Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 9
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Revuelo en la cocina

Irene

Po r las mañanas, Tomasa y yo éramos las primeras en levantarnos para meternos en la cocina.

Los desayunos de los patronos debían estar listos cuando las criadas vinieran a recogerlos, y la cocinera y yo aprovechábamos las luces del amanecer para contarnos nuestras cosas y practicar recetas mientras en el horno se cocía el pan.

Tomasa iba, poco a poco, convirtiéndose en lo más parecido a una madre que yo, dentro de mi total ignorancia, podía fantasear.

Ese día, sin embargo, yo mantuve una mudez inusual en mí, que debió intrigarla.

Se pegó a mi costado mientras hervía la leche y cuchicheó.

—Alabada sea tu mala cara de hoy, niña.

—Si es que no he dormido nada, señora Tomasa.

—Pensando en el ofrecimiento de la señora, imagino

«De todo un poco teníamos en la viña del señor», recité para mis adentros.

—¿Te lo has pensado? —insistió con brío.

—No sé qué decirle. Entiendo lo indigno que es por mi parte desconfiar de los patrones, pero… ¿usted me ha visto? Muy desesperada tiene que estar doña Inés para pensar en mí como su doncella…

—Puede que no le queden más alternativas.

Arqueé las cejas en un claro «eso sí que no me lo creo».

—Bueno, con la sola excepción de Pilarín, todas las chicas del servicio han pasado ya por ese puesto con tremebundos fracasos.

—¿Y por qué Pilarín no?

—¿Duermes con ella y me lo preguntas? ¡Muchacha! Se tira unos pedos capaces de poner rubio platino al más pintado. No le permitiríamos ni arrimarse de lejos a las habitaciones de la señora. Esos olores terminan pegándose de las paredes.

Solté una risita ligera sin ninguna mala intención.

—Ah, eso. Ni me había dado cuenta, será que estoy acostumbrada.

Tomasa me repasó con un velo de respeto en su expresión que de verdad me hizo sentir importante.

—Ya, no me lo digas, la vida en la calle. Qué pasado más duro el tuyo, muchacha.

—Dormir varios juntos implicaba dormir calientes y lo de los ruidos era lo de menos —le expliqué con alegría.

No me pareció que estuviera muy de acuerdo, ni que coincidiéramos en el orden de importancia de las cosas.

—Bien, lo que te decía, no nos desviemos. Todo el servicio ha probado suerte en el puesto de doncella. Desastre tras desastre. En favor de todas estas diré que la señora no es fácil de contentar.

—A mí me pareció muy amable, cortés y hospitalaria. Y tan elegante y sofisticada…

—Lo cortés no quita lo valiente —replicó enigmática Tomasa—, pero tú dile que sí. Como te descuides, esa criatura insulsa te birlará la oportunidad delante de las narices.

—¿Te refieres a Petra?

—Me refiero a Milagros, la sobrina del ama Engracia. No la llames como te dé la gana a ti, que luego vienen las confusiones.

—Dijo que también se llamaba Petra. Parece que le tiene usted mucha manía.

Tomasa gruñó entre dientes y retiró la olla con la leche hirviendo. Me ordenó que preparase las tazas con la porcelana fina en las bandejas y durante un rato solo trabajamos, sin despegar los labios.

—Yo no le tengo manía y tampoco me gusta criticar, ya me conoces. Pero esa..., esa no es trigo limpio, no me preguntes por qué, es un pálpito.

Sacudí la cabeza para no comprometerme. Si se refería a que en el tiempo que llevábamos juntas, mano con mano en los fogones, no la había oído despellejar a nadie, conformes.

Pero de eso a conocerla… No la conocía tanto como para afirmar nada acerca de su carácter.

Mi primera regla, la primera que aprendes en la calle, es a no fiarte ni de tu sombra, y el afecto que sin duda sentía por Tomasa, no iba tampoco a cegarme ni permitiría que me relajase del todo.

—A mí me parece una pobre chica con todo el derecho del mundo a querer ganarse un sustento.

—No te digo que no.

—Tomasa, ¿están listos los cafés y el chocolate de la señora?

Era el ama Engracia, entrando por la puerta como un huracán que se estira la falda. Detrás de ella, toda la ristra de criadas adecentándose las cofias, atándose los delantales, y Petra, con cara de sueño, más perdida que el barco del arroz.

—En menos de un minuto.

—Que sea un segundo. Hoy los señores van con prisa.

Me dio un vuelco el corazón. Se iban los señores.

La casa Otamendi tenía un hermoso patio trasero lleno de plantas verdes y aromáticas con unos ventanucos que conectaban con el paso de carruajes.

Por allí, si te apostabas a la hora correcta, podías ver salir a los señores camino de la calle, aunque a mí el único que me importaba era don Carlos.

Desde que descubriera la atalaya por pura casualidad, le tenía pillada la hora y siempre me las apañaba para salir a vaciar los cubos de fregar o las palanganas.

O a por un ramito de hierbabuena. O a por romero para la carne del almuerzo.

Todo pretexto me valía con tal de disfrutar de su imagen aquellos escasos segundos. Era mi regalo del día.

—Tendré que salir a por tomillo para el asado —inventé sobre la marcha.

—Ya habrá tiempo para eso más tarde. Ahora la prioridad son los desayunos, ¡espabila! Milagritos, hija, péinate que le vas a subir la bandeja a la señora.

Tomasa cruzó conmigo una mirada significativa. Mientras, el inesperado anuncio consiguió que la pobre Petra perdiera el color de las mejillas.

—Pero tía…

—¡Ni rechistes! ¿Para qué has venido a la casa sino para aprender?

—Pero tía…

—¡Que no me discutas, Milagros!

—Es que… ¡Tía!

El ama dio media vuelta, furiosa.

—¡No, si la culpa la tengo yo! Por sacarte del pueblo y querer hacer de ti una mujer de provecho. ¡Va a tener razón tu madre, no sirves para nada!

Petra se dejó caer como un fardo en la silla, hipando en silencio.

De la escena saqué dos conclusiones: una, que Petra era una chiquilla tímida aún por despabilar y otra, que su oído funcionaba, tal y como sospechaba Tomasa, mucho mejor que bien.

Seguramente, la intención del ama haciéndola pasar por sorda era dar pena o conmover el corazón de los señores para que la empleasen.

En muchos aspectos, la señora Engracia, pese a haberme recibido con amabilidad y estar claro su papel en la casa, seguía siendo para mí una gran incógnita.

—¿La subo yo, ama? —se ofreció Sarita con un hilillo de voz.

—Ni se te ocurra. Bastante tuvimos ya el otro día con las chimeneas. Mira que no saber mantener vivo un buen fuego… Qué juventud más inútil.

Petra seguía llorando. Y esquivando la afilada mirada de su tía.

—Podría subir Irene… —dejó caer Tomasa con cautela. El ama Engracia la miró como se mira a una cucaracha en mitad de un mantel de hilo blanco y ni le contestó.

—¿Las tostadas están en su punto? Lucía, Sara, acudid al comedor y servid, que están por llegar los señores y…

Anita, súbele tú la bandeja a la señora y baja rapidito.

Procura no verterle de nuevo la lechera en las sábanas.

—Suspiró ruidosa—. Con un poco de suerte, la señora no se fijará en quién eres.

—Se colocó frente a su sobrina, que seguía ahogada en lágrimas, con las manos apoyadas en las redondas caderas—.

Y tú, deja de lloriquear y espabila. Te he traído a esta casa para que prosperes y teniéndote ahí moqueando nada bueno va a pasar.

Preparé con mimo la bandeja de doña Inés, incorporando un jarroncito minúsculo con una florecita del patio que, hasta entonces, llevaba perdida en el pelo.

La había cogido del arriate de buena mañana y despedía una fragancia capaz de ahuyentar los malos humores.

Cuando iba a poner el servicio en manos de Anita, el ama Engracia pareció pensárselo mejor y se colocó en medio.

—Deja, yo le subiré el desayuno a la señora, tengamos el día en paz. No me fío de ninguna de vosotras, aprendices, panda de haraganas.

Conforme salía por la puerta, Tomasa se puso a despotricar.

—¡Vaya, vaya, vaya cómo se ha levantado hoy el ama!

—Se ha levantado bien, es culpa mía, la he disgustado —aclaró Petra entre sollozos.

Tomasa la miró con estupefacción.

—Anda, sécate esas lágrimas y prepara el desayuno del servicio, que no se diga que no sirves absolutamente para nada.

Me acerqué a ella queriendo consolarla sin saber muy bien cómo; posé con suavidad las manos en sus hombros, pero dio un respingo y me miró con sorpresa.

—Tranquila. Anda, vamos a tomarnos el café.

No me respondió nada, pero se levantó con torpeza de la silla, fue hasta la alacena y seleccionó las tazas de loza blanca en las que desayunábamos cada día. Tomasa me hizo una seña significativa con las cejas antes de ponerse a cortar rebanadas de pan como una posesa.

Mis ojos se habían quedado prendidos del hueco de la puerta por donde el ama Engracia se había marchado.

Todo el mundo parecía darle una importancia fuera de lo común al hecho de servir a la señora.

Y seguramente lo tendría. Pero a mí me habría llenado el alma poder salir a ese comedor, aunque solo fuese a doblar las servilletas.

Cualquier cosa con tal de volver a verlo a él.

Espiar su salida cada mañana a través del patio, esperando quizá un milagro, que por mano de Jesús me presintiera, se girara y nuestros ojos se encontrasen del modo en que se habían encontrado aquel primer día en el mercado.

Y luego en la sala de música hablando de Beethoven.

Era muy consciente de mi posición, de la suya, de lo imposible de aquel deseo.

Pero saberlo no le restaba fuerza. Ni al anhelo, ni a lo que sentía, aquella llamita que poco a poco iba prendiendo en mi pecho y de la que lo desconocía absolutamente todo.

Salvo que quemaba. Deliciosamente me abrasaba.

—¡Irene! ¿Qué haces ahí pasmada? ¿Pero qué os pasa hoy a todas, caramba? —era Tomasa, a grito pelado. El ama Engracia habría estado orgullosa de ella y de su capacidad de mando— ¡Niña, espabila!