11
Una cena terrible
Carlos
Hay familias condenadas a no entenderse.
Eso ocurría, de alguna forma, entre los Otamendi y los Ocharán.
Apellidos amigos y enemigos por mor de un solar, varios negocios y los caprichos de mi tío Antonio.
Gracias al préstamo de cuatro millones de pesetas procedente del banco de Vizcaya, el proyecto de modernización más importante de Madrid, el metro subterráneo, había salido adelante.
Pero que el número uno de la Gran Vía, tras caer la duquesa de Sevillano en desgracia y perderlo, hubiese ido a parar a manos de otro Ocharán, Luis, hacía que a mi tío se le abriera la bilis con solo escuchar el apellido.
Esa noche, Enrique Ocharán, vasco como los Otamendi y propietario del meritado banco, nos acompañaba con su florida esposa en la cena.
Había que prepararse para cualquier catástrofe inesperada, me dije mientras me vestía.
Pese a todo, estaba de muy buen humor. Los contratiempos en el proyecto no me afectaban como antes, las dificultades que la Gran Guerra imponía a nuestras importaciones de material las resolvía con soltura y las cosas marchaban.
De una manera bastante inocente, mis mañanas se habían vuelto especiales.
La culpa la tenía una bonita pelirroja que solía aparecer en la esquina del patio que lindaba con el paso de cocheras, cuando mi tío y yo abandonábamos la casa para ir a las oficinas de la Compañía, obsequiándome con el impagable regalo de su perfume.
Puede que ella no lo notase, pero su presencia pesaba y me atravesaba como una flecha.
A ciegas podía adivinar el lugar exacto donde se encontraba y, el solo hecho de imaginarla sonriendo serena bajo el sol, me llenaba de felicidad para toda la jornada.
A la par que mis deseos crecían y el anhelo se disparaba, mi yo racional me advertía de los obstáculos.
No es que fuera difícil, era imposible. Lo sabía, pero ¿quién se lo explicaba a mi corazón y a mi alma ilusionada?
Se negaban a aceptarlo. Esperaba un milagro, sí, eso era.
El segundo. Porque el primero ya se había producido, aunque todos en aquella casa guardásemos al respecto el más oscuro silencio.
Aquel día no fue fácil. España no fabricaba la maquinaria que necesitábamos para nuestros trenes, Europa sangraba sus heridas de guerra, y el hecho de que nuestro país se mantuviese en terreno neutral no nos privaba de las nefastas consecuencias a nivel económico, social y político.
La mayoría de las fábricas habían cerrado por falta de materia prima y las que sobrevivían mantenían a sus obreros a media jornada.
Todo se había encarecido hasta lo demencial y los sueldos eran ridículos.
Mucha gente pasaba hambre y necesidad y solo nuestra inquebrantable fe en un futuro progresista y mejor nos disuadía de no abandonar las obras.
Los Ocharán llegaron puntuales y tras los saludos y cumplidos de rigor, pasamos juntos al comedor.
Mi plan era escabullirme cuanto antes a revisar unos planos recién llegados a la oficina.
Me sentía al margen de los asuntos de las damas y los eternos dilemas entre Otamendis y Ocharanes no me interesaban.
Pero eso vendría después de cenar, no antes, así que me armé de valor para soportar otro asalto de mi tío si decidía volver a la carga con el tedioso asunto del solar de la duquesa de Sevillano y la mansión que don Luis Ocharán Mazas se había mandado construir.
En la primera media hora, el ambiente fue cálido y distendido y las conversaciones discurrieron alrededor del gran proyecto del metro.
La puesta en marcha de la primera línea de trenes subterráneos en Madrid, uniendo Sol y Cuatro Caminos, que nos elevaría a categoría de gran capital europea a pesar de los pesares y del catastrófico telón de fondo de un gobierno que parecía un fantoche cambiante.
Consideré que era un buen momento para exponer mis planes a medio y largo plazo, apenas un boceto de ilusión.
—Le decía a mi tío, don Enrique, que el suministro eléctrico de la red de Madrid no es fiable, no como para alimentar el metro cuando crezca.
—¡Paparruchas!
—Motivo por el cual, deberíamos construir una central eléctrica propia que nos garantice un flujo continuado —proseguí como si jamás me hubiera interrumpido.
Mi tío soltó una estruendosa carcajada que conmovió a ambas damas e hizo que doña Inés lo reprendiera sin palabras.
—Sí, claro, suma más gastos, que aún no tenemos suficientes.
—Yo en tu lugar escucharía al muchacho, Antonio, lo que dice me parece muy sensato —apuntó don Enrique con fervor.
—Los bancos siempre miráis con agrado los proyectos que precisan de grandes capitales.
—Se hará necesario —insistí—, es cuestión de tiempo. Y no estaría de más irlo previendo.
Mi tío masticó un trozo de pechuga de pavo asado como si intentara asesinarlo.
—Por el amor de Dios, Carlos, estamos endeudados hasta las cejas, no empeoremos las perspectivas.
—¿De qué serviría disponer de un ferrocarril subterráneo que no puede moverse?
La respuesta a mis desvelos fue un agrio gruñido. Enrique Ocharán se rio con ganas.
—Me temo que tu tío prefiere esconder la cabeza en el agujero como las avestruces. Problema que no veo…
—Problema que no existe —completé yo con una chispa de mofa, a sabiendas de que aquello enfadaría aún más a mi tío.
—Cruzaremos ese puente cuando llegue el momento, no antes.
El banco de Vizcaya es partícipe en el proyecto del metro en una generosa proporción, pero si los créditos aumentasen demasiado…
podríamos vernos expropiados de nuestra propia obra, como la pobre duquesa de Sevillano con el solar de la Gran vía.
¡Acabáramos!
Sobre el tapete, el espinoso tema de siempre. Don Enrique y yo carraspeamos a un tiempo, y mi tía cruzó conmigo una mirada de angustia.
—Una tremenda desgracia —susurró la esposa de don Enrique.
—Por suerte ya solventada —se apresuró a agregar mi tía.
Con mucha habilidad y suma cortesía, don Enrique dio un giro inesperado a la charla que ya desbarraba directa al precipicio.
—Si se me permite preguntar, ¿qué planes personales de futuro tiene el joven Carlos?
—¿A qué se refiere?
—A si piensas volver a casarte.
—Por el amor del cielo, querido, no seas indiscreto —se escandalizó su señora.
—Preguntas lógicas a un chico en la plena flor de la vida, creo que entraría dentro de lo esperable…
—Aún estamos de luto —intervino mi tía en mi nombre.
Mostré mi relativa conformidad con una sacudida de cabeza.
—Entiendo. Pero los lutos, por fortuna, pasan.
—Querido, te lo ruego —volvió a suplicar su mujer con el rostro descompuesto.
Mi tío se tragó el trozo de brócoli con bechamel que mantenía entre los dientes y estimó oportuno ilustrarnos con su opinión.
—De momento y hasta que el proyecto culmine y la línea de metro se inaugure, mi sobrino está muy ocupado. No tiene tiempo de cortejos.
—¿Estás de acuerdo? —quiso saber don Enrique mirándome directamente a los ojos.
Mi tío Antonio no me concedió tiempo ni oportunidad de réplica.
—Veo que ardes en deseos de presentarle a tu preciosa sobrina Mariana.
Ahí lo teníamos. El quid de la cuestión del escabroso interés de don Enrique Ocharán por mi soltería.
—No me negarás que sería una unión de lo más conveniente.
—No lo niego, pero todo a su debido tiempo. Ya sabes, cuando lleguemos al puente… ¡Ah, albricias! ¡El postre!
Quizá yo no estaba preparado para verla aparecer.
Quizá no era capaz de imaginarla más que en la cocina, lo suficientemente lejos, a salvo de mis turbulentos deseos.
O en el patio por la mañana temprano, entre tomillo, hierbabuena y ramilletes de flores heladas.
No la quería allí en aquel comedor, cargada con una enorme bandeja, ruborizada, con las pupilas clavadas en las alfombras.
No en el mundo real, no fuera de mis dorados sueños.
Soportar aquella visión era bajarla del pedestal de diosa donde la había entronizado para no alcanzarla, hasta la tierra húmeda del suelo corriente que pisan los mortales.
Irene pertenecía a otro universo, uno que nada tenía que ver con tartas, jaleas y postres.
Por fortuna, creo que con la sola excepción de tía Inés y yo mismo, nadie reparó en la muchacha que seguía a Lucía, la otra criada, con callada sumisión.
—No digo que no esté mal que lo digamos precisamente nosotros, pero… —arrancó la esposa de don Enrique con un trino de felicidad.
—Nuestra sobrina es una mocita discreta y laboriosa. Con una educación exquisita —la interrumpió su marido. Ella asintió dispuesta a continuar.
—Y es muy bonita. ¿La conoce usted, don Carlos?
Yo andaba distraído detrás de unas faldas de algodón celeste y unos mechones rebeldes, rojos como la sangre. A duras penas descendí al mundo de los sentidos.
—Sí, es posible que hayamos coincidido…. en alguna ocasión.
—Sería gratificante ver a nuestras familias unidas por algo más que negocios.
—Desde luego, desde luego. ¿A ver esa tarta?
En ese preciso instante sucedió. Tanto mi tío como don Enrique y su esposa repararon en Irene y el tiempo se detuvo. En el comedor solo se oyeron, por unos segundos, el tic tac de los relojes. Ni respirábamos.
—¿Qué les está pareciendo la cena? Hemos puesto en marcha algunas nuevas recetas después de la navidad.
Dios nos ha bendecido con una cocinera abierta a la innovación.
—El tono cotidiano de mi tía contribuyó a romper el espejismo y lo tiñó todo de una salvadora normalidad.
Los invitados a la cena se vieron obligados a responder por civismo, aún antes de recuperarse del susto.
—Delicioso —alabó don Enrique en un balbuceo.
—Todo delicioso —corroboró su esposa—. Usan hierbas aromáticas, ¿verdad?
Mientras la conversación iba poco a poco envalentonándose y mi tío me perforaba con unos ojos como dos saetas de fuego, yo busqué los de Irene, que brillaban atemorizados.
Había conseguido sostener la bandeja mientras Lucía servía, sin tropezar.
No había despegado los labios, pero cualquiera diría que llevaba sirviendo comedores media vida.
Traté de enviarle un mensaje tranquilizador con la mirada y el ruego de un poco de paciencia.
Nada de aquello estaba resultando justo.
Por muy salvaje que la chica fuese, no podían pasarle inadvertidas las desproporcionadas reacciones de todo el mundo al verla, se estaría preguntando los motivos.
Y yo no obraba bien al ocultárselos. Le debía algo, una explicación, un invento que no la alejase demasiado.
«Egoísta —me dije—, te comportas como un malnacido egoísta» .
—Gracias, Lucía, Irene, pueden retirarse. —Doña Inés puso punto y final a la presencia de las muchachas en el comedor, cortando de cuajo cualquier habladuría.
Llegarían luego, cuando los invitados se hubiesen marchado y regresara la temida intimidad familiar.