Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 13
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Un corazón noble

Irene

La actitud del am a E n g racia para conmigo había girado ciento ochenta grados desde que su sobrina Petra entrara por la puerta.

No es que antes fuera amorosa y maternal como la de Tomasa, que parecía haberme tomado bajo su ala como a un polluelo hambriento, pero me siempre me hizo pensar en una mujer severa con un corazón noble latiendo en el fondo, conmovida ante la desesperada situación de necesidad de los pobres.

Sin embargo, en cuanto su sobrina acaparó su atención, yo pasé a ser un sarpullido molesto que estorbaba sus planes.

Ya no me miraba igual, con su pizca de compasión, ni siquiera con indiferencia, lo cual habría estado muy bien porque me permitiría vivir en paz.

Me observaba desde lejos con los ojos entornados y una especie de resentimiento que casi se podía palpar.

Empecé a temer que me cogiera tirria y convenciera a la señora Inés para despedirme.

Brotaron pesadillas en las que me veía otra vez a la intemperie, pasando frío, sin el apoyo y la compañía de Joshua, sin su consejo, expuesta a las maldades de la gente hambrienta.

Apenas me despegaba del fregadero y de la mesa de labor en la cocina, cortando verdura o limpiando pescado con la cabeza gacha para no llamar la atención.

Si alguien me hubiese concedido un deseo en aquellos días, por encima de lo mucho que deseaba amar a mi ángel, habría pedido ser invisible para el ama Engracia.

Por eso, el inesperado capricho de doña Inés de que me convirtiera en su doncella personal lo echó todo a rodar.

De tensa, el ama pasó a estar furiosa conmigo y con Petra al mismo tiempo, como si la culpase de no haber brillado lo suficiente como para resultar elegida.

La chiquilla se pasaba hora tras hora llorando, mientras su tía iba y venía de la zona de servicio sin mirarla siquiera.

Nada en el enrarecido ambiente me hacía presagiar lo que pasaría a continuación, tras la llegada de los señores de Ocharán.

—Apura, Irene, que esta noche sirves la mesa.

Me quedé de una pieza. Helada, petrificada, atascada retorciendo el trapo que tenía entre las manos, y tuvo que ser Tomasa la que respondiera por mí.

—¿Está segura de eso, ama Engracia? ¿La niña…?

—¿Por qué no? La señora está enfadada con Sarita, a Ana le ha dado un vahído y solo queda Lucía. Una doncella no puede servir sola la mesa.

—Es que esta noche los señores tienen convidados.

—Pues mismamente por eso.

—También queda Antoñita.

Antoñita tenía la suerte de pasar desapercibida para todo el mundo. Era un ratoncito de cocina que se pasaba el día con el mocho de la fregona en la mano y cojeaba de un modo bastante evidente. El ama Engracia la miró por encima del hombro con desprecio.

—Por encima de mi cadáver mientras yo sea gobernanta en esta casa, servirá una cena una fregona que no camina derecha.

—Ama Engracia —intervine en un balbuceo temeroso—, yo soy… yo solo soy pinche de cocina.

Sonrió con frialdad.

—No que yo sepa, andas en vías de ser ni más ni menos que doncella personal de la señora de la casa, así que el trabajo de esta noche te vendrá bien como entrenamiento.

¡Vamos! ¿A qué esperas? Ponte un delantal limpio y una cofia.

Mis órdenes, señora Tomasa, por lo general, no se discuten.

Voy a tener que cortar y pronto, esos aires revolucionarios suyos que tanto me incomodan.

La señora Tomasa se encogió de hombros y dejó caer el machete sobre las chuletas que estaba cortando.

—Usted verá, no está en mi ánimo discutir, bien lo sabe Dios, pero arreando con las consecuencias. Espabila, Irene, haz lo que te han mandado.

Salí al comedor entre tembleques, cargada con la bandeja del postre, siguiendo los talones de Lucia y rezándole a todos los Santos para no tropezar ni cometer ningún estropicio delante de don Carlos y los invitados de sus tíos.

Todo podía soportarlo, la humillación, el ridículo, el hambre y el frío, pero avergonzarlo a él, eso no podía consentirlo.

Así que me empeñé en salir con bien de aquella prueba en la que el ama Engracia me había metido a la fuerza, y no sé si con tan buena intención como ella pretendía que creyéramos.

Mi papel era relativamente sencillo: sujetar la bandeja e inclinarme hacia el comensal, Tomasa me explicó que se les llamaba así, para que él mismo se sirviera.

Con no volcarle encima el contenido, tendría bastante.

Pero no llegué a entender por qué yo tenía que recorrer la mesa cargada con la tarta mientras Lucía esperaba tiesa pegada a la pared, cuando ya antes los platos sucios se habían retirado y sustituido por los de postre.

Misterios de una casa de bien en el centro de Madrid.

Luego, cuando regresé sana y salva a la cocina, feliz de haber superado la prueba y se lo contaba a la señora Tomasa entre sollozos de pura felicidad, el ama Engracia vino a decirme que saliera al patio porque el señor Carlos pedía verme.

Al principio pensé que se burlaba de mí; enseguida, cuando vi lo poco contenta que estaba, empecé a creerlo y el latido de mi corazón se lanzó a un galope desenfrenado que estuvo a punto de matarme.

Enfrenté el encuentro fingiendo fortaleza, seguridad, distancia y todas esas cosas que se fingen cuando una no quiere que el enemigo, en mi caso, el hombre de mis sueños, se percate de lo que sientes, pero mis piernas eran gelatina, las palabras me brotaban solas sin control y ese momento en que él posó su dedo sobre mis labios para callarme…

De haber estado en la calle, de haber pertenecido ambos al mundo sin normas del que provengo, sin duda me habría abalanzado a sus brazos para morderle con furia la boca y entregarme por entero. Sin condiciones.

En cambio, tuve que comportarme como la señorita que desde luego no era, y mantener la compostura hasta que el siseo del ama Engracia reclamándome rompió en pedazos toda la magia de un amor que arrancaba bajo la luna.