18
Medrando
Irene
A partir de ahí los días volaron. Se escurrían como pescados vivos, porque mis ansias por acumular un tesoro lo más cuantioso posible que me permitiera vivir con dignidad, sin volver al robo y la delincuencia, me birlaba las horas delante de mis narices.
Por las mañanas, seguía resistiéndome a mirar a don Carlos cuando salía.
Alguna vez se me escapó una miradita de reojo, pero por fortuna creo que él no se percató de nada.
Yo no era tonta, aunque lo pareciera. Si alguna de las chicas estaba ocupada o se encontraba mal, aunque fuera contra el protocolo básico, como decía el ama, estando solo la familia sin convidados, podía ayudar a servir la mesa y entonces lo veía.
Podía sentir la fuerza de su intención traspasándome con los ojos.
Y yo me marchaba muy tiesa y orgullosa de haber resistido una vez más la tentación, aunque luego me durmiera llorando como una Magdalena.
Cuanto antes dejara aquella casa, mucho mejor para todos.
Después de las cucharas llegó un tenedor, luego un platillo, una lupa de nácar y finalmente me atreví a distraer un camafeo de la señora que encontré arrumbado en un viejo joyero.
En lugar de llevármelo, lo cambié de sitio por ver si lo echaba de menos y pasada una semana, lo volví a cambiar.
Como no parecía acordarse de él, fue a parar al nido de mis tesoros en el camastro.
Pero cual no sería mi sorpresa, al encontrar allí solo el trapo arrugado.
Como una mofa. Ni rastro de las cucharas, el tenedor o el platillo.
Se me heló la sangre en las venas. Ya me habían pescado.
Ahora sí que me vería en la calle, a merced del hambre y el frío, sin posibles y sin futuro, porque con antecedentes de ladrona ninguna casa decente, por humilde que fuera, volvería a tomarme a su servicio.
El caso es que entré en la cocina con más miedo que vergüenza, la cabeza gacha y los pies de plomo, temiendo el chaparrón.
Pero allí todo el mundo parecía del mismo humor que siempre, nadie se fijó en mí siquiera y Tomasa y el ama me dieron las órdenes de costumbre.
Sin malas caras ni reproches. A pesar de todo, yo me la pasé conteniendo la respiración, tragando sin poder una sopa que a mi garganta le parecía piedra, esperando que la bronca explotara de un momento a otro.
No pasó nada. Solo me preguntaron qué me pasaba, que si había pillado frío, que se me habían ido los colores.
Enseguida subí a atender a la señora, con las piernas temblonas y cara de culpable.
Pero ella estuvo sonriente y amable, como siempre.
Por lo tanto, tampoco doña Inés me había descubierto.
Cada vez con más intriga, la dejé acostada y me escurrí al salón de arriba.
Abrí los cajones que días antes había atracado, solo para descubrir que sobre el terciopelo verde descansaban el tenedor y las odiosas cucharillas, tal que si yo jamás de los jamases las hubiera robado.
Era una ladrona con mala suerte, eso estaba claro.
Regresé a la planta baja con la pinta de un perrillo apaleado.
Estaba claro que alguien en aquella casa estaba al tanto de mi delito y que, o bien no quería delatarme, podía ser Tomasa, o guardaba el rapapolvo para mejor y más despiadada ocasión.
Ese caso apuntaba más al ama Engracia. Igual hasta me llevaban presa.
Me sudaban las manos y me temblaban las piernas.
La voz no me salía del cuerpo. No tenía descaro ni artes callejeras con las que soportar aquello.
Me daría un soponcio antes de tres días si no averiguaba ya por donde pitaba la flauta.
De espaldas y todo, noté que Tomasa me tenía clavados los ojos. El corazón me dio otro brinco.
—Niña…
Hala, ya estábamos. El principio del fin. Hice como si nada, seguí fregando la vajilla y musité un «dígame» con un hilillo de voz.
—El señor Carlos ha bajado antes. Cuando estabas atendiendo a la señora.
Ahí se atrancó. Yo solté los platos y me giré muy despacio mientras me secaba las manos mojadas en el trapo.
—¿El señor don Carlos? ¿Aquí a la cocina?
Tomasa tenía un papel en la mano. Una nota doblada dos veces en papel bueno.
—Me ha dado esto para ti —susurró entregándomelo con rapidez, mirando alrededor por si venía alguien.
Abrí dos ojos como los culos de dos perolas. Atrapé el papel con ansia y lo devoré con la mirada, pero sin abrirlo.
—¿Para mí?
—Sabrás leer, ¿no?
—Sí, señora.
—Pues ¡ea! Ya me dirás a cuento de qué viene esto.
Me lo metí en el fondo del bolsillo. Allí donde nadie pudiera quitármelo.
—Yo no sé nada de nada, señora Tomasa.
—No es normal ni apropiado que un señorito… un joven señor viudo y en edad de merecer… En fin, estas cosas mal empiezan y peor acaban, Irene, no se te ocurra…
—Le digo que yo no he hecho nada, señora Tomasa, estese tranquila.
—¿Cómo voy a estar tranquila si el heredero de la familia anda mandando notitas a la servidumbre? Esto no está bien, Irene, no señor.
—Será alguna amabilidad suya a cuenta de los cuidados a doña Inés, que la tengo muy contenta, no le eche más…
—¿Desde cuándo esas amabilidades proceden? Si tienes contenta a la señora, no estás más que cumpliendo con tu obligación. No, Irene, él en su sitio y tú en el tuyo, que bastante has medrado entrando en esta casa.
Medrado. Esa palabra no estaba segura de lo que significaba, pero me quede calladita y sin preguntar nada, no fuese a empeorar la cosa.
—Y procura que el ama no se huela nada de este asunto o eres doncella muerta, ya lo sabes. Andando con esos platos y a dormir.
Obedecí como un corderillo manso y en cuanto Tomasa me dejó a solas, me sequé las manos con premura y leí la nota. La caligrafía era esbelta, elegante y estaba escrita con pluma. Me citaba en la azotea aquella misma noche, con la mayor discreción.