25
Restos de otras vidas
Carlos
—¿Huesos, dice?
—Esqueletos, restos humanos, sobrino. Un enterramiento. Y una catástrofe, una auténtica catástrofe.
El golpeteo de unos nudillos contra mi puerta medio cerrada nos hizo girar las cabezas. Era el secretario particular de mi tío, seguido de un rubicundo vicepresidente de la Compañía del Metropolitano de Alfonso XIII.
—¿Se puede?
Mi tío hizo un gesto agotado con la mano y los dos entraron a toda velocidad, cerrando la puerta con pestillo a sus espaldas. Sin entender del todo lo que pasaba, los vi ocupar las sillas disponibles y formar un círculo clavadito a un aquelarre.
—¿Qué tiene qué contarme? Nada terrible, espero. —los avasalló mi tío. El secretario no se decidía a hablar—. ¿Se sabe algo más?
Los recién llegados cabecearon al unísono.
—Se sabe, don Antonio. Y no son buenas noticias.
—¡Despache, Fernández! ¡Despache o me dará un ataque al corazón!
—Monjes, señor. Son los restos fúnebres de los ocupantes del antiguo convento de la Merced, Dios los tenga en su santa gloria.
—Pero ¿es que no los enterraron?
—Claro que los enterraron, señor. Precisamente, las tierras que hemos removido con la excavación debieron de ser, en su día, el camposanto de la congregación.
—¿Y bien? ¿Cómo demonios vamos a resolverlo?
—Hemos pensado…
Ahí se encallaron sus razones. El vicepresidente de la Compañía, Pedro Machimbarrena, padrino de mi tía Inés, algo más calmado y menos nervioso, tomó la palabra.
—Dejarlos donde mismo están, don Antonio. Los cuerpos de los cristianos, mejor no moverlos.
Me escandalicé al oírlo. Porque dejó salir cada frase como si le hiciera un favor a la humanidad.
—No puede estar hablando en serio.
—Todo esto es tan desalentador… —me atropelló mi tío en un gimoteo.
—Las obras ya acumulan demasiado retraso, pueden imaginarlo, con la gran guerra todo son incumplimientos, obstáculos y subidas de precio. Sacar adelante este proyecto nos está costando la misma vida.
—Soy consciente de ello, don Pedro, acudo a esta oficina cada mañana. Y a esos dilemas que menciona, soy yo el primero que se enfrenta —lo encaré.
Él no se amilanó y me miró directamente a la cara, en una suerte de reto.
—Entonces convendrá conmigo en que no podemos permitirnos más demoras.
—Ante la adversidad, los bancos abrirán las fauces como fieras hambrientas —fue la aportación de mi tío.
Lo miré sin dar crédito.
—¡Los retrasos carecen de importancia! ¡Hay que trasladar esos huesos! ¡Trasladarlos y darles cristiana sepultura! —me obcequé— ¡Tío! ¡Diga que lo entiende!
Mi tío apretó las mandíbulas y permaneció mudo.
—Esta discusión me parece tan absurda que me dan mareos —insistí.
—Incluso a mí me parece absurda —oí la débil voz de mi tío.
—Seguramente no tiene un cálculo de lo que supondría en costes ese traslado del que habla, don Carlos.
—Cueste lo que cueste. Lo contrario sería irrespetuoso y anticristiano, una abominación.
—Esos restos puede que tengan cientos de años, podríamos trasladar unos pocos y el grueso… en fin, las capas de cemento, cuando secan unas sobre otras, lo ocultan todo.
—Es la solución más barata, emparedarlos, rezar unas exequias por su recuerdo… Y dejarlos donde están —intervino con timidez el secretario.
Parece que todas las justificaciones iban dirigidas a mi persona.
—Sobrino…, ellos no van a venir a quejarse a estas alturas.
Los miré de hito en hito. Primero a Machimbarrena, el artífice de todo, el tipo que nunca había terminado de caerme bien. Luego al tembloroso secretario y, por último, al pusilánime de mi tío, un hombre de negocios al que solo veía vacilar si se trataba de perder dinero.
—Lo siento, no puedo autorizarlo.
—¡¿Va a hacer perder miles de pesetas a la Compañía?! Como titular de las acciones de su padre…
—Mi padre habría decidido lo mismo, se lo aseguro.
Don Pedro hizo tal que si yo no hubiese hablado.
—¡No puede saberlo!
—Pero sí adivinarlo.
—Como representante de su señor padre tiene usted el deber de velar por los intereses de la empresa, no lo olvide.
—Tenemos una partida para imprevistos. Coja de ahí los fondos.
Con un rugido apenas contenido, Machimbarrena giró con violencia hacia mi tío.
—¡¿Don Antonio?!
—No sé, Pedro, permítame que lo medite. No es una decisión para tomar a la ligera.
—¡Serán muchos miles de pesetas! ¡Téngalo en mente en todo momento! ¡Este incidente puede ser nuestra total ruina!
—¿Pueden dejarnos un minuto a solas? Se lo ruego.
La voz de mi tío apenas se percibía. Lo conozco, su abatimiento no tenía límites.
En las obras del ferrocarril subterráneo en Madrid no paraban de surgir inconvenientes y, si afectaban al bolsillo, le herían sobremanera.
Nuestros interlocutores salieron con precipitación, don Pedro a regañadientes, el secretario, aliviado.
Yo me mantuve en pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rictus severo.
Antonio Otamendi me miró con los ojos enrojecidos.
Por una vez, dio la impresión de que yo era el adulto experimentado y él un jovencito imberbe queriendo aprender rápido.
—Tienes razón, hijo mío, no sé en qué estaba pensando. Si tu tía se enterase de que permito tamaño sacrilegio no volvería a dirigirme la palabra. Por lo que más quieras, sé discreto con este asunto lastimoso.
Lo que yo más quería era Irene. Así que guardé en un rincón de la mente el favor que mi tío me debía, y prometí callar.