Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 19
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Llamada para un ángel

Carlos

Lo s hombres jóvenes tenemos poca paciencia y la mía no tardó en colmarse.

No podía permitir que siguieran pasando los días sin poner fin a la indiferencia de Irene.

Era vergonzoso el modo en que mis pupilas rastreaban el patio cada mañana buscándola, y en tan solo una ocasión logré que sus ojos tropezaran con los míos una milésima de segundo, antes de que ella mirase para otro lado.

No dormía, apenas tenía apetito y todo el mundo se percató de mi desconcentración y mi extraño nerviosismo.

¿La amaba o la deseaba? ¿Era un vano capricho o el amor de mi vida?

No tenía tanta experiencia en cuestiones del corazón como para diferenciar ambos sentimientos, pero la quería a mi lado.

Sana y salva, respetada, pero a mi lado.

Era egoísta, lo sé. Y absurdamente soñador, porque enamorarme de una chica del servicio no era algo que estuviera a mi alcance.

A media mañana, aprovechando unas tediosas gestiones en la calle, me escapé hasta la casa.

Era un buen momento, mi tía estaría paseando la Gran Vía con sus conocidas, tomando café como de costumbre.

El ama Engracia y las criadas, repartidas por la vivienda, centradas en la limpieza.

Bajé a las cocinas con la esperanza de encontrar a Irene y poder robarle unos minutos de intimidad, para hablar.

Aún no sabía ni de qué. ¿Pensaba reclamarle por no corresponderme?

¿Iba a exigirle miradas de amor desde el patio cada mañana solo para sentirme mejor el resto del día?

¿Pretendía recordarle que estaba en deuda conmigo por sacarla de las calles y que me debía devoción y entrega?

¡Dios! No era más que un hombre absurdo y muy confuso.

No tenía ni idea de lo que planeaba, estaba tan perdido, ahogado por las emociones que se alborotaban con solo pensar en ella. Pero no la encontré, las cocinas estaban desiertas. Y también las estancias de alrededor.

Sin llamar a nadie, recorrí el espacio. Husmeando su olor en el aire, impregnándome de su presencia invisible que lo llenaba todo.

Traspasé la zona del comedor común y de ahí al pasillo que conducía a los dormitorios.

Me estaba arriesgando mucho, si me sorprendían tendría que explicarme y las ganas de toparme con Irene me embotaban el cerebro y me bloqueaban las buenas ideas.

Abrí una puerta tras otra sin llegar a entrar.

No obstante, cuando llegué a su cuarto lo supe, su aroma a flores tiernas flotaba en el aire, la vieja toquilla de lana verde colgaba de una percha en la pared y su cama no tenía cojín, porque Irene apenas tenía pertenencias.

Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué la nota que había escrito para ella.

Apenas unas frases garabateadas a toda prisa en las que le recordaba el lazo de nuestra amistad y que yo seguía queriendo verla cada mañana antes de irme.

No sabía dónde dejársela, nadie más que ella podía verla, había esperado poder entregársela en mano; tampoco era urgente, tanto daba si empleaba un día o dos en descubrirla, pero nadie que no fuese Irene podía leer aquello.

De modo que levanté un poco el colchón por la parte central, dispuesto a esconder el papel allí mismo y que se topara con mi misiva al hacer la cama.

Entonces descubrí otra cosa. Un inesperado nido de objetos propiedad de la casa Otamendi.

Cucharillas de plata, un tenedor, un platillo de alpaca para pan, una lupa con mango de nácar y un viejo camafeo que no recordaba haber visto jamás colgando del cuello de nadie.

Todo envuelto en un trapo ajado que también olía a Irene.

Recuerdo haberme sentido más triste que irritado.

Que la cabra tirase al monte no era algo que me sorprendiera, Irene llevaba toda su vida sobreviviendo a base de pequeños robos; el monto de lo hurtado era irrisorio teniendo en cuenta la fortuna que guardaba aquella casa, pero el significado del tesoro escondido solo podía ser uno: la mujer cuya imagen me quitaba el sueño preparaba su marcha; en cualquier momento iba a perderla y no podría soportarlo.

Recogí los objetos, los repartí por mis bolsillos dispuesto a devolverlos, y con la nota que pensaba dejarle formé una bola apretada.

Salí de su cuarto a toda velocidad y al intentar cruzar la cocina, me di de bruces con Tomasa.

Se me quedó mirando con dos ojos redondos y muy abiertos mientras soltaba la redecilla con un montón de nabos dentro, sobre la recia madera de la mesa.

—¡Señorito Carlos! ¿Le pasa algo? ¿Tiene hambre?

Se me escapó una sonrisa. Era lo mismo que solía preguntarme cuando de crío bajaba a por un poco de compañía y chocolate.

—No, Tomasa, no tengo hambre.

—¿Entonces?

—Todo está bien —aseguré tratando de ganar tiempo.

—¿Me buscaba? ¿O acaso al ama Engracia…? ¿Ha pasado algo?

Apreté los labios sin concretar nada.

—¿O a quién busca?

Parecía que Tomasa ya lo supiera todo. Suspiré hondo.

—Estaba por aquí cerca haciendo unas diligencias y de repente… me apeteció un café de los tuyos.

La vieja cocinera arqueó una ceja y me miró con desconfianza.

—Suba al saloncito. Se lo preparo y le digo a Lucía que se lo suba, descuide.

Separé la silla de la mesa y tomé asiento fingiendo despreocupación.

—Nada de saloncitos ni de bandejas de plata. Prefiero tomármelo aquí contigo, como cuando era pequeño.

Tomasa sacudió la cabeza, quitó de en medio los nabos y buscó la cafetera. Todo en un silencio sordo e inquietante que hacía reverberar los sonidos de los cacharros al chocar unos con otros.

—La niña Irene está en el mercado, con Pilarín y la Milagros. Las he mandado yo misma.

Sonreí sin hacer ningún comentario.

—Señorito Carlos…

—Ya sé que está contenta aquí entre nosotros, me lo ha dicho. Y en gran parte te lo debemos a ti, Tomasa, tienes un corazón que no te cabe en el pecho. Sabía que la dejaba en buenas manos poniéndola a tu cuidado.

—Señorito Carlos…

—Es una buena chica, Tomasa, se merece algo más que la fría calle.

La cocinera se tomó unos minutos hasta poner el café al fuego. Luego giró sobre sus talones y me miró con severidad.

—No se lo discuto, no se lo discutiré nunca. Esa niña tiene un mirar que se te mete dentro y te cala hasta lo hondo, a mí ya se me ha metido, es como si la conociera de toda la vida —asentí complacido— y no tiene nada que ver con sus semejanzas con la difunta doña Julia. Nada que ver. Pero…

No quise interrumpirla, al contrario, la animé a continuar.

—Procure usted no sentir lo mismo.

—Tomasa…

—Señorito Carlos, lo conozco desde chicuelo. Tenía usted apenas siete años cuando vino a vivir a esta casa y desde entonces he velado por usted como si fuera de la familia. Por eso me veo en la libertad de advertirle…

Desvié incómodo la mirada. Es verdad que Tomasa había sido para mí como una abuela. De pequeño me mimaba y me consentía, y entre los dos habíamos dejado crecer un desmedido afecto que nunca pesó demasiado.

—No ande metiendo ascuas en los fuegos fatuos, pueden quemarse los dos.

—Tomasa, no pretendo aprovecharme de ella, te lo juro.

—¿Va a decirme que está enamorándose?

—¿Y si así fuera?

—Le recordaría que usted es un Otamendi y ella, probablemente, ni siquiera gasta apellido. Por el amor de Dios, ¿qué pensarían sus tíos si se enteran?

—¿Tienen que pensar algo? Ya decidieron mi destino una vez, Tomasa, en función de los intereses de la familia, de la empresa, de quién sabe qué. Ahora, si he de tener una segunda oportunidad, será con quien mi corazón elija.

Tomasa miró inquieta la puerta de entrada, temiendo que alguien llegara y nos sorprendiera en el curso de una conversación tan delicada.

Colocó una taza en un platillo, sirvió mi café y se contentó con los restos, que vertió dentro de su jarrilla de lata.

Me puso el mío por delante y, al beber, siguió mirándome por encima de su jarra.

—He sido un desgraciado toda mi vida —murmuré.

—No blasfeme, señorito, ya quisieran muchos.

—Nunca amé a Julia.

—Tampoco tuvo oportunidad, la pobre se nos murió de aquella manera espantosa…

—El caso es que acepté el matrimonio sin discutir, tal y como me lo impusieron. Pero te juro por la memoria de mis padres que algo así no volverá a pasar.

—Eso que a usted le ronda en la cabeza no tiene futuro ninguno, métaselo en la sesera.

Ninguna mujer merece que se convierta en un paria dentro de su propia familia.

Nadie va a aceptarlo. Piense en ello como en un capricho pasajero, es la novedad, lo entiendo, y endiabladamente bonita.

Pronto terminará el luto y usted conocerá jovencitas que…

—Mi luto ya acabó hace tiempo, Tomasa. Necesito que me apoyes con esto, te lo pido por favor.

—¿Ha perdido el juicio? ¿Cómo me pide eso?

—En nombre del cariño que me tienes, del afecto que nos une desde mi infancia.

—No sea chantajista, señorito Carlos, no se aproveche de lo que siento por usted, no es justo. Va a meterme en problemas —se inclinó para recoger mi taza vacía y aprovechó para susurrarme al oído— y a la pobre Irene también. Va a convertirla en una desgraciada con el corazón roto.

—Tomasa, ¿crees que ella… siente algo por mí?

La cocinera me dirigió una mirada significativa por encima del hombro, camino de la pila de lavar los platos. Un gesto que significaba «¿Cómo no?» y que reconfortó mi alma hasta límites insospechados.

—¿Querrás decirle que la espero esta noche en la azotea?

Tomasa no respondió. Al contrario, cruzó los brazos sobre el voluminoso pecho, como si se cerrara a escucharme.

No me amilané. Le pedí papel y pluma, aunque solo fue capaz de alargarme un lápiz, y escribí una segunda nota, a sabiendas de que esta sí llegaría a destino.

La doblé dos veces y se la alargué a la mujer más bondadosa que había conocido nunca, junto con mi tía.

Se tomó su tiempo antes de estirar el brazo, cogerla con un suspiro ruidoso y ocultarla en su delantal.

—Te debo la vida —dije con una sonrisa radiante.

—Pienso aconsejarle que no acuda, quiero que usted lo tenga en cuenta.

—Me da igual, basta que sepa que quiero verla.

—Lo dicho, va usted a meternos a todos en un problema terrible.

—Que decida Irene.

Sin darle tiempo a seguir desmotivándome, le besé el pelo, musité un apresurado «gracias» y salí deprisa de la cocina, con la alegría palpitándome fuerte en el pecho.