Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 17
30%

17

Ganas de ver el sol

Irene

A la mañana siguiente era tal mi agitación, que me dio lo mismo enfrentarme a voces a la señora Tomasa. Sí, la que mejor se había portado conmigo y no tenía culpa de nada. Ya sabéis lo que dicen de la confianza.

—Pero ¿usted la ha visto, señora Tomasa? ¿La ha visto?

—Sí, hija, claro que la he visto —reconoció con pesar—. Y no solo en el cuadro.

No pude reprimir las lágrimas. Caían a borbotones por mis mejillas y mojaban mi pobre vestido prestado.

—¡Es igual que yo! ¡Igual que yo! ¡Somos idénticas! ¿Por qué se han estado riendo de mí? ¿Por qué nadie me dijo nada?

—Pero ¿qué andas rumiando, muchacha deslenguada?

Me sobresalté y, como pude, me tragué las lágrimas.

—El cuadro de doña Julia… Ella y yo… Ama Engracia…

El ama acababa de entrar por la puerta, más tiesa y más imponente que de costumbre. Al oír mi frase, se santiguó con exageración.

—¿Pero cómo te atreves a mencionar siquiera a la difunta señora?

—Es que yo no sabía… Ama Engracia, vi los cuadros, somos como hermanas gemelas.

—¿Idéntica tú a la señora Julia? Ni te atrevas a compararte, por amor del cielo. Ella era una gran dama y tu una huérfana de la calle.

—Me refiero al pelo, a su cara, al cuerpo…

—¿Y eso a ti qué te ha de importar? Mira que te recogieron de lo más sucio de la Puerta del Sol, aún no entiendo el porqué y, en un abrir y cerrar de ojos vuelves al mismo sitio.

No tientes a la suerte, que aquí nadie tiene obligaciones contigo.

¡Habrase visto la desfachatez! ¿Pero qué te has creído, muchachita insensata?

Se me cortaron tanto la respiración como el chorro de reproches. Mi pecho subía y bajaba con violencia, aguantando el llanto para no explotar delante del ama que me repasaba sin caridad ninguna. Tomasa se acercó y puso la mano sobre mi hombro con delicadeza.

—Anda, Irene, ya está bien de cháchara; llégate al almacén y me traes un saquito de azúcar y otro de harina, que vamos a preparar bizcochos para la merienda.

—Pero…

—Que vayas te digo.

Agaché la cabeza y salí obediente, pero me quedé junto a la puerta a ver qué hablaban.

—No hace falta ensañarse, ama Engracia.

—¿Ensañarme? Debo de ser una de las pocas personas en esta casa con los pies en la tierra.

Es una recogida, una pobretona analfabeta que no irá a ningún sitio bueno si los señores la ponen de patitas en la calle.

Esa no tiene más destino que levantarse las enaguas.

Aquí tiene ocupación honrada, comida y techo y, con el tiempo, algunas pesetas podrá ir ahorrando.

¡La de gente que mataría por ocupar su lugar!

¿Es mucho pedir que sea un poco agradecida?

—Hágase cargo, ama, lo que ha visto la ha asustado…

—Y lo entiendo. Aunque no se lo crea, yo no tengo nada en contra de la chiquilla, ustedes pensarán lo que gusten, pero no le deseo mal alguno, es solo que…

¿Pueden dejar todos de comportarse como si fuera el mismísimo espíritu de la señora Julia bajado de los cielos?

Créame, señora Tomasa, no le hacemos ningún bien con la comparación.

Tomasa dejó ir un sentido suspiro.

—No me negará que es chocante verla ahí, vivita y coleando, tan parecidas…

—La niña Irene es una huérfana de la calle con una magnífica oportunidad gracias a la bondadosa generosidad de los señores, que bien haría en no desperdiciar. Nada más. Nada que ver con una refinada dama de alta sociedad como fue la pobre difunta.

—Sea clemente con ella, se lo ruego.

—¡Lo soy! Mucho más de lo que todos piensan. Que me tienen por un ogro.

Dieron por acabada la charla y temí que el ama saliera y se topara conmigo allí fisgando, de modo que salí corriendo camino de la despensa a recoger lo que me habían encargado. Si me apuraba, aún tenía tiempo de ver salir al señor Carlos.

Pero no, rectifiqué. No lo haría porque lo que él veía en mí era lo mismo que veían los demás: a la difunta resucitada.

Independientemente de lo que yo sintiera o empezara a sentir, al margen de lo imposible que resultaran los amores entre una criada y el señor de una casa pudiente, sus sonrisas y amabilidades no las dirigía a mi persona sino al recuerdo de otra mujer a la que amó.

Yo podía ser pobre, más que pobre, pero dignidad tenía.

No serviría de lienzo viejo para que nadie pintara encima otro cuadro. Eso decía Joshua de continuo.

Por eso cuando salí al patio lo ignoré. Sabía que estaba allí, esperando que le dijera algo, que mostrase el interés de otras veces.

Una leve sonrisa, un caer de pestañas, un burdo coqueteo, porque yo seducir en plan fino, no sabía…

Pero no hice nada, no le regalé nada, porque no se lo merecía.

Si echaba de menos a su mujer muerta, que la visitara en el cementerio.

Yo estaba llena de vida y de ganas por ver el sol.

Tomasa no era digna de que yo le guardase rencores.

Aunque supiera desde el principio lo de la señora Julia y yo y no me hubiera advertido.

Porque sin serlo, me trataba como si fuera de su familia.

Día a día fue sumando cariño y en nada, era la nueva Joshua en mi vida, ese hombre sabio y seguramente rico en otra época, que conocí viviendo en la calle, solo y sin familia, y que tanto me enseñó.

Cuando Joshua murió de unas fiebres, supe lo que era la soledad más despiadada.

Y ahora, de pronto, Tomasa aparecía en mi vida y aunque no tuviera el refinamiento y los conocimientos interminables del «abuelo», sus ojos me miraban dulces y afectuosos igual que los de él antes de cerrarse para siempre.

Tomasa me preparó para ser una verdadera doncella, para contentar a doña Inés más allá de parecerme a su nuera desaparecida.

Me aleccionó sobre la preparación del cuarto antes del sueño, aprendí a ayudarla a desvestirse, a calentarle el camisón si hacía frío, a cepillarle el pelo, a rociar la ropa de cama con agua de lavanda.

Y todo eso lo hacía en discreto silencio, sintiéndome a cada rato más satisfecha de mí misma por mis crecientes habilidades.

Al mismo tiempo, mis ojos entrenados para el robo rebuscaban pequeños objetos de valor que pudiera ir recogiendo para formar mi botín.

El que me haría sobrevivir cuando me marchase de aquella casa sin mirar atrás.

—¿Necesita algo más la señora? —Solté el cepillo de plata sobre el tocador e hice una ligera reverencia.

—Nada más, Irene, gracias, puedes retirarte.

—Que descanse la señora.

Otra reverencia. Recogí la camisola del día para darle un remojo y plancharla después con agua de azahar.

Lo había hecho una vez y a la señora le había encantado.

Salí al pasillo deseando por un instante cruzarme con el señor Carlos, cuyos ojos no me encontraba desde hacía ya tres días, en mi enfado y en mi dura obstinación de las mañanas.

Algo me decía que él seguía intentándolo, buscándome en el patio cuando cruzaba el paso de caballerizas y que mi desdén no lo desanimaba.

Claro. Al señorito se le negaba un capricho, cosa a la que no estaba acostumbrado y, con tal de salirse con la suya, estaría dispuesto a persistir hasta el infinito.

Enseguida conseguí dormir la idea de mi cabeza, que no el anhelo de mi corazón.

Para mi desgracia, aún suspiraba por él, su recuerdo me martilleaba y la necesidad de acariciarlo, sí, ya no eran ganas, era necesidad, en lugar de mitigarse, crecía.

En la escalera, en lugar de bajar a la zona de servicio, dos plantas más abajo, me desvié hacia el piso de arriba.

La casa de los Otamendi tenía un total de cinco plantas y una azotea.

En la planta baja, además del gran recibidor, estaban las zonas no nobles: cocina, despensa, comedor del servicio, almacén, entrada al patio y nuestros dormitorios.

En el primer piso, la biblioteca, el gran salón, el comedor, los despachos y el saloncito.

Uno más arriba, los dormitorios de los señores con sus correspondientes gabinetes.

Y aún quedaban dos plantas más, plagadas de salones que jamás se usaban y de dormitorios para invitados, aunque por comentarios de las criadas, sabía que en la tercera tenía el señor Antonio su despacho y sus salas privadas de estudio y reuniones, otro tanto para el joven señor en la cuarta.

A la azotea no subía nadie porque les fatigaba tanto peldaño.

Miré a un lado y otro, me aseguré de que todo estaba en calma y me escurrí hacia uno de los muebles de caoba del salón más cercano.

Tiré de un cajón. Estaba lleno de manteles de hilo fino con bordados.

Abrí el siguiente y descubrí una cubertería de plata que habíamos limpiado la semana anterior.

Ya dijo el ama Engracia que eran herencias familiares, que apenas se usaban, como otras siete que estaban por limpiar, pero que todo en aquella casa debía estar siempre como los chorros del oro.

A esa cubertería tardaría el ama en arrimarse, hasta que no le diera por abrillantarla de nuevo.

No podía arriesgarme a mutilar otra de las que estaban por limpiar, porque me cazarían enseguida.

Cogí dos cucharillas pequeñas de las que ocupaban el fondo del cajón y las hundí en el bolsillo de mi delantal.

Cerré a toda prisa, limpié la huella de mis dedos con el pico de la falda y bajé a la cocina a todo correr, con las manos y la camisola de la señora pegadas al regazo.

—¡Ya era hora! —masculló Lucía al verme entrar— ¿Dónde estabas?

—¿Dónde iba a estar? Atendiendo a la señora.

—Ve poniendo los platos en la mesa, Irene, que vamos a cenar —me indicó Tomasa desde la pila de la vajilla.

—Un segundo, que pongo en remojo la camisa de doña Inés, señora Tomasa. Quiero ponerla a secar antes de irme a la cama para planchársela a primera hora.

—¡Será que la señora no tiene más camisa que esa! —se burló Pilarín abriendo las alacenas.

A mí me resbalaban sus chuflas, solo quería quedarme sola y poder esconder las cucharillas bajo el colchón de mi cama, envueltas en un trapo.

Luego, fingiendo una tranquilidad que no sentía, preparé el lebrillo con agua y ceniza y sumergí la camisa de hilo de doña Inés para blanquearla.

Me sequé las manos y volví a la mesa con los demás, a cenar.

Aunque el pellizco del estómago por lo que acababa de hacer, no me dejara respirar con calma.