10
El principio de una guerra
Irene
Íbamos por la mitad del desayuno cuando el ama Engracia se nos unió en la mesa.
Traía el rictus más apretado que nunca, los ojos le echaban chispas y su postura era rígida como el palo de una escoba.
Nos barrió a todos con una desagradable mirada y yo aproveché que tenía que servirle café y pan para escabullirme.
No sé por qué tuve la impresión de que parte de aquellas perlas silenciosas me las dedicaba a mí.
Esperó a que todos acabaran, a que Petra y yo recogiésemos los servicios y limpiáramos la mesa, y que todos se fueran, cada cual a sus quehaceres, para arrinconarme en la cocina junto al fregadero, donde me esperaban tres pescados enormes que destripar para la cena.
—¿Qué es esa barbaridad con la que me sale la señora de que vas a convertirte en doncella?
Pestañeé asustada.
—Si todavía no he aceptado…
El ama Engracia soltó una carcajada digna de los mismísimos infiernos.
—¡Esta sí que es buena! ¿Que todavía no has aceptado? ¡Perdone usted, milady ! ¡Tómese su tiempo! ¿Pero quién te has creído que eres, andrajosa recogida?
—Ama, tampoco hay que faltar… —intervino Tomasa con las manos mojadas.
La guardesa de la casa estaba fuera de sí.
—Decir la verdad no es faltar a nadie. Hasta hace apenas tres semanas, esta criatura vivía en la calle, no quiero imaginarme cómo.
Se le recogió, se le ha dado un techo respetable, comida y con el tiempo…
hasta tendrá un salario ¡por Dios bendito!
¡Ni en sus mejores sueños! La señora pierde la cabeza, le ofrece ser su doncella ¿y aún dice que se lo tiene que pensar?
—¿Por eso está tan enfadada, ama? ¿Porque doña Inés ha pensado en Irene antes que en su sobrina?
Las mandíbulas del ama Engracia se encajaron con fiereza. Una dispuesta a quebrar a la otra.
—¡La señora aún no conoce a mi Milagros! Seguro que cuando la conozca la preferirá, no me cabe duda.
—Y si no la prefiere, ya se las compondrá usted para que lo haga.
El ama miró a la cocinera con la boca abierta, como si no diera crédito a lo que estaba oyendo.
—Está usted siendo muy insolente, Tomasa, le advierto que aunque tengamos una buena relación de amistad, no le permito…
—Vamos, ama, llevo en esta casa más años que usted, conozco a los señores desde antes y he vivido tragedias que usted ni se figura.
El ama se estiró cuanto pudo, manoseando el manojo de llaves que colgaba de su cintura. La prueba de su poder.
—Puede. Pero yo soy el ama de llaves y usted simplemente la cocinera. Yo tomo decisiones que los señores escuchan y usted se limita a preparar sus guisos.
—Sin los que, le recuerdo, no podrían pasar.
Me di cuenta de que parecían dos gatas salvajes a punto de sacarse los ojos y que el motivo de la discusión era yo. No quería causar problemas, ni que se arrepintieran de haberme recogido, solo quería ser invisible.
Para todos menos para don Carlos.
Me metí por medio, aun a riesgo de recibir un pescozón.
—Por favor, se lo suplico, no discutan.
El ama Engracia me dedicó una mirada llena de resentimiento.
—Esta arrogancia tuya te costará muy cara, niña, te lo advierto.
—Si aún no le he respondido a la señora no es por arrogancia es…
—¡No me cuentes tus motivos! ¡Faltaría! Y ahórrate la contestación, ella da por hecho que has aceptado.
¡Es un sindiós! No me explico cómo ha podido pasar…
—Volvió a mirarme con dureza. Sus ojos repasaron uno a uno los rasgos de mi cara, mi pelo rojo, mis pecas.
Yo quería que volviese a mirarme con la indiferencia del principio, antes de llegar su sobrina, cuando era casi amable.
Pero algo me decía que aquellos tiempos no volverían—.
Sí, qué tonta. Claro que me lo explico. Ni que estuviésemos ciegos.
Giró airada sobre sus talones y salió al galope, dejándome sumida en la total miseria. No entendía sus frases veladas, sus párpados entrecerrados como si al mirarme viese otra cosa, algo abominable y peligroso. Sentí que el corazón se me encogía y se hacía chiquito hasta desaparecer.
Las manos calientes de Tomasa se apoyaron en mi brazo y apretaron un poco.
—Olvídate del ama y concéntrate en el pescado. Hay mucho que limpiar y esta noche los señores tienen invitados.
Como me fue posible, me tragué las lágrimas. Hundí las manos entre las escamas y me percaté de que, entre unas cosas y otras, se me había pasado la hora de salida del señor don Carlos y no lo había visto. El día se iba a hacer penoso y largo.
Nunca imaginé cómo terminaría.