Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 28
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Las espinas de las rosas

Carlos

Como era de esperar, tras la entrevista con el representante de los jesuitas, Pedro Machimbarrena volvió a la casa Otamendi a derramar su veneno sobre su ahijada, mi tía.

Era un buen método para torturar a mi tío sin ni siquiera reunirse con él.

Lo hizo a escondidas, como actúan los ladrones, y si yo supe de aquella entrevista, fue gracias a Irene, que los sorprendió discutiendo al llevar café al gabinete de su señora.

Estábamos, como cada noche, tumbados en el suelo de la azotea, sobre la manta.

Irene no paraba de temblar. Era una de esas noches de primavera especialmente invernales.

Abrazarla no bastaba. El fuego de nuestra pasión, cuando se adormecía, tampoco.

Así que me armé de valor para dar un paso que debí dar mucho tiempo atrás.

—Bajemos a mi dormitorio. Descansemos como Dios manda, sobre una cama, aunque solo sean unas horas.

Ella pareció escandalizada.

—No miente a Dios, señor Carlos, dudo mucho que le dé sus bendiciones a una relación como la nuestra.

—¿Cómo la nuestra? ¿Qué es tan horrible? ¿Que no estemos casados? —Asintió. Yo sonreí y le acaricié la cara—. Estate tranquila, mi vida, que eso cambiará pronto.

Me puse en pie, me sacudí la ropa arrugada y tiré de ella para que me siguiera. Irene vacilaba muerta de miedo.

—Aquí no sube nadie, eso dices, hasta ahora hemos estado a salvo pero… ¿en tu cuarto? ¿Tan cerca de las habitaciones de tus señores tíos? Eso es una temeridad, don Carlos, no podemos arriesgarnos así.

—Nadie entra en mi dormitorio sin llamar y sin mi permiso —quise tranquilizarla. Pero viendo su palidez y el modo como temblaba, creo que apenas lo conseguí una pizca—. Irene, la casa es muy grande.

—Dígamelo a mí, que subo y bajo esos cientos de escalones varias veces a diario… Pero no voy, Carlos, no quiero ir. Me da mucho miedo.

—¿Te sentirías más a salvo en uno de los dormitorios de la cuarta planta?

—O de la quinta. Mientras más lejos de sus tíos, mejor.

No se me pasó por la cabeza discutir. Irene había aceptado correr el riesgo, bajar, y eso me bastaba.

Si algo sobraba en aquella casa eran dormitorios listos para usar que nunca se ocupaban.

Convertiríamos uno de ellos en nuestro nido sagrado, el lecho donde nuestros cuerpos se fundirían cada noche en nombre del amor.

Lo haríamos crecer y cuando llegase el momento, en cuanto acabasen las obras de aquella elefantiásica empresa y el ferrocarril subterráneo se inaugurase, hablaría con mis tíos y haríamos pública nuestra relación.

Bajamos de puntillas el tramo de escalinata que nos separaba de la planta inferior.

Sugerí con un gesto un cuarto tras otro, pero Irene los rechazaba todos.

Ella sabía perfectamente dónde se situaban los aposentos de mis tíos dos plantas más abajo y me condujo, tirando de mi mano, hasta la estancia más lejana.

En la puerta se detuvo y me dirigió una mirada implorante.

Enjaulé su preciosa carita pecosa entre mis grandes manos y, lleno de júbilo contenido, la besé en la boca.

—¡Vamos dentro! ¡No vaya a subir alguien…! —Interrumpió la caricia presa de los nervios, abrió y nos colamos en el dormitorio. Juraría que la oí soltar el aire retenido en los pulmones, con mucho alivio.

—Encenderé unas velas, no se ve nada.

—¿Y si ven la luz desde la calle?

—Irene, mira el grosor de esas cortinas, por amor del cielo. Quédate tranquila, te lo ruego. No quiero que te preocupes, nada va a pasarnos.

Y como broche a mis sentencias, giré el pestillo doble sobre su cerradura. Ella solo pudo oír el chasquido, la oscuridad allí dentro era absoluta, pero juraría que fue suficiente.

—De acuerdo… tienes razón, mejor será… encender alguna vela.

Me conocía al dedillo cada estancia de aquella casa en el número ocho de la calle del Barquillo.

Las plantas superiores, que permanecían cerradas en espera de invitados que rara vez llegaban, fueron mi cuarto de juegos durante la infancia.

En la adolescencia las utilicé para esconderme y leer en paz, donde nadie pudiera molestarme.

Buscar a tientas y encontrar un par de velas en un cajón fue un juego de niños.

Y a la luz de las llamas ya prendidas, pude admirar a mi Irene en todo su esplendor.

Al final había logrado calmarse un tanto y estaba sentada con timidez en el borde del lecho.

Enredaba nerviosa los dedos de las manos, se los retorcía sin dejar de mirarme y en sus pupilas brillantes latía un soplo de ansiedad.

Aquella era la noche de bodas que siempre había anhelado, la que jamás tuve y, pese a que pudiera sonar extraño, me alegré de que así fuera.

No de la muerte de la pobre Julia, Dios me librara, pero sí de no haberla vivido con otra mujer antes que con Irene.

De entonces en adelante, mis recuerdos más vitales le pertenecerían a ella, como suyo era ya mi corazón, mi alma y todo mi ser.

No concebía una vida sin la muchachita que un día intentó robarme en la Puerta del Sol.

Un día que parecía tan lejano en el tiempo que casi lo había olvidado.

Me acerqué a ella y me embriagué con sus aromas. Parecía una niña pequeña, asustada y fuera de lugar.

—¿Por qué estás tan nerviosa? Esto ya lo hemos hecho antes —susurré cerca de su cuello. Vi su piel responder como una ola.

—Aquí es distinto. Es como… volver a empezar.

—Pues será un comienzo maravilloso, te lo prometo.

Busqué su boca disimulando las ansias que me carcomían las entrañas.

Separé sus tiernos labios rosados con los míos y busqué su lengua para acariciarla despacio.

Lenta y sensualmente. Un beso exquisitamente tentador.

Irene respondió al mismo ritmo y mi erección saltó dentro de mi ropa, como la de un macho selvático.

Con la punta de los dedos la fui desvistiendo.

En la penumbra de la azotea jamás había podido disfrutar de la porcelana de aquel cuerpo de hermosas curvas que, en nombre del amor, me pertenecía.

Ahora podía recorrerlo hambriento con los ojos, sellarlo con las manos, mojar cada rincón con mi saliva, marcarla con mi nombre.

Mi dulce Irene. Cuando me incliné sobre ella, su corazón latía como el de un pajarito cazado.

La escuché suspirar al sumergirme entre sus acogedores muslos, sin aliento y tan excitado como un toro salvaje.

—Te amo —susurré antes de hundirme de una estocada en sus entrañas.

—Te amo —replicó con voz temblorosa.

Inicié una suerte de danza febril donde mi cadera y la suya perdieron la cordura.

Entré y salí de ella con tanto fuego que pude notar el modo en que se deshacía entre mis brazos.

Y cada vez que bombeaba, su pubis se alzaba sediento y se acompasaba con mi movimiento.

Irene y yo habíamos desarrollado, en apenas media docena de encuentros, una complicidad temible.

Cuando alcanzó el clímax, sus ojos se cerraron.

Sus labios húmedos se abrieron cantando mi nombre, su piel ardió y su corazón huyó al galope.

La visión de sus mejillas ruborizadas y su pecho blanco y palpitante me arrastraron al orgasmo más salvaje que recuerdo.

Me derrumbé a su lado sin dejar de tocarla y me sentí el hombre más feliz de la tierra.

Durante un buen rato nos limitamos a contemplar el techo y a recuperar la respiración.

No hablamos, no nos dijimos nada, no hubo agradecimientos, ni halagos, ni promesas, solo suspiros profundos y el calor que mansamente se desvanecía.

Tiré de las pesadas colchas y cubrí nuestra desnudez.

Su melena roja destacaba hermosa contra el blanco de los almohadones.

Era tan bonita… Y era solo mía.

Fue justo entonces, cuando más dichosos parecíamos, que la mente me jugó una mala pasada.

Con Irene acurrucada a mi costado, su cintura rodeada por mis manos y sus finos dedos acariciándome el pecho, me dio por pensar en la naturalidad con la que había dormido conmigo desde la primera vez.

No toda la noche, desde luego, su compañera de cuarto debía encontrarla en su cama al despertar, pero sí algunas increíbles horas robadas.

Imaginé el aire pesado del verano en Madrid, la gente sin hogar, los de la calle con los cuerpos ardiendo, las ganas de librarse de la poca ropa que tuvieran, la ausencia de reglas en una sociedad que ni lo era…

Apreté los párpados y la vi durmiendo bajo un árbol en el Retiro, con vete a saber quién a su lado.

Noté una llama prender en el estómago y un torbellino de furia que subió hasta apretarme la garganta.

La imaginación, que a veces es una cabrona malnacida.

Con una brusquedad que ella no merecía, giré para cubrirla con mi peso, colocándome de forma que no pudiera escapar, ni moverse siquiera.

Intentaba relajarme, pero me resultaba imposible, estaba como poseído.

Saqueé su boca con un beso que fue más un mordisco de dominio.

Irene gimió un par de veces y aquel sonido altamente erótico lo único que consiguió fue encenderme mucho más.

—Dime que nadie te ha tocado nunca como yo lo hago. Dímelo.

—Pero, señor Carlos… ¿Qué…?

—¡Dímelo!

Una oleada de calor brotada directamente del vientre me abrasó y trajo a mi mente más imágenes sórdidas: Irene piel con piel con un desconocido.

Irene besando. Irene acariciando como me acariciaba a mí.

Irene con las faldas levantadas permitiendo que alguien la contemplase.

Tuve ganas de aullar como los lobos en luna llena.

El irracional arrebato de los celos que, en segundos, me estaba convirtiendo en un monstruo.

—Carlos… Señor Carlos, ¿Por qué pregunta esas cosas tan raras? ¿Te… ocurre algo?

Le sujeté fuerte las muñecas por encima de la cabeza.

—¡No me has contestado! ¿Alguna vez, algún hombre… ahí fuera, en la calle…?

—¡Ya sabes que no!

—¿Nadie te ha acariciado? ¿Nadie te ha consolado cuando estabas sola y triste? Ese Joshua… ¿nunca te ponía la mano encima?

Al parecer, aquel disparate colmó el vaso de su paciencia.

Irene se revolvió luchando como un hombre, escapó de mi control y me abofeteó con ira antes de saltar de la cama.

Sacudí la cabeza como librándome del sopor maligno que segundos antes me había envuelto e incapacitado.

Cuando pude fijar en ella la vista, Irene me observaba horrorizada, de pie junto a la cama, tratando de taparse el sexo, con los ojos llenos de lágrimas.

Me miraba como si viese al mismísimo Satán.

Quise farfullar una disculpa, pero de mis labios no salió una sola sílaba.

—¿Cómo… cómo se atreve?

—Lo siento, Irene, no era mi intención, te juro que… yo…

Abandoné el lecho completamente desnudo. Avancé unos pasos tratando de acercarme. Quería abrazarla, borrar con amor la infamia que acababa de cometer, de sobra sabía que la había herido. Pero ella reculó y puso distancia entre nosotros, al tiempo que recogía del suelo con torpeza su vestido.

—Es usted… un miserable… ¿cómo has podido pensar algo así?

Me cubrí, avergonzado, el rostro con las manos.

—Por un instante me volví loco, Irene, por el amor de Dios te pido, ¡perdóname!

Sus ojos verdes se clavaron en mí con un llanto mudo de incomprensión.

Había mucho amor en aquella mirada, pero también decepción, desengaño y miedo.

Tomé conciencia real de lo que acababa de pasar, sentí asco de mí, de la clase social a la que pertenecía y que me había  educado para creerme dueño de todo aquello que tocase, lo mereciese o no.

Hundí la cabeza en el pecho, más deshonrado de lo que habría admitido estar jamás.

Yo no era así, no era de esa clase de hombre, sentí repulsión.

Estaba arrepentido de lo que acababa de pasar.

No, arrepentido no era la palabra, arrepentido se quedaba muy corta. Estaba espantado.

—Lo siento, lo siento, ha sido un instante de locura incomprensible… Perdóname. ¿Qué más puedo decirte?

Cuando me atreví a alzar la vista, ella ya estaba vestida. Supe que se marcharía de la habitación con nuestra idílica noche de pasión truncada.

—¿Es que no te bastó con lo que ya sabes? —reprochó con amargura—. He dormido al raso y fregado de rodillas muchos suelos, pero jamás, jamás he vendido mi cuerpo ni he permitido que un hombre lo profanara.

—Vuelve a la cama, Irene, te juro que lo siento, no te… no te marches.

—Es tarde —respondió en un murmullo.

Luego solo vi su espalda, sus pies desnudos volar y la puerta cerrarse.

Acabábamos de vivir nuestra primera discusión de enamorados y yo había sido tan necio como para provocarla.