Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 26
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El Convento de la Merced

Carlos

Acordamos que él, como presidente de la Compañía, impartiría las correspondientes órdenes a Machimbarrena y demás interesados.

Y yo estuve de acuerdo conmigo mismo en que no me fiaba un pelo del padrino de mi tía y que era mi deber de hombre piadoso  supervisar la extracción de los restos de los monjes y estar presente en su entrega, para asegurarme de que nada quedaba y se tapaba con azulejos coloridos.

La futura estación de Tirso de Molina era, de momento, un tenebroso socavón negro y profundo lleno de escombros y piedras amontonadas al que se descendía por un sinfín de escaleras de mano.

De todos los socios de la Compañía, quizá por mi edad y forma física, era el único que me animaba a visitar la zona de obras de cuando en cuando y habría jurado que, aunque los capataces y trabajadores se alegraban de verme, no se podía decir lo mismo de los subordinados directos de los socios.

De hecho, mi presencia aquella mañana, dispuesto a aguantar el día completo, fue un disgusto para don Pedro, que ya se había personado allí a primera hora, como si tuviera algo vital que controlar.

Puede que yo acabara de chafarle los retorcidos planes.

—Parece que se lo ha tomado usted muy en serio —gruñó atusándose el largo bigote.

Sonreí socarrón simulando una calma que no sentía.

—Podría decir otro tanto, don Pedro. ¿Se puede saber a qué ha venido?

—¡Qué pregunta! A trasladar a los encargados las ordenes de su señor tío. Y a controlar que todo se gestione como Dios manda.

Moví arriba y abajo la cabeza sin quitarle el ojo de encima.

—Me alegro, me alegro mucho. Cuanto antes comencemos con el traslado de los restos, mejor para todos y antes reanudaremos la excavación. ¿A qué orden religiosa han avisado?

Pedro Machimbarrena abrió los ojos con desmesura.

—Los fallecidos eran monjes —le aclaré—, lo adecuado sería que su propia orden religiosa u otra cercana asumieran la tarea de darles sepultura.

—El convento de la Merced ya no existe.

—Lo sé. Por eso he pensado en los jesuitas y también en los dominicos. Son muchos féretros, estaría bien que se repartieran la tarea. Encárguese de contactar con ellos y pedir al padre general que venga cuanto antes, don Pedro. Esto ya debería estar hecho.

Vi que se quedaba parado y rígido como un palo de escoba. Me preparé para descender a las profundidades del suelo de Madrid.

—¿A qué espera? ¡Vaya, vaya! Luego me informa. Entretanto, yo bajaré al lugar del hallazgo para atender las labores de exhumación.

Escuché perfectamente su bufido aunque trató de disimularlo y no pude reprimir una risita malvada cuando lo vi girar y marcharse a cumplir con mi orden, porque no le quedaba otra opción.

Cuando el gran proyecto del ferrocarril subterráneo de la capital se puso sobre la mesa, mi tío lo asumió en nombre de la empresa familiar fundada con mi padre y de la que yo, desde muy niño, era socio paritario quisiera o no.

Nuestra participación en el negocio era demasiado importante como para que Machimbarrena, que ocupaba el puesto que ocupaba gracias a su parentesco con mi tía, se nos rebelara.

Saludé al jefe de capataces, que ya estaba al tanto del espinoso asunto, y me condujo túnel abajo hasta una galería excavada mucho tiempo atrás que había quedado al descubierto por pura casualidad, retirando tierra.

Allí, en paredes verticales plagadas de nichos, estaban los enterramientos de los pobres monjes cuyo eterno descanso habíamos venido a perturbar con nuestros picos y palas.

Lo tenía claro: les debíamos mil disculpas y el mejor camposanto disponible.

Miré con interés las idas y venidas de los más de quince operarios que iban extrayendo los antiquísimos féretros, trasladándolos con sumo respeto y aprensión, según los casos, hasta la zona más ancha de la galería, donde se iban acumulando.

—Como verá, son muchos, don Carlos.

—El convento de la Merced al completo, Paco. Sabe Dios los años que hace que los enterraban aquí. Y hemos tenido que venir nosotros con nuestras máquinas en nombre del progreso a soliviantar sus almas…

Me callé porque vi que Paco se ponía blanco y se persignaba a toda prisa.

—Nos encargaremos de que descansen en paz, téngalo por seguro.

—Ay, señor don Carlos… No irá a caernos encima una maldición por haberlos incordiado, ¿verdad que no? Que se nos caiga encima la techumbre y nos aplaste como a ratas…

Le solté tres palmadas animosas en su recia espalda, que en la inmensidad del túnel sonaron a hueco.

—Ande, Paco, no se inquiete, que los monjes saben que nuestra voluntad es buena. Les procuraremos el mejor lugar de descanso y hasta celebraremos una misa. De eso se encargará mi tía, doña Inés de Otamendi.

—Señor don Carlos…

Me giré sobre mis talones para atender el requerimiento.

Al parecer, un representante de la Compañía de Jesús, respaldado por un pequeño séquito, se había personado dispuesto a recabar información acerca del traslado de los huesos.

Me indicaron que Machimbarrena ya estaba atendiéndolo.

Bien, que ellos negociaran el cómo y el cuándo, que yo me encargaría de controlar que entre las piedras no dejaran olvidado ni un solo ataúd.

Era más cuestión de conciencia que de religiosidad, en el fondo, y a pesar de los esfuerzos de mi tía, nunca fui demasiado beato.

Contamos noventa y tres féretros, a cada cual más deteriorado.

Cubiertos de abolladuras y de polvo, con la pátina que otorga el enterramiento, la humedad y los siglos.

Humildes en su mayoría, alguno que otro un poco más ornamentado, seguramente pertenecientes a los abades y altos cargos de la orden.

Se fueron alineando dentro de lo posible, atascando el paso a las diversas galerías, y decidí que las obras se interrumpieran por completo en tanto no se despejaran los caminos.

Creo que Pedro Machinbarrena le apretó las tuercas al máximo al pobre jesuita para que la recogida y puesta a disposición de los restos fuese inmediata.

Cuando disimuladamente y sin despedirme de él me marché, aún discutía acalorado con el religioso.

Iba a ser al menos una semana de traslados, dura, complicada. Yo ya había encargado al bueno de Paco que ni uno solo de los ataúdes quedara rezagado. Y confiaba en él, todo lo que no lo hacía en Machimbarrena.

Esa noche subí a la azotea nervioso como un adolescente, temiendo que después de lo pasado, Irene se hubiese arrepentido y me odiara.

Mis recuerdos eran dulces, pero ella estaba al otro lado de la historia.

Si tal desenlace temible llegaba, habría algo de verdad en sus reproches porque, de ser ella una dama de las que yo conocía, aquel apasionado encuentro carnal jamás habría tenido lugar; pero no por falta de ganas ni por respeto, sino por oportunidad: con una dama casadera jamás te quedabas a solas.

Una dama casadera jamás te permitía acercarte más de la cuenta, mucho menos besarla o tocarla si la fiebre te tenía ardiendo.

Todo lo más, tomarle la mano y susurrarle dulzuras al oído.

Con Irene todo era espontáneo y voluptuoso, gozábamos de una salvaje libertad al margen de cánones y reglas sociales.

A ella podía entregarme sin reparos, ella hacía otro tanto, mis besos eran libres de contarle cuánto la deseaba y, si la pasión nos consumía, nuestras manos se dejaban llevar por la piel del otro en un excitante viaje que los remilgos no frustraban.

Sin embargo, la noche anterior habíamos cruzado la línea.

Fuimos más allá de lo permitido por la decencia y el respeto que yo, como caballero, le debía.

Nos dejamos arrastrar por el huracán imparable del deseo desenfrenado y le arrebaté la virginidad, su mayor tesoro.

Pensaba cumplir, desde luego, quedarme a su lado el resto de mi vida le pesara a quien le pesara, pero eso ella lo ignoraba y muy bien podía estar furiosa, detestarme por no haberme contenido.

Si decidía romper conmigo y con aquella ardorosa relación en la clandestinidad, no podría culparla.

Y mi corazón estaría roto, destrozado y muerto para siempre.

Subí antes de la hora y recé a las estrellas porque todo siguiera igual.

Si había algo que no podría superar, sería perderla a ella.

Al verla aparecer, parte de mi angustia se desvaneció como el humo.

Lo segundo que hice fue buscar ansioso sus pupilas.

Brillaban. Sus mejillas se colorearon de fresa bajo la intensidad de mi mirada y, sin articular palabra, al abrazarla, tembló.

«Me quiere. Noto cómo se estremece cuando la toco. Siento cómo se altera su respiración si me acerco. Irene me quiere».

Fui feliz por un segundo de esos que duran toda una vida.