27
Mi príncipe
Irene
¿Cómo resumir todo aquello si ni siquiera dispongo de palabras para contarlo?
No soy una chica ilustrada, eso os consta, y describir aquel torbellino de emociones entre sus brazos se me hace cuesta arriba.
Yo no sé si Tomasa sospechaba que don Carlos y una servidora seguían viéndose, pero cada mañana tenía tantísimo miedo de que mi sonrisa bobalicona y mi mente en las nubes me traicionasen, que me la pasaba huyendo de su mirada inquisitiva, de sus preguntas y sus indagaciones.
Creo que aquel día limpié seis kilos de pescado sin levantar los ojos de la pila del fregadero, abrillanté con fruición y de rodillas el suelo del gabinete de doña Inés y, de vuelta a la cocina, sequé durante horas la porcelana con un paño de algodón, para no soltar pelusa.
Petra me estuvo ayudando un buen rato y aprovechó que nos quedamos solas para lanzarme un dardo, no sé si cariñoso.
—Tú no deberías estar haciendo estas tareas, eres doncella. Las doncellas se ocupan de los señores. Les sirven el desayuno, les preparan la ropa y las sábanas recién lavadas, pero no limpian. Ni siquiera el cuarto de doña Inés deberías estar limpiando.
La miré intrigada. Yo de todo eso de las jerarquías y funciones sabía bien poco y me importaban aún menos.
—¿Eso quién te lo ha dicho?
—Mi tía Engracia.
—Pues tu tía Engracia es la que me manda a limpiar.
Petra frunció la boca en un claro gesto de disgusto.
—Pero de verdad que no me importa, doña Inés no requiere de tanta atención y yo no puedo pasar el día sin nada que hacer. Prefiero mantenerme ocupada.
—Eres bien rara, Irenita. Te deslomas, que lo veo. La gente normal prefiere descansar y tomarse el oficio con calma. Para lo que pagan…
Sonreí divertida.
—Será que no soy muy normal.
—No, desde luego. ¿Te han vuelto a decir algo de que seas igualita a la difunta señora?
—No, ¿quién iba a decirme?
—Ay, no sé, doña Inés mismo. Estos señorones ricos qué bien se las apañan para no soltar prenda de lo que no les interesa. Pero vaya, está claro que si te tienen aquí es por eso, ¿qué otra razón podría haber?
La miré fijamente a la cara sin perder la sonrisa, pero convenciéndome un poco de que nunca llegaríamos a ser las grandes amigas que imaginé.
—¿Que me deslomo trabajando a diario, como tú bien sabes?
Creo que Petra no supo qué contestar, así que gruñó y avivó el frote del trapo contra la cafetera.
Por un instante, sentí una pizca de compasión por ella, tan sola, tan amargada, tan plegada a las órdenes de su tía, sin poder fantasear con una taza en las manos, como hacía yo, imaginando que los labios de mi ángel se habían posado justo en aquel borde.
En solo un segundo, mi mente volaba lejos de aquella cocina y revivía lo ocurrido en la azotea dos noches atrás.
¿Me arrepentía? En absoluto. Ya lo dije, Irene sin apellidos no era una dama, jamás lo fue y nunca lo sería, de modo que ¿para qué comportarse como ellas y renunciar al goce de la carne si era lo que mi corazón y mi alma clamaban con desesperación?
Carlos había sido delicado, amoroso y tierno.
Pasional cuando fue preciso, pero tan dulce conmigo para que no me asustara ni sufriera que, aun siendo tan distintas las situaciones, me sentí tan querida e importante como cuando Joshua me encerraba en la jaula de su abrazo para que no pasara frío en las noches de invierno.
Por los dos habría dado mi vida mil veces, sin dudarlo.
Mi pobre vida, que tan poco valía, de repente florecía y saltaba de escalón, de la mediocridad a la gloria, de mano de mi amante.
Recordar sus dedos aletear sobre la piel de mis caderas intensificó el hormigueo en mi vientre.
Crecí sin demasiada curiosidad por aquello que no conocía, las relaciones carnales, el sexo, para mí eran oscuros como cueva de montaña.
Pero al cumplir los doce, Joshua me contó muchas cosas turbadoras y me aleccionó sobre cómo cuidarme de las aspiraciones de los hombres, que querrían comerciar con pan y techo a cambio de mis pechos llenos y el triángulo entre mis piernas.
Me explicó la diferencia entre el amor y el vicio, el modo en que prácticas similares podían hacerte sentir diosa o sucia.
Me mostró la teoría y ahora Carlos, entre susurros y estrellas, me regalaba la práctica.
Sin embargo…
No debía engañarme. Por grandes que fuesen sus promesas, por honorables sus intenciones, la realidad era la que era.
Dura. Espinosa. Llena de obstáculos que saltar.
Porque yo no era nadie y él lo era todo.
Irene criada en la calle, Irene sin apellidos, sin origen, sin familia.
Irene sin talentos ni preparación ni estudios.
Irene la ratera. Eso era yo, y la vida estaba pero que muy dispuesta a recordármelo si me atrevía a olvidarlo.
Lo que yo pudiera ofrecer a Carlos, ¿merecía que él se enemistara con su familia, con sus amigos, con su clase social entera?
Lo pensaría llegado el momento. Aún estaba lejos.
Se nos fue la tarde secando loza. Codo con codo pero sin hablar.
Petra no era chica de charla ligera, era harto difícil sacarle una frase entera, como no fuera algún reproche o lamentación que ella tuviese ya lista para soltar.
De esas que te queman y o las sacas o revientas.
De esas, Petra tenía muchas. Pero aquella tarde, por lo visto, se le habían terminado.
—¿Todavía estáis con eso? Menudo par de holgazanas…
Era el ama Engracia. Entró por la puerta como un vendaval, según su costumbre, cruzó la cocina sin mirarnos y desapareció por el comedor del servicio, helando el aire con el frufrú de sus faldas.
A sus espaldas, callada y con la cabeza gacha, Tomasa parecía preocupada.
Intercambiamos un cruce rápido de miradas y enseguida se puso a seleccionar puerros y patatas.
—Quiero preparar un poco de puré para el asado de la cena. Milagros, deja ya eso y vente a pelar. Irene, acompáñame a la despensa, anda.
Asentí sin hablar, coloqué la vajilla sobre la mesa para guardarla en cuanto volviese y la seguí.
Tomasa atravesó la zona de almacén sin detenerse delante de ninguna estantería y dirigió sus pasos hacia la bodega.
Un lugar a donde me daba miedo bajar sola, una especie de túnel tétrico con paredes de piedra helada que se hundía en las entrañas de la tierra de Madrid.
—¿No íbamos al almacén? —pregunté sin que Tomasa se decidiera a responderme.
Se paró a mitad de camino y, con un suspiro que podría haber derrumbado la casa completa, sacó un papelito doblado de su faltriquera y de mala gana me lo entregó.
—De parte del señorito Carlos.
Me aguanté el grito de alegría que pugnaba por escapar de mi garganta. Atrapé con ansia la nota y la guardé en el bolsillo de mi delantal como lo que era, mi más preciada posesión. Luego me asaltó una terrible sospecha.
—¿La has leído?
—¿Qué iba yo a leer, si apenas sé…? Bueno, sí, un poco por encima.
Dice que te quiere y que no puede respirar si no te tiene delante y todas esas majaderías de jovenzuelo enamoriscado.
¡Válgame Dios! El señorito Carlos confía en mí, si no, me la habría entregado en un sobre cerrado. Pero eso no es lo importante.
—Ah, ¿no?
—Veo que no me has hecho ningún caso. Ni tú ni él, desde luego.
Me mordí el labio inferior. La verdad es que no sabía qué responderle. ¿Que estaba dispuesta a seguir viéndolo contra viento y marea? ¿Que por él me enfrentaría a monstruos y tinieblas, a lo que fuera? ¿Que Carlos pensaba igual? ¿Que juntos y en nombre de nuestro amor nos creíamos invencibles?
—¡Te vas a pegar un buen porrazo, niña! ¡De boca y contra el suelo! ¿Tan lerda eres que no lo ves, que vas a perder todos los dientes?
Las palabras de defensa se atascaron contra mi lengua.
Quise hablar, pero me fue imposible. La familiar lucha entre lo que deseaba y lo que temía.
Oír las razones de Tomasa, las mismas que yo me repetía a diario, no era algo que quisiera en aquel momento.
No después de haberme entregado a Carlos para el resto de mi existencia.
—¿Cuántas veces te lo he repetido? Que no sigas con esto, Irene, ¡no sigas, es peligroso!
Al señorito también se lo advertí en su momento, pero claro, él se comporta como lo que es, un niño rico acostumbrado a salirse con la suya.
Eres un capricho que no se quiere negar, pero el antojo pasará, criatura, y serás tú la que se quede compuesta y mancillada.
—Levantó una mano y me la colocó por delante de la cara—.
No me cuentes si ya ha pasado algo irreparable entre vosotros.
¡No me lo cuentes! ¡Que no lo quiero saber!
Me eché a llorar. Sin consuelo. Con el corazón encogido. Dejando salir toda la tensión encerrada entre las costillas, esa que a veces me apretaba los pulmones sin pedir permiso y no me dejaba respirar.
—Nos queremos —logré balbucear.
Tomasa me acarició despacio el pelo. Me secó las lágrimas que corrían salvajes por las mejillas y sujetó un mechón rebelde detrás de mi oreja.
—A ver, Irene, hija, a ver si lo entiendes. Que yo no tengo nada en contra de que te enamores, que no te quiero ver envejecer sola, como me ha pasado a mí. Pero de alguien de tu clase. Alguien que pueda ser. El señor Carlos no. Él no.
—Ha pasado. No lo buscamos, pero tampoco lo supimos remediar.
Tomasa cruzó las manos en actitud de rezó y miró al techo de la bodega. Allí reinaba la penumbra, el frío y la humedad. Solo podía compararse con la antesala de los mismísimos infiernos.
—¡Ay, santo Cristo! ¿Por qué no me la has protegido, como te pedí?
—Tomasa, él es bueno, el señor Carlos me quiere.
—He criado a ese chiquillo, de sobra me costa lo bueno que es. Tiene un corazón que no le cabe en el pecho pero… mírate, Irene, lo que no puede ser no puede ser. Él acabará olvidándote y tú te vas a quedar marcada y con el corazón hecho pedazos.
Mi llanto se hizo más fuerte. La cocinera me atrapó entre sus grandes brazos y me abrazó con ternura.
—¿Entiendes que te quiera abrir los ojos? Para mí eres como una hija, si puedo evitar que sufras daré por bueno este mal rato. Debes cortar con esas citas vuestras de por la noche. A solas y a oscuras… solo se forjan problemas.
Me distancié lo justo para mirarla a los ojos. Parecía un cachorro herido suplicando ayuda.
—¿Sabes que nos vemos?
—Lo supongo. No sé ni dónde ni cómo y, por favor, no me lo digas. Cuanto menos sepa, menos podré traicionarte llegado el momento. ¿Imaginas si a los señores les diera por interrogar?
—Carlos ha dicho que se casará conmigo.
Tomasa abrió la boca, formó una O muy grande, no llegó a soltar prenda y la volvió a cerrar.
—¡Jesús! ¡Casamiento…! Es evidente que esto ha ido demasiado lejos.
La miré con los ojos anegados en lágrimas. Tomasa se había convertido, desde mi llegada a la casa Otamendi, en una especie de madre a la que obedecía y respetaba. Ella lo sabía, yo se lo había dado a entender muchas veces, aunque no se lo hubiera confesado con palabras.
—Tomasa, lo amo. Lo amo por encima de todas las cosas que conozco. Y aún por encima de las que me quedan por conocer. Sin Carlos no quiero vivir, seré suya hasta el día que me muera.
—Hija mía…
—Y él siente lo mismo. Por favor, di que nos apoyarás, dilo.
—¿Qué crees que hago desde que os citasteis la primera vez? Que tengo ojos en la cara, Irenita, niña, que si el ama Engracia no se ha olido ya la tostada es porque no paro de cubrirte. De cubriros ¡A los dos! Ven aquí.
Volvió a abrazarme y yo me dejé llevar por la calidez de su corpachón robusto. Con Carlos y ella en mi vida era una chica afortunada que no podía pedir más.
—Cuídate. Cuídate mucho del ama Engracia y de la Milagros, de esa no me fío un pelo, es la correveidile de su tía. Y como esto se sepa va a arder Troya.
Disfruté del contacto humano, del cariño que Tomasa me transmitía con la dulzura de sus palabras y en mi alma, no sé de qué modo, brotó por primera vez una ridícula seguridad: todo iría bien.
—¿Nos regresamos? —sugerí secándome la cara.
Ella sonrió pícara.
—Ya que estamos, coge una botella de esas de tinto. De la última balda de ese botellero.
—¿Es para la cena de los señores?
—No, hija, es para mí enterita. Me la beneficio en cuanto me quede sola. Ante Dios juro que, después de esto, la necesito.