Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 7
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Milagros

Irene

A veces pasan cosas, cosas increíbles que son como milagros.

Y no me refiero solo al hecho de que don Carlos pasara justo aquel día por el mercado y yo lo eligiese como víctima por su imponente aspecto.

Traje caro, joven, distraído, cartera repleta.

Eso, desde luego, fue el mayor de los prodigios divinos.

Tampoco a mi intento de hurto, que estuvo rematadamente mal.

Fue lo que vino después, su derroche de generosidad, su preocupación por mi bienestar, que parecía sincera, el retirarme de las calles sin conocerme y garantizarme trabajo y techo.

No me cupo duda de que era un ángel bendito.

Pero aquella mañana iban a cambiar muchas cosas: el am a Engracia apareció con una muchacha pequeña; de estatura, no de edad.

Según explicó, contaba diecinueve años, igual que yo, y era pálida, con un pelo mate oscuro mal cortado, incapaz de mantenerse recogido.

Nos la presentó como su sobrina. Venía a la casa para quedarse y aunque casi todos la vieron como un estorbo, a mí me faltó poco para saltar de alegría cuando el ama informó de que su nombre era Petra.

Como mi única amiga, se llamaba igual. La amiga que me robó la pulmonía y de la que ya os he hablado.

—Pero todos la llamamos Milagros —aclaró el ama Engracia dejándome sorprendida.

Nadie se atrevió a preguntar el porqué del cambio.

Para mí, quisieran o no, sería Petra todo el tiempo.

Porque Petra me recordaba el calor de la amistad y el afecto en las noches de invierno.

La confianza, la lealtad, las cosas buenas.

Las únicas, junto con Joshua, que hasta entonces la vida me había regalado.

—Por desgracia, mi desafortunada sobrina nació privada por completo del sentido del oído. Aunque como yo siempre le digo, no hay mal que por bien no venga, podrá desempeñar todas aquellas funciones propias de la casa donde la discreción sea indispensable.

Estuve a punto de replicar que la sordera no la convertía en lerda ni tampoco en ciega y que la muchacha, aunque tímida y apocada, podía ser más que capaz de aprender las tareas como las estaba aprendiendo yo, que en mi vida había tocado una copa de cristal fino; pero el ama Engracia me habría obsequiado una buena colleja y me habría mandado a dormir sin cenar, de modo que me mordí la lengua y miré al suelo.

Petra me observaba con un celo desagradable en sus ojillos negros, mezcla de desconfianza y enojo.

No me importaba no gustarle, íbamos a ser amigas, de eso estaba segura.

Al principio las cosas suelen torcerse porque los pobres no somos gente afortunada que acierte a la primera, pero enseguida se enderezan.

Que me lo dijesen a mí, de los adoquines de la calle Mayor al mullido colchón de mi alcoba en la casa Otamendi.

Murmuré una bienvenida igual que los demás, una frase atropellada que Petra no entendió, y me concentré en el fregadero a terminar de lavar las ollas, procurando hacer el menor ruido posible.

Hasta ese momento, exceptuado el día que robé el plumero para disimular y me topé con el señor don Carlos y también con la señora, maldita fuera mi mala suerte, no se me había permitido abandonar la zona de servicio ni yo me había atrevido a pensar siquiera otra escapada.

Así que me moría de ganas que me encomendaran oficialmente la limpieza de las chimeneas, aunque fuera la de los salones y a primera hora del día, para poder ampliar horizontes y ver cómo vivían de verdad los pudientes.

Y tal vez saber de la misteriosa esposa de don Carlos de la que nadie hablaba nunca, pese a ser también señora de la casa.

La monótona voz del ama Engracia me sacó de mis ensoñaciones.

—Mi sobrina está cansada, lleva viajando muchas horas desde el pueblo, que queda lejos.

Cuando te montas en una de esas carretas infernales se te descoyunta hasta el último hueso.

¿Quedan lentejas de esas que cocinaste para el almuerzo de ayer, Tomasa?

Le vendría bien un plato colmado, a ver si le resurgen los colores.

—Claro que sí, faltaría más. Acomódense en el comedor, que ahora se lo llevamos.

Tomasa traqueteó un rato con la vajilla y yo me apresuré a recalentar el guiso para que todo estuviera dispuesto.

Luego serví dos cucharones llenos, corté un trozo de hogaza tierna, colmé una jarra de agua y lo dejé todo en la mesa de la sala común antes de regresar sola a la cocina a seguir fregando.

No sabría decir si, al margen de Petra y su tía, quedó alguien en el comedor del servicio, porque el silencio era absoluto hasta que a mi espalda se levantó un murmullo de excitación y todos los que estaban cómodamente allí sentados, se levantaron con premura entre un frufrú de algodón basto.

—Señora…

—Doña Inés…

—Por favor, sigan con sus tareas —respondió una suave voz de mujer.

Me quedé donde estaba, con mis cacharros y quietecita, porque me pareció poco fino alargar la cabeza para fisgonear, aunque mi instinto hizo sus apuestas.

Enseguida, el ama Engracia y una señora esbelta y elegante que se parecía bastante a la que no quise mirar en la sala de música pero deduje sería doña Inés, vinieron en mi busca.

Solté el cazo, me sequé las manos como pude y ensayé una especie de reverencia con la que casi rocé el suelo.

—Eres Irene, ¿verdad?

Su tono era sosegado y amable hasta que di por finalizada mi genuflexión y me erguí frente a ella, preguntándome si debía sonreír. Entonces su expresión se crispó, dejó ir un gemido amortiguado por la mano que cubrió sus labios, y me observó, diría que espeluznada.

—¿De dónde sales tú, criatura?

Era una pregunta muy parecida a la que don Carlos me había hecho en el mercado y, después de él, Tomasa al llegar.

Y a las caras de sobresalto del ama Engracia, de la cocinera y los demás criados de la casa.

Allí todo el mundo menos Petra me miraba raro y ya me estaban entrando ganas de saber la razón.

—De la calle, señora. Pero le juro por mi vida que haré que se sientan orgullosos de mi trabajo. Estoy tan agradecida…

Puse mucho fervor en mi discurso, pero la señora no parecía demasiado interesada. Sin dejar de mirarme, hizo un gesto con la mano para que callase. Allí, delante de doña Inés, no era el mejor momento para enfurruñarse. Bajé sumisa los ojos y anudé los dedos de mis manos a la altura del regazo.

—¿Ya conoces la casa? —quiso saber después de un rato. Me acordé del encontronazo en la sala de música. La pregunta me sorprendió tanto que me habría caído de culo de no resultar irrespetuoso. Así que no levanté un palmo los ojos.

—No, señora. Quiero decir, apenas.

—Engracia, ¿le importa si me la llevo un rato?

Por lo visto la propuesta pilló al ama de llaves con la guardia baja, porque necesitó de varios minutos para reaccionar y, cuando lo hizo, la voz le temblaba, puede que de indignación.

¿Quién era yo para que la señora se molestase en bajar a la cocina, preguntar por mí, saludarme en persona y requerirme?

Hasta yo quería que el sueño me tragara.

—Es usted libre, señora, faltaría más —silabeó el ama masticando las palabras.

Sin mediar más explicaciones, doña Inés abandonó la cocina, cruzó el comedor de los criados donde todos permanecían tiesos de pie tras sus sillas y salió al pasillo.

Yo, que al principio seguí paralizada de terror, a una señal angustiosa del ama Engracia corrí tras ella de puntillas sobre mis zapatos.

—Tarde o temprano tenía que pasar. Yo lo sabía. Os lo dije.

Fueron las últimas palabras enredadas con un suspiro en la voz de Tomasa que oí al marcharme.