Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 24
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Tirso de Molina

Carlos

El ajetreo en la Compañía aquella mañana fue inusual, quizá por ser lunes.

Mi tío había discutido con un par de proveedores, empeñado en llevar la batuta de las compras de hierro.

A veces olvidaba que el resto del mundo estaba en guerra y que la desgracia salpicaba a nuestro país sin remedio.

En el cubículo vecino, yo removía papeles sin leer ni prestar la menor atención.

Lo ocurrido la noche anterior aún me provocaba un intenso hormigueo en la piel y no me permitía concentrarme.

Irene y yo habíamos hecho por primera vez el amor.

Rememoré nuestros comienzos, cuando llegaba a la azotea y se quedaba rígida en la puerta, sin atreverse a entrar siquiera.

Ahora empujaba decidida, cerraba para ocultar nuestros besos enloquecidos de miradas indiscretas y se lanzaba a mis brazos como una niña a la visión de un ángel.

Yo me llenaba con sus aromas, con el cosquilleo de su pelo rojo contra mi cara, con la breve hendidura de su talle entre mis manos abiertas.

Y la alzaba hacia las estrellas y giraba con ella al son de una música que solo nosotros oíamos; a continuación desplegábamos sobre el suelo la manta escondida tras los macetones y nos tumbábamos en ella mirando al cielo de Madrid.

La primavera nos estaba regalando unas noches pacíficas, hermosas, colmadas de estrellas.

Nos tomábamos de las manos, nos rozábamos los labios, manteníamos en alto el dique de la pasión y nos conformábamos con contarnos cosas dulces al oído.

Recordar nuestras primeras conversaciones, el modo en que fuimos construyendo un túnel del uno al otro, me enternecía el corazón y me hacía suspirar.

—…Y por eso soy Irene sin apellidos, porque nadie sabe de dónde salí, ni quién se ocupó de mí los primeros años. Cuando Joshua me tomó bajo su protección, debía andar por los tres o cuatro abriles, tengo entendido.

—Yo haré que seas Irene Otamendi, nada de chicuela sin apellido —le había prometido con fervor la noche anterior.

Ella había clavado en mí unas pupilas inquietas llenitas de amor.

—Ande y no digas locuras, señor Carlos, que eso que tú te figuras no va a ser posible jamás de los jamases.

—¿Quién lo dice? —me rebelé.

—La vida, no sé, la gente, los de su clase.

—Ninguno me ha de dar de comer. Soy dueño de mi propia fortuna y, con ello, de mi propio destino. Y del tuyo, si me aceptas.

Enmudeció. Se quedó pensando con la mirada perdida en el horizonte, regalándome la oportunidad de admirar su bello perfil.

—Mira, así no había visto nunca la cosa…

—Como seguramente te contaría Joshua, el dinero muchas veces, y por desgracia, marca el camino y los destinos de los hombres.

—Nosotros no hablábamos de lo que no teníamos —me interrumpió con una carcajada.

—El que tiene fortuna es dueño de sus pasos y va a donde desea. A mí me la dejaron mis padres y me he encargado de que no mengüe.

Irene se distanció unos centímetros y giró para mirarme de costado. Su expresión se tornó ceñuda, grave, un poco más dura.

—¿Es por eso que te casaste con lady Julia? ¿Porque eras dueño de tu destino?

Acusé el dolor con un quejido casi físico.

—No la llames así, solo son lady las damas inglesas.

—Lo siento, no debí mencionarla siquiera.

Cacé al vuelo su mentón que huía y lo traje de vuelta con una caricia de mis dedos.

—Irene, eso lo acepté por amor. Por amor y por devoción a la familia, a los tíos que me criaron. El amor te pone muchas trampas.

—El amor te hace débil, eso decía Joshua. Pero yo no puedo remediar quererte.

—Ni yo tampoco, mi dulce niña.

—Te voy a querer toda la vida. Aunque tú dejes de hacerlo.

—¿Quién te ha dicho que eso puede pasar? Ni lo pienses, antes me muero, te lo juro por lo más sagrado.

—Puede que cuando llegue el momento de contarle a los señores que… que…, ya sabes, que… tú y que yo…

De nuevo corté sus protestas con un suave beso. Era el modo más efectivo y placentero de domar a la fierecilla cuando se rebelaba. Yo estaba tan seguro en el fondo de mi corazón y mi alma de lo que haría llegado el momento…

—No dirán nada. Y si lo dicen, permitiremos que lo digan. No hay nada malo en dejar que se expresen.

—Sí, claro, ¿y si te retiran la palabra? ¿Si te excomulgan o algo peor?

Me dio por reírme. Irene tenía una curiosa manera de mezclarlo todo en su cabeza y soltar las ideas enredadas, como un buen potaje.

—En ambos casos, ellos se lo pierden. Tenerte en la familia es un inmenso regalo.

Volvió a acurrucarse a mi lado con un resoplido.

—No valgo tanto. Y tengo tanto miedo de que un día cualquiera abras los ojos y te des cuenta de lo poca cosa que soy.

La apreté con ganas contra mi cuerpo. De haber podido, habría fundido su piel con la mía.

—Eres mi vida, Irene, mi sol, mi luna y mis estrellas.

—Qué bonito suena.

—Suena bonito porque es verdad.

—¿Nos dejarán vivirlo?

—¡Y dale con los demás! Irene, olvídate ya de la gente, solo somos tú y yo.

—Mi supervivencia ha estado siempre condicionada por eso que tú llamas gente.

—Pues ya se terminó, ahora estás conmigo, nada terrible va a volver a pasar.

La sentí dudar. La sentí desear que lo que le prometía fuese cierto. La abracé tan fuerte como pude para contagiarle aquella seguridad mía, capaz de mover montañas. Y el calor perfumado de su delicado cuerpo me poseyó.

—Irene…

—Carlos…

Todo empezó sin pedir permiso. Nos besamos.

Más tarde nos devoramos. Fue la fiebre del deseo la que nos consumió con sus llamas.

Cuando quisimos darnos cuenta ya no podíamos parar, nos arrancábamos la ropa a tirones, entre jadeos, con los ojos cerrados.

Tenía que pasar, una de aquellas noches tenía que pasar, yo lo sabía.

Y ella, por encima de su inocencia virgen, también lo veía venir.

Se desataron los ángeles y los demonios que llevábamos semanas reteniendo a tirón de rienda, porque nos amábamos demasiado.

Y un amor así, cuando llega, arrasa con todo como un maremoto imparable.

Conteniéndome para no hacerle daño, me coloqué encima, entre sus tersas y blancas piernas. Bajo mi peso, el rostro arrebolado de Irene, sus labios húmedos y entreabiertos parecían llamarme.

—¿Estás… segura? —pregunté con mucho esfuerzo. La erección y el deseo eran de tal calibre que me dolían.

Ella asintió sin pronunciar palabra.

—¿Completamente segura?

—Me alegro de no ser una dama.

—¿Por qué dices eso?

—Porque una dama jamás te lo habría permitido. Ni te pediría esto: hazme tuya, Carlos, ángel mío.

Y simplemente sucedió. Del modo más dulce. Lento, insoportablemente lento. Profundo, sagrado y muy nuestro. Irene conoció el despertar de la carne entre mis brazos y yo me llevé la flor de la niñez que aún pervivía en su corazón.

—Eres mi mujer, mi amor, mi vida. Y este es nuestro sello.

—Con sangre. Como los juramentos grandes.

Le besé la sien, enloquecido de ternura.

—Con sangre.

No le confesé que nada ni nadie me había hecho temblar como ella en aquella noche de mediados de marzo. Pero me prometí que se lo diría. En cuanto pudiera, se lo diría.

—¡Carlos! ¡Carlos! Pero ¿en qué piensas, muchacho?

La voz agitada de mi tío me trajo de vuelta al mundo de los vivos.

Mi recuerdo perfecto se esfumó en el aire como una pompa de jabón, mientras él se colaba como una tromba en mi despacho y se dejaba caer en una silla.

Del bolsillo sacó un pañuelo blanco almidonado y se secó el sudor de la frente a golpecitos.

—¡Diga, tío, diga! Me distraje un momento.

—¿Un momento? Estabas literalmente en trance. ¿Te has enterado ya?

Decidí prestarle algo de atención. A juzgar por su aspecto y su sofoco, la cosa debía de ser gorda.

—¿De qué habría de enterarme?

—En Tirso de Molina, en la excavación de las obras para la estación…, pero ¿es que no has oído a la gente?

—Tío, usted quiere matarme de un berrinche, le digo que no, que no sé nada. Si no me lo piensa contar…

Mi tío saltó de la silla como un resorte y se puso a dar vueltas por toda la oficina.

—¡Huesos! ¡Huesos humanos, Carlos! ¡Cientos, miles de huesos humanos sepultados bajo tierra! Todos han salido a flote.