embargo, estando allí, dentro de la casa, por lo general caldeada, creí volver a las calles de Madrid bajo la nevada en pleno invierno.
El frío era espeluznante, anormal. Me puse en pie, más serena, dispuesta a arrebujarme cuanto antes entre las ropas de mi cama.
Entonces lo vi.
O sería mejor decir… LA vi.
Una aparición fantasmagórica mirándome desde el fondo del corredor.
Sonriendo. Semitransparente, brumosa, rodeada de un halo luminoso casi divino, flotando sobre la madera del suelo, con los pies desnudos y un precioso traje de seda color esmeralda.
Llevaba el pelo rojo suelto sobre los hombros, cayendo por su espalda. Y en las manos sostenía un libro.
Me quedé petrificada, incapaz de moverme, de respirar siquiera.
¿Estaba asustada? No podía saberlo, porque no podía pensar, ni moverme.
Ella no era real, me convencí, la imaginación, los nervios, el cansancio, mi primera pelea con Carlos y el sueño, me jugaban una mala pasada.
Aquella visión cuasi celestial no existía más que en mi perturbada mente.
«No es real, no lo es», me repetí cien veces mientras con lentitud, la veía avanzar. En mi dirección. Y pronto, los rasgos de su rostro perfecto se hicieron nítidos, lo bastante como para saber que se trataba… de doña Julia.
Ahogué un grito de pánico que murió en mi garganta.
No saltó contra las paredes como un aullido de ultratumba porque conseguí taparme la boca con las manos a tiempo.
No quería despertar a la gente de la casa, ni llamar la atención del señor Carlos.
No quería que el ama Engracia me regañase, pero apenas si podía contener el tamborileo de mi horripilado corazón chocando contra las costillas, mientras la aparición pelirroja con piel de leche se me acercaba. Sin perder su dulce sonrisa.
Creo que me mareé. Me apoyé contra la pared y me rendí a la realidad: iba a morir allí mismo, en el corredor, sobre el suelo. ¡Iba a morir de miedo!
Cerré fuerte los ojos, me encomendé a las alturas en una burda plegaria a la que le faltaban muchas frases y cuando de nuevo los abrí… el pasillo estaba vacío.
—¿Qué tienes, niña? ¿Es fiebre?
Tenía a Tomasa sentada en el borde de mi camastro con semblante preocupado y muchas arrugas alrededor de los ojos.
Sentí un paño mojado sobre la frente. Tenía seca la boca, áspera la lengua y el corazón latía deprisa.
Pero estaba viva, en mi cuarto, y por la ventana entraban los rayos del sol de la primavera de Madrid.
—No, estoy bien. ¿Qué ha pasado?
—Onofre te encontró esta mañana, tumbada sin sentido en mitad del corredor. Fría como un pedazo de hielo. ¿Qué pasó? ¿Por qué no estabas en tu cuarto? ¿Te desmayaste?
Retiré el trapo húmedo de mi cara y me restregué los ojos.
—No recuerdo nada —conseguí decir con mucho trabajo.
—¿No estarás…? —Tomasa se atragantó y con un gesto se señaló la barriga— Ya sabes…
—No, Tomasa, nada de eso.
La cocinera resopló bien alto.
—Como seguís haciendo lo que os viene en gana… Esto acabará mal, lo sé, los ángeles de la guarda no tienen tiempo bastante para resolver lo vuestro…
—¡Chiss, Tomasa, calla!
—No temas, que no hay nadie. Son más de las nueve, cada cual anda en sus quehaceres.
Me incorporé en la cama. Recordaba con absoluta claridad la visión de doña Julia amenazando el pasillo.
El pavor indescriptible que sentí. Venía a por mí, clamando su venganza por osar poner mis pobres ojos en su marido.
Venía a llevarse mi alma. Lo que no entendí es por qué, después de aquello, yo seguía respirando.
—Anoche discutimos. El señor Carlos y yo.
—Mira, como un verdadero matrimonio. Ya vais rápido, ya…
—No bromees, Tomasa, le dije cosas horribles, estoy tan arrepentida… Tengo que verlo y decirle que ya lo perdoné, tengo que…
Tomasa levantó una mano para que yo no siguiera con mi charla, indicándome que los motivos de nuestra disputa le traían sin cuidado.
—No me cuentes detalles, son cosas vuestras. ¿Vas a levantarte?
—Sí, claro.
—Pues no tardes, te prepararé un poco de leche caliente, te arreglará el cuerpo, ya verás. Seguro que fue el disgusto.
—¿El disgusto… qué?
—Por lo que perdiste el sentido, seguro que fue por eso.
—Seguramente, Tomasa, seguramente.
Me vestí sin dejar de temblar y salí a la cocina mirando alrededor como un conejo asustado, deseando por encima de todas las cosas, que alguien de fiar me explicase que lo de la noche anterior no fue más que el producto de mi histeria.
Sin embargo, deseara lo que deseara, doña Julia se había mostrado ante mí con tanta claridad que era imposible dudar.
Me pasé el día como una sonámbula, bajo la mirada inspectora de Tomasa que, de cuando en cuando, sacudía la cabeza como amargada.
Escudriñé mil veces cada esquina oscura, por si el fantasma se decidía a aparecer de nuevo.
Cada vez que mis quehaceres en la alcoba de doña Inés me obligaban a salir de la cocina y cruzar el maldito pasillo, sufría escalofríos y bajo la camisola, mi carne era como la de las gallinas.
Al final de la jornada, cuando yo volvía a todo correr de preparar la cama de la señora, dispuesta a ayudar a Tomasa con las cenas, el ama Engracia me pasó por delante como una exhalación nerviosa.
—Tomasa, ¡Tomasa!
—Dígame, ama.
—Han mandado recado. El señor don Carlos no vendrá a cenar, igual tampoco a dormir. Hay que llevarle algo de comer a la zona de obras en Tirso de Molina.
—¿El señorito se queda en las obras toda la noche?
—Deja de llamarlo así, hace mucho que dejó de ser el mozalbete mocoso que se escondía tras tus faldas. Es un hombre adulto y el futuro señor de esta casa.
—Para mí siempre será el pequeño Carlos…
El ama Engracia se encogió desdeñosa de hombros.
—Siempre fuiste una mujer a la que le gusta engañarse.
En fin, prepara una buena cena, que sea consistente.
Los problemas que retienen al señor en la zona de obras deben de ser graves, quién sabe cuánto tardará en regresar.
Y añade una muda, por si la necesita. Envía a Onofre con todo, rápido.
—Miró alrededor severa y con una palmada al aire, nos sobresaltó a todas—.
Y las demás, ¿qué miráis? Las cenas esperan, el ritmo de esta casa no se ha interrumpido, que yo sepa.
Cuando Tomasa lo tuvo todo listo, giró y sus ojos me buscaron con discreción. Yo andaba acurrucada en una esquina cortando nabos tiernos en trocitos.
—Niña, ¿quieres ir tú a llevárselo?
—¿Al señor Carlos?
—La cena y la ropa limpia. Sí, ¿quieres acompañar a Onofre con el encargo?
Me puse en pie de un salto, repentinamente animada.
—Claro que sí, Tomasa, a mandar.
—A ver si os decís dos lindezas y se te apacigua la mala cara esa que traes el día entero. Estos jóvenes…
Se metió en la despensa renqueando y sin parar de protestar, mientras yo conseguía olvidarme por un rato del fantasma de doña Julia, revivida por la perspectiva de ver a mi ángel de nuevo. Él consolaría mi corazón.
Onofre y yo cruzamos Madrid en el carruaje pequeño de la familia, hasta la zona de obras de Tirso de Molina.
—Baja y busca al señor. Le entregas lo que traemos, le preguntas si necesita algo más y vuelves volando. ¡Aviva! Es tarde y me duelen todos los huesos.
—Sí, Onofre, ahora mismito.
Me acerqué vacilante a aquella boca negra e inmensa, apenas iluminada con los velones amontonados por todas partes. Cargada con un canasto enorme que pesaba como un pequeño saco de tierra. Un empleado de la Compañía salió a recibirme.
—No puedes andar por aquí, muchacha, las obras son peligrosas.
—Vengo de la casa Otamendi. Debo ver a don Carlos. Le traigo…
—Dámelo a mí y yo se lo bajaré.
Con un giro de cadera puse la cesta fuera del alcance de su mano extendida.
—Me han ordenado que se lo entregue en mano. También traigo un mensaje de su señor tío —mentí para ganar apoyos.
El hombre arrugó el entrecejo.
—¿Estás segura de que quieres caminar por unos túneles sombríos llenos de socavones?
—Por donde haga falta, señor —repliqué muy digna.
El empleado se encogió de hombros, me repasó de arriba abajo pasándose la lengua por los labios resecos y me dejó pasar.
—Las damas primero —dijo con sorna—. ¡Y qué dama!
Tardamos más de veinte minutos, en continuo descenso hacia el vientre de Madrid, en encontrar el pasadizo donde mi ángel trabajaba rodeado de obreros y polvo.
Sorteamos piedras del tamaño de una cabeza de bebé.
No me quejé, la excitación de visitar el lugar de faena del hombre al que amaba me mantenía en jaque y contenta.
Y cuando él interrumpió la charla y al verme se le iluminaron los ojos, me dije que había merecido la pena.
—¡Irene! ¿Qué haces aquí?
—Me manda el ama Engracia, señor —respondí bajando la cabeza—, traigo algo de cena y ropa limpia.
—Te lo agradezco mucho, es tarde, no deberías andar por la calle a estas horas.
—Me acompaña Onofre, señor, me está esperando fuera, en la entrada.
El señor Carlos avanzó unos pasos en mi dirección y cerró los dedos de la mano en torno al asa de la cesta. Sobre los míos. Nos quedamos así unos segundos, fundidos uno en la mirada del otro, disfrutando del roce de la piel. Bajo la suya, la mano me hormigueaba con intensidad.
—Muchas gracias, ya me hago yo cargo…
—¡Señor! ¡Señor! ¡Don Carlos! ¡Tiene que venir!
Un obrero con tanta suciedad en la cara que no se distinguían sus rasgos, llegó corriendo y jadeante.
—Hemos encontrado algo, en uno de los túneles adyacentes, señor… ¡Un cofre!
Sufrí una sacudida violenta. Un cofre. Un tesoro escondido en los pliegues de las entrañas de Madrid. ¡El tesoro de Joshua!
—¿Un cofre?
—¡No sabemos qué contiene, pero es pesado! ¡Tiene que venir a verlo! ¡Señor, deprisa!
Carlos cruzó conmigo una mirada a toda prisa. Yo asentí y solté la cesta para que él pudiera dejarla a buen recaudo. Luego me mantuve firme en mi sitio hasta que lo vi desaparecer al fondo del túnel, a la luz de las antorchas.
Hora de volver a casa.