8
Una oferta desconcertante
Irene
Los corredores medio a oscuras me parecieron más anchos y suntuosos de lo que mi imaginación había elaborado después de mi brevísima escapada.
La casa era relativamente ostentosa por fuera, eso tuve ocasión de comprobarlo cuando salía a la calle y acompañaba a Tomasa al mercado.
Mi natural ignorancia me llevaba a mirar otros edificios y de nacimiento soy preguntona.
Entendí que aquellas lujosas moles de piedra en las calles principales no eran otra cosa que palacios, y que familias enteras vivían dentro.
Comparada con ellas, sí, la mansión de los Otamendi podía calificarse de modesta, pero por dentro era otro cantar.
Las buenas maderas desprendían un delicado aroma, las alfombras eran mullidas como nubes blandas y el mobiliario principesco.
Había lámparas con cuentas de cristal tallado por todas partes y el tamaño de las chimeneas de piedra era considerable.
No le vi mucho sentido al paseo. La señora apretaba el paso en los salones y lo ralentizaba en los pasillos.
Solo se detuvo más de la cuenta en un salón, no sé si de los principales, delante de la chimenea.
Pero como no me atreví a levantar los ojos, no fuese a juzgarme mal, apenas vi otra cosa que los dibujos de las alfombras en las que se me hundían los pies y las gruesas patas de los butacones.
Había espacio de sobra, los cuartos y salones no parecían tener fin.
—¿Estás contenta? ¿Te tratamos bien?
¿Cómo responder a esa pregunta a alguien como ella tratándose de alguien como yo?
Un pequeño piojo resucitado gracias a la caridad.
Traté de contentarla sin parecer desesperada.
Pero lo estaba. Por caerle bien, por pasar desapercibida.
Cualquier cosa con tal de no defraudarla y que no me arrojara de vuelta a la calle.
—No podría pedir más, señora.
—¿Te gustaría atenderme… personalmente?
Me pasó como al ama, que tardé un buen puñado de minutos en reponerme y recuperar el resuello. Lo justo para contestar y ordenarle a mis piernas que dejaran de temblar.
—Se refiere a… ¿servirla como doncella, señora?
—La verdad es que no sé si se les sigue llamando así, entran tiempos modernos.
La respiración se me atascó en el pecho como una bola espesa y sólida.
—¿Está segura?
—Bueno, te lo estoy preguntando. No me hagas dudar de tus capacidades.
—No, señora yo… Sería un grandísimo honor, doña Inés. Yo… en la vida habría imaginado que alguien como usted…
La dueña de la casa paró en seco y se giró mirarme. En sus labios flotaba una dulce sonrisa que, en contra de lo que me dictaba mi instinto ejercitado en la calle, me tranquilizó bastante.
—Tenía razón mi sobrino, eres especial.
De nuevo, ese algo en su tono amable me llevó a relajarme. Quien sabe si me equivocaba.
—No creo que haya nada extraordinario en mi persona, doña Inés, de veras que no lo hay.
Soy lo más corriente que puede encontrar por los alrededores.
He tenido mala suerte en la vida, pero también soy diligente, trabajadora y honesta y trataré de estar a la altura de la confianza que están depositando en mí —me apresuré a añadir.
Doña Inés sacudió dos veces la cabeza.
—Tienes ágil el cerebro y también la lengua. ¿Quién lo habría dicho?
No supe qué responder a aquello. Ni siquiera tenía claro si tomarlo o no como un cumplido.
—Espero que tengas en cuenta mi ofrecimiento y que me hagas saber cuanto antes si decides aceptarlo. Puedes comunicárselo al ama Engracia y ella se encargará de todo, incluida tu formación. ¿Sabrás volver sola a las cocinas?
—Claro que sí, señora. Quiero decir, que sabré regresar. En cuanto al puesto de doncella personal…
Me interrumpió con la elegancia infinita con que lo hacía todo.
—No es preciso que me lo digas ahora, chiquilla. Tómate unos días y, solo cuando estés segura de que no será una presión desagradable, hablaremos.
Me incliné en una reverencia que, curiosamente, me salió mejor que la primera. Casi como un paso de baile ensayado. Anduve unos metros sin darle la espalda y al llegar a las puertas dobles, giré y me abalancé a la enormidad del pasillo con el corazón saliéndoseme del pecho.
¿Por qué todos parecían tener tanto interés en portarse bien, en acomodarme, en darme obligaciones y respeto?
¿Lo merecía? ¿Trataban así a todo el mundo?
Apenas dos semanas antes era una vulgar ladrona que recorría las calles metiendo mano en las bolsas ajenas para sobrevivir.
¿Quién les aseguraba que no iba a robarles en sus propias narices?
No pensaba hacerlo, desde luego, Dios me librase, pero eso solo yo lo sabía, ellos lo ignoraban todo acerca de mí.
Igual tampoco sabían a lo que me dedicaba para sobrevivir y, de ser así, significaría que el señor don Carlos callaba para protegerme.
En cualquier caso, ¿a qué tanta amabilidad?
Allí nadie me trataba como se supone que se trata a una recogida.
Y aquella especie de temor en sus caras cuando enfrentaban mis ojos…
Toda mi confusión y mi aturdimiento cesó al pasar por delante de una biblioteca pequeña que no recordaba haber visitado con la señora.
Don Carlos leía un libro cómodamente arrellanado en el sofá.
No le alertaron mis pasos amortiguados por el grosor de las alfombras, ni siquiera se percató de mi presencia, y pude quedarme allí observando, deleitándome con su perfil perfecto.
No era solo que fuese guapo. El señor don Carlos empezaba a hacerme sentir cosas muy intensas a las que yo no sabía poner nombre.
Jamás me había enamorado más que en mis fantasías y en los cuentos de hadas que yo misma me contaba para dormir, cuando el frío de la noche me mantenía en vela.
Ahora estaba experimentando la necesidad, el deseo, la ansiedad por verlo y oír su voz, el pulso que se aceleraba si me miraba.
Aquello no podía terminar bien. Me rompería el corazón en mil pedazos. Porque ni en mis más locas fantasías, un hombre así sería para mí.
Regresé a la planta baja arrastrando los pies, dichosa por haberlo visto, abatida por el nudo de pensamientos turbios que me ocupaba la cabeza. Así de nerviosa no podía irme a la cama, necesitaba ver a alguien bueno, desahogarme.
De manera que llamé despacito a la puerta del cuarto de Tomasa. Enseguida me dijo que pasara y, antes de cerrar la puerta a mi espalda, ya se había sentado de un salto.
—Señora Tomasa… ¿estaba dormida?
—No, demonio de chica, claro que no hasta que volvieras y me contases. ¿Qué pasó con la señora? ¿A dónde te llevó?
Me senté en el borde de una silla junto a su cama, retorciéndome las manos de angustia.
—Ha sido extraño, ¿verdad?
—Mucho. Pero cuenta, ¿qué quería?
—Enseñarme la casa. Y ofrecerme un puesto como doncella suya.
La señora Tomasa botó sobre el colchón y todos los muelles crujieron.
—¡Recáspita! ¿Como doncella, dices?
Asentí incapaz de hablar. Yo tampoco encontraba razones que explicasen tanto miramiento.
—¿Ella es así… siempre?
—¿Así cómo?
—Bondadosa. Con gente como yo, que no lo merece.
—¿Quién dice que no te lo merezcas?
Ladeé el cuello y mis ojos hablaron por mí.
—Pues tienes una pobre opinión de ti misma.
—La que me ha enseñado la vida, señora Tomasa, nunca he valido para nada.
—Lo que no significa que no puedas aprender y prosperar. ¡Válgame la Virgen! ¡Si pronto harás los cocidos mejor que yo!
—Esa fe suya la matará algún día —reí.
Ella no tardó en secundarme y el ambiente, con todos mis miedos, se relajó un tanto.
—No te negaré que me parece precipitado. Pasar de los fogones a la zona noble de la casa es un regalo inesperado. Pero ni te lo plantees, aprovéchalo. Acepta y capea como puedas el temporal que se avecina.
La miré sin comprender.
—Me huelo que el ama Engracia tenía enfilado ese puesto para su sobrina Milagros. Que en cuanto la señora empezó a quejarse del mal hacer de Sarita se la trajera del pueblo, me da que pensar.
—Vaya.
—No le hará gracia que te hayas adelantado.
—Yo no he hecho nada. Ha sido la señora, yo…
—De sobra sabemos cómo ha surgido la cosa. Otro asunto muy distinto es como ella lo vea. Es muy rígida y muy cuadriculada, y se pone como un tigre si sus planes se tuercen. En cuanto a esa Milagros…
—Petra. Pobrecita, bastante desgracia tiene.
—Mmm.
Nos quedamos calladas, cada cual rumiando sus pensamientos.
Yo, luchando contra el deseo innegable de saber más cosas, envuelto con el cálido recuerdo de mi ángel allí en la biblioteca, tan deseable y tan solo.
Por encima de todas mis preguntas sin respuesta destacaba una.
Una sobre todas las demás y quizá era hora de hacerla.
Me armé de valor con una bocanada de aire que llegó hasta la raíz de mis pulmones.
—Señora Tomasa… ¿qué hay de la otra señora? ¿Está enferma?
—¿Qué otra señora?
—La esposa de don Carlos. ¿Está… recluida en alguna parte? ¿Se encuentra en la casa? ¿Por qué nadie habla nunca de ella?
Tomasa dejó escapar un sentido y largo suspiro.
—¿Por qué no se deja ver? Es como si no existiera —presioné, viéndola poco dispuesta a continuar.
—Es que no existe, niña. Está muerta.
Solté una exclamación, mezcla de sorpresa y miedo. Cualquier cosa me esperaba menos aquello.
—¿Muerta?
—Muerta. Y no es un tema que me guste tratar de noche.
—Pero ¿qué pasó?
—Alguna enfermedad grave, creo. No me corresponde a mí hablar de esas cosas. Ni a ti meterte a chismorrear en los asuntos de los patrones.
—Lo siento. Entonces… por eso el señor don Carlos está siempre solo, es… viudo.
—En efecto. Todos intentan esquivar el recuerdo de la señora Julia, pero está, anda por todas partes. Flota en esta casa como un mal aire viciado.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. De nuevo percibí ese mensaje extraño que no podía descifrar, en los ojos de Tomasa cuando me miraba.
—Anda y ve a acostarte. Le habrás dicho que sí a la señora.
—No le he dicho nada. Me aconsejó que me lo pensara con calma.
—Paparruchas. ¿Cuándo ibas a verte en otra parecida, niña? ¿Qué habrías de pensar?
—Eso mismo digo yo. Que descanse, señora Tomasa.
Esa noche dormí mal.
Escuché ruidos desconocidos que me erizaron el vello.
Chirridos y quejidos procedentes de las paredes de mi cuarto.
En la cama de al lado, Pilarín roncaba con un zumbido suave, mientras yo era incapaz de pegar un ojo imaginando mil horrores venidos de no sé dónde, que se calmaban con la imagen del señor Carlos mirándome con sus bonitos ojos de hielo sonrientes.