Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 12
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Bajo la luna llena

Carlos

Estaría mintiendo si dijese que las aguas volvieron del todo a su cauce.

Tanto don Enrique como mi tío estaban impresionados y no lo ocultaban, con su conversación errática y un poco absurda.

La esposa del banquero se había zambullido en un inquietante silencio del que los esfuerzos de mi tía no lograron sacarla y, en lugar de café, pidió una tila.

Acabada la comida, los caballeros se retiraron a la biblioteca grande a fumar y las damas al saloncito a degustar un oporto.

Yo solicité excusarme y, aunque la mirada de mi tío no fue precisamente de complacencia, referí unos documentos de la Compañía que urgían de revisión y eso bastó para que me autorizara.

Avisé al ama Engracia para que le pasara recado a Irene y me senté a esperarla en el banco de piedra del patio.

—¿Está seguro de lo que me pide, don Carlos?

—Vaya y no discuta, ama Engracia, vaya. No dispongo de mucho tiempo.

Torció el gesto, apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea, pero dejó de entrometerse y desapareció.

La última orden la dicté con firmeza para dejarle claro que, pese a lo extraordinario de mi encomienda y de querer entrevistarme a solas, no solo con un miembro del servicio sino con una jovencita soltera, no iba a permitirle un discurso de los suyos acerca de las prohibiciones sociales y la moralidad cristiana.

Los diez minutos que Irene tardó en llegar, me parecieron eternos.

—¿Ha llamado…, señor? ¿Don Carlos?

—Sí, pasa, estoy aquí, al fondo, detrás de los jazmines.

—No se le ve…

—De eso se trata. Disponemos solo del tiempo que mis tíos necesiten para descubrirnos.

Se me colocó delante y los rayos de plata de la luna llena le iluminaron la cara. ¡Qué hermosa era! ¡Qué frágil y a la par qué fuerte! ¡Qué extraordinaria mujer! Debí de quedarme mirándola como un bobo, porque en sus labios se dibujó una sonrisa burlona.

—Ya sé que en su mundo esto está mal visto.

—¿A qué te refieres? —balbuceé sin apartar mi atención de ella, notando cómo el ritmo del corazón se me aceleraba, igual que antes, en el comedor.

—A vernos aquí, usted y yo, sin nadie más que vigile. En su mundo es un pecado. En el mío no; en la calle no hay reglas.

Suspiré recuperando parte del control perdido.

—Qué utópico, una vida sin reglas.

—Perdone usted, no sé lo que significa esa…, esa palabra.

—Utópico. Algo con lo que soñamos, pero que está fuera de nuestro alcance.

—No debe de tener muchas cosas que quiera y no pueda conseguir.

Lo expresó con franqueza, sin maldad, con una chispa de admiración que latía al son de sus largas pestañas aleteando. Me pregunté si sabría leer en mis ojos cuánto la deseaba.

—El dinero no lo es todo en esta vida, Irene.

—Lo es para lo que no lo tenemos. Bendito sea el poder del Salvador, señorito Carlos, aquí hace un frío de los infiernos.

Su especie de humor rompió la peligrosa atmósfera de intimidad que habíamos terminado creando. Me hizo gracia la comparación tan traída por los pelos.

—¿No se supone que en los infiernos arden las calderas hirvientes?

—Eso cuentan, cualquiera sabe, nadie ha vuelto para contarlo. ¿Usted cree en el infierno?

—Bueno, nos graban a cincel desde pequeños que es eso lo que debemos creer, lo damos por válido y cuando crecemos, quizá seamos demasiado perezosos como para volver a plantearnos nada más. Eso creo.

—¿Y no le parece una forma muy tonta de vivir?

La observé con curiosidad contenida.

—Es posible. Sabes muchas cosas, Irene, y te planteas muchas otras que no son corrientes tratándose de mujeres, si me permites decirlo.

Ella desvió sus ojos claros en dirección a la luna. Allí, de pie, bañada por aquella luz, me pareció más que nunca la aparición de un ángel.

—Seguramente no de la clase de chicas que usted conoce. A mí me crió un hombre sabio, tuve esa suerte. Se llamaba Joshua, era viejo e ilustrado, pasábamos noches enteras bajo las estrellas hablando y haciéndonos preguntas.

—¿Era él quien tocaba el órgano en las iglesias?

—Y quien me habló de Beethoven. —Se despegó de su bello recuerdo y volvió a mirarme con una chispa de desafío— ¿Va a decirme por qué me ha llamado?

Estaba tan aliviado al comprobar que el hombre que añoraba no se trataba de ningún amor de su pasado, que hasta ese instante no vi que no había elaborado una excusa plausible.

Tampoco pensé jamás que ella me interrogaría.

La vi menos sumisa, más parecida a la fierecilla que conocí en la Puerta del Sol.

Supongo que, de algún modo, Irene era una mezcla de todas aquellas cosas que aparentemente no casaban.

—Quería verte.

—¿Y preguntarme de nuevo si me tratan bien, si estoy contenta, si el ama Engracia se porta? La respuesta sigue siendo sí.

—¿Por qué no te sientas?

Noté que se ponía nerviosa. Muy nerviosa. Y eso contribuyó a tranquilizarme a mí.

—¿Ahí, a su lado? ¿Y que salgan sus tíos y nos vean tan cerca…?

—Les diremos que en nuestro universo no hay reglas, ¿qué te parece?

—Que no quiero por nada del mundo que me echen a la calle.

—No te echarán, tienes mi palabra.

Se encogió de hombros en un ademán gracioso.

—Prefiero no tentar a la suerte. Aquí de pie estoy bien.

Palmeé el banco de piedra en la zona más cercana.

—Que te sientes te digo, será solo un ratito. Al fin y al cabo, estás aquí porque somos amigos.

Irene se arrebujó en la vieja toquilla de lana que cubría sus hombros y que yo recordaba haberle visto durante años al ama Engracia.

Pero dejó de oponerse y se acomodó a mi lado.

De inmediato, me alcanzó el calor que desprendía su cuerpo, el suave olor a jazmines desde su pelo y la tentación de rozar su blanca piel con la yema de los dedos me quebró en un calambre.

—No diga mentiras, señor don Carlos. No somos amigos ni nada que se le parezca. Soy su criada y usted el patrón. Antes que eso… ¡Válgame Dios! Yo una ladrona callejera y usted mi víctima.

—No vuelvas a repetir semejante historia donde nadie pueda escucharte —le advertí en un siseo.

—¿Pretende protegerme? —preguntó casi molesta.

—Pretendo que te labres un porvenir, a ser posible, sana y salva en una casa decente. Si mis tíos llegaran a enterarse del modo en que nos conocimos…

—No se preocupe, mantendré la boca cerrada, más me vale. ¿Qué tal le va el trabajo? Sale temprano y pasa en las oficinas muchas horas.

Sonreí satisfecho de que controlase con tanto afán mi rutina diaria.

—Es cierto. No tengo más vida que la Compañía del Metropolitano Alfonso XIII.

—¿Es verdad que el propio rey ha puesto dinero para que se construya el metro de Madrid?

—En efecto, un millón de pesetas.

Se le abrieron dos ojos como dos soles brillantes.

—¿Y que los trenes irán bajo tierra?

—Por unos túneles enormes, como gusanos gigantes a toda velocidad.

—Me… ¿me lo enseñará cuando esté terminado?

—¿Te gustaría?

—Mucho

—Irene, yo…

Tenía que contárselo, alertarla, impedir que lo descubriese de otro modo e hiciera conjeturas equivocadas de las que yo no saldría bien parado.

Pero la intensidad de aquellos ojos como dos pedazos de inmensa pradera mirándome era devastadora y no fui capaz.

Me quedé paralizado, deseando solo tomarla entre mis brazos, embriagarme con su delicado perfume y besarla.

Besarla hasta que se acabara el mundo. El suyo y el mío, y el de cualquier otro que supusiera un impedimento a lo que sentía.

—Dígame, señor —me apremió, mirando angustiada en dirección a la salida. El silencio, para suerte mía, era absoluto.

—No me llames señor.

Estuvo a punto de soltar una carcajada.

—¿Y cómo habría de llamarlo?

—¿Qué tal Carlos? Al menos cuando estemos solos.

Frunció el ceño y me miró con severidad.

—Me ha llamado para algo, pero ahora no quiere decirme lo que es.

—No, es solo que… estoy muy contento de que estés aquí con nosotros.

Maldita intuición la suya, adivinando mis tormentos interiores sin necesidad de confesarlos. Hizo como que se contentaba con la pobre explicación.

—¿Sabe que su tía me ha reclamado como doncella?

—¡Eso es una magnífica noticia!

—Sí, si le digo que sí.

—No entendería que desperdiciaras una oportunidad como esa. No lo hagas.

—Me muero de miedo… Ya sabe, cometer errores, enfadarla, decepcionarla y que me eche otra vez a la calle.

—Y dale con la calle, mujer, qué obsesión. Eso no pasará.

—¿Quién lo dice?

—Yo lo digo. Eres hábil, espabilada y muy capaz.

—Eso dice Tomasa, pero no he sido doncella ni en mis peores pesadillas.

—Sin embargo, has servido la mesa sin ningún percance.

—Era fácil, me limitaba a seguir a Lucía igual que un perro. Pero en las habitaciones de doña Inés estaré sola. Y pasará algo horrible, lo sé, le tiraré encima el té hirviendo o romperé su jarrita de cristal favorita, o…

Coloqué un dedo sobre sus labios mullidos para que no siguiera nublando el futuro con malos augurios. El tacto de su piel de seda me hizo estremecer.

—¡Señor Carlos!

Era el ama Engracia. Retiré la caricia con brusquedad e Irene se puso en pie de un salto,  temblando como una hoja.

—Señor Carlos, sería mejor que la niña Irene entrase pronto. La señora va a acostarse y no tardará en reclamarla.

—¿A mí? ¿Esta noche? —se horrorizó ella.

El ama Engracia sacudió secamente el cuello.

—¿Qué se le va a hacer? Tan irresistibles son tus encantos que tienes encandilada a media casa Otamendi.

Lo rumió entre dientes, pero bastó para que yo la escuchara. No sé si era o no su intención, pero era la pura verdad. Irene nos había embrujado. A mí, a mi tía y, a pesar de la primera impresión, no tardaría en tener a mi tío Antonio también embriagado. Me puse en pie e incliné levemente la cabeza.

—Me retiro entonces, buenas noches y que descansen.

Me fui a la cama a ver amanecer, incapaz de conciliar el sueño, de apartarla de mi mente un solo segundo.

Y desde aquella noche, cada mañana al cruzar el paso de carruajes, dejé de hacerme el distraído y me permitía la licencia de mirar hacia el patio y despedirme de Irene con los ojos y una sonrisa que ella me devolvía radiant e .

Era el principio de nuestra dolorosa historia de amor.