16
La buena obra del mes
Carlos
Las horas volaron en la Compañía del Metropolitano Alfonso XIII, o eso al menos me pareció aquel día, seguramente porque flotaba de dicha y ningún inconveniente de los muchos que surgieron me pareció lo bastante serio como para amargarme.
A las cinco en punto volvimos a casa. Mi tío loco por tomar café y bizcochos y yo, por si la divina providencia me permitía volver a verla a ella.
Nos reunimos con mi tía Inés en el saloncito y Lucía sirvió la merienda.
Puede que no ocultase con astucia mi decepción al comprobar que Irene no aparecía.
Le di un par de vueltas al diario que ya había ojeado de prisa por la mañana y finalmente me decidí por la novela que acababa de empezar y en la que de ninguna manera conseguía centrarme.
—Los Otamendi deberíamos vivir de forma más representativa —soltó mi tío en cuanto Lucía nos dejó a solas.
Mi tía lo miró de reojo desde su labor de bordado.
—Sé que te refieres a la casa, Antonio, una vez más. ¿Qué tiene esta de malo?
—Es… modesta.
—Estamos en pleno centro, es cómoda y espaciosa.
—Deberíamos estar en el número uno de la Gran Vía si ese mentecato de Ocharán no se me hubiese adelantado.
Cuando mi tío se obcecaba con algo, era tarea de titanes hacer que lo olvidara.
Aquella espina del solar perdido clavada en medio de su corazón, el resentimiento hacia los Ocharán y el eterno rosario de maldiciones.
Como cada dos o tres días. Me prometí no intervenir salvo que corriera la sangre.
Mi tía estaba tan acostumbrada a torear sus protestas y se lo tomaba todo con tanta calma, que contemplar sus estrategias era todo un espectáculo.
Fingí estar muy interesado por mi lectura, para mantenerme al margen.
—Querido, no le des más vueltas.
—¡Por supuesto que tengo que darle vueltas! Tenía el dinero listo, las posibilidades, pero no el solar. Es tan frustrante…
A pesar de su evidente congestión, su esposa no mostró signos de inquietud. Se limitó a servirle un segundo café.
—Que sepas que Enrique Ocharán piensa lo mismo que yo, que el comportamiento de su primo fue indecoroso.
—Quizá lo fuera, pero es mejor olvidarlo, querido, son cosas que pasan y no puedes vivir envenenado con un negocio que se fue a pique.
—¿Sabes por qué seguimos viviendo en el número ocho de la calle del Barquillo, sobrino? ¿Lo sabes?
Esta vez la pregunta de mi tío iba dirigida a mi persona. Aparté los ojos de las páginas de la novela y lo miré interrogante.
—Vivimos aquí porque tu tía es una romántica. Le gusta mirar de frente la casa de las siete chimeneas y fantasear con que en las noches de tormenta…
—No fantaseo, Antonio —repuso ella serena, sin dejar su labor de bordado.
—Fantasea con que ve las luces titilar tras las ventanas de la planta alta y que es el fantasma de doña Helena rogándole que vaya a misa por su alma.
—Marido descreído…
—La Gran Vía es mucho mejor emplazamiento que esta callecita, dónde va a parar. —Con un bramido de elefante cansado, mi tío sacudió el periódico y volvió a zambullirse en su lectura.
No pude reprimir una sonrisa.
—Es más ruidoso, tío, téngalo en cuenta.
—Aquí somos muy felices, siempre lo hemos sido. Me encanta esta casa, su patio, sus balcones… La plaza delante, la parroquia cerca, luz a raudales. ¿Más café, querido esposo?
De repente, y sabe Dios por qué, el humor de mi tío Antonio giró a mejor. Hasta esbozó una sonrisa.
—Si no fuese por esa voz balsámica tuya… ¡Ay, Inés, no te haces una idea de lo valiosa que eres para mí!
—Para todos —dije yo—. Es, sin duda, el pilar imprescindible de esta familia.
La tía Inés soltó una risita coqueta.
—Aduladores.
Vi que mi tío apuraba el contenido de su taza de un solo trago y se ponía en pie con inusitado vigor.
—Si me disculpáis, voy a echarme un rato hasta la hora de la cena. Cada vez llevo peor estos madrugones y los disgustos que la dichosa construcción del metro me están dando.
Lo dispensamos con agrado y se marchó dejándonos en la más absoluta intimidad, y a mí más que intrigado porque no hubiese mencionado el incidente de Irene la noche anterior. Mi intuición me hacía olfatear la intervención conciliadora de mi tía y fuera como fuese, se lo agradecía.
—¿Quieres más café?
—No, gracias, tía, voy servido.
—Tengo noticias que darte, sobrino. Mi buena obra del mes está hecha.
—La miré sin entender—. Y no me refiero únicamente a aceptar que esa muchacha se quede en esta casa y a mi servicio, también adiviné que nadie se había molestado en hacerle saber ciertas cosas importantes y la paseé por todos los cuartos.
Hice lo posible porque viera los cuadros de Julia —añadió con cautela.
Di un respingo. De primeras, no supe calificar la acción de mi tía, si como piadosa o como diabólica.
—¿Y los vio?
—Me temo que la pobre estaba tan asustada que solo alcanzó a contar los nudos de las alfombras.
—¿Crees que debería saberlo?
—Por descontado, hijo, lo sabrá tarde o temprano. Mientras esos retratos cuelguen de nuestras paredes, es cuestión de tiempo.
Me permití meditar unos instantes.
—¿Piensas que debería retirarlos? Al acabar el luto, me refiero.
Mi tía abrió los ojos con desmesura.
—¿Por una criada?
—No, tía, por una criada, no. Por mí, por la esperanza de una nueva vida que debería empezar a considerar.
—No sabría decirte, los padres de Julia siguen siendo amigos de la familia, se sentirían comprensiblemente ofendidos.
—Y lo lamentaría si así fuese, pero es hora de vivir por mí, no por los padres de Julia.
—Sé que no fuiste de buen grado a ese matrimonio…
—Tío Antonio lo negoció como quien compra una tonelada de acero.
—Habría salido bien, era una joven maravillosa.
—Desafortunadamente no tendremos ocasión de comprobarlo —rumié ceñudo.
Los dos nos sumimos en un profundo silencio que duró muchos minutos. Mi tía metiendo y sacando su aguja y sus hilos de colores, yo simulando estar embebido en el capítulo de mi novela.
—¿No le comentó nada el tío después de verla?
Mi tía dejo caer el bastidor en su regazo y las manos sobre él. Me miró con sus ojos dulces, almendrados y cálidos.
—Desde luego que sí.
—¿Y qué le dijo para que no haya insinuado siquiera el tema?
—Tu tío es fácil de distraer si tiene en mente otro asunto más atractivo. Como por ejemplo, la compra imposible de la mansión del número uno de la Gran Vía.
—Entiendo.
Con un leve suspiro, la labor de mi tía fue a parar a su cesta y ella abandonó la butaca estirándose las faldas.
—Creo que yo también me retiraré a descansar hasta la hora de la cena, querido sobrino.
Sé cauteloso, no tomes decisiones a la ligera.
Darle una explicación a esa muchacha sería misericordioso, pero también te rebajaría, incluso a sus ojos.
Eso es algo que debes evitar. Ella en su sitio y tú en el tuyo, Carlos Otamendi.
Quizá sea mejor dejarlo todo correr. Supongo que no es la primera vez que algo así ocurre; es lo que le dije a tu tío.
—El parecido es estremecedor.
Mi tía Inés me miró desde su posición, con las manos entrelazadas por delante y afecto verdadero en sus ojos.
—Espero que no te dé por pensar que el buen Dios ha querido regalarte una segunda oportunidad con Julia, porque esa desgraciada chiquilla no es Julia.
—Habla usted como si yo amara a Julia. Y eso no llegó a pasar, ni siquiera la conocía.
—Entonces la cosa puede ser mucho más preocupante aún, porque no deja de ser una muchacha joven y bonita. Ya sabes, hijo. Pies de plomo.
Me dejó en soledad, cavilando. Puede que no fuese su intención, pero las sutiles insinuaciones de tía Inés habían calado hondo, lograron que por primera vez yo me preguntase si lo que Irene me inspiraba podía tener nombre y, de ser el caso, cómo se llamaría.
Desde luego, de una cosa estaba seguro, quizá la única entre tanta confusión emocional, y era que nada tenía que ver con Julia.
Irene, por sí sola, me removía por dentro.
El hecho de imaginarla trajinando en la cocina, nuestra cocina, me erizaba el vello de la nuca como un pequeño milagro cotidiano al que no debía acercarme.
Las prohibiciones sociales funcionaban en ambos sentidos.
Me pasé la noche en vela, dándole vueltas a un pensamiento que, para mi terror, se convertía en certeza, más firme a cada paso.
Anhelaba ver a Irene. Anhelaba aún más tocarla.
La idea de rozar sus labios dulces aunque solo fuera un segundo, me obsesionaba.
Había conseguido robarle su aroma las escasas veces que la tuve cerca y ahora, cuando respiraba, su olor me llegaba al cerebro en un estallido de deseo.
Era algo desconocido para mí, yo por Julia no llegué a sentir nada, no pasé de verla como una desconocida que se convertiría en mi esposa por imposición, nuestros ojos no se hablaron jamás.
Con otras mujeres había sido mero desahogo físico.
Esto… esto era nuevo y desconcertante. La mezcla entre el instinto carnal y el afán de protección, velar por su bienestar, querer que fuese feliz, la horrible e insoportable idea de no volver a verla por la razón que fuese…
Me levanté de la cama mucho más temprano de lo habitual y me acicalé con especial esmero.
Intentaría cruzar el paso de caballerizas antes de que saliera mi tío, a ver si ella, como cada mañana, me esperaba en el rincón del patio y podíamos cruzar una palabra.
Algo. Oír su voz, ver sus ojos brillar, llevarme su imagen delicada pegada a la retina para superar el resto del día.
Nos sentamos en el comedor para desayunar, sin más expectativa que acabar pronto, pero cual no sería mi sorpresa al ver que, tras Lucía con la cafetera de porcelana, aparecía ella con un surtido de pasteles recién horneados para dejarlos en la mesa.
Mi tío leía el periódico y solo le dedicó un gruñido entre dientes, mirándola de reojo sin querer detenerse.
Yo me quedé embelesado buscando la reciprocidad de sus pupilas, que se enredasen con las mías para poder sonreírle, que supiera que pensaba en ella a todas horas.
Pero Irene no separó los ojos de la bandeja y de las alfombras a continuación.
Lo achaqué a la intimidante presencia de mi tío en el comedor.
Era lógico, no podía exponerse a que el dueño de la casa la sorprendiera coqueteando con su sobrino.
Pero en el patio sí, al salir nos miraríamos y yo le prometería el cielo y las estrellas con solo una sonrisa. Esperaba que pudiera traducirla.
Acabé precipitadamente mi desayuno, me disculpé ante mi tío y le dije que iba saliendo, que lo esperaría en la puerta.
Así dispondría de más tiempo mientras él subía a su dormitorio y terminaba de arreglarse.
Esperé junto a las arcadas que comunicaban con el patio trasero, excitado como un chico en su cumpleaños, con el corazón desbocado y un extraño pero delicioso cosquilleo en la boca del estómago.
Esperé en vano un buen rato sin disimular mi tremenda decepción.
Para cuando recordé que Irene no era libre de ir y venir a donde gustase en aquella casa y me devanaba los sesos buscando una excusa con la que avisarla, su preciosa silueta se recortó en el vano de la puerta, entre las ramas de arbusto oloroso.
Fue como una aparición celestial que me secó la boca y me hizo explotar de dicha.
Ella, sin embargo, al contrario de lo que hacía cada mañana, no me buscó con la mirada. Cortó un poco de romero fresco, evitó a sabiendas mi posición y, desde luego, no me regaló una sonrisa. Nada.
¿Qué diablos pasaba? ¿Alguien sospechaba algo y la habían reprendido?
¿El ama Engracia, quizá? ¿Alguien pensaba que la fregona pretendía seducir al señorito y le habían leído la cartilla o amenazado con echarla a la calle?
¿Hasta dónde estaba dispuesta a pelear ella? ¿Qué sentía Irene? ¿Qué sentía por mí?
Aferré con fuerza el ala de mi sombrero, impotente al verla marchar sin dedicarme ni una ojeada.
Quizá fuese hora de tomar decisiones, ser directo y enfrentarme a las trabas. Podía luchar por lo que deseaba. Podía y quería enfrentarme a lo que fuera con tal de tenerla.