21
Nácar y fuego
Irene
Enseguida me di cuenta de que mis frases habían sido duras en exceso, de que lo había herido y me arrepentí en lo más hondo.
De verdad, no tenía intención de ser cruel y lo estaba siendo, era mi torpe manera de defenderme ante lo que sentía.
Por encima de los reniegos de Tomasa, leyendo aquella notita con letras dedicadas solo a mí, pidiéndome una cita, mi corazón saltó de gozo.
¡Un encuentro a solas! A salvo de interrupciones, de ojos curiosos, unos minutos para los dos, arriba, en la azotea, en la cima del mundo, más cerca del cielo desde donde Joshua y los padres que sin duda un día tuve me darían sus bendiciones en nombre de aquel desesperado e irrealizable amor.
No era ninguna estúpida, no debía hacerme ilusione s , no pasaría de ser la concubina del señorito de la casa y si me dejaba preñada tendría un problema: acabaríamos en la calle, el niño y yo, o tendría que ocultar la barriga como fuera y entregar al bebé después de nacido.
Por la calle corrían miles de historias de muchachas desafortunadas, y se contaban en las noches frías alrededor de las hogueras.
Mi cabeza había barajado todas las posibilidades cada noche al acostarme, pero cuando de nuevo amanecía, solo pensaba en salir al patio para mirarlo de lejos y despedirlo.
Lo que sentía era demasiado fuerte, demasiado impetuoso, era como un caballo grande al que no puedes poner la rienda.
En su momento subí de dos en dos los escalones que me separaban de la azotea, pero tardé un buen rato en empujar la puerta.
Me temblaban las manos sabiendo que él esperaba al otro lado.
Y cuando por fin me atreví, me quedé atascada en la entrada, espiándolo desde lejos, lo guapo que estaba, su pose algo chulesca apoyado en la balaustrada de piedra, pero la mirada en sus ojos era tierna.
—Vamos, pasa, mira qué vistas.
No fui capaz de mover un pie en su dirección. Y eso que quería correr a sus brazos, llenarle de besos la cara, entregarme entera, regalarle con gusto eso que ningún hombre antes había conseguido, pese a lo dura que es la calle.
—Irene, has venido, así que entra.
No. Tuvo que cogerme de la mano y tirar de mí. Y ese roce y el beso de caballero que vino después, me catapultó al cielo unos segundos.
Todos los riesgos me habrían parecido pocos con tal de quererlo y sentirme querida.
Pero si yo no le inspiraba nada, nada más que el recuerdo de otra mujer ausente, entonces…
Me sentí tan furiosa que las palabras acudieron solas a mi boca con la sola intención de apuñalarlo.
Donde más le doliera. Pero por culpa de mi veneno mi ángel estaba llorando, y yo en toda mi vida solo había visto llorar a Joshua.
«Se llora con el alma» solía decirme.
—¿Es eso lo que te molesta? ¿Parecerte a Julia? ¿Algo que ni tú ni yo podemos evitar?
—Lo siento, señor don Carlos, de verdad que lo siento. No sé cómo he podido soltar esas cosas horribles. Era su mujer, usted la amaba y yo no soy nadie… no soy nadie…
«Más bien me duele. Me duele aquí, muy dentro y muy fuerte, donde no puedo curarme».
—¿Por eso pensabas abandonarnos? ¿Y reunías cosas que luego pudieras vender?
Entonces era él quien me había descubierto. Lo sospechaba. Don Carlos en mi cuarto, trasteando en mi cama, bajo mi colchón. Se había topado con la plata y se la había llevado para que nadie me culpara de su desaparición.
¿Me protegía de mí misma y de mis estúpidos planes? ¡Señor del cielo! Qué vergüenza me dio.
Incapaz de responder o de mirarlo a la cara, me limité a apretar los labios y a esquivar sus ojos, al tiempo que luchaba contra el nudo que me apretaba en la garganta.
—Irene, no tienes por qué irte. Yo… yo no quiero que te vayas.
En medio de mi consternación no me di cuenta de cuándo se acercó.
Y de cuánto. Tanto que su calor me traspasó.
Tanto que nuestras narices se rozaron en la punta.
Podía sentir su aliento escapando por entre los labios.
Y deseé que el mundo y el tiempo se pararan allí para los dos.
Nos quedamos quietos, inmóviles, como si el solo hecho de respirar pudiera llevárselo todo, hacer desaparecer la magia de aquel momento.
Hasta que su boca buscó la mía y la suave caricia piel con piel me hizo perder el juicio.
Mi primer beso de amor. El primero de mi existencia.
Fue breve. O al menos eso me pareció, porque quería más, me quedé con ganas de seguir sintiendo el dulce roce de sus labios, que no se interrumpiera aquel contacto increíble. Pero nos separamos apenas unos centímetros y nos miramos con intensidad.
—Irene.
No añadió nada, solo mi nombre, pero la forma en que lo pronunció me dijo tantas cosas que sentí una punzada directa en el corazón.
Sus dedos largos volaron hasta mi pelo, apartaron con ternura un mechón suelto y acariciaron mi rostro.
Los labios me hormiguearon ahí donde los suyos habían jugueteado.
—Pero me parezco a…
—Me importas. Y no tiene nada que ver con ella, te lo juro por lo más sagrado.
Me sorprendió al principio, no lo niego, ese parecido tan sorprendente…
Pero no conocía a Julia, ¿lo entiendes? No sabía nada de ella, ni de sus esperanzas, ni de sus sueños.
Jamás la oí cantar o suspirar. Fue una desconocida que se convirtió en mi esposa y luego se marchó. No tuvimos tiempo de echar raíces.
Sus manos se trenzaron con las mías, el calor de su cuerpo me confortó. De repente me sentí distinta, valiosa y feliz. Volvió a posar un segundo sus labios sobre mis nudillos.
—¿Qué le pasó?
—Julia estaba enferma del corazón desde niña.
Era frágil y delicada, aunque su familia lo mantuviera bien oculto.
Las emociones de la boda quizá fueran demasiado para su salud, durante el convite empezó a sentirse mal.
La noche de bodas la pasé junto a su cama, escoltado por el médico, sus padres, mis tíos…
viéndola agonizar. Murió al día siguiente.
Muy a mi pesar, me recorrió un escalofrío.
No quería sentir nada por la mujer que logró lo que a mí se me prohibía.
Irene sin apellidos nunca se desposaría con el señor Carlos Otamendi.
No quería sentir ni siquiera lástima, pero las lágrimas acudieron en tropel a mis ojos y la pena me atragantó la voz.
—No llores, te lo pido por favor —me suplicó con suavidad, olvidando sus propios ojos húmedos de hacía un rato.
—Lloro por usted, por su soledad, por su sufrimiento, porque nadie merece pasar por algo así siendo tan joven. Pensarlo me pone triste.
—Lo mismo me pasa a mí si te imagino de niña, en la calle, luchando contra el hambre, el frío y la necesidad; expuesta a todos esos peligros, a la gente miserable sin escrúpulos.
—Joshua siempre estuvo ahí, protegiéndome como un abuelo bueno. Pero hambre y frío sí que pasamos, no le voy a engañar, es la ley de la vida del vagabundo.
Sus manos volvieron a tocarme. En las mejillas, el arco de las cejas, el contorno de los labios.
Sus pupilas recorrían mis facciones, embelesadas.
Jadeábamos un poco, deseando entregarnos el uno al otro sin reparos, con desesperación, pero aguantándonos las ganas.
Lo compensamos con un abrazo que nos ató durante muchos minutos.
Apoyé la cabeza en su hombro sintiendo cada milímetro del brazo que me rodeaba.
—¿Has visto todas esas estrellas? —Su dedo apuntó al cielo—. Salen cada noche solo para verte.
—Qué cosas tiene…
—Dicen que nunca han visto nada tan hermoso como tu piel de nácar y tu pelo de fuego. Tú no te has enterado porque cuando hablan, no las entiendes.
El rubor me quemó las mejillas. Por un instante tuve la seguridad de que, envuelta en sus brazos, me desmayaría.
—Yo no debería estar aquí —insistí queriendo cambiar de tema. Estar allí sentados, mirando el cielo de noche como dos enamorados, me dolía y me incomodaba.
—¿Porque sigues enfadada?
Negué con la cabeza.
—Porque soy una moza de cocina que ni siquiera debería haber leído su nota. ¿Qué dirían sus tíos si se enteraran…?
—No van a enterarse. Y confiesa, sigues enfadada.
Ya lo había admitido, no tenía sentido negarlo.
—Eso también.
—Deja que te alivie ese enfado —se puso en pie con la mano extendida, como si me invitara a danzar—: baila conmigo.
—Qué tonterías dice, si no hay música…
—Nos la inventamos. —Volvió a hacer un gesto impaciente con la mano. Me mordí los labios sin saber qué hacer—. Hay mucha música aquí, en nuestra cabeza.
¡Qué demonios! Estaba deseando notar sus fuertes brazos rodeando mi cintura, su aliento fresco deslizarse por el lateral de mi cuello haciéndome cosquillas.
Me hice la remolona, pero acabé pegada a su cuerpo.
Carlos me empujó con suavidad, un pasito a la derecha, dos a la izquierda.
Desde arriba, la luna llena brillaba para nosotros como un espejo de plata.
—¿Has bailado alguna vez antes?
—Ya sabe que no, no sé para qué pregunta.
—¿Ni en la verbena de San Isidro?
Sacudí la cabeza para negar. Mis pensamientos iban por otros derroteros que nada tenían que ver con San Isidro labrador.
«Bésame otra vez. Otra vez. Y otra más. Hazlo pronto, porque me voy a derretir».
Sin embargo, en lugar de eso, que estaba prohibido, dije:
—Qué miedo, señor don Carlos, mire que si sube alguien y nos pillan…
—Irene, aquí no sube nadie.
—Por eso lo ha elegido usted, para escondernos.
Sonó a reproche, porque era justo lo que era.
Y me arrepentí enseguida, no debería haberme dejado llevar de aquel modo.
¿Quién era yo para reclamas? Apenas me había regalado un beso y ya me creía con derechos…
¡Pues claro que nos escondíamos! Nos esconderíamos todo el tiempo; suponiendo que de allí saliera algo, Carlos era el señor y yo la recogida del servicio.
—Irene, no pienso rendirme.
Levantó una mano y me rozó la cara. Luego fue como si se abochornase, porque la apartó con rapidez.
Pero cuando creí que no me veía, mis dedos resiguieron el camino que sobre mi piel habían dibujado los suyos.
Nuestras caras tan juntas, los ojos entrecerrados, los cuerpos meciéndose al compás de una melodía que no escuchábamos más que nosotros.
Su mano apoyada en mi cintura, la otra acabó trenzando mis dedos; y a mí se me escapó un suspiro justo antes de que su boca conquistase por segunda vez la mía.
Aquel beso fue distinto. Lento y largo. Y lo disfruté como un regalo de Navidad; como lo que era, algo inesperado y sublime que no creía merecer. Una caricia que consiguió hacerme arder por dentro, que me provocó sensaciones que seguramente estaban prohibidas por Dios y por su Iglesia.
Pero me daba igual, nada importaba más que estar allí, ceñida a él, soñando con un futuro juntos que lo más probable es que no viera jamás. Carlos me había dicho que no se rendiría y eso significaba ser consciente de todas las dificultades que tendríamos que enfrentar y aun así…, querer.