Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 5
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Ever mine…

Carlos

Una parte de mi cerebro que parecía ir por su cuenta, contabilizaba los días que Irene llevaba viviendo en la casa Otamendi, compartiendo techo conmigo, enfurruñado por el hecho de no habérsela topado ni por casualidad.

Una circunstancia nada fuera de lo común, el servicio tenía su lugar y su zona, y los dueños de la casa la suya.

Unos su horario, otros otro distinto. El norte y el sur de una mansión de buena familia madrileña, no estaban destinados a encontrarse.

Pero ¿quién le explicaba aquello a mi mente desquiciada? Desquiciada por no verla, por no saber de ella, por no verla sonreír, que era como que se despejara el cielo tras la peor tormenta.

Buscando algo de privacidad, silencio y sentirme aislado del resto del mundo aunque solo fuera por unas horas, me encerré en la sala de música.

Pero al pasar el pestillo de la puerta y girar obre mis talones, sorprendí a una linda pelirroja, con un plumero en las manos, repasando obnubilada las estanterías repletas de libros.

Conteniendo mi júbilo, carraspeé, y debí de asustarla, porque dio un respingo que me robó una sonrisa. El plumero, hasta entonces inmóvil, empezó a moverse histérico por encima de los lomos de cuero.

—¡Señor…! ¡Señor don Carlos! ¿Cómo le va?

Dominé la carcajada y fingí seriedad.

—Eso debería preguntártelo yo a ti. ¿Tú no deberías estar ayudando a Tomasa en la cocina?

—Sí, señor don Carlos.

—¿Entonces? ¿Ese plumero es tuyo?

—No, señor don Carlos, se lo birlé a la Sarita para poder venir a ver los libros.

Me rendí a su inocencia, a su incapacidad para mentir, a su descarada sinceridad. Aquella chica era sencillamente adorable. Caminé despacio hasta situarme a su lado.

—¿Te gustan los libros? Porque esto no es nada, en la biblioteca tenemos muchísimos más.

—Sí me gustan, señor. Nunca imaginé que podría haber tantos en un solo cuarto.

—¿Sabes leer?

Se irguió, digna y hasta agraviada. Tanto que me arrepentí de mi pregunta. Lo que en principio me había parecido curiosidad natural, de repente me sonaba a grosería.

—¡Pues claro! ¡Ya me enseñaron en la calle!

—Lo siento, no quería ofenderte, es que no sabía que en la calle hubiera gente tan preparada.

—En la calle hay de todo, señor don Carlos.

Me dio la espalda enfurruñada y se concentró en retirar un polvo inexistente.

Me recreé en sus curvas, en la melena roja y rizada cayendo en bucles gruesos sobre su espalda, en el lazo que la sujetaba, medio deshecho.

Mis dedos temblorosos quisieron volar hasta aquella cinta de raso y apretarla, pero me contuve.

Por ocupar mis manos ansiosas, tomé un volumen de la estantería cercana y busqué entre las páginas.

—¿Y qué prefieres? ¿Novelas de aventuras? ¿Poesía? ¿Cartas de amor?

—No sé, señor, cualquier cosa que se lea —replicó sin mirarme.

— Ever thine, ever mine, ever ours .

Entonces sí que me miró. Los ojos enormes brillando con curiosidad.

—¿En qué idioma habla? Suena muy dulce.

—En inglés. Significa «siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestros».

Se ruborizaron sus suaves mejillas y yo sentí la indecorosa tentación de depositar en ellas un tierno beso. Un regalo sin importancia que la hiciera un poco mía para siempre.

—En español suena aún mejor.

—Es el final de una carta que Beethoven escribió a su amada. Beethoven fue un genio de la música que, pese a estar sordo…

—Sé quién era Beethoven, señor don Carlos.

Arqueé una ceja.

—¿También te lo enseñaron en la calle?

—La persona de la que nunca me separaba sabía hasta tocar el piano.

Y en las noches más frías del invierno, cuando algunos curas nos permitían dormir en la iglesia, nos daban comida y vino caliente, si además le dejaban tocar el órgano…

entonces era el hombre más feliz de la tierra, esos eran sus momentos.

Me refiero a los grandes, a los que luego se recuerdan.

E innegablemente aquel fue el nuestro.

Porque su mirada y la mía quedaron enganchadas de forma irremediable, presas de una fascinación prodigiosa. Un instante inesperado que pudo ser incómodo, pero fue mágico.

Primero sentí el aguijonazo de los celos.

«La persona de la que no se separaba en la calle».

Sería un hombre, su amante, con toda probabilidad.

Después, lo que me inundó fue un sentimiento desconocido, insólito, demasiado potente, que me sacudió el alma.

Me sentí poderoso, invencible, exultante.

Quise reír y gritar a un tiempo. Se aceleró el latido de mi corazón, la sangre bulló demasiado caliente bombeando por mis venas, subiendo de temperatura como frente a una hoguera.

Mi estómago se convulsionó de puro gozo.

Parpadeé confuso. Todo lo generaba ella. ¡Ella! Algo que estaba seguro de no haber experimentado nunca antes. Jamás.

—Irene… —susurré arrobado.

—Diga, señor Carlos —me respondió en el mismo tono.

Nos interrumpió el ruido de la puerta tratando de abrirse. Con delicadeza primero, a empujones obstinados después. Me liberé del hechizo de la muchacha roja y sus deliciosos ojos de menta y corrí a liberar el pestillo. Al otro lado encontré a mi tía, contrariada, observándome inquisitiva.

—¿Has cerrado la puerta?

—Quería estar solo.

En mitad de esa frase tan poco afortunada, mi tía reparó en la presencia de Irene que, de espaldas, volvía a agitar el plumero sin ton ni son sobre los muebles.

—Pero no veo que lo estés.

—Porque Irene ya estaba dentro y no me di cuenta —traté de sonar relajado cuando la verdad era que el corazón quería salírseme del pecho.

La muchacha se las arregló para esconder el rostro, sujetar el plumero bajo el brazo y descubrir sobre una mesita la excusa ideal que contentara a la dueña de la casa.

—Yo venía a… Me han mandado retirar el servicio del café, señora. Si ya no lo necesitan…

Se apresuró a cargar una bandeja demasiado grande y pesada para ella. Me habría encantado quitársela de las manos para que no tuviera que esforzarse. Sin embargo, lo que hice fue cerrar fuerte los puños para mantenerme inmóvil.

—¿Eso no debería hacerlo Sara? —insistió mi tía, afilada, pero sin prestarle demasiada atención.

Me interpuse entre ambas para evitar que le viese el rostro.

—Está ocupada, señora. Si me disculpan…

—¿Una copita de Oporto, tía?

Roja como una cereza, Irene sorteó los obstáculos que la separaban de la puerta y se escabulló cargada hasta las cejas. Mi tía la persiguió hasta que la puerta de la sala volvió a cerrarse.

Luego, con un gesto torcido en la boca, me miró a mí.

No soltó prenda.

Estaba convencido de que no había reparado en su cara, la timidez de Irene y su tendencia a agachar la cabeza y mirar al suelo, unida al nerviosismo que le produjo la llegada de mi tía, se combinaron a la perfección para que sus rasgos pasaran inadvertidos.

Pero quizá me equivocaba, quizá ese fue justo el momento en que mi tía decidió que colocar a Irene en un puesto donde pudiera tenerla mucho más vigilada, no sería en absoluto una mala idea.