Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 15
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Mi espejo

Irene

Después de buscar de nuevo el cuarto de doña Inés y llevarle la tisana medio templada ya, volví a la cocina.

Ocupando el rincón y una silla vieja, Petra seguía llorando y al cabo de un rato, su tía se retiró a dormir sin darle las buenas noches.

Me pregunté si se quedaría allí en vela, dado que ella y el ama compartían cuarto.

Tomasa se fue a acostar también, las luces se mitigaron y todo quedó en silencio.

Me daba una pena horrorosa, de modo que calenté agua, preparé dos infusiones de las de la señora y le ofrecí una y un poco de compañía.

—Mujer, no te lo tomes tan a la tremenda. Tu tía tiene carácter, ya debes de conocerla.

Observé que me entendía a la perfección sin necesidad de leerme los labios. No obstante y por si acaso, se lo puse fácil, colocada de frente, articulando despacio.

—No, no la conozco. Es hermana de mi madre y yo siempre he vivido en el pueblo.

—Sabes que tiene buenas intenciones, será severa, pero es por tu bien.

—Sé que me trajo porque la señora de la casa andaba buscando doncella. Y que esperaba que me hiciera con ese puesto. Pero yo no puedo… no puedo…

La vi tan desesperada que se me abrió en canal el pecho. Seguí un impulso vehemente, le agarré las manos y se las apreté con cariño.

—¿El qué no puedes? Puedes todo, Petra, igual que yo. ¿Quién iba a decirme a mí hace nada que serviría la mesa en una casa de postín? Y mira esta noche, lo he hecho sin derramar ni una gota de jalea.

La chica sacudió con fuerza la cabeza.

—No, no lo entiendes. No puedo competir con… con eso tuyo.

La presión de mis manos sobre las suyas se aflojó por la sorpresa.

—¿Con lo mío? ¿Y qué es lo mío?

—Ellos… todos, ven en ti algo especial que yo no tengo.

—Mira, que si tanto deseas el puesto de doncella puedo decirle a la señora Inés…

—Ella nunca me aceptaría, no después de haberte visto.

Cada vez entendía menos. La liberé, me retrepé contra mi silla, di un sorbo a la tisana y esperé a que explicara algo más, porque empezaba a pensar que yo era la única corta de entendederas de la casa.

—No lo sabes, ¿verdad?

—¿El qué habría de saber?

Ahora fueron sus dedos los que capturaron los míos. Se puso en pie y tiró de mí hacia la puerta.

—Ven conmigo.

Salimos al pasillo completamente a oscuras.

Estaba claro que mientras yo me deslomaba pelando patatas y limpiando pescado en la tina, Petra había hecho los deberes, supongo que en compañía del ama, y parecía conocerse la casa palmo a palmo, mucho mejor que yo, desde luego.

Aspiré el aire perfumado y sentí cómo las plantas de los pies se me hundían en lo mullido de las alfombras.

Nunca antes había tenido oportunidad de recorrer la casa sin alguien vigilándome las espaldas.

Alguien que me intimidase, me refiero. Petra no era ese tipo de persona, así que me relajé y disfruté mirando lo poco que la penumbra nos permitía ver.

El señor Antonio no pararía de quejarse, pero aquello era un palacio.

¡Qué de muebles de madera! Grandes y brillantes ¡Qué de lujo! ¡Qué de cuadros de todos los tamaños!

En un recodo del camino, una zona especialmente estrecha de un pasillo, Petra se detuvo. Miré alrededor. Reconocí de inmediato el lugar donde también la señora Inés, cuando me enseñaba la casa, había caminado más lento.

—¿Por qué te paras?

—Porque hemos llegado. Mira.

—¿Qué porras quieres que mire?

—A la mujer del cuadro, boba. Mírala.

Iba a protestar por tanto cuento, pero no pude.

Levanté los ojos para posarlos en un retrato de tamaño medio cuya imagen resucitaba a la luz de la palmatoria que Petra levantó para mí.

Era una mujer joven, hermosa, vestida de blanco.

Con el pelo rojo trenzado en un complicado recogido.

Miré despacio sus facciones. La forma de los ojos, el color, su nariz, los labios en forma de corazón, el tono cremoso de su piel.

Y fue como mirarme en un espejo, mi mano voló sin pedir permiso a temblar sobre mi rostro.

Aquella mujer era exactamente igual que yo.

Idéntica. Sentí mucho miedo, creo que empecé a tiritar con violencia.

Y se me cerraron los pulmones, no conseguía respirar.

—Esa… ¿Quién… quién es esa?

—Era. Doña Julia, la difunta esposa del señor Carlos.

Durante bastante tiempo no tuve otra ocupación que recuperar el resuello.

—Hay otro cuadro suyo en el comedor. Uno mucho más grande —añadió Petra quebrando el silencio—. Dice la tía Engracia que para los padres de la difunta señora Julia, para cuando vienen de visita a cenar, que lo vean.

—Era… muy joven.

—Y muy bonita. La tía dice que parecía una princesa.

—¿De qué se murió?

—Nadie lo sabe. Es un misterio. —Me miró con un gesto sibilino—. A lo mejor la mató el señor Carlos.

Aquella atrocidad consiguió sacarme de mi sopor. Giré la cara hacia Petra queriendo despeñarla escaleras abajo.

—¿Pero qué barbaridad estás diciendo?

—Es que, por lo visto, él no quería casarse, fue un matrimonio de esos de conveniencia que acuerdan los ricos entre ellos. A lo mejor la mató para liberarse… y ahora está arrepentido.

Le dediqué una mirada de enfado. Petra me sonreía apenas, con una expresión inocente que parecía muy culpable.

—Ya sabes, los cristianos tenemos conciencia. Seguro que los remordimientos no lo dejan vivir y tiene pesadillas por las noches. Por eso, al verte a ti…

—Al verme a mí, ¿qué?

—No sé, a lo mejor haciendo la buena obra de recogerte pensaría que le pide perdón a su difunta.

—Desvió la mirada hacia el retrato—. Mira lo igualitas que sois.

Es lo que le pasa a todo el mundo en esta casa, te miran, ven a una fregona, pero enseguida les parece ver el fantasma de doña Julia. Y contra eso yo no puedo pelear.

La observé muy intrigada. Petra hablaba fluido, segura de sí misma, nada que ver con la muchacha timorata que se escondía en los rincones de la cocina.

Y envenenada por los chismorreos del ama Engracia, eso también.

Apostaba que no estaba hablando por boca propia, sino por la de su tía.

Petra no llevaba lo suficiente en aquella casa como para sacar tantas conclusiones.

Apreté los labios y sentí una punzada profunda en el pecho, a la altura del corazón.

—Más vale que volvamos abajo, vaya a ser que nos descubran —dije dándole la espalda.

Costó despegarla del cuadro. Fue como si una fuerza demoníaca la mantuviera pegada a aquel corredor tenebroso, mirando el retrato de una muerta fantasmagóricamente revivida en mí.

Solo de pensarlo me daban escalofríos. Estaba aturdida, quería salir corriendo, alejarme y poco me importaba si Petra me seguía o se quedaba allí a pasar la noche.

El ruido de su carrera a mi espalda, me convenció de que al final venía.

—No has dicho nada, Irene…

—¿Qué habría de decir? —repliqué seca.

—Una no descubre todos los días que siendo una «don nadie» es igualita a la señora de una casa. Difunta, por más señas.

—Son cosas que pasan, la gente a veces se da aire a otra gente.

—¿Y no te parece mucha casualidad?

Frené de golpe, me giré y la miré con fiereza.

—A mí no tiene que parecerme nada, tú misma lo has dicho, soy una fregona, una «doña nadie». Y doña Julia una gran dama.

Atravesé la zona de la cocina y el comedor de servicio como una exhalación y, sin despedirme de Petra, me escondí en mi cuarto. Los ronquidos de Pilarín hacían temblar las paredes y, sin embargo, me consolaron. Me quité en silencio la ropa, me embutí en mi viejo camisón y me oculté bajo las mantas.

Por fin pude llorar a gusto hasta vaciarme.

Ahora entendía muchas cosas. No solo la reacción del servicio y de la familia al verme.

Hasta la de sus invitados. Entendía las razones de que don Carlos fuese tan amable siendo yo quien era.

Que me hubiese recogido de la calle y puesto a salvo en una casa decente con comida en abundancia.

No me sonreía porque yo le gustara, no me protegía por caridad.

Era porque le recordaba a ella. El interés del señor Carlos en mí no era más que el producto de mi imaginación, no existía, era humo.

Yo era el juguete que le recordaba a su esposa muerta. Un entretenimiento muy triste.

De repente y sin pararme a pensar que mis aspiraciones con don Carlos eran pura locura, que aún sin su mujer de por medio él tampoco habría pensado en mí de la forma que yo anhelaba, sentí que el alma se me rompía en pedazos.

Que la decepción y el desengaño me golpeaban como un puño apretado.

Que la pequeña ilusión de verlo cada mañana, de recibir su sonrisa, se desdibujaba en el aire.

Y supe que tenía que marcharme; alejarme de aquella casa y de él lo más posible.

Para no sufrir, para no acabar demente de amor.

Porque, por mucho que me engañase, eso era lo que poco a poco iba sintiendo por él, pasión, ternura, deseo, urgencia y necesidad.

Todo a su mera presencia. Y yo era fuerte, pero aquellos sentimientos desconocidos me debilitaban.

Eso sí. Después de probar lo que era dormir caliente con la barriga llena, Irene sin apellidos no volvería a las calles tal cual. Iba a elaborar un plan y a desarrollarlo con paciencia. Algo que me permitiera vivir con sencillez pero decencia, mucho tiempo.

Si algo sobraba en aquella casa, era fortuna y plata.