Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 14
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Sonrisa inolvidable

Irene

De vuelta a la cocina, me refugié en mi lugar, a seguir las instrucciones de Tomasa y preparar lo que sería la bandeja del desayuno de la señora Inés.

Iba a subírsela al día siguiente, porque al final aquella noche, en cuanto los invitados se fueron, ella se acostó sin ayuda de nadie, acosada por una jaqueca.

Dejé listo hasta el florerito de cristal donde por la mañana colocaría una flor entre hierbas aromáticas.

Estaba convencida de que oler romero fresco era una inmejorable manera de empezar el día.

Y traté de olvidar lo que había pasado con el señorito Carlos, porque era lo que me convenía.

Que estuviera viudo era aún peor que que estuviera casado.

Porque viudo implicaba en cierta forma disponible, y yo no podía permitirme el lujo de soñar con un imposible que me haría trizas el corazón, en cuanto él volviera a enamorarse de una dama de su alcurnia.

Nunca jamás vería en mí otra cosa que un espécimen curioso, digno de estudio, como solía llamarme Joshua; una pobretona medio salvaje recogida de la calle que se lo debía todo y que con gusto perdería la honra si él se lo insinuaba.

Pero nada más. Tras la diversión y el goce, vendrían el destrozo y la pena.

¿Y qué importaba? Me pregunté. Yo era mujer de presentes, no de pasados, mucho menos de futuros, tan inciertos que jamás los había tenido.

Cuando vives de la caridad, del robo y la picaresca, cuando te ves sola en la calle obligada a vadear la violencia, el delito y el engaño, te das cuenta de que, quizá, para ti no haya un mañana.

Te acostumbras a saludar a la vida con la salida de cada sol y, al cerrar los ojos, rezas para volver a abrirlos.

A no pocos asesinaban durante el sueño solo para robarles las botas. Así que ¿por qué no?

Yo era carnal y sensitiva, no iba a negarme lo que sentía por el señorito, y si al señorito yo le gustaba… que fuera lo que Dios quisiera.

—Niña, ¿sigues aquí, entre los vivos? ¿O acaso el sereno del patio te ha resfriado las entendederas?

Era el ama Engracia, mirándome desde su altura, con mal talante y bastantes prisas.

—Dígame usted, ama.

—Prepárale a la señora una tisana para dormir y se la subes a su dormitorio.

—¿A estas horas? Dijo que quería descansar…

—¡Pues habrá cambiado de opinión! ¡Será verdad que también me discutes las órdenes de la señora! ¿Sería mucho pedir que te limitaras a cumplir con lo que se te ordena, calladita y sin rechistar? ¡Jesús, qué maldición de muchacha!

Ante la palabra «maldición», a la señora Tomasa le faltó tiempo para persignarse tres veces seguidas.

—Le pido disculpas, ama, voy enseguida.

Con toda la diligencia de la que era capaz puse a hervir agua, preparé la porcelana con la tisana para los nervios, la servilleta de hilo y la bandeja pequeña de plata. Corta y manejable. Me las arreglaría bastante bien subiendo la escalera con ella.

—Allá voy —anuncié conteniendo el aliento.

—Tercer piso, pasillo de la izquierda, cuarta puerta a la derecha.

—Enseguida, ama Engracia.

Abandoné a pasitos cortos la zona de servicio dejando al ama murmurando a mis espaldas.

Sé que no la hacía en absoluto feliz que yo me encargase de la tarea y que habría preferido mil veces ser ella o su sobrina Petra las que atendieran a la señora.

A mí ni me iba ni me venía. No iba a desairar los deseos de doña Inés, faltaría, pero si me dejaban tranquila en la cocina con mis peladuras de patata, mis tripas de pescado fresco y los asados que ya iba manejando, viviría mejor.

Al llegar al segundo piso me detuve con un jadeo, comprobé el buen estado del servicio sobre la bandeja y tomé aire para encarar el último tramo.

Pero al llegar al descansillo, me confundí de instrucciones y en lugar de tirar para el pasillo de la izquierda tiré para la derecha.

Conté las puertas a la izquierda, nuevo error, de la primera a la cuarta.

Carraspeé, toqué con los nudillos, aguardé unos segundos y me dispuse a entrar.

Menos mal que no se me ocurrió abrir la boca, solo Dios sabe qué hubiera pasado.

Entré en el saloncito donde chisporroteaba una alegre chimenea, caminé en lo que supuse sería dirección al dormitorio para toparme con una puerta doble de cristalera, cerrada, tras la cual se veía una enorme bañera de metal y dentro, entre jabones, desnudito como el Señor lo trajo al mundo, a don Carlos.

Se me cortó el resuello. Los brazos empezaron a temblar y la porcelana fina a clinclinear sobre el plato.

El corazón me latía tan rápido que temí que saltara fuera del pecho.

Y allí estaba yo, completamente paralizada, incapaz ni de pestañear siquiera.

Con mucho esfuerzo me distancié de las cristaleras andando de espaldas, sin atreverme a ningún movimiento brusco que delatara mi presencia.

Pero ¿dónde me había ido a meter? ¿En el dormitorio del señorito Carlos?

Más me valía salir de allí zumbando porque, si el ama Engracia o doña Inés me sorprendían en un lugar tan prohibido, tendría contadas las horas en aquella santa casa.

Tragué saliva y le pedí por favor a mi corazón que se calmara. Para permitirme una última mirada antes de desaparecer.

El agua jabonosa le llegaba a la altura del pecho, tenía la cabeza reclinada contra el borde de la tina y los ojos cerrados.

Pude disfrutar de su perfil perfecto, de su preciosa nariz y de aquellos labios mullidos fabricados por los mismos ángeles.

Era el hombre más guapo que había visto en mi vida y os aseguro que viviendo en las calles, comiendo a costa de espiar y acosar a la gente, se ven muchas caras.

El confundirme de cuarto me había traído un inesperado regalo que me llenó de felicidad el alma.

Pero era pecado. Así que cerré los ojos para grabar a fuego aquella imagen suya, como dormido, medio sonriendo, y llevármela dentro.

Sería el bálsamo para mis noches y mis momentos malos.

Sin embargo, cuando los abrí, don Carlos me estaba mirando.

No sé ni cómo, había descubierto mi presencia, allí, vergonzosamente agazapada, espiando su momento más íntimo. Sonrió despacio sin apartar de mí sus ojos, y con las manos apoyadas en el borde de la tina, se puso en pie, desnudo como su bendita madre lo parió.

La bandeja se cayó al suelo, la taza se hizo pedazos y el líquido de la tisana manchó la preciosa alfombra.

Volví a mirarlo aterrorizada e hipnotizada al tiempo.

Era verdaderamente un dios, aquel cuerpo no podía haber sido esculpido más que por la Mano Creadora.

Él no parecía preocupado porque alguien nos descubriera, todo lo que hizo fue llevarse el dedo índice a los labios y rogarme silencio.

Yo temblaba como un papel de seda. Don Carlos avanzó en mi dirección, abrió las dobles puertas de cristal y sin pronunciar una palabra, enlazó mi cintura y tiró de mí hasta quedar los dos en el centro de aquel saloncito, con las puertas de nuevo cerradas.

—Estamos a salvo —susurró muy cerca de mi cuello.

Mi piel respondió en el acto como sólo lo había hecho ante el frío del invierno en las calles.

Se erizó y me sacudió en un violento temblor de excitación.

Mis ojos enganchados por obra del diablo de aquel pecho perfecto, de aquellos fornidos brazos, de los marcados abdominales y de…

Me negué a ir más allá. Ya había visto suficiente mientras don Carlos se aproximaba.

Lo bastante como para no poder dormir en años.

Su mano se escabulló bajo mi melena y acarició mi nuca. Sentí que las piernas no me sostenían. De entre los labios me voló un gemido del que enseguida me arrepentí. Era toda una frase, un «soy tuya por entero», todo un acto de rendición en un inocente sonido.

A los hombres no se les puede dar tanto tan fácil, decía la Maricuela, una de la calle que durante algunos meses había sido puta.

Pero se me escapó y está claro que el señor Carlos lo entendió bien, porque se inclinó sobre mí y capturó mi boca con la suya, transportándome en un beso interminable y profundo, directa al otro mundo.

Mi cuerpo echó a arder, mi pulso se aceleró hasta la demencia, bajo la ropa barata mis pezones se pusieron duros y un delicioso y desconocido calambre me recorrió el vientre.

Pestañeé. La bandeja seguía en mis manos, intacta. El señor Carlos no me abrazaba ni me besaba. Las puertas seguían cerradas y él continuaba en la bañera con los ojos cerrados, ajeno a mi vigilancia. No obstante, yo jadeaba como una condenada a muerte.

Todo había sido una ensoñación mía, el producto de una imaginación digna de un excomulgado. Sin duda era una pecadora con una mente sucia y una entrepierna por estrenar.

Tenía que salir de allí con urgencia. Buscar las habitaciones de doña Inés, entregarle la tisana, preguntarle con mucha educación si necesitaba algo más antes de retirarme, así me lo había indicado Tomasa, y esconderme en mi cama bajo muchas mantas hasta que se me pasara la calentura.

Pero antes de irme, me detuve a mirarlo una última vez.

¿Por qué sonreía así, semidormido? ¿Con quién estaría soñando el señor Carlos?

Qué bueno sería saberlo.