6
El muro invisible
Carlos
Tras el encuentro en la sala de música, los siguientes días transcurrieron interminables sin que yo asomara por la zona de servicio a saber de Irene.
No por falta de ganas, bien lo sabe Dios, que me cosquilleaban en las tripas como un reguero de hormigas en pleno verano.
Es que no habría estado bien visto. Ni por mi parte ni por la suya.
Mi interés no dejaría a la chica en buen lugar y suscitaría toda clase de chismes entre el servicio, lo sabía de sobra.
De modo que me contuve, tratando de desarrollar mi rutina habitual, sin lograr olvidarme de que compartíamos techo, de que varias plantas más abajo en el mismo edificio, Irene descansaba cada noche sin sospechar mis anhelos: acariciarla, quién sabe si besarla, puede que me conformar a solo con volver a verla, mitigar el ansia que se apoderaba de mí a cada hora acumulada.
Verla aseada y feliz, verla distinta, sana y salva, comprobar que ya no era la muchachita salvaje que rescaté de sí misma en la Puerta del Sol.
O sí, pero un poquito menos triste. Sin embargo, mi lugar estaba arriba; el suyo, muchos peldaños más abajo y mientras el ama Engracia la dedicase a ayudante de cocina, si no volvía a robar un plumero, pocas oportunidades tendríamos de encontrarnos.
Estaba solo en la inmensidad de la biblioteca.
Mis tíos se habían quedado paseando en la calle después de misa y yo había preferido retirarme a revisar unas cuentas de la Compañía.
Los pálidos rayos del sol de medio día se colaban entre los visillos arrancando destellos negros a la caoba.
Engracia pasó a servirme el té, enjuta y severa como de costumbre.
—¿Qué tal la muchacha? ¿Se adapta?
—Ahí vamos, señor —informó sin simpatía.
—Tenga paciencia con ella. Piense que es quizá la primera vez en su vida que duerme bajo techo.
—No está dando lo que se dice problemas.
—¿No es arrogante y respondona?
Engracia me dirigió una mirada de franca incomprensión. Luego se inclinó sobre el servicio y empezó a servir mi taza.
—Hablar no habla mucho.
—Fíjese, me había hecho una idea equivocada.
—Con Tomasa hace buenas migas, pero Pilarín asegura que ni las buenas noches le da. Es seca y poco amable, señor, pero en la cocina tampoco es que precisemos de delicadezas.
—¿Ha pensado en destinarla al cuerpo de casa? Ya sabe, disponer habitaciones, atender a mi tía, servir la mesa…
Engracia abrió unos ojos redondos y desorbitados tal que si yo hubiese blasfemado a pleno pulmón.
—¡Señor! Es lerda y poco fina, jamás estará a la altura de esta casa. Bien que hacemos manteniéndola escondida en la cocina, donde no estorbe ni dé… que hablar.
Entendí perfectamente a lo que se refería y lo que intentaba decirme.
Que me gustara oírlo ya era otra historia.
Empezaba a odiar aquel muro invisible que me separaba de ella, formado por prejuicios de clase y paparruchas varias.
También por recuerdos, dolor y temores. Por los fantasmas de los Otamendi. Irene los aglutinaba todos.
Terminé volviendo a mis papeles sin proporcionar más datos, notando que mi nudo en la boca del estómago se apretaba retorcido.
—¿Necesita algo más, señor?
—Nada, ama, muchas gracias. Puede ir disponiendo el almuerzo, mis tíos están al llegar.
—Como diga el señor.
—Y, Engracia…
—¿Diga el señor?
—Trátela bien. Nunca ha tenido otra cosa que no fuera soledad y miedo.
Un pestañeo de perplejidad y enseguida se despidió refunfuñando.
Conocía a aquella mujer prácticamente desde que nací y no era mala gente.
Mantenerse enfadada a perpetuidad era parte de su encanto, si bien tenía un fondo noble que le impedía andar tejiendo maldades, no como otros con los que me veía obligado a convivir, pese a sus pomposos apellidos, sus honorables casas y sus buenas maneras.
Había cumplido los suficientes años como para saber que los caudales en el banco y las fastuosas mansiones no garantizaban la honestidad. Tampoco a la inversa.
Noté que paseaba los ojos por las columnas de números sin ver nada. Necesitaba una excusa, una estrategia para acercarme a Irene. Un aliado. Y disfrazar mis razones secretas… o lanzarme al extremo contrario y airearlas todas.
Volvieron mis tíos de su paseo por los jardines del Buen Retiro.
Doña Inés, radiante, con un delicioso rubor adornando sus mejillas, y don Antonio quejándose de los sudores y sofocos impropios para fechas tan tempranas.
El día no era brillante ni soleado, pero al igual que el ama Engracia, Antonio Otamendi vivía para quejarse.
—Voy a pasar esta tarde por las oficinas de la Compañía, sobrino, ¿vienes conmigo?
Traté de disimular mi asombro.
—¿En domingo?
—Déjalo que se distraiga. Tenerlo encerrado en casa es como querer domar un toro bravo —alegó mi tía revisando el brillo de la cubertería de plata.
—¿No ha tenido bastante con la misa y el paseo de esta mañana?
—Aburrido.
—No blasfemes, Antonio, Los santos salmos jamás aburren.
—Aburrido —insistió machacón.
Contuve la risa. Si a mi tío le hubieran despojado de sus vestimentas caras, de haberle encajado un arado en las manos y un sombrero de paja, por encima de su corpachón intimidante y su innegable atractivo físico, habría pasado por campesino.
Sus gestos eran rudos, sus frases afiladas, su mirada silvestre.
Al final del día, todos éramos soldados idénticos con diferente armadura.
—¿Pues no dice que está cansado?
—Si cierro los ojos, aunque sea un rato, esta noche la pasaré en vela. Prefiero ir a la Compañía y adelantar. Mañana lunes hay mucha tarea.
—De acuerdo, tío, le acompañaré y aprovecho para devolver los libros de cuentas que me traje para revisar.
—Todo en orden, espero.
—Puede dormir tranquilo. Esta noche o cuando corresponda.
—Más ronquidos —rezongó mi tía girando la cara.
Así culminamos el almuerzo, don Antonio se retiró al gabinete a fumarse sus puros y a degustar Oporto, mi tía al suyo a reposar el paseo y yo deambulé absurdamente por los pasillos un buen rato hasta decidir qué paso dar a continuación.
Golpeé suave con los nudillos la puerta de los aposentos de doña Inés.
—¿Duerme, tía? ¿Se puede pasar?
—Entra, sobrino entra.
La encontré junto a la ventana, con su labor en las manos, frente a una chimenea en la que flotaban unas llamitas de juguete, incapaces de calentar el gran cuarto.
—Hace frío aquí.
—Esa inútil de Sarita, no sé en qué piensa esa chiquilla atolondrada, no sabe encender fuego. Seré una romántica desfasada pero aún prefiero las chimeneas a los braseros y esa niña es incapaz de hacer que esto crepite con un mínimo de dignidad.
Me acerqué a la cesta metálica que contenía los troncos, seleccioné los mejores y los añadí a la hoguera, recolocándolos todos. Mi tía me alargó el fuelle para que soplara.
—Podrías ordenar que te atendiera otra persona, no sé, más dedicada. Le diré a Onofre que suba más leña —indiqué sonriendo—. ¿Has hablado ya con la chica nueva?
—¿La que recogiste en la calle? ¿A santo de qué iba yo a darle charla?
—No sé, pensé que quizá estaría bien que se sintiera acogida. Que al margen del encontronazo casual del otro día, tú personalmente le dispensaras una breve bienvenida. Significaría mucho para alguien como ella, que nunca ha tenido nada.
La expresión de la cara de mi tía fue, por un instante, indescifrable.
—Mi querido sobrino, muchos de los que aquí sirven vienen de la pobreza y la nada.
Los ricos no sirven a otros ricos. Y jamás me he rebajado a decirle a nadie lo feliz que me hace su presencia y pagarle un salario a finales de semana.
No veo por qué esta chica habría de ser distinta.
Si causa problemas o resulta ser un dechado de virtudes, ya me informará el ama Engracia.
Decidí jugármelo todo a una carta.
—Debería usted verla, tía.
—La vi el otro día, encerrada contigo en la sala de música.
No me pasó inadvertido su tono irónico.
—Le ruego que no se confunda, tía, cuando cerré la puerta para estar solo y poder concentrarme, ni siquiera sabía que ella estuviese allí. En cualquier caso, solo la vio de espaldas.
El gesto sereno y hasta indiferente de doña Inés de Otamendi, se tornó interesado.
—¿Te importaría explicarte mejor?
—Dios nos la ha cruzado en el camino por alguna razón desconocida. Cuando la vea lo entenderá.
Suspiró y se estiró un par de arrugas invisibles de la falda.
—Eres muy hábil jugando con la curiosidad de la gente, Carlos.
—Créame, no intento embaucarla. Es alguien… Es alguien muy especial, me temo.
—De acuerdo entonces, has sembrado lo suficiente como para animarme a bajar. A Engracia le dará un soponcio si me ve aparecer.
—Iré con usted, no baje sola, haga el favor.
Doña Inés apretó los labios hasta convertirla en una fina línea de sospecha.
—Tú vas a cambiarte de ropa y acompañarás a tu tío a las oficinas de la Compañía, tal y como habéis acordado. Permite que yo me ocupe de los asuntos domésticos. Sobre todo, de los que carecen de importancia y admiten demora.
No vi ningún agujero por el que poder escapar.
Hundí el mentón en el pecho y acepté mi derrota.
Me despedí de mi tía con un beso en la mejilla y, no sin antes preguntarle si necesitaba algo, salí de su gabinete al pasillo helado.
La desapacible temperatura me ayudó a elaborar un plan para salirme con la mía.
Bajaría a las cocinas y buscaría a Irene.
Solo para interesarme por su bienestar. Y si me sorprendían, les diría que buscaba a Onofre para que subiera más leña a las habitaciones de doña Inés.
Ese pensamiento un tanto infantil, lo admito, así como mis absurdas expectativas de éxito, me hicieron sentir de inmediato, más contento. Tanto que bajé de dos en dos los escalones de los tres pisos. La verdad, no esperaba tener tanta suerte.
Aminoré el paso conforme me aproximaba. No se escuchaba el habitual murmullo de voces cruzadas que charlan al mismo tiempo, solo una.
Cristalina y preciosa, la voz de las hadas desgranando una cancioncilla popular que vagamente me sonaba de escucharla en las verbenas.
Alegre y despreocupada. Era Irene. Irene a solas en mitad de la cocina, acomodada en un taburete bajo de madera, pelando patatas a velocidad endemoniada.
Asomé apenas la cabeza y no pude evitar una sonrisa de complacencia.
Ni siquiera parecía el mismo animalito salvaje que rescaté en la calle, su espesa melena roja lucía suelta, recogidos los mechones delanteros detrás de unas orejas deliciosas.
El vestido mil veces lavado que le habían asignado permitía disfrutar la esbeltez de un cuello largo y blanco como el de un cisne.
Habría dado media vida por poder posar mis dedos sobre aquella piel pálida y hermosa.
Por acariciarla siquiera unos segundos. Me armé de valor, escondí los brazos a la espalda, carraspeé con suavidad y me adentré en la cocina fingiendo normalidad.
—Muy buenas tardes, señorita.
Sobresaltada, se puso en pie con tal aturullamiento, que las patatas que tenía en el regazo salieron todas despedidas como metralla desde un cañón.
—¡Señor don Carlos! El ama Engracia no se encuentra. ¿Qué se le ofrece?
—Nada, tranquila, mujer, sigue con lo que estabas haciendo. Mira, han rodado todas por el suelo.
Nos agachamos al mismo tiempo y, demasiado cerca el uno del otro, recogimos las patatas y las devolvimos al lebrillo.
Sin despegar los labios pero sintiendo, sin duda, la insoportable tensión y la calidez que escapaba del cuerpo del otro.
No me costó embriagarme con el aroma de su piel, a flores blancas y miel.
No se trataba de ningún perfume de dama de clase alta, era el olor natural de una muchacha que empezaba a rondar por mi mente más allá de lo razonable.
—Estás muy cambiada… y muy guapa. De no verte aquí, en esta casa, no te habría conocido —la piropeé en cuanto nos incorporamos. Vi sus mejillas ponerse del color de la grana madura.
—No se lo conté el otro día, donde los libros, pero me han dejado que me bañe. Y que me lave el pelo. Y mire qué vestido tan precioso me han regalado.
Su tono iba creciendo en entusiasmo conforme su sonrisa se ensanchaba.
—Precioso, sí —repetí mirándola embelesado.
—Y todo se lo debo a usted. Con lo mal que me porté…
—Eso no tiene ninguna importancia, de algún modo había que sobrevivir, ¿no te parece? Lo importante es que las cosas hayan mejorado y que estés contenta. ¿Lo estás? ¿Te trata bien Tomasa?
—¡Oh, sí, señor don Carlos! Dice que soy muy capaz. Nadie había dicho algo así de mí antes.
Me permití mirarla con todo el descaro que un caballero debería reprimir. Absolutamente abstraído en el color lechoso de su piel al descubierto, el rojo ardiente de sus cabellos y el increíble verde de unos ojos siempre sorprendidos. Así me habría quedado de por vida.
Así nos descubrió Tomasa que volvía de la despensa.
—¡Señor Carlos! —se escandalizó— ¿Qué hace aquí abajo?
Tuve que aclararme de nuevo la garganta con una tosecilla impertinente.
—Buscaba a Onofre. Quiero que suba más leña al cuarto de mi tía. El aposento está congelado, pobre mujer.
—Lo mandaré buscar pero que ahora mismo. Imperdonable, señor, imperdonable.
—De hecho, doña Inés no parece muy contenta con los talentos de Sarita.
Tomasa alzó de un tirón la cabeza y me miró horrorizada.
—Quizá debería usted hablarlo con el ama Engracia. Ella es quien se ocupa de esas cosas.
—¿Las regañuzas?
—Y las sustituciones —agrego con tono enigmático.
Cambié inquieto el peso de un pie a otro.
—Bueno, me marcho a las oficinas de la Compañía con don Antonio. No olvide lo que le he dicho, por favor. Quiero esa chimenea quemando leña a toda máquina.
Tomasa intentó una torpe reverencia a la que sus viejas rodillas pusieron todos los impedimentos posibles.
—Sí, señor, claro que sí, señor.
—Y gracias por cuidar tan bien de Irene —apunté con una sonrisa justo antes de desaparecer tras la puerta.