Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 23
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Acurrucada a mi costado

Carlos

Lo mejor de compartir el tiempo con Irene era la naturalidad de nuestros silencios, la falta de tensión, la no necesidad de llenarlos con palabras vacías.

Cuando llegaban, los aceptábamos con afecto, Irene jamás se tensaba, ni se ponía nerviosa, ni me observaba sonriendo a medias como las jovencitas casaderas, esperando con ansia que yo dijera algo que quebrase el silencio.

Ella estaba acostumbrada a las pausas largas y las vivía como si de grandes acontecimientos se tratase.

Miraba al cielo, se fundía con las estrellas o, mejor aún, se enterraba en mis ojos mirándome de frente sin ningún pudor, arrastrándome a hacer lo mismo.

Permitíamos que nuestras pupilas hablasen y descubrí lo mucho que pueden contar los ojos.

Entonces sí, ella sonreía con timidez y sus pecas resplandecían en una piel de leche que yo moría por besar a todas horas.

Poco a poco, noche a noche, habíamos desenredado el ovillo de nuestros recuerdos de niñez.

Eran escasos y puede que no muy dichosos, pero compartiéndolos los habíamos convertido en verdad.

Yo sentía de repente que mis raíces eran más fuertes, que mi consciencia de ser quien era se había afianzado, gracias a lo que sentía por ella.

—Esta noche hace fresco, señor Carlos.

Me apresuré a despojarme de la levita y a echársela por los hombros. Ella se acurrucó a mi costado.

—Te he dicho cientos de veces que no me llames señor Carlos, por el amor de Dios. Ni don Carlos. Y mucho menos, señor don Carlos —le regañé riendo y abrazándola fuerte.

—Lo siento. Creo que no me acostumbraré en la vida.

—¿Ni siquiera cuando seas mi esposa?

Mi sugerencia la tomó por sorpresa. Le llevó un buen rato reaccionar y, cuando lo hizo, tartamudeaba.

—¿Qué…? ¿Pero qué dice…? Ande y no bromee con esas cosas.

Tomé aire y me preparé para soltar el discurso más importante de mi vida entera. No recordaba haberme sentido tan mareado y nervioso.

—Me he enamorado. Sí. Por primera vez en mi vida y tú tienes la culpa. Cuando apareciste casi me había resignado a los días tranquilos, sin sobresaltos, a un mundo calmado, previsible. Aburrido, puede, pero ordenado. Sin embargo, llegaste tú a ponerlo todo del revés.

—Señor don Carlos… —me suplicó.

—No me interrumpas, te lo pido por favor.

Esto no está siendo fácil. Me has dejado perplejo con tu inocente sinceridad, esos ojos tuyos, siempre sorprendidos o emocionados, tu modo peculiar de saltarte las reglas, tu espontaneidad al mirar la vida.

Irene, contigo cerca todo brilla más. ¿Quién en su sano juicio no iba a enamorarse?

No puedo describir la forma en que me miró, el infinito amor que me transmitieron sus ojos verdes. La forma deliciosa en que se mordió el labio inferior.

—¿Puedo… puedo decir algo?

—Lo estoy deseando.

—Yo te amo, señor Carlos. Sé que no es propio de una dama confesar algo así, pero bueno… yo nunca he sido una dama.

Corté sus justificaciones con un dedo sobre sus labios. Una boca sedosa y esponjada que Irene me permitía besar cada vez con más naturalidad. Eso hice. Rozar su piel rosada con la punta de la lengua y maravillarme con la reacción de su cuerpo.

—Tu único error ha sido adelantarte. Porque esa frase soy yo quien debió decirla primero.

Te amo, Irene, quiero que sepas que te amo desde el primer momento en que te vi.

Me asusta el modo, la intensidad, lo que siento por ti es demasiado fuerte.

Ya no puedo pararlo. —Tomé su mano, la giré y con la yema del dedo, en su palma dibujé un corazón—.

Esto es lo que quería darte. Pero ya no puedo, mi amor, me lo robaste sin permiso.

Volví a besarla. Una y otra vez. Superando la sensación de vértigo que me dominaba. Noté que temblaba. Mucho más de lo que cabía esperar.

—¿Estás bien?

—Tengo una sensación extraña, algo que me aprieta aquí, en el pecho. Es como si esta noche fuera a pasar algo.

—¿Algo como qué?

—Algo importante. ¿Será que sube alguien y nos descubre?

Volví a conquistar sus dulces labios húmedos con una caricia de mi boca y una sonrisa de suficiencia.

—Lo tienen difícil. He cerrado el pestillo desde dentro.

Pero, de nuevo, Irene y su bendita intuición ganaron. Esa noche pasó algo, vaya si pasó.

Algo que nos marcó para siempre.