20
¡Has venido!
Carlos
Restituí los objetos robados en menos de diez minutos.
Luego preferí volver a las oficinas del Metropolitano antes de que mi tío me echase en falta, cumplí con mis obligaciones el resto del día y volvimos juntos en tranvía, charlando sobre la evolución de las obras y los nombres de las futuras paradas de la línea.
Si mi tío me notó inusualmente contento, se abstuvo de comentarios, él era muy parco para esas cosas, poco dado a identificar emociones o a ponerle nombre a los estados de ánimo.
Era vasco hasta la médula de los huesos, un buen hombre, noble y fiable pero duro como el diamante.
Mi tío Antonio jamás habría entendido que alguien como Irene hubiese encendido en mí la llama de un amor que crecía desmesurado hasta escapárseme de las manos.
No atendí a la mayoría de sus explicaciones, solo podía pensar que en unas horas me encontraría a solas con ella y que cualquier cosa podía pasar.
Al menos eso es lo que soñaba mi alma alborotada. Mi alma ¿enamorada?
Aguardé en la azotea la llegada de Irene, viendo ponerse el sol, retorciéndome las manos, deseando ser fumador para amagar la histeria, más nervioso de lo que recordaba haber estado nunca.
La vida jamás me había dado la oportunidad de ilusionarme con una mujer y experimentar el cosquilleo insoportable del deseo en el vientre.
La ensoñación de su rostro con solo entornar los ojos.
El poder de recrear sus aromas dejando ir una sonrisa.
Hasta que me prometieron con Julia, solo había tratado con las mujeres con las que es lícito verte a solas sin arruinar su reputación, porque no la tienen, creo que se me entiende.
Era la primera vez que vivía algo tan maravilloso y devastador al tiempo.
Elegí la azotea porque no subía nadie. Era el terreno abandonado en el sexto piso de la casa, con las mejores vistas a la Plaza del Rey, al palacete de las siete chimeneas y a la controvertida Gran Vía.
Allí arriba te creías el dueño del mundo, me alegré de haberla escogido para nuestra primera cita y recé bajito para que ella no me rechazara.
Cuando el crujido de la puerta me movió a volverme, hasta el alma estuvo a punto de saltarme por la boca.
« ¡Has venido!»
Debí quedármela mirando con cara de idiota porque ella, que también parecía intranquila, levantó los ojos del suelo y me enfrentó enseguida con una pizca más de valentía que al principio.
—Gracias por acudir —logré balbucear con mucho esfuerzo.
—¿Para qué me quiere, don Carlos?
No quería escuchar aquel tono tan hostil. Tampoco la quería servil. Ni asustada. Ni a la defensiva. ¿Cómo explicarle que la nuestra era una cita de amantes? Estaba seguro de que Irene sentía lo mismo que yo, no podíamos negarlo.
—No me llames de usted, no te he llamado como señor de la casa.
Me miró sin entender, todavía pegada a la puerta, sin atreverse a avanzar.
—Ah, ¿no? ¿Cómo, pues?
—Vamos, pasa. Mira qué vistas.
No se movió un palmo. Señalé un viejo banco de piedra rodeado de macetones y plantas.
—¿Sería mucho pedir que te sentaras? Aquí, en este banco, conmigo.
—Don Carlos, los señores ya se han ido a descansar. A doña Inés hace rato que la he acostado, su señor tío debe de estar leyendo en su gabinete, el servicio estará acabando sus tareas y…
—Precisamente. Es el mejor momento para disponer de un poco de intimidad.
—No diga eso, no está bien ni que lo piense siquiera —replicó con escándalo.
—¿Ya te aleccionó Tomasa?
—Nadie tiene que decirme nada; soy yo, yo la que no quiero tener intimidades de ninguna clase con usted.
No obstante, rehuía mi mirada. Y su debilidad a mí me dio alas. Volví a insistir en que se sentara.
—Solo un rato, por favor, Irene, hablemos. Como aquel día en la Puerta del Sol. Como dos amigos.
Sus ojos me observaron temblorosos, igual que dos palomas asustadas.
—Y dale. Señor don Carlos, no somos amigos, no podemos serlo y no lo seremos en la vida. Yo trabajo en su casa y usted y sus tíos de usted son los patronos. Aquella tarde en la Puerta del Sol yo intentaba quitarle la cartera para comer muchos días. Ahí se acaba la historia.
Me aproximé a ella, le tomé una mano y el contacto con su palma, algo rasposa por los trabajos del hogar, me erizó el vello.
—Las historias acaban donde nosotros queramos que acaben. —Besé con ligereza sus nudillos, tiré de ella y la obligué a acomodarse sobre la piedra—. Vamos, siéntate un rato y disfruta del aire fresco de Madrid. Tantas horas metida en esa cocina.
—No es tan malo, no crea, estoy mejor que nunca, aire fresco he tenido de sobra desde que nací. Y también salgo, con Tomasa, con las otras criadas. Hasta me dejan ir al mercado.
—¿Te gusta lo que haces?
—Nunca pensé que fuera capaz. Pero mire. —Esbozó una tímida sonrisa.
—La vida a veces nos guarda sorpresas. Y cuando llegan apenas si podemos creerlas.
Quizá fue la intensidad con la que mis ojos la devoraron lo que hizo que ella se retirara.
—¿Como que usted y yo nos hayamos encontrado?
Asentí lentamente.
—Por ejemplo, eso.
—¿Como que yo me parezca a su señora de usted? ¿La que está muerta? ¿Cómo una gota de agua a otra gota?
—Irene…
Ella se envaró y, sin abandonar el banco, fue capaz de poner todo un océano entre los dos.
—Sea sincero, diga la verdad al menos, ¿no me ha hecho subir para hablar como si fuésemos amigos? Ande, diga lo que piensa, confiese el motivo por el que decidió traerme a esta casa.
—Te estás equivocando, Irene…
—Muy difícil es equivocarse, don Carlos, teniendo esos retratos por todas partes.
Mire, yo no soy lerda del todo, ya sabe que en la calle tuve un maestro, ese hombre sabio que cuidó de mí como si fuera alguien de su familia.
Él me enseñó a robar lo justo para comer, gracias a él entendí que no era una vulgar criminal sino una superviviente; a su lado no tuve necesidad de hacer lo…
lo que hicieron otras chicas. Nunca, ¿lo entiende? ¡Nunca!
—Irene, no me ofendas, no te traje a esta casa para eso.
—Joshua me lo explicó, y no fue el único, que los señoritos a veces tenían gustos muy raros, que se encendían con las muchachas de la calle.
Que vulgaridad y salvajismo los divertían más que los modales remilgados de sus señoritas de clase alta.
Que las llevaban a sus mansiones para tenerlas a mano mientras servían.
Servían para lo que se terciara. No crea, todo eso lo sé y puedo entenderlo.
Ustedes pagan, nosotras vivimos a salvo y prestamos un servicio.
La observé horrorizado. Espantado porque pudiese tener aquella abominable idea acerca de mis intenciones.
—Jamás en todo este tiempo he pensado en usarte de ese modo miserable. Solo quise protegerte, retirarte de la calle, de los peligros, darte un futuro si es que lo quieres.
Los enormes ojos verdes de Irene me abarcaron entero.
—¿No me ha entendido, don Carlos? Que si era eso lo que buscaba, yo lo habría aceptado. —Desvió la mirada—. Sé que suena indecoroso, que pensará que soy una fresca y una cualquiera, pero es usted bien parecido, huele a gloria, estar entre sus brazos debe de ser todo un regalo.
Su desparpajo me dejó mudo. Irene hablaba mirando al horizonte, sin enfrentarme.
Sus palabras eran osadas pero no su actitud.
Así y todo, ella llevaba las riendas de aquella cita descarrilada y absurda que no iba, ni mucho menos, por donde yo pretendía.
Me pregunté qué sentiría yo fundiéndome entre los brazos de ella.
Rozar su mano con los labios ya me había provocado una dolorosa erección que, por suerte, no descubrió.
—¿Entonces? Si todo te parece bien, ¿por qué diablos estás tan enfadada?
—Lo aceptaría si me deseara. A mí, a Irene sin apellidos, la chica de la calle. Pero no es por mí por lo que… —Tomó una abrupta bocanada de aire—. En fin, usted ya me entiende.
—No, desde luego que no te entiendo —exigí con un poco de más firmeza.
—Yo como persona no significo nada. Le gusto porque le recuerdo a su mujer. Y yo no quiero servir de paño de lágrimas de ningún viudo. Si la echa de menos, vaya a visitarla al camposanto.
Sus acusaciones me golpearon como un puño en la mandíbula. Mis ojos se humedecieron sin poderlo evitar. Y no era por el recuerdo de Julia, desde luego que no, era por impotencia. ¿Cómo demostrarle que estaba equivocada si cualquiera en su lugar, hasta yo, habría pensado lo mismo?