Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 22
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Sueños y promesas

Carlos

Después de aquel primer beso, tan inocente como tierno, Irene se convirtió en la razón de mi existir.

Ella era lo primero en lo que pensaba aun antes de abrir los ojos por la mañana, y me entregaba al sueño de la noche con su imagen en mi pupila.

Por ella y por el sonido de su risa, caminaba cada mañana y me enfrentaba a los problemas de la Compañía y los sinsabores de una guerra grande y cruel que comprometía a Europa.

A aquella primera noche en la azotea siguieron muchas más.

Era nuestro lugar secreto, el paraíso de las citas clandestinas cuando el resto de la casa dormía.

Superado el hielo del primer contacto, nuestros besos se habían hecho más osados.

Literalmente, cuando la tenía delante no podía quitarle las manos de encima.

Bajo la luz de la luna y aun sin ella, nos dijimos muchas cosas, nos besamos mil veces y nos hicimos promesas que, ¡válgame Dios!

, pensábamos cumplir. El resto del día, arrollados por aquel torbellino de dicha, esquivar las atravesadas miradas de advertencia de Tomasa era un juego de niños.

Durante las horas de oficina, me recreaba en el recuerdo de los besos que nos dábamos, en las caricias de nuestros dedos siempre temblorosos.

El calor que los sentimientos por Irene infundía a mi alma era tan nuevo y desconocido como insoportable.

De repente, la vida y las obras lo tenían difícil para enfadarme; mi exagerado optimismo, mi tontorrona felicidad, mis ganas de verla y acariciarla a todas horas, me hicieron sospechar que por primera vez en mi vida, me estaba enamorando.

Cada vez que podía, mi mente me aislaba de la realidad para transportarme al hogar que nunca tuve, junto a la esposa que no conocí.

Solo que aquella risa y aquel rostro hermoso que dibujaba tenían nombre.

Eran Irene. Mi Irene. Y era maravilloso.

Luego asumía lo complicado de nuestra situación, me preguntaba si mis tíos tendrían sospechas, o hasta cuándo nuestra historia viviría en el último piso de la casa Otamendi y el pesar me embargaba.

«Todo acabará bien» , me decía. Me lo dije muchas veces. Todo el tiempo, en realidad, con cada respiración me lo repetía. Y llegué a creerlo.

Esa noche subí algo más tarde porque mi tío me retuvo en la biblioteca repasando los planos de las nuevas estaciones.

Por encima de las dificultades bélicas, la construcción del tren subterráneo de Madrid marchaba viento en popa.

Sería una obra colosal que colocaría a nuestra ciudad entre las de cabecera a nivel mundial.

Al abrir la puerta y cerrarla sin hacer ruido, me encontré a Irene justo en la esquina izquierda, apoyada en la balaustrada de piedra, mirando al cielo ya casi oscurecido.

Me deslicé por detrás y la abracé con delicadeza.

Ella dobló el cuello, dejó caer la cabeza contra mi hombro y exhaló un suave suspiro.

—¿En qué piensas?

—En que ya mismo hará bueno para los que tienen que dormir en la calle.

No pude evitar estremecerme.

—Sé que lo he repetido hasta el aburrimiento, pero cómo lamento que hayas tenido que pasar por eso, habría hecho cualquier cosa por evitarlo.

Ella rio bajito.

—No digas tonterías, Carlos, tú no me conocías siquiera.

—Debí tener más abiertos los ojos cada vez que cruzaba la Puerta del Sol.

—No siempre andábamos por allí. Es un buen sitio para trincar carteras, mucha aglomeración, gente que se aprieta… es fácil hacer como que tropiezas y llevarte algo. Pero llegando el buen tiempo, a Joshua le gustaba dormir en El Retiro.

—¿Cómo lo conociste?

—¿A Joshua? —Se encogió de hombros—. No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Yo tendría alrededor de tres años. Nadie recuerda las cosas que le pasan a esa edad.

—¿Y antes de eso?

—Nada.

—¿Nada?

—Solo lo que me contaron. Que mis padres murieron de la gripe. Eran gente de la calle. Supongo que el grupo se hizo cargo de mí, de otra manera no habría sobrevivido. Luego apareció Joshua y nadie le impidió que se convirtiera en mi protector.

—¿Era un buen hombre?

—El mejor. ¿Sabes que fue médico antes de acabar de mendigo?

Llegado aquel punto de la conversación, ya nos habíamos sentado en el suelo, sobre la manta, con las espaldas apoyadas contra la pared, como hacíamos siempre, y las manos trenzadas en una caricia eterna.

—¿Médico? ¿En serio?

—Por lo visto, hubo una desgracia en su familia, un gran incendio. Murieron todos, su mujer y sus dos hijos. Y él no pudo perdonarse no haber estado allí para salvarlos. Perdió la razón, el dinero, los amigos… y acabó entre nosotros.

—¡Vaya! —exclamé impresionado.

—Cuando te conocí hacía apenas seis meses que había muerto de unas fiebres. Era viejo y estaba gastado. Él ya sabía que no las superaría. Aceptó la muerte que venía, en paz. Ojalá yo sea capaz de sentir lo mismo cuando me llegue la hora.

Froté con brío aquellas manos dulces llenas de sabañones y durezas. Las mismas que al principio ella escondía llena de vergüenza. Las que, al rozarlas por primera vez, me dijeron que aquella muchacha no solo era hermosa por fuera.

Irene sin apellidos me estaba haciendo sentir cosas especiales a una velocidad suicida que yo no era capaz de manejar.

—Anda, no digas eso ni en broma, aún nos falta mucho.

—Nunca se sabe, don Carlos, las cosas malas llegan cuando uno menos se lo espera y para morirse solo hace falta estar vivo.

Seguía llamándome don Carlos y señor Carlos, o todo junto, aunque luego me tuteara. Y a mí me hacía gracia y me enternecía aquel pequeño follón en su cabeza, en su lengua. Lo que creíamos tener sin tenerlo, confuso por la cruda realidad de nuestras clases sociales tan dispares.

—También las buenas. ¿Qué tal si nos tumbamos, miramos las estrellas y nos olvidamos del mundo?

—Como cada noche. Dime los nombres de las que alumbran hoy.

Hicimos costumbre de acomodarnos sobre la manta y los almohadones que yo había subido y que, al marcharnos, escondíamos detrás de los maceteros, por si a alguien le daba por subir a algo más que a regar las plantas.

Juntos escudriñábamos las alturas sin nubes, llenas de puntos brillantes.

Yo buscaba las constelaciones y las dibujaba con un dedo en el aire, contándole a Irene historias de la antigua mitología.

Jamás tuve mejor oyente. Ella decía que le recordaba a Joshua narrando leyendas en las noches de luna llena.

—Era cuando dejaba salir sus mejores historias.

Me la quedé mirando sin poder apartar los ojos de su piel de alabastro salpicada de pecas doradas. Era como el firmamento tachonado de estrellas, en miniatura.

—Pero ¡qué bonita eres!

Se puso como una cereza madura.

—¡Deje y no diga esas cosas!

—¿Todavía a estas alturas te pones colorada?

—Todavía y lo que queda. No estoy acostumbrada a oír cosas tan galantes.

—Más vale que te acostumbres, tú naciste para que te las dijeran.

Dejó escapar una risita deliciosa y luego nos quedamos callados un buen rato, explorando las alturas.

—Háblame de tus padres, si es que recuerdas algo.

Me costó dejar el camino que había iniciado, el de sus labios, el de su pelo, para aterrizar en un asunto tan lejano y doloroso como el momento en que la vida me dejó huérfano.

—Fue un accidente de tren durante un viaje a San Sebastián. Murieron juntos, en el hospital dicen que cogidos de la mano. Yo me quedé aquí, al cuidado de mis tíos, los que siempre me atendían si mis padres se ausentaban.

—Debió de ser terrible.

—Lo fue, porque con siete años recuerdo cada segundo de esa espantosa semana, y porque a mí la vida no me ha regalado un pasado brumoso que no puedo recordar, como ha hecho contigo. Cierro los ojos y veo la cara de mi madre, rubia, hermosa, tan claro como te veo a ti si los abro.

—¿Tu padre se parecía al señor don Antonio?

—Algo. Solo que el doble de alto. Con un gran sentido del humor. Reía tan fuerte y con tantas ganas que mi madre tenía que llamarle la atención. Fueron buenos tiempos.

—Tus tíos te adoran.

—Lo sé. Y yo a ellos. Pero unos padres son unos padres.

—Yo me conformé con Joshua. Es bueno ser pobre, ¿ves? nos conformamos con poco.

La abracé ahogando un suspiro de melancolía. Por lo que pudo ser, pero no fue. Por lo que se esfumó en el aire en cuestión de minutos. Por una vida que habría sido tan diferente de no haber descarrilado aquella maldita máquina camino de San Sebastián.